Vacaciones en familia [+18]

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Summary

Las vacaciones de verano se ponen interesantes cuando el padre de mi mejor amiga, que me conoce desde pequeña, comienza a acercarse a mí con intenciones un poco más cariñosas de lo normal. Y no es que me desagrade esa atención, al contrario, me encanta, porque ha sido mi amor platónico desde pequeña, así que estoy deseando ver qué resulta de este viaje que promete ser muy interesante. Conoce la historia de Paola Miller y Felipe Bianchi, una apasionante relación clandestina que dará inicio a una historia de amor. ¿La diferencia de edad entre ellos será un obstáculo? ¿Los descubrirán? ¿Qué pasará?

Status
Complete
Chapters
43
Rating
4.7 11 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

La luz dorada del atardecer bañaba la casa de playa donde iba a quedarme con Carla, mi mejor amiga, disfrutando de sol y calor, lejos de la fría Escocia, donde mi familia había decidido viajar.

A mis padres no les hizo mucha gracia que rechazara acompañarlos y que prefiriera quedarme con Carla, pero tampoco los vi tan tristes cuando entendieron que sería el viaje romántico perfecto para ellos.

Yo era hija única, así que deberían agradecerme que les diera la oportunidad perfecta de disfrutar todos esos días al máximo, sin tenerme rondando de cerca y haciendo lo que más les gusta: estar solos.

Ellos eran médicos —mi madre oncóloga y mi padre neurocirujano— y se pasaban el tiempo hablando de casos raros, operaciones, sangre, muerte y todo lo relacionado con ese mundo… casi nunca tenían tiempo para estar conmigo.

Se limitaban a lo que les pedía y me preguntaban por la escuela de vez en cuando, recordándome la importancia de salir bien para tener un futuro brillante, pero un abrazo o alguna muestra de cariño, en muy contadas ocasiones.

Ya me había acostumbrado a no ser el centro de atención de mi casa y, para mi suerte, había encontrado refugio en casa de mi amiga.

Desde pequeña, prácticamente toda su familia me había adoptado y estaba más que acostumbrada a tenerme en su casa, en sus fiestas y en cualquier evento familiar. Habíamos estudiado juntas desde primer grado y solíamos pasar mucho tiempo juntas en nuestros fines de semana y las vacaciones de verano o de Navidad.

Sus padres siempre me trataban como a una más de la familia. Pero de unos años para acá, no se llevaban muy bien. Ya ni siquiera disimulaban cuando yo estaba delante de ellos, y Carla siempre se disculpaba conmigo cuando tenían una escena o discusión. Al principio eso estresaba mucho a mi amiga, pero con el pasar de los años lo había ido asimilando y ya lo ve como algo normal.

No entendía por qué, si ya no querían estar juntos, seguían fingiendo una vida de pareja frente a todos. Carla me contó que su madre no quería divorciarse; básicamente, prefería el drama a estar sola. Quizás tenía otras razones que Carla desconocía. No lo sabía con exactitud, pero lo que sí era cierto era que esa relación estaba destinada al fracaso tarde o temprano.

Carla era la menor de tres hermanos. Ellos, desde que cumplieron la mayoría de edad, no pasaban las vacaciones con su familia sino con sus amigos. Eran gemelos, Fermín y Fernando, y estudiaban derecho en la misma universidad y su padre estaba más que orgulloso de ellos, porque ambos habían seguido sus pasos de ser abogados.

Todo lo hacían juntos, tenían el mismo grupo de amigos y casi nunca estaban con Carla o conmigo. Pero claro, nos llevábamos varios años de diferencia y era comprensible que no se juntaran con nosotras. Y yo lo lamentaba, porque ambos eran muy guapos y desde pequeña me sentí atraída por ellos, ya que son la viva imagen de su padre, al que encontraba bastante interesante y atractivo para la edad que tenía.

El señor Felipe era un madurito muy sexy del que había estado enamorada secretamente los últimos años. Bueno, enamorada, no sé si tanto, pero me gustaba mucho y cada vez que lo veía se me aceleraba el corazón. Dirigía una firma de abogados reconocida y, para mi desgracia emocional, llevaba años siendo mi amor platónico sin que él lo supiera. No era un capricho adolescente: su sola presencia me aceleraba el pulso de una forma que ningún chico de mi edad lograba.

Digamos que tenía bastante fama por lo bueno que era en su trabajo y eso le daba cierta seguridad a la hora de comportarse. Quizás por eso me atraía tanto, Felipe tenía la presencia de alguien que sabe exactamente lo que quiere. Alto, impecable y con una confianza que no necesitaba palabras para imponerse. Su mirada fija y segura parecía capaz de atravesar cualquier mentira, pero debajo de esa armadura de éxito, había un hombre que protegía a su familia con una lealtad feroz.

Él siempre había estado muy unido a Carla y por eso lo había tratado más que a su propia madre, que también era médico y casi nunca estaba en casa, como mis padres. Él nos buscaba, nos llevaba y siempre estaba presente en la vida de mi amiga.

Era un padrazo, y cada vez que lo veía o estaba cerca, me ponía nerviosa. Pero no porque hiciera algo indebido, ni mucho menos, sino porque, con su sola presencia, me intimidaba. Solo con verlo o tenerlo cerca, mi cuerpo temblaba y no podía evitar mirarlo más de lo que debía.

Sabía que este verano no sería como los demás. En este viaje había decidido probar algo distinto: dejar caer insinuaciones, medir su reacción… y ver si el hombre que tanto me fascinaba respondía. No pensaba contárselo a Carla; ese era un deseo privado, uno de esos que se guardan como un secreto vergonzosamente delicioso.

—Siempre es buen plan venir a la playa —comentó Carla mientras cruzábamos el patio hacia la piscina.

—Tienes toda la razón —respondí, disfrutando la vista del mar al fondo y el agua brillante que prometía horas de descanso.

La playa frente a la casa era rocosa y con oleaje fuerte, así que la piscina amplia y de agua cristalina era nuestra mejor opción, por ahora.

Sabíamos que había otras playas a las que podíamos ir y ya estaba deseando conocerlas.

Carla y yo nos instalamos juntas en una habitación. Tenía dos camas enfrentadas; estábamos acostumbradas a dormir juntas y charlar hasta que la voz de Felipe nos regañaba desde la puerta para que descansáramos.

—Espero que me prestes algunos de tus vestidos, Pao. Si fuera por mi padre, me vestiría de monja —dijo riendo.

—No seas exagerada, todo lo que trajiste es bonito.

—Sí, pero dejé los que más me gustaban porque él me dijo que no los trajera… aguafiestas.

—Tranquila, te presto lo que quieras.

Terminamos de deshacer las maletas y bajamos para cenar todos juntos en el comedor. Estábamos animadas porque todo pintaba muy bien y teníamos mucha hambre después de tanto jaleo con la llegada del viaje.

Pero en la cena las cosas se pusieron un poco tensas y la armonía duró poco: Felipe y Susana estaban en combate verbal, como si el viaje no existiera para calmarles. Carla y yo comimos rápido y subimos a la habitación.

—Qué pesados… —se quejó ella.

—Pensé que estaban más tranquilos.

—Yo también —me respondió Carla, un poco cansada de la situación. La entendía porque estar en un lugar donde tu familia se pelee todo el rato no es nada agradable—. Menos mal que mamá planea ir con mis tías. Así nos quedamos más tranquilas.

Estaba claro que Carla prefería la compañía de su padre, y yo también. Aunque yo solo espero de corazón que las cosas no empeoren, porque no quería que mis vacaciones se arruinaran por las peleas constantes de los señores de la casa.

Los días siguientes fueron un lujo simple: piscina, sol, comida y tardes leyendo novelas que escondían erotismo bajo tramas románticas. Pero al tercer día, Carla anunció que le había bajado la regla. Sin ánimo para nada, decidió quedarse en la habitación.

Así que me encontré sola en la piscina, disfrutando de la temperatura fresca del agua para espantar el calor. Estaba por salir cuando lo vi: Felipe, caminando hacia mí. Camiseta de verano, hombros marcados y esa sonrisa que parecía saber más de lo que decía.

¡Dios, qué bueno estaba! Siempre me había gustado verlo de traje, elegante y oliendo a mi perfume favorito, pero verlo en ropa deportiva y de verano también me tenía cardíaca, porque podía ver su cuerpo perfectamente marcado y cuidado por el ejercicio que hacía.

—Pao, cariño, la comida está casi lista —dijo, extendiéndome una toalla.

Salí de la piscina y él se quedó esperando a que caminara hasta donde estaba parado, con mi toalla en sus manos. No sabía si eran ideas mías o el sol me recalentó el cerebro, pero creía haberlo visto recorriendo mi cuerpo entero con su mirada. No le di mucha importancia y me acerqué a tomar la toalla.

Por mí, que mirara todo lo que quisiera, que para eso vine preparada con varios trajes de baño diminutos y muy sexys, justo para ver si llamaba su atención.

—Gracias, señor Felipe —dije con una sonrisa tímida, intentando mantener la compostura.

—¿Cuántas veces te he dicho que me llames Felipe? —respondió con esa media sonrisa cómplice que siempre lograba desarmarme.

—Es la costumbre… no creo poder llamarlo de otra manera.

—Dime como quieras, entonces —me dijo con sus ojos grises clavados en los míos—. Ven, vamos a comer.

Entramos a la casa y le dije que iba a cambiarme rápidamente y ver cómo se encontraba Carla. Todavía se sentía fatal y no quiso bajar a comer en la mesa con nosotros, así que le subí la comida y se quedó en la habitación. Su madre tampoco comió en la mesa esa noche, quizás ya había tenido la pelea del día con su marido, mientras yo estaba en la piscina, así que solo éramos el señor Felipe y yo.

—Espero que Carla se recupere pronto. Justo tuvo que ponerse mal el primer fin de semana que pasamos aquí —comentó su padre mientras comíamos.

—Sí, qué casualidad. Sobre todo, porque pensábamos salir con unos amigos, que también están aquí de vacaciones, pero al parecer no va a poder ser.

—No pasa nada, ya tendrán otro día para salir, no te preocupes.

—Sí, eso es cierto.

—¿Y qué te parece la casa? ¿Es la primera vez que vienes, no?

—Sí, me encanta, es muy bonita.

—Lástima que la playa de enfrente no fuera del todo buena para que nos bañemos allí, pero ya iremos a otras que son mejores.

—Esperemos que Carla se recupere y podamos ir.

—Sí. Seguro se le pasará pronto. Siempre le da fuerte los primeros días, pero después está como nueva.

La charla se volvió un murmullo mientras yo me concentraba en su voz, ronca, varonil. Cuando terminé, me levanté para llevar mi plato a la cocina.

—Gracias por la cena, señor Felipe. Estuvo muy bueno todo —le dije cuando lo vi entrar detrás de mí.

—Me alegro de que te haya gustado, tanto la cena como mi compañía.

Me dijo eso, regalándome una sonrisa “mojabragas” de las que me encantaban. Estaba tan lindo que me derretí al instante.

—Cuando quiera repetir, soy toda suya —le dije un poco envalentonada por el momento que teníamos a solas y le devolví la sonrisa.

Sabía que había sonado un poco insinuante, pero es que era una oportunidad que no podía desaprovechar.

Me quedé sin respirar cuando vi que se acercaba y me dejaba un beso en la mejilla. Suspiré al sentirlo tan cerca, pero me recompuse enseguida, mirándolo con una sonrisa en la cara y seguí hacia la habitación.

En el camino iba suspirando, porque ese beso, por muy tonto que haya sido, me gustó mucho y casi se me salía el corazón por la boca del susto. Pero tampoco quería confundir las cosas, porque no sabía si sería una invitación a que comencemos un juego de seducción o es solo producto de mi imaginación, que lo vi como algo provocador sin llegar a serlo.

El señor Felipe había sido una persona importante en mi vida y no quería arruinar las cosas por entender mal la situación. Así que lo mejor era que me quedara quieta, esperando una señal más clara.

Quizá solo era mi imaginación… pero algo me decía que esto recién comenzaba.

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NB ✨