Lío de gemelos- LGBT

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Summary

En un mundo de rivalidades deportivas y emociones ocultas, José Martínez, un joven de 16 años y capitán del equipo de baloncesto de una prestigiosa escuela para niños ricos, se enfrenta a Ricardo López, su mayor rival de otra institución. Ambos tienen una feroz competencia por ser campeones, pero una confusión en una fiesta cambia el rumbo de sus vidas. En la fiesta, José besa accidentalmente a Rodrigo, el hermano gemelo de Ricardo, sin saber que este existe. Rodrigo, quien no comparte el talento deportivo de su hermano pero lo apoya incondicionalmente, queda atrapado en un torbellino de emociones mientras intenta entender su propia identidad. José, confundido y creyendo que besó a su enemigo, confronta a Ricardo, quien queda desconcertado al enterarse de la situación. Cuando Rodrigo confiesa a su hermano que ha estado saliendo con José en secreto, la relación se complica aún más. José, herido y desconfiado, sospecha que los gemelos están jugando con él y termina la relación. Sin embargo, Ricardo, a pesar de su rivalidad con José, decide ayudar a su hermano a arreglar las cosas. En el proceso, las verdades salen a la luz, los sentimientos se aclaran, y todos enfrentan los desafíos de crecer, entenderse y aceptar sus propios deseos. Esta es una historia sobre rivalidades, identidad, amor inesperado y el poder de la sinceridad.

Genre
Romance
Author
Alix
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Conflicto

Faltaban solo dos minutos para el final. El marcador mostraba una diferencia de un punto a favor del equipo de Ricardo, y la tensión era palpable.


José, con el balón en las manos, lideró a su equipo con movimientos rápidos y precisos. Su cabello afro se movía ligeramente mientras avanzaba, esquivando a los defensores contrarios. Encontró a uno de sus compañeros, Diego, en una buena posición y le pasó el balón.


-¡Diego, tira! -gritó José.


Diego saltó para intentar un triple, pero justo antes de que el balón abandonara sus manos, Ricardo apareció de la nada y lo empujó ligeramente por la espalda. Diego cayó al suelo, el tiro falló y el balón quedó en manos del equipo de Ricardo.


-¡Falta! -gritó José, señalando a Ricardo con furia.


El árbitro se acercó para revisar la jugada, pero Ricardo ya estaba levantando las manos, fingiendo inocencia.


-Fue un accidente -dijo con una expresión de falsa preocupación. -Solo intentaba bloquear el tiro.


El árbitro, presionado por la rapidez del juego, decidió no sancionar la jugada. El equipo de Ricardo mantuvo la posesión del balón.


-¡¿Accidente?! -exclamó José, acercándose a Ricardo mientras este se preparaba para el siguiente ataque. -¡Eres un tramposo!


Ricardo lo ignoró con una sonrisa confiada, como si el comentario no lo afectara en absoluto.


En los últimos segundos, Ricardo tomó el balón y, con una jugada rápida, anotó un tiro perfecto que selló la victoria para su equipo. La multitud en su lado de las gradas estalló en aplausos y vítores.


José, por otro lado, estaba furioso. Sus compañeros intentaban calmarlo mientras él miraba a Ricardo con una mezcla de ira y frustración.


Cuando ambos equipos se reunieron en el centro de la cancha para el apretón de manos final, José se plantó frente a Ricardo, apretando los dientes.


-No sé cómo puedes estar tan orgulloso de ganar haciendo trampa. -Las palabras de José eran un susurro cargado de enojo, pero Ricardo lo escuchó claramente.


Ricardo, sin perder su sonrisa, se inclinó un poco hacia él. -Ganar es ganar, Martínez. Tal vez deberías aprender eso.


José lo miró con desprecio antes de dar media vuelta y dirigirse al vestuario. No podía soportar que alguien con tanto talento como Ricardo eligiera el camino fácil. Y aunque la derrota dolía, lo que más le molestaba era sentir que el deporte que tanto amaba había sido deshonrado.


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José Martínez era el capitán del equipo de baloncesto de su escuela, una institución de élite para chicos ricos. A sus dieciséis años, ya era conocido por su talento y liderazgo dentro de la cancha. Sin dejar de mencionar lo apuesto que el chico era, su cabello negro afro y su piel oscura, era la representación de la belleza masculina en una ciudad que no estaba acostumbrada a ver personas de razas diferentes. La temporada de campeonato estaba en pleno auge, y José estaba decidido a llevar a su equipo a la victoria. Pero había un rival al que no podía sacar de su mente: Ricardo López.


Ricardo, un joven de una escuela rival, era tan talentoso como José.


Ambos equipos se habían enfrentado en varias ocasiones, siempre con resultados muy parejos, pero nunca lograban destronar al otro. La rivalidad entre los dos chicos era palpable, y no sólo en la cancha. Fuera de ella, José no podía soportar a Ricardo, y viceversa. Era más que competencia; era una enemistad alimentada por la necesidad de demostrar quién era el mejor.


Sin embargo, había algo que José no sabía.


Ricardo no estaba solo en su vida. Tenía a su hermano gemelo, Rodrigo, quien, a diferencia de Ricardo, no tenía ningún interés en los deportes. Rodrigo era más tranquilo, sensible y prefería el arte a la competición. Pero, a pesar de no compartir la misma pasión por el baloncesto, siempre había apoyado a su hermano en todo lo que hacía.


Aún que eran gemelos idénticos, de cabello castaño claro y piel clara, Ricardo era ligeramente más alto, gracias a su afición por el básquet.


Ricardo y Rodrigo habían tenido una infancia traumática, cuando eras muy pequeños sus padres se divorciaron, Ricardo se fue con su padre; un hombre tranquilo que prefería la charla al conflicto. Juan se casó con Melinda, una mujer de carácter fuerte pero que siempre ha tratado a Ricardo como a un hijo, las personas que no sabían que Melinda era en la madrastra de los gemelos, creían que Ricardo se parecía a ella y Rodrigo a su padre.


Rodrigo no tuvo tanta suerte. La madre de los gemelos tenía serios problemas con sustancias. Paso malos momentos dada la negligencia de su madre, hasta que el DIF se puso en contacto con Juan después de que la madre de los gemelos fuera detenida por chocar su vehículo y ocasionar el fallecimiento de dos personas.


Mientras que Ricardo era un líder nato, Rodrigo era más retraído y tranquilo. Pero esto no afectaba la relación de los hermanos, desde que Rodrigo llegó a vivir con ellos, Ricardo se volvió el principal protector de Rodrigo, algo que enorgullece a sus padres. Juan y Melinda.


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El bullicio de la plaza comercial era el escenario perfecto para una tarde tranquila. José caminaba con sus amigos, riendo y bromeando mientras revisaban escaparates. Estaban en plena discusión sobre qué lugar elegir para comer cuando, de repente, se detuvo en seco.


Frente a él, entre las mesas del área de comida, estaba Ricardo López, acompañado por un par de compañeros de su equipo de baloncesto.


José frunció el ceño al instante. -Miren quién está aquí... López, el rey de las jugadas sucias.


Ricardo giró la cabeza al escuchar su nombre. Al reconocer a José, su expresión se endureció. Caminó hacia él con las manos en los bolsillos y una sonrisa desafiante en el rostro.


-Mira quién habla. El que siempre anda llorando porque no puede ganar sin buscar excusas.


José dio un paso adelante, ignorando las miradas curiosas de sus amigos. -¿Excusas? ¡Tu equipo hizo una falta clarísima en el último partido! Empujaste a Diego en el último minuto y fingieron que no pasó nada.


Ricardo soltó una risa sarcástica. -¿Falta? Por favor. Tu jugador apenas se tropezó. Si no sabes aceptar la derrota, no es mi culpa.


José apretó los puños, pero uno de sus amigos lo detuvo poniendo una mano en su hombro. -Déjalo, José. No vale la pena.


-No, esto lo voy a aclarar ahora. -José apartó la mano de su amigo y se dirigió directamente a Ricardo. -¿Sabes qué es lo peor de todo? Que ni siquiera necesitas esas trampas para ganar. Eres bueno, López, pero prefieres ensuciar el juego.


Ricardo arqueó una ceja y cruzó los brazos. -Tú no sabes nada de lo que pasa en mi equipo. Y no necesito que tú, de todas las personas, me digas cómo jugar.


-Tal vez no, pero sé lo que vi. -José señaló a Ricardo con un dedo acusador. -Y todos lo vimos.


El intercambio comenzaba a llamar la atención de las personas alrededor. Uno de los compañeros de Ricardo intentó intervenir. -Vamos, Ricardo. Esto no vale la pena.


-Tiene razón, no vale la pena -respondió Ricardo con frialdad, pero antes de alejarse, lanzó una última mirada a José. -Nos vemos en la cancha, Martínez. Ahí es donde realmente se demuestra quién tiene razón.


José lo vio alejarse, con los músculos tensos y la mandíbula apretada. Uno de sus amigos rompió el silencio. -¿Estás bien?


-Estoy bien -respondió José, aunque la ira aún ardía en su interior. -Pero la próxima vez que lo vea en la cancha, no voy a dejar que se salga con la suya.


Los amigos continuaron su paseo, mientras José planeaba en silencio cómo enfrentarse a Ricardo en el próximo partido.


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Ricardo entró a casa dando un portazo, tirando su mochila al suelo del pasillo sin preocuparse por recogerla. Su rostro estaba rojo de frustración y sus pasos resonaban en la tranquila sala. Rodrigo, sentado en el sofá con un libro en las manos, levantó la vista al escuchar el estruendo.


-¿Otra vez? -preguntó Rodrigo con calma, marcando la página en la que estaba y cerrando el libro.


Ricardo no respondió de inmediato. Se dejó caer en el sofá junto a su hermano y, en un movimiento impulsivo, se recostó, apoyando la cabeza en el regazo de Rodrigo.


-¿Qué pasó ahora? -insistió Rodrigo, mientras acomodaba el libro a un lado para concentrarse en su hermano.


-Ese idiota de Martínez -soltó Ricardo, mirando al techo con el ceño fruncido. -Está diciendo que hice trampa en el último juego.


Rodrigo arqueó una ceja, pasando distraídamente los dedos por el cabello castaño claro de su hermano en un gesto automático de consuelo. -¿Y lo hiciste?


Ricardo se giró ligeramente para mirarlo con incredulidad. -¡Claro que no! Bueno... tal vez empujé un poco a Diego, pero fue sin intención. Solo estaba bloqueando el tiro.


Rodrigo sonrió con suavidad, reconociendo el tono defensivo en las palabras de Ricardo. -¿Y por eso José está tan molesto?


-Sí. -Ricardo soltó un largo suspiro. -Lo peor es que no era ni siquiera un juego oficial. Era solo una práctica, y está actuando como si hubiera perdido el campeonato del mundo.


-José es competitivo. Igual que tú -respondió Rodrigo con tono tranquilo.


-No como yo. Yo sé perder -refutó Ricardo, aunque su tono no sonaba del todo convincente.


Rodrigo lo miró con una mezcla de diversión y paciencia. -Ricardo, sé honesto. ¿De verdad fue un accidente?


Hubo un momento de silencio antes de que Ricardo respondiera, desviando la mirada. -Fue más... oportuno que accidental, pero no era algo tan grave.


Rodrigo soltó una pequeña risa y negó con la cabeza. -Sabes que José no lo va a dejar pasar. Es como un toro cuando ve algo que considera injusto.


-Eso ya lo sé -dijo Ricardo, con un toque de irritación. -Siempre tiene que estar dando sermones sobre cómo jugar limpio y todo eso.


Rodrigo continuó acariciándole el cabello mientras Ricardo cerraba los ojos, claramente más relajado. -Tal vez deberías hablar con él. No con sarcasmo ni con esa actitud tuya, sino de verdad.


Ricardo resopló. -¿Hablar? No sé si puedo aguantar su moralismo más de cinco minutos.


-Quizás deberías intentarlo -sugirió Rodrigo con serenidad. -Después de todo, ambos son tan tercos que podrían llegar a entenderse si dejaran de discutir por un rato.


Ricardo no respondió de inmediato. En cambio, permaneció en silencio, disfrutando de la comodidad del momento y dejando que las palabras de su hermano se asentaran. Aunque no lo admitiría, sabía que Rodrigo tenía razón.