Alicia en tinieblas

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Summary

Alicia se adentra en un lugar oscuro, un club exclusivo donde las reglas del deseo son flexibles y las sombras crean una atmósfera cargada de sensualidad. Se ve arrastrada a una danza tentadora con un desconocido, cuya mirada y caricias parecen derretir sus sentimientos.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El umbral de lo oscuro

La luz del atardecer teñía las calles de un naranja mortecino. Las sombras de los edificios y árboles se alargaban como espectros, y Alicia avanzaba con pasos firmes, aunque cargados de una calma casi inquietante. El eco de sus tacones rompía el silencio de la plaza vacía, resonando en el aire como una melodía que nadie escuchaba.

Su cabello castaño oscuro, recogido en un moño descuidado, dejaba caer algunos rizos rebeldes alrededor de su rostro. Un mechón acariciaba su mejilla, mientras los tirantes de su vestido negro descansaban sobre sus hombros desnudos, dibujando líneas de sombra y luz contra su piel. Su figura, moldeada por curvas suaves y elegantes, tenía algo que atraía todas las miradas. Aunque Alicia parecía ignorarlo, sabía bien que la atención que despertaba no era casual: su andar, sus rasgos delicados y su silueta armoniosa eran imposibles de pasar por alto.

Se sentía vacía. Como una caja de música que ha perdido su melodía, avanzaba por la vida impulsada solo por la rutina. Los recuerdos del pasado se aferraban a su mente como raíces de un árbol seco, incapaces de soltarse. A veces, al doblar una esquina o detenerse en una calle, creía oír voces familiares llamándola desde algún rincón oscuro. Eran ecos de una vida que ya no existía, susurros que parecían burlarse de su dolor.

Había intentado llenar ese vacío. Buscó consuelo en otros cuerpos, primero en hombres y luego en mujeres, pero las caricias y los besos solo acentuaban su sensación de soledad. “Nadie ve más allá de mi piel,” pensaba, apretando los labios al recordar las miradas vacías que siempre la buscaban por razones equivocadas. Lo que realmente anhelaba, lo que su corazón pedía a gritos, parecía inalcanzable.

Una ráfaga de viento levantó papeles del suelo, haciéndolos girar en espirales erráticas. Uno de ellos se detuvo frente a sus pies, atrapado por la punta de su tacón. Alicia lo recogió con curiosidad y lo alisó con los dedos. Era una invitación: un papel negro con letras doradas que brillaban con un resplandor suave y casi hipnótico.

“Bienvenida a La Dama de la Noche. Aquí, cumplimos los anhelos más profundos de tu corazón. Dos calles te guiarán: Calle Ámbar y el Pasaje de las Sombras.”

La dirección la desconcertó. Conocía la Calle Ámbar, una vía concurrida y llena de tiendas, pero jamás había oído hablar del “Pasaje de las Sombras”. Bajó la mirada hacia la imagen que adornaba el papel: un hombre de torso desnudo sostenía a una mujer que parecía desvanecerse como humo en sus brazos. Alicia recorrió la figura con la punta de los dedos, como si pudiera sentir el relieve inexistente del dibujo. Una sensación inexplicable, mezcla de curiosidad y deseo, la invadió.

Guardó el papel en su bolso, y esa noche decidió buscar el club.

La Calle Ámbar era justo como la recordaba: iluminada por luces cálidas, con escaparates que mostraban ropas y joyas que parecían brillar incluso en la penumbra. Sin embargo, al llegar al número donde debía estar el Pasaje de las Sombras, solo encontró un callejón sin salida. Frunció el ceño, desconcertada, y volvió a revisar el papel bajo la luz de una farola.

Caminó de un lado a otro con sus tacones resonando en los adoquines mientras la frustración crecía en su interior. ”¿Es esto una broma?” se preguntó, apretando el papel en su mano. Giró una esquina al azar, con la esperanza de encontrar algo, cualquier cosa que explicara aquel misterio.

De repente, el aire cambió. Una ráfaga más fría la envolvió, y un aroma extraño, entre humedad y flores marchitas, se coló en sus sentidos. Allí, al final de una callejuela que antes no había visto, apareció un arco de piedra oscura. Un letrero desgastado colgaba en lo alto, con letras apenas visibles que decían: “Pasaje de las Sombras.”

Alicia se detuvo con su corazón latiendo más rápido. La entrada parecía envolverse en penumbra, como si la luz de las farolas evitara acercarse. Al otro lado, una tenue iluminación púrpura titilaba como una llama distante. Inspiró profundamente y avanzó con sus tacones sonando con más fuerza en el pavimento irregular.

Al final del pasaje, un hombre alto y robusto estaba de pie frente a una puerta negra. Vestía de manera impecable, con un traje que realzaba la amplitud de sus hombros y una expresión que mezclaba autoridad con misterio. Sus ojos claros y penetrantes se clavaron en los de Alicia, evaluándola con una intensidad que la hizo estremecer.

Sin decir palabra, el hombre abrió la puerta. Una oleada de música envolvente y luces suaves la recibió, invitándola a entrar. Alicia cruzó el umbral, dejando atrás la ciudad conocida y adentrándose en un mundo que, aunque todavía no lo sabía, cambiaría su vida para siempre. Una sensación embriagadora de sensualidad y magia la envolvió. Una luz tenue, casi irreal, bañaba el lugar, acariciando su piel como un velo cálido. La música que flotaba en el aire era como un enigma: por momentos, sus notas parecían rock; luego, se transformaban en un eco de música electrónica, un susurro de country o incluso en un latido tribal. A veces, todos los géneros se entremezclaban en una armonía desconcertante pero hipnótica.

El aire estaba cargado de un incienso dulce y especiado que estimulaba los sentidos. Frente a ella, un mar de cuerpos danzaba en perfecta sincronía con el juego de luces multicolor, que latían como un corazón vivo. Los movimientos eran caóticos y libres, un lenguaje propio que convertía cada figura en parte de un todo vibrante y seductor.

Se adentró en la multitud de cuerpos danzantes, intentando abrirse paso hacia la barra en busca de algo que calmara su sed. Sin embargo, una oleada de pánico comenzó a apoderarse de ella cuando notó cómo los movimientos a su alrededor se volvían más frenéticos, casi convulsivos. Fue entonces cuando lo vio: sus ojos. Había algo extraño en ellos, un destello que parecía estar ahí y, al mismo tiempo, no existir. Era como si atravesaran la superficie y se adentraran en lo más profundo de su ser, desnudando su alma bajo la luz palpitante.

El pánico escaló, creciendo al ritmo de la música. Su respiración se volvió errática, y el peso del aire a su alrededor le impedía moverse con libertad. Quiso gritar, correr, encontrar una salida, pero la multitud la encerraba en un caos interminable de miradas y movimientos. Se sintió atrapada, como si el lugar mismo no la dejara escapar.

De repente, alguien la tomó del brazo con firmeza, sacándola de aquel torbellino de cuerpos. Sin decir palabra, la condujo hasta una mesa apartada, en un rincón oscuro del club. Alicia apenas pudo distinguir su rostro entre las sombras hasta que, finalmente, se sentó frente a él.

—¿Estás bien? —preguntó el chico, con su voz suave pero firme, mientras le ofrecía un vaso de cristal con un líquido transparente.

Alicia miró el vaso con recelo y desconfianza.

—No te preocupes. Es solo agua —añadió, con una sonrisa tranquilizadora.

Dudó un momento, pero la sed que la aquejaba la impulsó a aceptar. Llevó el vaso a sus labios y bebió un sorbo, casi como un gesto automático. El frescor del agua calmó algo más que su garganta, y sintió cómo la tensión de su cuerpo comenzaba a ceder.

Alicia continuó bebiendo, descubriendo que su sed era mucho mayor de lo que había imaginado, como si el agua no solo apagara su boca, sino que también absorbiera una parte del vacío que sentía en su interior.

El chico no tenía la figura de un modelo de revista, pero había algo en su presencia que resultaba enigmático y atrayente, algo que se escurría entre las sombras del club. Vestía un pullover blanco, ajustado a su cuerpo de manera discreta, y su rostro, apenas iluminado por los destellos erráticos de las luces del lugar, era una mezcla intrigante de suavidad y dureza. Su mandíbula firme contrastaba con la suavidad de sus labios, ligeramente entreabiertos, y en sus ojos negros brillaba una luz que no parecía pertenecer a este mundo, algo que había visto en otros, pero que de alguna manera parecía más intenso aquí.

—Gracias —dijo Alicia con su voz temblando apenas.

—Eres nueva, supongo —comentó él, con una tranquilidad que hacía parecer que ya lo sabía.

Alicia asintió con una leve inclinación de cabeza con su curiosidad creciendo a cada palabra.

—Es normal que todo esto te afecte al principio —continuó él, su tono era calmado, pero algo había en su mirada que parecía ver más allá de ella—. A todos nos pasó. Pero lo que ves aquí, esto, es solo una pequeña parte de lo que este lugar puede ofrecer.

Alicia lo miró, confundida. —¿Como qué cosas?

—Si te lo cuento, pensarás que estoy loco.

—Haré mi mejor esfuerzo por no hacerlo.

Él sonrió.

—Tus deseos más profundos —dijo, con una pasión en su voz que hizo que el aire se volviera más denso, helando la sangre de Alicia.

Ella no pudo evitar sonreír, pero fue una sonrisa nerviosa. Él también sonrió, pero de una manera que parecía saber algo que ella no.

—Eso dice el volante —dijo ella, mirando al chico con cierto escepticismo—. No esperaba que fuera real. La verdad, solo vine porque el modelo me pareció… atractivo.

—Te lo digo en serio, Alicia.

Ella parpadeó, sorprendida. —¿Cómo sabes mi nombre?

Una risa suave escapó de los labios del chico, pero no sonaba burlona. —Si me permites mostrarte este lugar… lo sabrás.