Prólogo
Max
Sesenta y cinco. Ochenta. Ochenta y cinco. Noventa.
Mientras el número del medidor de velocidad aumentaba, algo se aflojó dentro del pecho de Max Verstappen. Él solo quería que se acabara. La temperatura humeante del exterior luchaba con el frígido aire acondicionado que bombeaba a través de las ventanillas del auto, causando que las ventanas se empañen, pero él no conseguía refrescarse. Perdió la camisa diez minutos después de haber escalado detrás del volante, pero todavía estaba ardiendo.
El sudor y las lágrimas pinchaban sus ojos hasta que los números nadaron en una mancha rojo brillante. Parpadeó rápidamente para limpiar su visión. Cuando eso no funcionó, quitó ambas manos del volante, clavando el dorso de la palma de su mano contra los ojos hasta que brillos bailaron detrás de los párpados.
Sin su guía, el auto viró hacia el otro carril. No importaba, el camino estaba muerto. No había visto otro automóvil en millas. Solo degenerados y camioneros estaban en la autopista a las cuatro de la mañana. Por lo menos, eso era lo que su madre decía en su tono más agrio justo después de que le recordara que su comportamiento era inapropiado, aconsejando que se detuviera de inmediato y esperará a que alguien viniera a recogerlo. Eso fue cuando Max había tirado su teléfono por la ventana. Él cambió su peso, la piel pegada al asiento de cuero suave como mantequilla de su Porsche Cayenne. ¿Por qué carajos hacía tanto calor?
Los neumáticos chirriaron mientras conectaban con las franjas blancas reflectantes de advertencia en el arcén de la carretera. Dio un tirón al volante hacia la izquierda, solo tropezando un cuarto del panel frontal contra la barandilla de aluminio antes de encontrar nuevamente el asfalto. Intentó concentrarse en quedarse entre las líneas blancas, pero había demasiadas de ellas.
La cabeza de Max palpitaba, su lengua saltó contra el paladar de su boca. Su mundo parpadeaba dentro y fuera de foco. Se frotó la ceja y presionó el botón del aire acondicionado, intentando bajar la temperatura, pero ya se encontraba programado en lo más bajo. Agua. Necesitaba agua. Tomó la botella de plástico en el asiento del pasajero, gruñendo con frustración cuando estaba vacía. Aplastó el plástico con un grito antes de abrir la ventana y enviarla volando. El auto casi se estrelló, pero él lo atrapó antes de perder el control.
“Jesús, no puedo creer que fueras tú el que vivió”.
Se sacudió las lágrimas del rostro, aplastando el pie en el pedal del gas y apretando la dirección con ambas manos. La pequeña pastilla rosada que se había tomado más temprano estaba en guerra con la media botella de bourbon que ingirió, dejándolo cansado y energizado, las palabras de su padre rebotaban en su cráneo como pinball.
“Eres un desperdicio. Todo el dinero que invertimos para volverte normal… ¿y para qué? Para que estés sobre tus rodillas en un baño como una puta de dos dólares… ¿En un evento público? En uno de mis eventos. ¡Frente a mis amigos!”.
Lo impresionaba como su padre tuvo la audacia de llamarlo una puta cuando en el evento en cuestión se pagaba veinticinco mil dólares por plato. Su padre tenía una idea peculiar sobre la normalidad. Casarse con una mujer que odiaba por su fondo fiduciario. Vender su alma para alcanzar sus objetivos. Niños en jaulas. Muros para mantener a nadie del lado de afuera. Y, aun así, Max era la puta. Max era la abominación. Qué chiste. Su risa irregular era resaltada en el silencio del auto.
“¿Qué es lo que buscas? ¿Atención? ¿Dinero? ¿Qué se necesita para que dejes este estilo de vida desviado de una vez por todas? Hay programas… Centros de tratamiento para adultos. Mejores de los que te enviamos antes. Más agresivos. Déjanos ayudarte antes de que sea muy tarde. Tu alma está en peligro.”
Se le escapó un sollozo. Su visión era una corriente de líneas blancas que refluían y fluían como si él estuviera en The Matrix. Necesitaba bajar la velocidad, pero sabía que no podía. Él sabía, muy profundo y abajo de sus agallas "en donde había acumulado todas las cosas que él solía pensar eran posibles", que no se detendría. Su padre jamás lo dejaría solo. Nunca lo dejaría ser quien era. Jamás lo dejaría tener algo que pudiera llenar ese gigante, enorme agujero dentro de él.
¿Cuál era el punto de todo esto?
Apagó las luces de los faros delanteros y se sumergió en oscuridad hasta que las luces de las calles fueron como estrellas fugaces y los reflectores eléctricos y las personas solo eran energía. Él era solo energía y átomos, y si solo soltaba el volante, todo podría terminar. No más dolor. No más heridas. No más frustración. No más decepción. No más Max.
¿No estaría haciéndole un favor al mundo?
Metal chocó contra metal como un monstruo prehistórico, el fuego se arrastró sobre sus mejillas y frente, y entonces estaba volando. ¿Era así como se sentía morir? El repentino golpe le robó la respiración de los pulmones, y el dolor explotó detrás de sus ojos mientras su cuerpo rodó por lo que parecía una eternidad.
¿La muerte se suponía que debía doler de esa forma? Quizás esto era el infierno. Max intentó abrir sus ojos, pero solo uno de ellos pareció cooperar. El cielo nocturno nadaba sobre su cabeza y mostraba un mundo pintado en carmesí. Intentó reír, pero sonó más como un jadeo dolorido y el sabor a cobre invadió su boca. ¿Todavía tenía sus dientes? Intentó tocarlos con la lengua, pero su cuerpo no cooperaba.
No recordó haber cerrado los ojos, pero debió haberlo hecho porque cuando los abrió de nuevo, un rostro apareció. Debió haber gritado si pudiera manejarlo, pero en su lugar, tragó con fuerza intentando concentrarse. El hombre sobre él, iluminado por las luces de la calle, tenía el rostro redondo con gafas de montura de alambre y piel bronceada de navegante. Solamente la piel alrededor de sus profundos ojos marrones, mostró lo pálida que estaba la complexión del extraño.
¿Las personas pescaban en el cielo?
—Mierda santa. ¿Estás vivo? Jesús. ¡Estás vivo! —El hombre lo estaba sacudiendo, y Max luchó contra la urgencia de vomitar —. Cariño, mierda santa.
¡Mierda santa! Está vivo. Me está mirando fijamente. Llama al 911 —Entonces el rostro del hombre estaba de nuevo en su punto de visión —, oye, trata de no moverte ¿de acuerdo? Podrías tener, como, el cuello roto o algo así.
El hombre tenía demasiados dientes. Tan blancos. Max se concentró en los dientes como chiclets, mientras dejaba a su cuerpo recuperar el control.
—Mmm bien —intentó decir, pero su lengua era demasiado grande para su boca. Lo intentó de nuevo —. Estoy bien. Si… si pudiera llevarme a mi auto.
El hombre resopló en una risa sobresaltada.
—No sé cómo decirte esto, hombre, pero podrías meter lo que queda de tu deportivo en tu bolsillo. Es un milagro que sigas vivo.
El estómago de Max se hundió. Ni siquiera esto lo podía hacer bien. Tomó la mano del hombre:
—Dile a mi papá… Dile a mi papá que intenté terminarlo. Intenté hacer las cosas bien. Dile.