The Loyal Pin 3 ♥ ANILPIN ♥

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Summary

Que hubiera pasado si... Esta historia empieza a partir del trágico suceso que marcará para siempre la vida de Anil y Pin. Nada podía cambiar lo que pasaría, solo un milagro, milagro que en esta historia nunca llegó. A pesar de los esfuerzos de la princesa Anilaphat para convencer a Savitri ya todo estaba decidido, esa mujer lo había sacrificado todo, sus estudios universitarios, su reputación familiar, sobre todo su dignidad y la vergüenza que eso supone, lleva en su vientre la prueba de su extravío y por amor a esa criatura y al honor del hombre casanova del cual se enamoró, no lo haría, menos enterándose de ello pocos días antes de la boda. Había mucho que procesar, mucho que sentir y mucho que perder, para Savitri estaba decidido, lo haría por su nueva familia, por la estabilidad económica de su marido, por consecuencia la de ella y lo más importante, de un ser inocente que crecía en su vientre. Si te quedaste con ganas de seguir la historia The Loyal Pin te invito a iniciar este nuevo recorrido de AnilPin, continuaremos desde el punto más dramático y navegaremos en nuevas situaciones sin cambiar la trama original, seremos llevados por nuestros personajes favoritos de nuevo a un drama que nos hará enamorarnos una vez más de esta fascinante historia.

Status
Ongoing
Chapters
29
Rating
5.0 4 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1. Realidades que duelen

Anil

Me encuentro en la playa.

Aquella que fue testigo del amor más puro que jamás haya existido. Khun On me lo ha dicho más de una vez: nunca había escuchado una historia tan mágica y especial como la mía.

El viento juega con mi cabello, trayendo consigo ecos de risas y susurros que aún parecen flotar en el aire. Observo con melancolía cómo las olas avanzan y retroceden, esparciendo recuerdos como perlas dispersas en la orilla, como si el mar jugara a recordarme lo que alguna vez fue.

Pero aquí, con la arena bajo mis pies y el cielo tiñéndose de tonos dorados, me pregunto si la magia sigue intacta en las corrientes o si, al igual que la espuma que desaparece con cada embate del agua, solo queda el eco de lo que alguna vez creí eterno.

Khun On me mira con tristeza, sus labios entreabiertos como si buscara las palabras precisas para detenerme. Pero en su mirada se refleja la verdad: no hay forma de aliviar este dolor.

—Anil, ya no me cuentes más, por favor… duele, duele mucho, mi princesa.

Poniendo sus manos sobre las mías, mira sus lágrimas caer sobre la arena, no puede verme a los ojos, sabe que estoy hecha un desastre y se conmueve al verme así.

No he parado de llorar desde que salimos del palacio. De hecho, no he parado desde la noche anterior. Mis ojeras y los ojos hinchados lo demuestran, pero debía desahogarme, debía soltar a Lady Pin de una vez y por todas, debía hacerlo frente a esta playa para que las olas se llevasen lejos de mí este sufrimiento.

—Señorita On, perdóname por arrastrarte conmigo a este abismo. Pero ahora que lo sabes, que sabes que la amo desde niña, ¿puedes entenderme? ¿Puedes comprender por qué arde mi pecho? ¿Puedes imaginar el infierno de este amor?

Nos abrazamos fuertemente y pasamos un tiempo así. Ella ya lo sabía todo, lo había sospechado desde el principio.

Sabía por qué le enviaba cartas a Pilanthita sin fallar ni una sola vez, por qué elegía pasar cada momento junto a ella en la escuela, por qué llegaba en su auto cada día y por qué siempre prefería irme con ella de regreso.

Khun On había atado todos los cabos desde que me conoció, pero sobre todo sabía con creces por qué la rechacé y por qué, en mis noches de embriaguez, quería volver a casa, quería volver a sus brazos, a los brazos de Lady Pin...

—Princesa, vayamos a descansar, por favor. Es muy tarde, y necesita recuperar fuerzas. Mañana quizás puede que sea otro día duro, Su Alteza. Lo dice con un suspiro al aire, rindiéndose a lo inminente, a lo que quiero ignorar.

—Ve a descansar, Khun On. Ya no necesitas verme sufrir más. Sin embargo, yo no he terminado.

Ella intenta llevarme, sujetando mis manos con firmeza, pero me resisto.

—¡Suéltame! Déjame morir aquí, Khun On, sobre la arena donde la hice mía. Quiero escuchar sus gemidos una vez más, quiero saborear sus labios y enterrarme aquí, junto al destello de su cuerpo sobre el mío.

Caí de rodillas, y mi cuerpo, pesado por el dolor, se volvió imposible de levantar. Khun On, al darse cuenta de mi estado, entendió una vez más lo destrozada que estaba por dentro y que a partir de ese momento necesitaría sus brazos toda la noche porque no regresaría por mi propio pie a la recámara.

—Anil, vámonos, por favor. Moriremos de frío aquí afuera.

Al no obtener respuesta, soltó el agarre que mantenía mi cuerpo caliente y salió corriendo en busca de ayuda. Regresó con nuestro chofer; había pedido ayuda de unos brazos más fuertes que pudieran cargarme.

Al verme tirada en la arena, pálida y con los labios cenizos, se llevó un buen susto.

¡Ay! Soy hombre muerto. Cuando su alteza se entere de que dejé morir a la princesa, me colgará de los cojones en plena plaza pública —exclamó con gran temor.

Su rostro se vuelve pálido, como si ya pudiera imaginar el castigo. Pero antes de que su pánico lo consuma por completo, Khun On interviene.

—Deje el chiste y cárguela a la recámara. Si no lo hace, morirá en sus manos.

Su tono es un mandato. Sus palabras cortan el aire como un llamado de urgencia, haciendo reaccionar al tembloroso hombre.

Deprisa fui cargada como un cadáver frío hasta la recámara. Mi piel se helaba, incapaz de retener el calor. Pero al abrir los ojos, ella estaba allí, a los pies de la cama.

Aquella damisela que al observarme deprimida en el palacio no dudó en escapar conmigo, no dudó en dejar plantada a su hermana, no dudó en subir a aquel auto hacia Hua Hin.

Con paños tibios trataba de calentar mi cuerpo, mas el de ella también estaba frío, con rastros de cansancio y temblando cual vela a punto de apagarse.

Su profunda mirada parecía desaparecer ante mi vista. Sin embargo, seguía a mi lado impoluta con las pocas fuerzas que le quedaban.

Había cargado el dolor junto conmigo.

Ella también necesitaba unos cálidos brazos.

Ella también necesitaba descanso.

Ella me necesitaba a mí.

Khun On, acércate… acércate un poco más.

Mi voz apenas se alzaba, era un susurro tenue, un hilo frágil de sonido que se deslizaba por la quietud de la recámara.

Sin embargo, bastaba. Era suficiente para que ella me escuchara.

Su silueta permanecía inmóvil, como atrapada en una duda que parecía detener el tiempo. Cada segundo que pasaba, la tensión en el aire se volvía casi tangible.

La luz tenue jugaba a su favor, trazando sombras delicadas en su rostro. En sus ojos, un océano profundo parecía contener silencios infinitos y anhelos que nunca se atreverían a ser pronunciados.

Y entonces, insistí con suavidad.

Ven, no desconfíes.

El silencio se extendió unos segundos, antes de que su respuesta finalmente llegara como un susurro tierno.

Sí, mi princesa.

Y luego, una afirmación cargada de una entrega silenciosa.

Haré lo que me pida.