I
La bola de nieve impactó con fuerza en el rostro de la niña, estallando en una nube de cristales helados que mordieron su piel pálida como colmillos de un lobo huargo como el blasón de su casa. El frío se extendió al instante, pero fue la humillación lo que verdaderamente la golpeó, haciendo que Sansa cayera al suelo con un grito ahogado que resonó en el aire gélido. Sus trenzas pelirrojas, impecablemente cuidadas y entretejidas con hilos de seda azul para realzar su herencia Tully, se desordenaron al chocar contra el manto de nieve que cubría el patio de Winterfell como una mortaja blanca. Un rubor escarlata, mezcla de ira y vergüenza, coloreó sus mejillas mientras sus ojos azules, del color del cielo estival, se llenaban de lágrimas de indignación. Lágrimas que no eran solo de dolor, sino de la afrenta a su dignidad de doncella.
Con una voz aguda, cargada de una furia que solo una niña de once años podía reunir, clamó al cielo nevado:
—¡ARYA!
Su hermana menor no respondió con palabras, sino con una carcajada salvaje que resonó entre los muros grises y antiguos del castillo. Arya Stark, con su cabello oscuro desordenado como las ramas de un arciano azotadas por el viento, y su capa cubierta de nieve fresca, ya tenía otra bola de nieve lista en las manos. Sus dedos pálidos, endurecidos por las escapadas al bosque y las lecciones de espada a escondidas, apenas sentían el frío punzante. Su sonrisa era traviesa, casi desafiante, mientras miraba a Sansa con la satisfacción de un lobo joven que ha acorralado a su presa en la nieve profunda.
—¡Te estás poniendo roja como una manzana! —gritó Arya, lanzando la nueva bola sin piedad.
Sansa se levantó de un salto, sacudiendo la nieve de su vestido azul pálido, bordado con hilos plateados que representaban copos de nieve estilizados —un vestido hecho para paseos dignos por los jardines invernales y canciones junto al fuego del Gran Salón, no para combates improvisados en el patio helado. Pero la dignidad de Sansa estaba rota, y sus instintos, por una vez liberados de las lecciones de cortesía, la impulsaron a inclinarse, recoger un puñado de nieve con manos temblorosas y devolver el ataque. La bola voló torpe pero certera, rozando el hombro de Arya y haciendo que esta se tambaleara con una risotada.
Pronto, las dos hermanas estaban inmersas en una batalla sin tregua. Gritaban, reían y corrían alrededor del patio, ignorando el viento helado que soplaba desde el norte como un aliento de los Antiguos Dioses. La nieve caía con suavidad, como si los cielos del Norte observaran el juego con una indulgencia silenciosa, recordando que incluso en la dureza del invierno, los niños debían tener sus momentos de libertad. Sansa, con su gracia habitual deshecha, tropezaba en la nieve profunda, mientras Arya, ágil como un gatosombra, esquivaba y contraatacaba con bolas que silbaban en el aire. El patio, habitualmente un lugar de entrenamientos serios y guardias vigilantes, se convertía en un campo de caos inocente, donde las huellas de sus pies dibujaban patrones caóticos en la blancura inmaculada.
Robb Stark, de trece años y ya con la estatura de un joven guerrero, observaba la escena desde los escalones que llevaban al Gran Salón. En sus manos sostenía un libro de tapas de cuero endurecido, una obra titulada “Las Guerras Dornienses: Estrategias y Fracasos”. Era un regalo destinado a su hermano Jon, quien pronto dejaría Winterfell para reclamar su propio destino. Aunque el libro era una lectura tediosa para su gusto —lleno de mapas polvorientos y relatos de emboscadas en desiertos ardientes—, había escuchado a su padre decir que a Jon le interesaban las estrategias militares, las formaciones de lanceros y las lecciones de batallas perdidas. Robb lo había buscado para dárselo a su hermano como presente, aunque preferiría estar entrenando en el patio con la espada o cabalgando con su hermano, persiguiendo ciervos o hacer carreras.
A medida que las risas de sus hermanas llenaban el aire, Robb desvió la mirada hacia el muro interior del castillo. Las torres grises de Winterfell parecían inmutables, firmes como las raíces de un antiguo arbol con raíces profundas que se hundían profundas en la tierra congelada. Pero la mente de Robb estaba lejos de allí, vagando por senderos más sombríos. Pensaba en Jon, en la legitimación de su hermano y en lo que eso significaba para la Casa Stark. La noticia había llegado con un cuervo del sur, una carta aprobando la legitimación con el sello del rey Robert Baratheon: Jon Snow sería legitimado como Jon Stark, con un dominio propio en Moat Cailin, la antigua fortaleza que guardaba el Cuello contra invasiones sureñas.
Había quienes susurraban en los pasillos de Winterfell que la presencia de Jon había traído una maldición sobre su madre, Lady Catelyn Stark. Se decía que ella no había podido dar a luz a otro varón que viviera: dos abortos espontáneos, ambos niños, perdidos en la oscuridad de noches frías. La superstición de algunos sureños al servicio de su madre aseguraba que los Siete enviaban señales claras. “Jon es una mancha en el honor de los Stark”, decían en voz baja, con acentos del Río que contrastaban con el gruñido norteño. “Un bastardo que roba la bendición de los dioses verdaderos”, había escuchado una vez.
Pero Robb no creía en supersticiones, ni en los siete. Jon había sido su compañero desde que ambos aprendieron a caminar, su confidente en las noches de tormenta y su rival en los entrenamientos con Ser Rodrik, donde las espadas de madera resonaban como truenos. Habían luchado juntos, sangrado juntos en caídas y moretones, e incluso discutido como solo los hermanos pueden hacerlo, con puños y palabras que se disipaban al amanecer. Jon no era una maldición. Era un Stark, en todo menos en nombre, con la misma mandíbula cuadrada y los ojos grises que marcaban a los descendientes de los Reyes del Invierno.
Sin embargo, su madre no pensaba igual. Lady Catelyn había presionado a su esposo, Eddard Stark, para que enviara a Jon lejos. “Un recordatorio constante de tu deshonra”, había dicho en una ocasión que Robb había oído por casualidad, con una frialdad que helaba más que el viento del norte. Pero su padre se negó con esa quietud inquebrantable que definía su honor. No enviaría a su hijo a ningún lugar como si fuese un bastardo indeseado, arrojado a la Guardia de la Noche o a un exilio.
Al final, habían llegado a un acuerdo incómodo, forjado en discusiones a puertas cerradas. Jon partiría, pero no como un exiliado. Sería legitimado por decreto real, convirtiéndose en un Stark de pleno derecho, y se le otorgaría su propio dominio: Moat Cailin, la fortaleza en ruinas que vigilaba el Cuello, con tierras al norte del pantano, donde el terreno era firme y las nieblas menos traicioneras.
Robb cerró el libro con un chasquido seco y suspiró, el vapor de su aliento disipándose en el aire. A lo lejos, las risas de Sansa y Arya seguían resonando, un bálsamo temporal contra sus pensamientos sombríos. Miró hacia ellas, y por un momento, deseó que todo fuese tan simple como una guerra de bolas de nieve en el patio de su hogar: sin intrigas, sin despedidas, solo la pureza del juego infantil. Pero nada era simple en su mundo.
El viento sopló más fuerte, trayendo consigo un frío que calaba hasta los huesos, como un recordatorio de que el invierno siempre acechaba. Robb se envolvió en su capa de lana gris, y bajó los escalones, decidido a interrumpir la pelea de sus hermanas antes de que alguien saliera herido —o peor, antes de que lady Catelyn las viera y las reprendiera por comportarse como salvajes.
Mientras caminaba, pensó en las palabras de su maestre Luwin: “Un día, Robb Stark, cargarás con el peso de Winterfell sobre tus hombros. Espero que para entonces hayas aprendido que incluso las decisiones más simples tienen consecuencias”.
Y aunque aún no era el Señor de Winterfell, Robb ya comenzaba a entender la verdad de esas palabras. Bajó las escaleras de piedra con pasos lentos, aún con el eco de las enseñanzas del maestre Luwin resonando en su mente. Las risas y gritos de Arya y Sansa llenaban el aire del patio, un contraste marcado con la tranquilidad habitual qué reinaba en el corazón del Norte, donde el silencio era un compañero constante.
Pero sus ojos pronto se desviaron de las mellizas. Las puertas de muro interior se abrió, y la figura imponente de su padre, entro junto a su Guardia de Honor. La nieve caía suavemente, acumulándose sobre la capa de piel del lord de Winterfell y las capas de sus guardias, pero no parecía afectar en absoluto a la solemnidad de su porte, como si el frío fuera parte de su sangre.
Eddard había regresado de supervisar uno de los proyectos más ambiciosos que el Norte había visto en generaciones: la construcción de un canal en la región del Cuchillo Blanco, al este de Winterfell. Este canal, diseñado para conectar con una salida por el Mar del Ocaso, prometía revolucionar el comercio en el Norte, facilitando el transporte de bienes esenciales y dar una ruta a los barcos mercantes. Era una obra monumental, una que requería no solo fuerza de voluntad, sino también visión. Ned había contratado ingenieros de Braavos, y había movilizado a miles de trabajadores norteños, prometiéndoles tierras y exenciones de impuestos a cambio de su compromiso, incluso algunos gigantes del otro lado del muro hain sido reunidos.
El caballo pateó ligeramente la nieve mientras su padre bajaba con calma, y los guardias de honor que lo acompañaban formaron a su espalda, la guardia personal de los Stark, estaban juramentados a morir por su señor. Los hombres que componían la guardia de honor de la Casa Stark eran hombres imponentes de acero plateado. Cada guardia usaba un yelmos cerrados con visera acanalada, dejaba apenas entrever los ojos, ocultando cualquier rastro de humanidad tras el frío acero. Este diseño no solo protegía al portador de los golpes de espada o flecha, sino que también creaba una figura inhumana, una sombra temible que infundía respeto y miedo a cualquier enemigo que osara mirar directamente.
La armadura estaba compuesta de placas de acero bruñido que reflejaban la luz como un espejo plateado, resistentes a las lanzas y hachas. Estaba adornada con grabados intrincados, cada uno contando una historia y, en el centro, un lobo huargo en posición de ataque, sus colmillos afilados resaltados con un leve brillo plateado. Cruzando el pecho, varios cinturones de cuero reforzado sujetaban pequeñas fundas y bolsas para herramientas y talismanes personales. Detrás de la pechera, una cota de malla plateada proporcionaba una capa adicional de protección contra puñaladas traicioneras. Los cinturones estaban decorados con detalles de plata.
Desde la cintura colgaba un faldón de placas de acero dispuestas en capas superpuestas, cada una grabada con patrones que recordaban a las escamas de un dragón o las líneas sinuosas de un río congelado. Los brazos estaban protegidos por brazales segmentados, cuidadosamente diseñados para proporcionar una movilidad excepcional, acompañados de la plateada cota de malla que se extendía hasta las muñecas. Los guanteletes eran particularmente impresionantes: cada dedo estaba protegido por placas individuales, y los nudillos estaban reforzados con púas pequeñas. El dorso de cada guantelete llevaba el grabado de un lobo aullando. Las piernas del guardia estaban cubiertas por grebas de acero pulido, igualmente decoradas con los grabados distintivos que unificaban el diseño de la armadura. Las botas eran pesadas, con suelas reforzadas con clavos para tracción en hielo.
Robb se detuvo al pie de las escaleras, observando a su padre, sus botas hundidas en la nieve sin un solo paso en falso. Eddard Stark alzó la vista y encontró a su hijo mayor con la misma mirada que siempre le ofrecía: una mezcla de aprobación silenciosa y expectativas no expresadas, sus ojos grises como el acero, profundos y impenetrables.
—Robb —dijo su padre al moverse hacia él, su capa cubierta de nieve cayo mientras le ponía una mano en el hombro—. ¿Dónde está Jon?
—En la armería, padre. Quería asegurarse de que su espada estuviera lista antes de... —la voz de Robb titubeó un momento, pero lo disimuló rápidamente con un carraspeo—. Antes de su viaje.
Su padre asintió, pero no respondió de inmediato. Su mirada se desvió hacia el patio, donde Arya había logrado derribar a Sansa en la nieve con un empujón bien calculado, seguido de una lluvia de nieve suelta. Las risas de Arya resonaron como campanas desafinadas, mientras Sansa, con las mejillas rojas y el vestido empapado, intentaba levantarse dignamente, murmurando maldiciones que no encajaban con su educación.
—A veces desearía que pudieran quedarse así para siempre —murmuró su padre, más para sí mismo que para Robb, con un atisbo de melancolía que rara vez se permitía mostrar.
El joven Stark observó a su padre curioso, había algo en el tono de su padre, una vulnerabilidad que lo hacía parecer más humano que el señor inquebrantable que todos conocían. Sin embargo, antes de que pudiera preguntarle algo, su padre ya había comenzado a caminar hacia las niñas, con pasos firmes que hacían crujir la nieve.
—Arya, basta ya —dijo Ned con firmeza, pero sin levantar la voz. Su tono tenía el peso suficiente para detener a Arya en seco, aunque la niña aún sostenía una bola de nieve en la mano, lista para el ataque, con gotas de agua helada resbalando por sus pequeños dedos.
—¡Pero ella empezó! —protestó Arya, con los rizos oscuros enredados y la nariz roja por el frío, plantando los pies en la nieve como si estuviera lista para una pelea de verdad.
—¡Eso no es cierto! —replicó Sansa mientras sacudía la nieve de su vestido con aire de dignidad herida, aunque sus trenzas deshechas la hacían parecer más una niña salvaje que una dama—. ¡Fue Arya la que me atacó primero!
Su padre soltó un suspiro profundo, pero había un destello de diversión en sus ojos grises, un raro vislumbre de calidez en el hombre que había visto horrores en la Rebelión de Robert. Se agachó para levantar a Sansa, sacudiendo con cuidado los copos de su capa y ajustándole una trenza suelta con ternura.
—Sansa, no puedes dejar que te provoque tan fácilmente. Y Arya... —giró la cabeza hacia la menor, que había adoptado una expresión de falsa inocencia, con los ojos brillantes como los de un cuervo curioso—. Tú tampoco puedes ir por la vida empujando a tu hermana a la nieve.
Arya frunció el ceño y murmuró algo ininteligible sobre “solo diversión”, pero soltó la bola de nieve al suelo, donde se deshizo en un charco helado.
—Solo estábamos jugando, padre —dijo al fin, con un tono que intentaba parecer razonable, aunque el brillo travieso en sus ojos la delataba.
—Eso no es jugar, Arya. Eso es una batalla campal —replicó Sansa, cruzándose de brazos y enderezando la espalda.
Padre sonrió ligeramente, una sonrisa que suavizaba sus rasgos endurecidos por años de gobierno. Puso una mano sobre el hombro de cada niña, sintiendo el calor de sus cuerpos a través de las capas húmedas.
—Basta las dos. Ahora suban a sus habitaciones y cámbiense. Tenemos un invitado importante en camino, y no quiero que mis hijas estén cubiertas de nieve cuando llegue.
—¿Un invitado? —preguntó Arya, inclinando su cabeza con curiosidad.
—No importa quién sea —respondió Ned con un tono que cerraba cualquier intento de interrogatorio—. Ahora, arriba. Y Arya, nada de escaparte por las cocinas esta vez.
Arya hizo una mueca, pero obedeció, arrastrando los pies mientras Sansa se daba la vuelta con la cabeza en alto, como si ya hubiera olvidado el incidente. Su padre las observó irse con una mezcla de afecto y resignación antes de volverse hacia Robb.
—Ven conmigo, Robb. Vamos a buscar a Jon —dijo finalmente, ajustándose la capa mientras comenzaba a caminar hacia la entrada del Gran Torreón—. Quiero hablar con ambos antes de la cena. Hay lecciones que no se aprenden en libros o patios.
Robb lo siguió en silencio, echando una última mirada al patio. Las huellas en la nieve, las risas que aún resonaban en sus oídos, y los guardias que los seguían como sombras.
En la armería, encontraron a Jon, nervioso, revisando espadas junto a un par de guardias que afilaban hojas con piedras de amolar. Su hermano llevaba un libro bajo el brazo, uno que Robb reconoció al instante: un volumen titulado “El Deber del Buen Señor”, un texto antiguo que Jon había estado leyendo obsesivamente desde que padre le anunció que sería legitimado como un Stark, lleno de tratados sobre lealtad, justicia y el gobierno de tierras.
—Jon —dijo su padre al entrar, su voz calma pero firme, cortando el aire cargado de olor a metal y aceite.
Jon dejó la espada que estaba examinando, una hoja larga de acero forjado, y giró hacia ellos con los ojos llenos de una mezcla de emoción y nerviosismo, sus manos temblando ligeramente al ajustarse el cinto.
—Padre. Robb. —Hizo una ligera inclinación de cabeza, un gesto que Robb odiaba, pues los hacía parecer extraños en lugar de hermanos.
Robb se acercó a Jon y le dio un golpe amistoso en el hombro, sintiendo la tensión en los músculos de su hermano.
—¿Ya has encontrado la espada perfecta o planeas llevarte toda la armería contigo? —bromeó, intentando aligerar el ambiente, aunque su propia voz traicionaba una nota de tristeza.
Jon sonrió débilmente, pero su mente estaba claramente en otro lugar.
—Solo quiero asegurarme de estar preparado. No quiero... no quiero fallarles —dijo, su voz baja, como si admitirlo en voz alta lo hiciera más real.
—No lo harás —interrumpió su padre con una seguridad que no dejaba lugar a dudas, colocando una mano en el hombro de Jon—. No hay nada que temer, Jon. Este es un paso importante, sí, pero es solo el comienzo. El Norte te forjará, como ha forjado a todos los Stark antes de ti.
La voz de su padre tenía un peso que calmaba las aguas turbulentas del corazón de Jon, pero Robb aún podía ver la tensión en el rostro de su hermano: las cejas fruncidas, los puños apretados como si con ese gesto pudiera contener las dudas que lo invadían.
—Tú y Robb vayan por una capa de viaje. Vamos a dar un paseo —añadió Ned, sus ojos grises fijándose en ambos con una mezcla de expectación y calidez paternal—. Hay cosas que se entienden mejor bajo el cielo abierto.
—Sí, padre —respondieron al unísono, como en sus días de infancia.
Ambos salieron juntos de la armería, cruzando el puente cubierto desde donde se podían ver las huellas de Arya y Sansa en la nieve. Robb observó a Jon de reojo mientras caminaban. Lo iba a extrañar. Jon no era solo su hermano; era su gemelo en espíritu, si no en nacimiento. Desde que podían recordar, habían estado juntos y compartido todo: las lecciones de espada con Ser Rodrik y el maestre Luwin, los juegos en el bosque de dioses, incluso los silencios incómodos después de un regaño. Robb sentía que con la partida de Jon, una parte de sí mismo también se iría, dejando un vacío que poco o pocos podrían llenar.
Pronto llegaría el enviado de la capital, un sureño con un pergamino sellado con cera dorada, marcado con el blasón del ciervo coronado de los Baratheon. Un simple papel que cambiaría la vida de Jon para siempre, que le daría el mayor regalo de todos: el apellido Stark, borrando la mancha de “Snow”.
Pero para Robb, aquel pergamino no solo era un símbolo de legitimación; también era un adiós. Jon sería un Stark de verdad, sí, pero también dejaría Winterfell para reconstruir Moat Cailin, convirtiéndose en el guardián del Cuello, un señor en su propio derecho, pero alejado de la manada.
Al llegar a las habitaciones, recogieron sus capas de viaje y se volvieron a encontrar en el pasillo, Robb uso una capa de gruesa lana gris, adornada con un broche de plata en forma de lobo huargo, un regalo de su madre en su último onomástico. La de Jon era más sencilla, negra como la noche, pero igualmente cálida, con el forro hecho de piel de oso del norte, cazado en una expedición que habían compartido años atrás. Mientras se abrigaban, Jon soltó un suspiro apenas audible, mirando por la ventana estrecha hacia el bosque de dioses, donde las hojas rojas de los arcianos parecían susurrar secretos.
—¿Estás bien? —preguntó Robb, ajustándose la capa y notando el temblor en las manos de Jon.
Jon tardó en responder, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras, midiendo cada sílaba como un maestre mide pociones.
—Es... extraño. Toda mi vida quise esto, un nombre, un lugar propio. Pero ahora que está tan cerca... —se detuvo, mirando al suelo antes de alzar la vista hacia Robb, sus ojos oscuros reflejando el tormento interior—. No sé si estoy listo. ¿Y si fallo? ¿Y si Moat Cailin se derrumba bajo mi mando?
Robb sonrió, apoyando una mano en el hombro de su hermano.
—Si alguien está listo, ese eres tú, Jon. Has estudiado más que yo sobre fortalezas y administración. Y aunque no lo estuvieras, siempre tendrás una familia que te respalde. Winterfell no está tan lejos; los cuervos vuelan rápido, y los caballos aún más.
Jon asintió, pero sus ojos seguían reflejando una mezcla de emoción y melancolía. Compartieron un silencio breve, uno de esos momentos que definían su hermandad, antes de bajar al patio.
Cuando volvieron al patio central, padre ya los esperaba, con el rostro impasible bajo la nieve que caía. Los mozos de cuadra habían preparado tres caballos: un corcel gris claro para Robb, tan ágil como robusto, una yegua negra para Jon, esbelta y de porte orgulloso, muy rápida, con una crin que caía como un velo y ojos inteligentes; y el semental gris oscuro de padre. Los caballos eran norteños, criados para resistir las inclemencias del invierno y galopar durante días sin descanso.
—Monten —ordenó Ned con su voz firme, aunque su tono carecía de dureza, más una invitación que un mandato.
Jon acarició el cuello de su yegua antes de montar, susurrándole palabras suaves para calmarla. Era una de las más rápidas de las caballerizas, una criatura de elegancia y fuerza. Robb se acomodó en su corcel con naturalidad, como si la silla fuera una extensión de él mismo, ajustando las riendas con manos expertas.
Ned los observó a ambos desde su posición, con los dedos enguantados ajustando las riendas de su caballo, notando cómo sus hijos se habían convertido en jóvenes hombres ante sus ojos.
—Antes de que anochezca, quiero mostrarles algo —dijo finalmente, y sin más palabras, espoleó a su semental, guiándolos hacia las puertas.
Robb y Jon siguieron a su padre en silencio, sus caballos avanzando con paso firme a través del puente elevadizo de Winterfell y hacia Winter Town. La nieve caía ligera, pero el aire estaba cargado con la promesa de un frío más intenso antes del anochecer.
En las cercanías, Winter Town se alzaba como una colección de luces titilantes entre la penumbra invernal, un faro de actividad en medio de la vasta soledad del Norte. Lo que antaño había sido poco más que un asentamiento de casas dispersas, agrupadas alrededor del castillo para refugiarse durante el invierno, ahora se erguía como una gran ciudad en expansión, un testimonio del cambio que William Stark había cimentado, y la prosperidad que Rickard Stark había comenzado y que su hijo, Ned, había continuado con firmeza tras la Rebelión.
Las calles principales, la mayoría, no todas, estaban adoquinadas con piedras planas de granito, colocadas en patrones entrelazados para drenar el agua de lluvias fuertes y nevadas, con surcos profundos que evitaban el hielo acumulado y permitían el paso de personas, caballos y carros sin atascarse en el lodo. Estas calles serpenteaban entre sólidas y resistentes casas de roca y madera. Las más antiguas, de piedra tosca apilada con mortero reforzado con arcilla del río, tenían muros gruesos que guardaban el calor de los hogares encendidos día y noche durante nevadas primaverales o inviernos, con chimeneas anchas que expelían humo negro. Las más nuevas eran casas de roca de varios pisos más grandes y mejor construidas, con chimeneas múltiples, coronados con gabletes y sus techos inclinados cubiertos de pizarra. En las puertas, algunas familias grababan runas de los Primeros Hombres. Estas casas, más grandes y robustas que las casas de antaño, se alzaban en hileras ordenadas, con ventanas estrechas de vidrio soplado y/o postigos de madera.
La ciudad estaba llena de vida a pesar del frío creciente. Hombres, en su mayoría, altos y robustos de cabellos y barbas largos —algunos lo llevaban suelto, otros trenzados con cuentas—, muchos usaban túnicas de lino teñido hasta la rodilla, holgadas en mangas y cuerpo con excelentes bordados en los puños y cuello, con diferentes motivos y costuras laterales anchas con puntadas decorativas de formas diversas. Otros preferían usar jubones de lana y cuero, o terciopelo si es que tenían el dinero para permitírselo. Encima, muchos usaban una manta de lana ceñida a la cintura con un cinturón de cuero trenzado, cayendo hasta las pantorrillas, con mangas anchas y sueltas, forradas en piel para calidez, con botones tallados o bordados en los hombros; otros solo usaban pesadas capas de pieles de oso o lobo. Con pantalones de lana ajustados pero no ceñidos y botas de cuero hasta la pantorrilla adornadas con correas cruzadas y hebillas de metal simple, los más ricos tenían bronce, plata y oro.
Las mujeres, la mayoría, usaban prendas largas de lino hasta los tobillos, con mangas amplias y bordadas, envueltas en la cintura como una falda ponedora. Bordados en el escote y dobladillo: flores o patrones en hilo de diferentes colores, encima las más ricas usaban un manto abierto al frente, de lana gruesa, forrado en piel suave en el cuello y puños para calidez, bordados en los bordes y broches de metal o hueso en forma de hojas para cerrar. Solo se usaba cuando nevaba; las más pobres solo usaban capas de pieles comunes. Muchas tenían chales de lana a cuadros, adornados con cintas de seda o cuentas. Zapatos de cuero suave, con cordones trenzados. Otras preferían usar vestidos abrigados con capas adicionales para el trabajo en mercados o granjas. Hombres y mujeres llevando leña para las chimeneas, herramientas forjadas o mercancías para vender en el mercado: pieles curtidas, hierro, joyas y artesanías.
Los niños correteaban entre las casas, sus risas mezclándose con los sonidos del comercio: el martilleo constante de los herreros forjando, los gritos de los vendedores pregonando sus mercancías y el crepitar de los fogones en las tabernas, casas y posadas. Impregnando de olores familiares: el humo acre de las chimeneas, el cuero recién curtido en las tenerías donde hombres sumergían pieles en taninos de corteza de roble, el pescado y carne salada que se secaba al sol pálido del invierno en tendederos elevados, y el aroma robusto de la cebada fermentada fabricando “El Fuego del Norte”, como lo llamaban algunos, aunque también se le llamaba whisky, una creación reciente de destilerías en sótanos de piedra, usando cebada y agua de manantiales puros, que ya despertaba interés más allá de las fronteras norteñas.
En el centro del asentamiento, la plaza principal comenzaba a tomar forma. Aún era poco más que un espacio abierto rodeado de talleres de herreros y puestos de mercaderes hechos de madera resistente, era el corazón palpitante de la ciudad. En el centro de la plaza principal, un poste de roble coronado por un lobo huargo tallado se erguía como un faro, sus grabados desgastados por el viento pero aún fieros, con ojos de obsidiana que parecían vigilar a los transeúntes.
Los lugareños hablaban de reemplazarlo por algo más grandioso: una fuente de piedra, o tal vez una estatua. Su padre, siempre práctico y reacio a ostentaciones innecesarias, no veía la necesidad de tales demostraciones, pero entendía que el pueblo necesitaba algo tangible para mirar, algo que les recordara que estaban bajo la protección de los Stark. Gobernar, sabía su padre, no era solo administrar justicia en los tribunales o liderar en batalla; también era inspirar lealtad y esperanza en tiempos de escasez.
A pesar del progreso evidente, Winter Town todavía mostraba las cicatrices de su humilde origen. Los anillos defensivos de muros exteriores estaban incompletos, aún construyéndose, aun con secciones echas de empalizadas de madera reforzada con estacas de hierro donde la piedra aún no había sido colocada, y muchas casas en los márgenes de la ciudad aún tenían un aire provisional, con techos de paja sellados con musgo para el aislamiento.
Las calles principales, aunque transitadas, muchas secciones y todas las calles secundarias aún eran caminos de tierra endurecida, muchas volviéndose traicioneras con la escarcha o por las lluvias del amanecer, formando charcos que se helaban en trampas resbaladizas. Pero incluso con sus imperfecciones, había vida en cada rincón: un herrero cantando una balada antigua mientras martilleaba; una mujer llevando una cesta de comida a su hogar, deteniéndose para regatear con un vendedor de manzanas; niños lanzando bolas de nieve, uno de ellos cayendo y riendo. Eso era suficiente para quienes llamaban hogar a este lugar, un bastión contra la vastedad salvaje del Norte.
La nieve crujía bajo los cascos de los caballos, y el aliento de las monturas se alzaba en nubes de vapor que se disipaban rápidamente en el aire helado. Durante un momento, todo lo que se escuchaba era el viento, un susurro constante que agitaba las ramas desnudas de los árboles y hacía temblar los tejados de las casas más alejadas, llevando ecos de lobos lejanos.
Robb miró a su padre, que cabalgaba delante de ellos con la postura solemne. Su capa gris ondeaba con el viento, y había algo en su porte que hablaba de propósito, algo que prometía que este no era un simple paseo.
—¿Qué crees que nos mostrará? —preguntó Robb en voz baja, inclinándose ligeramente hacia Jon para no ser oído por los guardias que cabalgaban detrás.
Jon no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros estaban fijos en la figura de su padre, como si intentara descifrar sus pensamientos a través de la nieve.
—Con él nunca se sabe. Siempre tiene una lección escondida —dijo finalmente con un tono que mezclaba admiración y duda.
Robb sonrió ante la respuesta de Jon. Era cierto. Ned Stark no era un hombre de palabras innecesarias; cada frase que pronunciaba parecía contener un peso invisible, un propósito que sus hijos a menudo tardaban en comprender. Para Robb, esas lecciones solían ser claras, directas y prácticas. Pero para Jon, parecían estar cargadas de un significado más profundo, como si padre esperara algo diferente, algo más grande de él.
El viaje fue más largo de lo que Robb había anticipado. Los pasos de sus caballos los llevaron lejos de la ciudad y de los muros de Winterfell, cabalgando durante horas, siguiendo los senderos helados que serpenteaban entre colinas nevadas y páramos desolados, pasando por aldeas donde campesinos inclinaban la cabeza ante el lobo huargo en sus estandartes. El sol descendió lentamente, tiñendo la nieve de tonos rosados, hasta que finalmente llegaron a una pequeña meseta que dominaba el paisaje.
—Desmonten —ordenó padre, su voz firme, pero no severa, desmontando primero con gracia.
Obedecieron sin preguntas, aunque Robb intercambió una mirada rápida con Jon, atando sus caballos a un arbusto escarchado. Algo en el semblante de su padre les indicaba que este no era un momento cualquiera: sus ojos grises escrutaban el horizonte con una intensidad que hablaba de recuerdos y presagios. Ned echó un vistazo a los guardias que los acompañaban y, con un simple gesto, les indicó que se quedaran atrás, formando un perímetro discreto. Los hombres se retiraron unos pasos, dejando a los tres Stark solos en la cima de la meseta, donde el viento aullaba como un coro de fantasmas.
El viento azotaba sus capas y despeinando sus cabellos, llevando copos de nieve que picaban como agujas. Robb notó que Jon, a su lado, ajustaba el broche de su capa para protegerse del frío mordiente, su rostro pálido contra el fondo blanco. La meseta no era más que una colina elevada desde donde se podía observar gran parte de los alderedores, pero el terreno era traicionero: bordes escarpados que caían a abismos nevados, donde un paso en falso podía significar la muerte.
Ned puso una mano firme en el hombro de cada uno de sus hijos, obligándolos a mirar hacia el horizonte, sus guantes de cuero crujiendo contra las capas, su toque transmitiendo fuerza y expectativa.
—¿Qué ven al oriente? —preguntó, su voz profunda mezclándose con el gemido del viento, como si hablara no solo a ellos, sino a la tierra misma.
Robb frunció el ceño, desconcertado, y miró hacia donde su padre indicaba. Jon hizo lo mismo, entornando los ojos para enfocar su vista en la distancia a través de la nieve. Las colinas nevadas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, interrumpidas solo por algunas manchas de bosques de pinos y abetos y, más allá, lo que parecían ser una cadena de montañas escarpadas que marcaban el límite con valles congelados, donde clanes como los Flint o los Wull vivían.
Las colinas nevadas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, un vasto tapiz blanco y ondulante que ascendía y descendía en suaves curvas, salpicado aquí y allá por rocas grisáceas que asomaban como huesos bajo la capa de escarcha. Interrumpidas solo por algunas manchas de bosques de pinos y abetos, con algunos columnas de humo de asentamientos, agujas verdes y negras, apenas visibles bajo el peso invernal. Más allá, lo que parecían ser una cadena de montañas escarpadas marcaban el límite con valles congelados, sus picos irregulares y dentados recortados contra un cielo plomizo cargado de nubes bajas, donde la niebla se arremolinaba en los pasos estrechos como fantasmas errantes. Las cumbres estaban envueltas en velos de hielo, reluciendo con un azul pálido en las grietas más profundas, y de vez en cuando un alud distante retumbaba como un trueno sordo. Era allí, en esos valles ocultos y hostiles, donde los clanes de montaña vivían.
—Los páramos —respondió Jon finalmente, su voz firme pero dubitativa por el viento arrebatándole las palabras—. Algunas colinas, los Colmillos del Lobo… y detrás de ellas, los valles de los clanes, no sé muy bien. Hay humo saliendo de algunas chimeneas lejanas, asentamientos quizás.
Ned asintió lentamente, con una expresión que no revelaba nada, pero internamente aprobaba la observación aguda de Jon.
—Ahora dime, Jon, ¿qué ves al poniente?
Jon vaciló, cruzando una mirada con Robb antes de girarse hacia el lado opuesto. El paisaje era similar, aunque menos definido por colinas y montañas; en su lugar, se extendía una vasta llanura nevada que parecía no tener fin, un océano helado y uniforme de nieve que emitía un brillo opaco bajo la luz mortecina del atardecer. Interrumpida aquí y allá por abedules dispersos y pequeños montículos salpicados de crestas suaves y valles diminutos, que podían haber sido asentamientos pequeños o simplemente colinas erosionadas o túmulos, aunque muchas tenían humo saliendo de ellas en delgadas columnas grises que se elevaban perezosas antes de disiparse en el aire gélido.
—No estoy seguro, padre. Es… lo mismo, supongo —dijo Jon, frunciendo el ceño, buscando en vano algo específico.
—¿Es un juego? —intervino Robb, algo frustrado por el enigma, sintiendo el frío calar en sus huesos.
Ned lo miró entonces, con una intensidad que hizo que Robb se sintiera como un niño pequeño de nuevo. Sin decir palabra, el señor de Winterfell tomó a su heredero por la cabeza, girándola suavemente de un lado a otro para que observara cada rincón del panorama. No fue brusco, pero tampoco delicado.
—Mira bien, Robb. No con los ojos de un niño, sino con los ojos de un Stark.
Robb obedeció, tragando saliva mientras dejaba que sus ojos recorrieran el paisaje: las montañas dentadas, colinas ondulantes, ríos y lagos congelados como venas plateadas, los bosques densos, las llanuras infinitas, todo envuelto en una capa de nieve.
—El Norte. Veo el Norte —dijo finalmente en voz más alta de lo que esperaba, como si una fuerza en su interior lo empujara a decirlo.
El rostro de Ned se suavizó, y una tenue sonrisa se dibujó en sus labios. Soltó a Robb y se giró hacia Jon, que aún miraba con atención el horizonte.
—Eso es todo lo que hay que ver, hijos —dijo Ned, con un tono que era tanto enseñanza como verdad absoluta, su voz resonando sobre el viento—. El Norte es vasto, es inmenso. Es el reino más grande de los Siete Reinos, y lo ha sido desde mucho antes de que existiera un trono de hierro. Antes de que los valyrios llegaran a Dragonstone antes de que los Targaryen trajeran fuego y sangre a poniente, los Stark ya gobernaban estas tierras, desde el Muro hasta el Cuello.
Su voz se endureció ligeramente, como si estuviera grabando esas palabras en sus memorias.
—No importa hacia dónde miren: al oriente, al occidente, al sur o al norte, esto es nuestro. Esto es el Norte. Es un reino frío, de inviernos duros, y crueles, pero también es el origen de fuerza y perseverancia. Los hombres del Norte no se arrodillan fácilmente; resistimos y luchamos. Y algún día, cuando yo ya no esté, esta tierra será su responsabilidad, de ambos. Robb, como lord de Winterfell y el Norte; Jon, como guardián de Moat Cailin. Juntos protegerán esta tierra.
Robb sintió cómo su pecho se hinchaba de orgullo al escuchar esas palabras, pero también notó el peso de la responsabilidad que implicaban, como una espada demasiado pesada para un niño. Miró a Jon, que permanecía en silencio, con la cabeza gacha, sus hombros tensos bajo la capa. Su padre lo observó un momento y luego le dio una palmada en el hombro, firme pero reconfortante.
—Jon, el pergamino que traerá el enviado te dará un nombre, pero no olvides que siempre has sido un Stark. Mi sangre y la de nuestros ancestros corre por tus venas, la misma que la de todos nosotros. Eres mi hijo, ilegítimo o legítimo, siempre lo serás, los dos, los cuatro, incluyendo a sus hermanas. Y como lord de Moat Cailin tendrás nuevas responsabilidades, y será tu prueba, pero también tu legado y se que lo harás bien.
Jon alzó la mirada, y en sus ojos había una mezcla de gratitud y determinación, las dudas disipándose como niebla al amanecer. Aunque Robb notó cómo los ojos de Jon se ponían un poco rojos, como si quisiera soltar lágrimas.
—Gracias, padre —murmuró, su voz ronca por la emoción contenida.
Ned asintió y se giró hacia los guardias, indicándoles que era hora de volver con un gesto seco. Robb y Jon montaron de nuevo en sus caballos, pero esta vez, el silencio entre ellos era diferente. Algo más profundo, un entendimiento tácito de lo que significaba ser parte del Norte, de lo que significaba ser un Stark.
Y mientras descendían de la meseta, con el sol poniente tiñendo la nieve de sangre, Robb no pudo evitar volver la vista al vasto horizonte que su padre les había señalado. La inmensidad del Norte se extendía como una manta tejida de nieve, arboles y montañas, hermosa en su salvajismo, indomable en su esencia. Esa tierra les pertenecía. Su padre había hablado del deber y peso de gobernar el norte que podía romper a un hombre si no era fuerte. Robb sabía que esa carga sería compartida, no solo con Jon, sino con cada hombre, mujer y niño que llamara hogar a estas tierras.
Cuando regresaron a Winterfell, el crepúsculo ya comenzaba a teñir el cielo de un gris acerado, con estrellas asomando como diamantes en la oscuridad. Padre los envió a bañarse y ponerse presentables, pues los enviados con la carta de legitimación de Jon llegarían en breve. Robb observó a Jon mientras caminaban hacia el interior del castillo, y aunque su hermano guardara silencio, había una tensión visible en su rostro: los labios apretados, los ojos fijos en el suelo. Para Jon, este día marcaría un antes y un después, y aunque no lo decía en voz alta, Robb podía sentir la mezcla de esperanza y temor que palpitaba en él.
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Arya Stark soñaba con mares desconocidos, con horizontes que se desvanecían en los mapas de los. En su mente, navegaba más allá de los confines de Essos, más allá de las ciudades libres y el mar dothraki, hacia tierras inexploradas donde las estrellas parecían guiar a los valientes y los locos por igual. Veía flotas de barcos enfrentándose a tormentas que rugían como dragones, a monstruos marinos de escamas negras y ojos que brillaban como antorchas en la noche, y a misterios que desafiaban la comprensión de los hombres.
Cada noche, cuando subía a las almenas de Winterfell, envuelta en su capa, miraba las estrellas que titilaban sobre el cielo, frías y distantes. Se preguntaba qué habría más allá del Mar del Ocaso “¿Eran ciertas las historias que los marineros borrachos contaban? ¿Islas donde el sol nunca se ponía, donde los árboles daban frutos de oro líquido? ¿O de reinos sumergidos bajo las olas, con torres de coral y sirenas cantaban canciones olvidadas por los hombres?”
Pero esos sueños, tan vastos como el océano que imaginaba, parecían desvanecerse como niebla al amanecer cuando veía a su melliza, Sansa, absorta en sus propias fantasías, tejidas con cuentos de caballería y canciones de trovadores. Sansa no soñaba con aventuras en tierras sin nombre. Sus ojos azules, claros como lagos de agua cristalina, brillaban con un anhelo diferente mientras observaba al enviado sureño, lord Petyr Baelish, y a los caballeros que lo acompañaban al Gran Salón de Winterfell. Los caballeros eran hombres esbeltos con armaduras más decorativas que prácticas, hasta sus espadas parecían frágiles y finas.
Sansa estaba hechizada y cautivada por sus invitados. Escuchaba con atención cada frase que salía de los labios de lord Baelish, un hombre al que Arya comparaba con una espada de madera, delgado y frágil. Petyr Baelish tenia una barba recortada y su sonrisa que nunca llegaba a los ojos, parecía estar tan a gusto sentado junto a su madre, que Arya no podía evitar sentir una punzada de desconfianza. Había algo en su manera de hablar melosa y calculada, que hacía que los vellos de su nuca se erizaran.
“¿Por qué un hombre como él viajaría tan al norte solo para traer un mensaje?” pensó Arya mientras sus dedos trazando distraídamente los grabados de lobos huargos de su copa de vino rebajado.
Era difícil no notar los músicos que lo acompañaban o los cofres cargados de sedas, joyas y telas bordadas que el enviado había traído consigo, como si intentara comprar el favor de Winterfell o a su padre con baratijas.
“¿Acaso creía que los norteños eran pobres salvajes que las canciones del sur describían, hombres que vivían en cuevas y adoraban árboles demoníacos con sacrificios de sangre?” Esas historias sureñas no podían estar más lejos de la verdad. Los norteños no eran salvajes, ni pobres.
Los norteños eran ricos, su riqueza estaba toda su tierra, desde los ríos, lagos y mares que daban peces en toneladas, en los profundos bosques que proveían madera para construir cientos de barcos, casas y comercio, en las canteras que ofrecían piedra y mármol negro para levantar fortalezas que desafiaran al invierno mismo. Eran ricos en vida, aunque esa vida fuera dura. Arya había oído a su padre decir que el Norte no se doblegaba, que sus hombres y mujeres eran como los arcianos: raíces profundas, ramas que resistían el viento más cruel. Y en esa resistencia había una belleza que ningún sureño comprendería.
Arya pensó en las maravillas que solo el Norte podía ofrecer, en las criaturas que habitaban sus leyendas y sus tierras. Los mamuts que aún vagaban más allá del Muro, arañas de hielo que acechaban en las tierras mas al norte, los osos gigantes de las montañas, más grandes que un caballo de labranza y tan feroces que se necesitaba toda una partida de guerra para matarlos; los unicornios de Skagos y muchos mas animales. Ninguna otra tierra de los Siete Reinos podía presumir de tales portentos. Incluso en la dureza del invierno, el Norte prosperaba, porque sus gentes sabían lo que era sobrevivir cuando el mundo entero parecía querer matarlos.
La mirada de Arya volvió a Sansa, que estaba radiante en el Gran Salón, Sansa escuchaba a lord Baelish sobre la corte del rey Robert, sobre los cuchicheos, banquetes, y torneos de la capital, con una sonrisa soñadora. Los sueños de Sansa estaban hechos de seda, canciones y promesas de un mundo donde todo era bonito y agradable como en las canciones. “Quizá”, pensó Arya mientras sus dedos jugaban con el borde de su cubierto de plata, algún día ambas encontrarían lo que buscaban. Sansa, con sus fantasías sureñas y ella con sus aventuras en mares léganos.
Sansa, en ese momento, era la imagen de una doncella perfecta norteña, su vestido de terciopelo azul profundo brillaba bajo la luz de los candelabros del Gran Salón, capturando reflejos como un lago bajo la luna, delicadas flores bordadas con hilo de oro trepaban desde el dobladillo hasta la cintura, donde un cinturón de fina malla de plata, engarzado con pequeños zafiros del tamaño de gotas, ceñía su figura con una elegancia que parecía sacada de las canciones que tanto amaba. Las mangas, largas y ajustadas, terminaban en puños ribeteados con encaje blanco como la nieve recién caída, y sobre los hombros llevaba una capa corta de visón blanco, asegurada con un broche de oro blanco en forma de cabeza de lobo, con diamantes negros como ojos que parecían observar a todos en el salón. Todo en ella gritaba gracia y refinamiento.
Arya, por el contrario, se sentía atrapada. Su madre había “insistido”, por no decir que le ordeno, usar un vestido de terciopelo gris oscuro que bajo la luz parecía casi plateado. Era sencillo en comparación con el de Sansa, pequeños bordados en hilo de plata adornaban los bordes de las mangas y el cuello, formando patrones geométricos que recordaban a los grabados rúnicos de las tumbas de los Reyes del Invierno en las criptas de Winterfell. La falda era amplia, diseñada para moverse con elegancia, y el corpiño ajustado acentuaba su postura, pero Arya lo odiaba con cada fibra de su ser. Era incómodo, restrictivo, como si la estuvieran obligando a ser alguien que no era, cada paso que daba hacía que la falda se enredara en sus piernas, y el peso del vestido le parecía una cadena invisible.
Mientras observaba a Sansa, radiantemente perdida en las palabras de lord Baelish, Arya recordó algo que había escuchado en las cocinas hacía unos días, cuando se había escabullido para robar algún dulce. Dos sirvientas, creyendo que nadie las oía, habían hablado entre susurros mientras amasaban pan. Una había dicho que Sansa sería la joya del Norte, una doncella destinada a brillar en cualquier lugar, con su cabello de fuego y sus modales impecables.
La otra, con una risa ahogada, había comentado que Arya tenía “el rostro de un caballo” y que nunca sería una dama, no importa cuánto lo intentara lady Catelyn. Arya se había marchado antes de escuchar más, con el pastel quemándole las manos y las palabras quemándole el corazón. No le importaba ser hermosa como Sansa; lo que quería era ser libre, fuerte, como las mujeres guerreras de la Casa Mormont o las leyendas de Nymeria.
Esperaba con ansias que “Meñique” se marchara pronto. Había algo en él que le desagradaba profundamente, aunque no podía ponerle nombre, como un olor rancio que no logras ubicar. Quizá era la forma en que sonreía, con los labios torcidos como si siempre supiera un secreto que los demás ignoraban, o el tono de su voz. Sus ojos, pequeños y brillantes como los de un cuervo, parecían calcular cada gesto, cada palabra. Arya solo deseaba que se fuera para poder quitarse el maldito vestido, correr al patio con su espada de madera y practicar los movimientos que había aprendido de Ser Rodrik y a los guardias.
Tampoco le agradaba cómo su madre parecía aceptar a aquel hombre con tanta facilidad, inclinándose hacia él para escuchar sus historias con una cortesía que rayaba en la deferencia. Arya amaba a su madre, pero no podía ignorar lo que había ocurrido días antes. Lady Catelyn había enviado a las escuderas y mujeres de las lanzas de Winterfell, a patrullar los alrededores de Winter Town, lejos de Winterfell. Aquella decisión había sido vista por muchos como una ofensa, un destierro disfrazado de deber. Esas mujeres habían luchado en la Rebelión de Robert, habían derramado sangre por la Casa Stark junto a sus hermanos y padres, y ahora se las alejaba como si su presencia podría incomodar a los huéspedes sureños. Arya sabía que su madre tenía sus razones, pero no podía evitar sentir que era una traición a lo que el Norte representaba.
—Es un hombre extraño —murmuró Arya, casi sin darse cuenta, sus dedos apretando el borde de su asiento de madera tallada.
Sansa, sentada a su lado, la escuchó y giró la cabeza con una mueca de disgusto, sus ojos azules brillando con irritación bajo la luz del fuego.
—Claro que no. Es un verdadero lord, un miembro del consejo del rey —replicó Sansa, su voz baja pero afilada, como si Arya hubiera insultado a un caballero de sus canciones—. Conoce a todos en la corte, desde el rey Robert hasta la reina Cersei. Ha estado en torneos, en banquetes… Sabe cómo es el mundo de verdad, no como las historias tontas de barcos y monstruos que te inventas.
Arya apretó los labios, conteniendo una réplica que ardía en su lengua como brasas. Quería gritarle que su padre, Eddard Stark, era el Guardián del Norte, señor de la región más vasta y antigua de los Siete Reinos, un hombre cuya palabra pesaba más que todos los consejeros de King’s Landing juntos. ¿Qué importaba que lord Baelish conociera a los cortesanos? Winterfell y el Norte eran más grandes, más antiguos, más poderosos que cualquier cosa que ese hombre pudiera imaginar. Pero sabía que discutir con Sansa no llevaría a nada; su hermana estaba perdida en un sueño sureño.
Así que permaneció en silencio, sentada en su asiento con los ojos perdidos en la danza de las llamas que lamían las velas. Mientras Sansa escuchaba las historias de torneos y justas con una sonrisa soñadora, Arya dejaba que su mente vagara hacia mundos lejanos. Imaginó barcos de proa tallada con cabezas de lobo, enfrentándose a tormentas en alta mar. Imagino islas cubiertas de junglas densas, con árboles que susurraban en lenguas olvidadas, y criaturas que no existían en los libros de la biblioteca de Winterfell.
Arya cerró los ojos por un momento, dejando que el aullido del viento se mezclara con las imágenes de su mente. En ese instante, decidió que un día se marcharía. El mundo era demasiado grande para quedarse en un solo lugar, demasiado lleno de maravillas para limitarse a los confines de los Siete Reinos.
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El Gran Salón de Winterfell aún resonaba con los ecos del banquete, aunque las risas y las canciones se habían desvanecido como el humo de las velas y chimeneas que ahora ardían bajas en sus soportes de hierro. Las largas mesas de roble olían a cordero asado, pan de centeno recién horneado y el dulzor terroso de la hidromiel norteña. El aire estaba cargado de un calor residual, impregnado del aroma de la cera derretida y el cuero de las capas de los comenzases que habían asistido para honrar la legitimación de su Jon. Ned, había enviado a dormir a sus hijas, junto con los demás niños, dejando el salón sumido en un silencio roto solo por el crepitar del fuego en la gran chimenea y los murmullos de los pocos que permanecían.
Solo un puñado de norteños seguía en las mesas, compartiendo jarras de cerveza oscura y con las lenguas sueltas por el alcohol. Un par de sirvientes recogían los restos del festín, moviéndose con la eficiencia silenciosa, y en el pabellón mayor, Ned en la mesa principal estaba junto su esposa, con el vientre abultado por el embarazo que prometía traer nuevos cachorros a la familia Stark. Y allí, con una sonrisa que parecía tallada en cristal afilado, estaba lord Petyr Baelish, el irritante amigo de la infancia de Cat, cuya presencia en el Norte era tan incongruente como un pavo real en un campo nevado.
“El Lobo Tranquilo”, así lo llamaban y era cierto, era un hombre tranquilo y paciente. Aunque ese apodo y su propia personalidad hacia que algunos confundieran con debilidad, pero para el era mas una virtud, que lo había mantenido con vida cuando otros, más ruidosos y temerarios, habían caído. Los sureños, más los que no estuvieron en las batallas de la Rebelión o en el saqueo de King’s Landing, a menudo lo subestimaban, viéndolo como un señor tosco de una tierra bárbara. Ned rara vez se molestaba en corregirlos. Un lobo silencioso, había aprendido desde joven, era más mortal que uno salvaje. El silencio permitía el sigilo, y el sigilo traía la victoria.
Incluso dentro de su propia familia, algunos lo veían como el menos feroz de los Stark. Comparado con su hermano mayor, Brandon, Ned parecía un lago tranquilo frente a una tormenta desatada. Había amado a Brandon, con su contagiosa risa y su energía indomable que atraía a hombres y mujeres por igual. Pero Brandon había sido una llama, brillante pero efímera, consumida por su propio ardor. Había muerto joven, estrangulado por el Rey Loco, llevado por un temperamento que no conocía la contención.
Brandon había sido el ideal de los bardos: un espadachín sin igual, un justador que cabalgaba como si los dioses mismos guiaran su lanza, un hombre que encarnaba la “sangre de lobo” que corría por las venas de algunos de los Stark. Pero Ned sabía que la sangre de lobo no bastaba para gobernar. Brandon había sido un comandante impulsivo, demasiado ansioso por probarse en el campo de batalla, liderando cargas con un rugido que hacía temblar a los enemigos pero dejaba poco espacio para la estrategia. Era un administrador aún peor; prefería cabalgar, afilar su espada o perseguir aventuras —y mujeres— antes que atender las cuentas, mediar y solucionar los problemas de sus vasallos. Brandon tomaba lo que quería, incluidas las doncellas de aldeas y castillos, dejando tras de sí rumores de bastardos que Ned nunca había buscado. No eran su responsabilidad, y los hijos de Brandon, si es que aún vivían, no tenían derecho sobre Winterfell.
Ned, en cambio, había aprendido desde niño que el verdadero poder radica en la contención, en la fuerza que no necesita proclamarse. “No caces mientras haces ruido”, se decía a sí mismo, un mantra que había guiado su vida desde que fue enviado al Valle como pupilo. “Caza en silencio. Mata en silencio. Vence en silencio”. Esa filosofía lo había mantenido firme cuando su mundo parecía desmoronarse, cuando la Rebelión de Robert había bañado Poniente en sangre y muerte, cuando los cuerpos de sus seres queridos yacían echos cenizas, o fríos e inertes.
Muchos sureños no entendían por qué Ned no había aprovechado la oportunidad tras la Rebelión, cuando llegó a King’s Landing con un ejército de norteños, tormenteños, hombres del Valle, y ribereños cuatro veces mas grandes que el de los Lannister. Habían llegado en pleno saqueo, las tropas de los Lannister habían dejado el Trono de Hierro al alcance de cualquiera con la fuerza para reclamarlo. Ned podría haberlo tomado, podría haber sido rey. Pero no lo quiso. No lo necesitaba. Más importante aún, no le importaba ese poder, el Norte había luchado demasiadas guerras, contra los salvajes más allá del Muro, contra las rebeliones internas de casas, y la Rebelión. Los hombres libres, como se llamaban ahora los salvajes, habían sido enemigos durante generaciones, trayendo ciclos de sangre y violencia que su bisabuelo había intentado sofocar, que su abuelo había heredado, y que su padre, Brandon y él habían enfrentado.
Ned recordaba esas batallas como si el viento aún llevara el olor a sangre y nieve. Los inviernos eran implacables, cubriendo los campos de batalla con un manto blanco que se teñía de rojo y se endurecía en hielo. Los aullidos de los hombres resonaban en la distancia, mezclándose con los gritos de hombres que morían de dolor o rugían de furia. Brandon, con su espada brillando bajo un cielo gris, había liderado cargas como si fuera un lobo encarnado, su capa gris ondeando como un estandarte. Pero esa ferocidad no había sido suficiente para el futuro que les esperaba. Brandon murió demasiado pronto, dejando a Ned con un legado que no había pedido pero que había jurado honrar.
El Norte era un reino vasto, más extenso que los otros seis juntos, pero también era un amo cruel, un lugar que moldeaba a los hombres en acero o quebraba a los débiles. Ned Stark entendía eso mejor que nadie. Gobernar el Norte no era un privilegio; era un deber, una carga pesaba. Con el deber venían las decisiones, las vidas perdidas, los sacrificios que pocos podían comprender.
Sus pensamientos se desviaron hacia su hermana Lyanna, la más libre de todos los Stark. Lyanna no había llevado el peso del deber ni la ambición que consumió a su padre, Rickard, ni la fiereza que había definido a Brandon, ni la tranquilidad o contención de Ned. Era tan indomable como impulsiva, la recordaba de niños trepando los arboles mas grandes de el bosque de dioses, con las trenzas oscuras al viento, o corriendo descalza por los ríos helados, todo con una sonrisa. Pero Lyanna también había sido una guerrera, entrenada con las mujeres de las lanzas y en la Isla del oso de la Casa Mormont, aprendiendo a manejar una espada y una lanza con la misma gracia con la que montaba su indomable yegua.
Sin embargo, su padre, Rickard Stark, había tenido planes más grandes. Los matrimonios eran armas en el juego de los tronos, y Rickard soñaba con alianzas sureñas que fortalecerían al Norte, trayendo mejores precios para el grano, y mejores ventas para la lana y madera, y una posición más sólida en Poniente. Lyanna era una pieza clave en esos planes. Pero Lyanna nunca aceptó esa visión. “Dioses antiguos”, pensó Ned con un amago de sonrisa amarga, “Mi hermana odio a Robert desde el momento en que lo vio. Y en cambio, había amado a Rhaegar Targaryen desde el instante en que lo escuchó cantar en Harrenhal”. La voz del príncipe dragón junto su arpa de plata, tejía sueños imposibles.
Era una ironía cruel, una que aún cortaba como un cuchillo. Ned amaba a Lyanna, pero no era ciego a sus contradicciones. Ella había rechazado a Robert, un hombre imperfecto pero que podría haber llegado a ser leal, por un príncipe ya casado y con dos hijos, un hombre cuya obsesión por las profecías había desatado la mayor guerra desde las rebeliones Fuegoscuro. Rhaegar, el príncipe de plata, había comenzado la razón por la que su dinastía se destruyo y arrastrado a medio reino a la muerte, todo por una ilusión de amor que nunca pudo ser. Lyanna murió sola en la Torre de la Alegría, su piel pálida como la nieve, su lecho manchado de sangre, con un hijo nacido muerto a su lado. Ned había enterrado a su hermana y al pequeño Aegon Sand en las criptas de Winterfell, bajo la mirada silenciosa de las estatuas de los Reyes del Invierno y Señores de Winterfell, y había regresado al Norte con un peso que nunca podría dejar atrás.
Y no había regresado solo. En sus brazos llevaba a Jon, el hijo de Ashara Dayne, la mujer cuyo nombre aún era un cuchillo en su corazón. Ashara, con su cabello oscuro como la medianoche y sus ojos violeta que parecían ver a través de él, había sido su luz en sueños durante la guerra. Ned la había amado como nunca había amado a nadie, con una intensidad que lo asustaba incluso ahora, años después. Pero la guerra no perdona, y el deber era un amo más cruel que el invierno. Había dejado a Ashara devastada, con el corazón roto y los brazos vacíos, y cuando supo que ella se había quitado la vida, arrojándose desde una de las torres de Starfall, algo en Ned se rompió para siempre. Había llorado en silencio, había bebido hasta olvidar su propio nombre, había destrozado cosas que no recordaba al amanecer. Pero después, como siempre, había guardado ese dolor tras una muralla donde nadie, ni siquiera Catelyn, podía alcanzarlo.
Catelyn no era Ashara, y nunca lo sería. Ned lo sabía desde el día en que se casaron, tambien sabia que para Catelyn nunca seria Brandon. Al menos la idea de Brandon que ella ilusionaba, y Ned era solo el sustituto, un hombre de deber en lugar de pasión. Sin embargo, habían construido un matrimonio sólido, aunque no sin grietas. El tema de Jon era la más profunda de esas grietas. Catelyn veía en él una afrenta, un recordatorio de una traición que Ned nunca había cometido, al menos no con ella. Su desprecio por el niño era evidente en las miradas frías que le lanzaba, en las palabras cortantes que dejaba caer cuando creía que Ned no escuchaba. ”Si Brandon hubiera vivido”, pensó Ned con amargura, “Sus bastardos habrían sido una legión”, y Catelyn habría tenido que soportar aun mas afrentas.
Y después de años de discusiones, de noches llenas de palabras afiladas y silencios más afilados aún, habían llegado a un acuerdo. Jon no sería enviado a la Guardia de la Noche, como algunas voces habían sugerido, ni condenado a una vida de humillación como un bastardo sin nombre. Se le otorgarían tierras y un asentamiento, colinas rocosas cubiertas de bosques densos, pantanos húmedos, donde la tierra debía ganarse con sangre y sudor. Jon sería un señor y crearía una rama cadete de los Stark con sus propios vasallos que responderían a su nombre. Era lo mejor que Ned podía darle, aunque el precio había sido alto: tendría que distanciarse de su hijo, sentir el peso de las miradas de Catelyn, y cargar con las sombras de un pasado que nunca podría borrar.
Mientras observaba el fuego crepitar en las velas, con lenguas de llamas que lamían en la oscuridad, Ned no pudo evitar pensar que el verdadero sacrificio de su vida no había sido en los campos de batalla ni en los salones de la corte, sino en las pequeñas decisiones diarias, en los compromisos que lo habían moldeado, en los silencios que había mantenido y en las verdades que nunca había dicho. Cada elección era una piedra en el muro que lo separaba del hombre que podría haber sido, un hombre libre de las cadenas del deber.
Una risa suave, como el siseo de una serpiente, lo arrancó de sus pensamientos. Petyr Baelish, sentado al otro lado de la mesa, lo miraba con esa sonrisa suya que nunca llegaba a los ojos.
—Siempre tan callado, lord Stark —dijo Meñique, inclinando la cabeza con una deferencia que era más burla que respeto—. Me pregunto qué tormentas rugen en esa mente suya.
Ned no respondió de inmediato. Tomó su copa de vino, un tinto áspero que sabía a bayas y tierra, y la giró entre sus manos, observando cómo el líquido capturaba la luz del fuego. Finalmente, alzó la mirada, sus ojos grises tan fríos como el hielo.
—A veces, lord Baelish, el silencio dice más que las palabras —respondió, su voz baja pero cargada de un peso que hizo que los sirvientes cercanos detuvieran sus movimientos por un instante.
Catelyn le lanzó una mirada de advertencia, sus dedos apretando el borde de su vestido azul, bordado con hilos plateados que parecían ríos bajo la luz. Ned no se inmutó. Sabía quién era Petyr Baelish, un hombre que veía el mundo como un juego donde cada pieza podía ser comprada o sacrificada. Pero Ned no jugaba esos juegos. No los necesitaba. Era un lobo, y los lobos no negocian, los lobos cazan.
La sonrisa de Meñique no flaqueó, pero sus ojos brillaron con algo irreconocible.
—Como diga, mi señor. Como diga —respondió, alzando su propia copa en un brindis que parecía más un desafío que un gesto de cortesía.
Ned apretó los dedos contra su copa, conteniendo la marea de irritación que comenzaba a alzarse en su interior. Había algo en Baelish que lo ponía en guardia, más allá de sus palabras melosas o su risa. Era la forma en que miraba a Catelyn, con una familiaridad que le desagradaba. Catelyn, con su cabello auburn cayendo en ondas sobre sus hombros y sus ojos azules que podían ser cálidos como un hogar o fríos como un río helado, había sido una visión radiante durante el banquete.
Su vestido, de un terciopelo azul profundo, estaba bordado con hilos plateados que evocaban los ríos de su tierra natal, y su presencia había atraído las miradas de todos, incluso de los tosco señores norteños. El embarazo había redondeado sus formas, dándole una plenitud que la hacía parecer más una diosa de la fertilidad que una dama de castillo.
Con un gesto lento, Ned colocó su mano sobre el vientre abultado de Catelyn, un recordatorio silencioso de que ella era suya, no del pasado que Baelish parecía evocar con cada mirada. Sintió el leve movimiento de los niños dentro de ella, y algo en su pecho se suavizó, aunque no lo suficiente como para relajar la tensión en su mandíbula.
—Me alegra que hayas hecho el largo viaje, lord Baelish —dijo finalmente, su voz tan calma como un lago helado—. Espero que la hospitalidad de Winterfell haya sido de tu agrado.
La sonrisa de Meñique se amplió, pero sus ojos permanecieron fríos.
—Por supuesto, mi señor. Su hogar es tan cálido como las leyendas prometen, aunque debo decir que el Norte no es para los débiles de corazón —bajó la mirada a la mano de Ned sobre el vientre de Catelyn y arqueó una ceja, un gesto tan sutil que podría haber pasado desapercibido para cualquiera—. Me alegra ver que el linaje Stark sigue fortaleciéndose.
Ned inclinó la cabeza, un movimiento mínimo que ocultaba la tormenta que bullía bajo su superficie. Catelyn le lanzó una mirada que suplicaba paciencia, y él, como siempre, se la concedió. Pero no era ciego. Sabía que Baelish aún guardaba un afecto por Catelyn, mas allá de una amistad. Ned no era celoso por naturaleza, pero había algo en la forma en que Meñique miraba a su esposa que despertaba un instinto protector y territorial.
—Gracias por tus palabras, lord Baelish —respondió Ned, tomando la mano de Catelyn y entrelazando sus dedos con los de ella, notando la suavidad de su piel contra la aspereza de sus propias manos curtidas—. Pero dudo que los dioses le hayan traído hasta aquí solo para disfrutar de nuestro vino y elogiar a mi esposa.
Petyr soltó una risa suave.
—Por supuesto que no, mi señor. Estoy aquí por los nuevos impuestos y por el joven Jon. Un muchacho prometedor, sin duda. Y ahora un Stark, de pleno derecho —hizo una pausa, su sonrisa afilándose—. Aunque algunos siempre lo verán como un Snow.
El nombre de Jon en la boca de Baelish fue como una chispa en un campo seco. Los dedos de Ned se apretaron alrededor de la mano de Catelyn, y ella, percibiendo la tensión, le devolvió un apretón suave, como un ancla en una tormenta. Ned respiró hondo, dejando que la ira se hundiera como una piedra en un pozo profundo.
—Jon será tratado con el honor que merece —respondió, su voz tan firme como el acero—. Eso es todo lo que necesitas saber.
La sonrisa de Meñique no flaqueó, pero algo en sus ojos cambió, un destello de cálculo que Ned reconoció al instante. Se preguntó si Baelish entendía realmente a quién se enfrentaba. Ned no era un hombre de intrigas, no movía piezas en un tablero de mentiras. Pero era un lobo, y un lobo no necesita jugar; un lobo caza, y ataca cuando el momento es correcto.
La conversación se prolongó, una danza de palabras cargadas de dobles sentidos que Ned soportó con la paciencia de un hombre acostumbrado a esperar el momento exacto para golpear. Pero incluso su paciencia tenía límites, y Baelish parecía decidido a probarlos todos. Cuando la charla finalmente terminó, Ned se levantó con solemnidad, y tras una despedida breve y educada, guio a Catelyn hacia sus habitaciones.
Subieron los escalones de piedra en silencio, las sombras de las antorchas dibujando formas danzantes en los muros de granito. Los pasillos de Winterfell eran un laberinto de piedra antigua, tallada con runas que contaban historias de los Primeros Hombres, de tapices de los reyes en el norte. Catelyn rompió el silencio al detenerse a mitad de la escalera, volviéndose hacia él con los labios fruncidos y los ojos brillando con una mezcla de reproche y preocupación.
—Podrías ser más cortés con él, Ned —dijo, su voz baja pero firme—. Aunque no lo aprecies, sigue siendo un emisario del rey… y mi amigo.
Ned la miró, sus cejas frunciéndose ligeramente. Su mano, movida por un instinto protector, volvió a posarse en el vientre abultado de Catelyn, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Hablar con Catelyn requería un tacto que él nunca había dominado del todo; ella era un río, fluida y fuerte, mientras que él era una montaña, firme pero inmóvil.
—No soy ciego, Cat —respondió tras un momento—. Ese hombre es peligroso. No importa cuánto sonría o cuán dulces sean sus palabras, hay algo en él que no me gusta —hizo una pausa, buscando las palabras correctas, su mandíbula tensa—. Y no me importa que sea emisario del rey. ¿Olvidas quién es el rey? Robert es mi hermano en todo menos en sangre, y Jon Arryn es como un padre para mí. No necesito demostrar cortesías vacías a un hombre como Baelish.
Catelyn parpadeó, desconcertada por el filo en su tono. Ned rara vez dejaba que su voz traicionara sus emociones, pero en ese momento, había un destello en sus ojos grises que rara vez se veía en el.
—No es el poder lo que me preocupa, Ned —dijo ella finalmente, su tono más suave, casi conciliador—. Es la forma en que reaccionas ante él. Petyr es astuto, y tú… tú eres directo. A veces pienso que los hombres como él ven en tu honor algo que pueden usar en tu contra.
Ned inclinó la cabeza, considerando sus palabras. Una sombra de sonrisa, fría pero genuina, se dibujó en sus labios.
—Tal vez sea así, Cat. Pero un lobo no se preocupa por las serpientes mientras tenga los colmillos afilados. Que Baelish juegue sus juegos. Aquí eso no funciona.
Catelyn asintió, aunque la preocupación no abandonó sus ojos. Ned no era un hombre que buscara enemigos, pero tampoco los evitaba. Ella lo conocía lo suficiente como para saber que, aunque no dijera nada más, ya había tomado una decisión sobre cómo manejar a Meñique. Y cuando Ned Stark tomaba una decisión, era tan inamovible como el Muro mismo.
Llegaron a sus aposentos, donde la penumbra estaba bañada por la suave luz de una vela que chisporroteaba en la mesita de noche. El viento del Norte, frío incluso dentro de los muros calentados por las aguas termales de Winterfell, se colaba por las rendijas de la ventana, haciendo que las gruesas cortinas de lana se mecieran como fantasmas. Catelyn cerró la puerta con un chasquido suave y comenzó a desabrochar los broches de su vestido, uno por uno, con movimientos pausados. El tejido azul se deslizó por sus hombros, revelando la piel clara que brillaba como la nieve bajo la luna. Su cabello cayo en ondas sobre su espalda, capturando la luz ámbar de la vela.
Cuando estaba a punto de cubrirse con una bata de seda, sintió los brazos fuertes y cálidos de Ned rodeándola desde atrás. Su tacto era firme, protector, como si quisiera resguardarla de las sombras que danzaban en las paredes. Ned apoyó la barbilla en la curva de su cuello, su barba áspera rozando su piel.
—Te ves hermosa —murmuró, su voz profunda resonando como un eco en una cueva.
Catelyn sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Una sonrisa se formó en sus labios mientras giraba lentamente entre sus brazos, su vientre redondeado presionando contra él. Colocó las manos sobre su pecho, sintiendo el latido constante bajo la lana de su túnica, y levantó la mirada para encontrarse con sus ojos grises, profundos como un bosque nevado.
—Así me dijiste una noche, y ahora llevo a dos cachorros en mi vientre —respondió con una risa suave, sus ojos brillando con una mezcla de picardía y ternura.
Ned esbozó una sonrisa, pequeña pero sincera, y la besó de nuevo, esta vez en los labios, un beso lento que hablaba de años compartidos. Su amor no era el de las canciones de los bardos, lleno de pasiones ardientes y juramentos imposibles. Era un amor forjado en la paciencia, en las noches frías de Winterfell, en las discusiones y reconciliaciones que habían construido un hogar. No siempre había sido fácil, pero en momentos como este, parecía tan sólido como los cimientos de piedra bajo sus pies.
—No quise sonar grosero antes —dijo Ned tras un momento, su tono más serio mientras sus dedos jugaban con un mechón de su cabello—. Es solo que no me gusta cómo te mira. Aún te ama, Cat.
Catelyn rió suavemente, apoyando una mano en su pecho, sintiendo la fuerza contenida que siempre la había sorprendido en un hombre tan tranquilo.
—¿Estás celoso, mi señor? —preguntó, inclinando la cabeza, sus ojos brillando con diversión.
Ned la miró, serio como siempre, pero con un destello de calidez en su mirada.
—Tal vez lo esté —admitió, y su voz llevaba un peso que la tomó por sorpresa—. ¿Es eso tan difícil de creer?
Ella negó con la cabeza y lo besó de nuevo, más largo, más profundo, dejando que el calor de su cercanía disipara el frío. Luego se apartó con una sonrisa y se dirigió a la cama, acomodándose bajo las gruesas pieles de lobo y oso que cubrían el lecho. Ned la siguió, apagando la vela con un soplido antes de unirse a ella. El silencio se asentó en la habitación, roto solo por el susurro del viento contra las ventanas y el crujir de las vigas antiguas.
Bajo las pieles, el calor de sus cuerpos era un refugio contra el frio que acechaba más allá de los muros. Ned mantuvo su mano sobre el vientre de Catelyn, acariciándolo con una suavidad que contrastaba con la dureza de sus manos curtidas. Sus pensamientos vagaban, pero una idea permanecía fija, como una estrella en el cielo.
—Puedo decirte algo que mi padre me repetía cuando era niño —dijo, su voz baja y grave, apenas un susurro en la oscuridad.
Catelyn, ya medio adormilada, levantó la cabeza ligeramente, sus ojos brillando con curiosidad.
—Claro, Ned. ¿Qué decía lord Rickard? —preguntó, acomodándose más cerca de él.
Ned se tomó un momento, sus dedos trazando círculos lentos sobre su vientre. Finalmente, habló, su tono cargado de una gravedad que parecía resonar con los muros de Winterfell.
—El lobo solitario muere, pero la manada sobrevive.
Catelyn lo miró en silencio, esperando que continuara. Ned se incorporó un poco, apoyándose en un codo, y la miró directamente, sus ojos grises brillando con una intensidad que ella rara vez veía.
—Cat, sé que Jon nunca será fácil para ti —comenzó, eligiendo cada palabra con cuidado, como un hombre que camina sobre hielo quebradizo—. No te pido que lo aceptes como tuyo, ni que finjas un cariño que no sientes. Pero hay algo que necesito de ti. Algo por lo que te ruego, no por mí, sino por nuestros hijos.
Catelyn permaneció en silencio, su rostro una máscara de serenidad, aunque Ned pudo ver el leve temblor en la comisura de sus labios. Él continuó, su voz endureciéndose como el acero.
—He visto cómo Sansa cambió con Jon desde que era pequeña. Antes jugaban juntos, reían juntos, pero luego… —hizo una pausa, su mirada desviándose hacia la ventana, donde la nieve caía en silencio—. Luego apenas lo miraba, apenas le hablaba. Y sé por qué, Cat. Porque le dijiste lo que Jon era. Le dijiste que era un bastardo.
El silencio se volvió más pesado, como si el aire mismo contuviera el aliento. Catelyn abrió la boca para responder, pero Ned levantó una mano, deteniéndola con un gesto firme pero no cruel.
—Robb y Arya no cambiaron, y por eso doy gracias a los dioses antiguos —continuó, su voz más suave ahora, pero no menos urgente—. Pero estos niños que llevas en tu vientre… no quiero que crezcan pensando que su hermano es menos por su origen. Jon no pidió nacer así, Cat. Y si crecen viéndote tratarlo como un extraño, o peor, como una mancha, ellos harán lo mismo.
Catelyn apartó la mirada, sus dedos entrelazándose nerviosamente bajo las pieles. Ned sabía que sus palabras la habían herido, pero también sabía que eran necesarias. Tomó aire y prosiguió, su tono más bajo, casi una súplica.
—No pido que lo ames, ni que lo aceptes como tuyo. Solo te pido que no lo alejes de nuestros hijos. Que no lo condenes a ser lo que otros creen que es. Porque te lo prometo, si lo tratas como un bastardo, el mundo lo verá como tal. Pero Jon no es eso, Cat. Es noble. Es fuerte. Es bueno. Es mi hijo.
Catelyn cerró los ojos, dejando escapar un suspiro largo y tembloroso. Cuando habló, su voz era apenas un murmullo, pero llevaba una sinceridad que Ned reconoció al instante.
—Lo intentaré, Ned. Eso es lo único que puedo prometerte. Intentaré no dejar que mis sentimientos afecten a nuestros hijos.
Ned la observó un momento más, buscando en su rostro alguna señal de duda, pero solo encontró resolución. Asintió, satisfecho, y se acomodó de nuevo a su lado, su mano regresando al vientre de Catelyn, donde dos nuevas vidas latían con fuerza. El silencio volvió a llenar la habitación, pero esta vez era diferente, más ligero, como el aire después de una tormenta. Y mientras el sueño comenzaba a reclamarlo, Ned pensó que tal vez, solo tal vez, había dado un paso hacia un futuro donde la manada permanecería unida, fuerte contra el invierno que siempre acechaba. Porque si algo sabía con certeza, era que los Stark sobrevivían juntos, o no sobrevivían en absoluto.
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Catelyn Stark despertó con un sobresalto, el corazón latiendo como un tambor de guerra en su pecho. La primera sensación fue el vacío a su lado, la ausencia de Ned, cuya presencia sólida solía anclarla incluso en las noches más inquietas. El lecho, aún cálido bajo las gruesas pieles, estaba desierto. De nuevo, había dormido más de lo acostumbrado, un lujo raro que últimamente se había vuelto demasiado frecuente, lastrada por el peso de su embarazo. Sus manos se posaron instintivamente sobre su vientre abultado, buscando la leve pulsación de las vidas que crecían en su interior, un gesto que era tanto consuelo como súplica.
Estos niños serían su alegría, su esperanza, si los dioses antiguos y los nuevos permitían que nacieran. Dos abortos espontáneos en los últimos años habían dejado una cicatriz en su alma, un temor que acechaba como una sombra en los bordes de su mente. Sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos como quien espanta un cuervo persistente. No podía permitirse esa debilidad, no como lady de Winterfell.
Se levantó con cuidado, el suelo de piedra fría bajo sus pies descalzos, y llamó a una doncella con un toque suave en la campana de bronce junto a la cama. Escogió un vestido recién confeccionado, de terciopelo verde oscuro bordado con hilos plateados que formaban hojas de arciano entrelazadas, el corpiño, alto y holgado, acomodaba su embarazo, mientras las mangas largas, ajustadas en los puños con botones de perla, le daban un aire de elegancia regia. El cuello, adornado con una fina tira de encaje blanco, se alzaba como un escudo, y una capa ligera de terciopelo caía desde sus hombros, asegurada con un broche de plata en forma de trucha.
Al salir de sus aposentos, el aire fresco del corredor la envolvió, un recordatorio de que el invierno nunca estaba lejos, incluso en los muros calentados por las aguas termales de Winterfell. Decidió que un paseo aclararía su mente, tal vez buscar a uno de sus hijos. Pensó en Robb, su primogénito, cuya mirada se había oscurecido desde que se anunció la partida de Jon Snow hacia las tierras que Ned le había otorgado. La legitimación de Jon, un Stark ahora por decreto real, había removido algo en Robb, un peso que Catelyn no podía descifrar del todo. No era solo la ausencia de su medio hermano; había una sombra en sus ojos, una carga que parecía más pesada que la de un joven heredero.
Winterfell estaba inusualmente animado esa mañana. Los pasillos resonaban con el eco de botas sobre la piedra, el traqueteo de carretas en el patio y las voces de hombres cargando provisiones: sacos de grano, barriles de pescado salado, fardos de lana. Familias se despedían con abrazos tensos, sus rostros marcados por la mezcla de orgullo y temor. Todos formaban parte del séquito que acompañaría a Jon a Moat Cailin, su nuevo hogar. Aunque Catelyn no quería admitirlo, el castillo parecía exhalar un suspiro de alivio, como si la partida de Jon aligerara un peso invisible. Pero reprimió ese pensamiento, enterrándolo en lo más profundo de su corazón.
Mientras recorría los pasillos, buscando a Robb o a sus hijas, una figura familiar apareció ante ella. Petyr Baelish, con su capa de terciopelo verde y su sonrisa ladeada, inclinó la cabeza en un saludo que era más teatral que sincero. Sus ojos, astutos como los de un cuervo, la estudiaron con una intensidad que la hizo erguirse más.
—Oh, Cat, precisamente a ti buscaba —dijo Meñique, su voz suave como la seda, pero con un filo que cortaba sin dejar sangre—. Tengo algo que contarte. Creo que te interesará mucho.
Catelyn lo observó con cautela, su instinto advirtiéndole que algo malo podría pasar si aceptaba. Había aprendido a no confiar del todo en él desde su juventud, en los días de Aguasdulces, cuando sus promesas eran tan encantadoras como peligrosas. Pero también sabía que, entre sus intrigas, siempre había un grano de verdad, un cebo que valía la pena examinar. Asintió brevemente, su rostro una máscara de compostura.
—Está bien, ven. Hablemos en privado.
Lo condujo a una pequeña sala junto a la biblioteca, un refugio de paredes de piedra y estanterías cargadas de pergaminos polvorientos. Un fuego ardía en un brasero, proyectando sombras que danzaban como espectros en las paredes. Se sentaron frente al hogar, el calor contrastando con el frío que parecía emanar de la presencia de Petyr. Él sacó un libro encuadernado en cuero oscuro, desgastado por el tiempo, y lo abrió en una página marcada con una cinta carmesí.
—Esto, mi querida Cat, es algo que deberías saber —dijo, entregándole el libro con una solemnidad fingida.
Catelyn recorrió las líneas con la mirada, su expresión pasando de la curiosidad al asombro, y luego a una furia contenida que hizo que sus dedos apretaran el cuero con fuerza. El texto, escrito en la caligrafía precisa de un maestre, detallaba las leyes de sucesión de la Casa Stark, establecidas por Brandon el Incendiario siglos atrás. Las palabras eran claras: los hombres siempre precedían a las mujeres en la línea de herencia. Si algo le ocurriera a Robb, ni Sansa ni Arya tendrían derecho a Winterfell mientras Jon Snow viviera.
—¡Es imperdonable! —espetó Petyr, su voz un equilibrio perfecto entre indignación y deleite, como si disfrutara del caos que sus palabras desataban—. ¿No lo crees, Cat?
Catelyn no respondió de inmediato. Cerró el libro de golpe, el sonido resonando como un trueno en la sala silenciosa, y se levantó, paseándose frente al fuego. Sus pasos eran medidos, pero cada uno parecía cargar con el peso de su furia y desconcierto. ¿Por qué Ned nunca le había hablado de esto? ¿Por qué había guardado un secreto que ponía en riesgo el futuro de sus hijas?
—¿Por qué Ned no me lo dijo? —murmuró, su voz quebrándose como una rama bajo la nieve.
Petyr la observó, inclinando la cabeza como un halcón que estudia a su presa.
—Las leyes de Brandon el Incendiario son claras, Cat —dijo, su tono suave pero cargado de intención—. Si algo le sucediera a tu Robb, Jon sería el heredero. Sansa y Arya… bueno, serían apartadas.
Catelyn se detuvo, girándose hacia él con una mirada que podría haber congelado un río.
—Eso no pasará —dijo, su voz afilada como una daga—. Robb está sano. Es fuerte.
—Oh, claro que no, Cat. No mientras Robb esté a salvo —respondió Petyr, recostándose en su silla, su sonrisa enigmática como un acertijo sin respuesta—. Pero los dioses son caprichosos, y el Norte es un lugar cruel. ¿No sería prudente proteger a tus hijas? Un respaldo, por si acaso.
Catelyn no respondió, su mente atrapada en un torbellino de miedo y determinación. El fuego crepitaba, proyectando sombras que parecían susurrar traiciones. Petyr, percibiendo su turbación, se inclinó hacia adelante, sacando de su capa una pequeña caja sellada con cera roja. La colocó sobre la mesa con un gesto deliberado.
—Un obsequio, Cat —dijo, su voz baja, casi íntima—. Algo que podría… equilibrar las cosas. Solo asegúrate de que esta prenda llegue a la cama del bastardo. Lo demás se encargará solo.
Catelyn frunció el ceño, sus ojos alternando entre la caja y el rostro de Petyr. Había algo en su tono, en la forma en que sus palabras parecían deslizarse como aceite, que la hizo estremecerse.
—¿Qué hay dentro? —preguntó, aunque una parte de ella temía la respuesta.
Petyr negó con la cabeza, su sonrisa intacta.
—No necesitas preocuparte por eso, Cat. Solo confía en mí. Nunca dejaría que nada te dañara, ni a ti ni a tus hijos.
Ella dudó, sus dedos rozando la caja, la cera fría bajo su tacto. No sabía qué contenía, pero la sola idea de usarla contra Jon —el hijo de Ned, aunque no el suyo— le revolvía el estómago. Sin embargo, el miedo por sus hijas, por el futuro de Sansa y Arya, era una corriente más fuerte, una marea que amenazaba con arrastrarla.
Petyr se recostó, satisfecho, su sonrisa apenas un destello en la penumbra. No necesitaba empujar más; el anzuelo estaba clavado. Sabía que Catelyn, con su amor feroz por sus hijos, haría lo que fuera necesario para protegerlos. Y en ese acto, sin saberlo, podría desatar un huracán que cambiaría el Norte para siempre. Mientras el fuego crepitaba y las sombras danzaban, Petyr Baelish tejía su red, un hilo a la vez. La caja contenía un arma que Petyr había preparado con cuidadosa intención: una tira infectada con peste, algo que podría devastar no solo a Jon, sino quizás a todos los Stark. No era una solución inmediata, pero eso no le importaba. Él no necesitaba velocidad, solo resultados.