SECUESTRADOR - CHESTAPPEN

Summary

Uhm. Hola. Mi nombre es Max Verstappen. Realmente no sé cómo decir esto, pero tengo a tus hijos conmigo, y estaba pensando que tal vez te gustaría tenerlos de regreso. Así que, seh... llámame.

Genre
Romance
Author
Alejandra
Status
Complete
Chapters
23
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
16+

1

Max

Miré sobre el rebosante carrito de compras que tenía frente a mí. Diablos, sólo había ido a la tienda por algo de leche. Sabía quién era el responsable de esto.

– Lando Verstappen, trae tu trasero para acá. Una pequeña ancianita jadeó por mi aspereza. – Lo siento.

Un pequeño enano con cabello café claro vino corriendo por el pasillo con tantas cajas de cereales como sus pequeños brazos podían cargar. Ese era mi rompecorazones de siete años. Él de alguna manera encontró espacio en el carrito para todas las cajas y me sonrio.

– Tengo todo lo de mi lista. Nos podemos ir ahora.

– Déjame ver esa lista, – repliqué, sosteniendo una mano en el aire mientras ponía la otra en mi cadera.

– Papá, – golpeó su sien con su dedo índice. – Todo está aquí.

– Maldito sabelotodo – gruñí.

Él alzó la mano, sacudiendo sus dedos. Resoplé y saqué un dólar de mi bolsillo y lo solté. Teníamos una regla de no maldecir que le estaba haciendo a mi hijo una fortuna.

– Gracias, papá, – dijo contento.

– Sí, sí, – repliqué. El agudo sonido de un niño llorando se coló en el aire. – Hora de irse, – anuncié, empujando el carrito hacia la fila para pagar. Estábamos llegando al final del pasillo cuando alguien chocó su carrito con el mío.

– ¿Podrías fijarte por dónde vas? – la perra soltó lo suficientemente alto como para escucharlo por encima de los gritos de la pequeña niña en su carrito.

– Que miré por dónde... – puse cara de sorpresa. – ¡Oh por Dios, esa es una idea brillante! ¡Gracias! – Sin necesidad de maldecir, el sarcasmo no me costaba nada. – Vámonos, Lan.

– Disculpa, – la mujer replicó, notoriamente ofendida. Empezó a despotricar en un tono tan alto que dudo que los perros aún lo puedan oír.

Rodé mis ojos y empecé a alejarme, pero mi pequeño parecía tener otros planes. Caminó hacia el carrito de la mujer y le ofreció a la pequeña que lloraba una paleta. Él siempre tenía una o dos a la mano.

– Por favor, no llores. – Ella se detuvo, sólo gimoteando un poco mientras tomaba el caramelo. Mi niño tenía súper poderes.

– Vamos Lan, – dije suavemente. Esta vez me siguió. – Eres un chico bastante genial, ¿lo sabías? – Desordené su suave cabello. – Ahora, ayúdame a descargar toda nuestra chatarra.

Hicimos un trabajo rápido descargando el carrito, y con deslizar mi tarjeta de crédito, ya estábamos fuera de ahí. Levanté la puerta de la parte posterior de mi monstruosa camioneta y Lan me ayudó a poner todas las golosinas innecesarias en la parte de atrás. Entonces lo observé de cerca mientras empujaba el carrito hacia el lugar correspondiente.

– Por el amor de Dios, ¡¿te puedes callar?! – Oh, genial. La estúpida y la pobre niña que lloraba estaban afuera.

– ¡No le hables de esa manera! – Un niño más o menos del tamaño de Lan le gritó.

La bestia miró al pequeño niño con fuego en sus ojos. Ella enterró sus garras en su pequeño bracito. – Tú. No. Me. Gritas.

– Déjame – gimió. – ¡Me estás lastimando!

Lando se paró junto a mí, sus ojos estaban preocupados mientras veía la escena, – ¿Papá?

– Me importa una mierda. Quiero que tú y la pequeña mocosa se callen y entren al auto, – ella prácticamente le gritó.

– Entra a la camioneta – , le dije a mi hijo. Dudó, pero hizo lo que le dije.

– No puedes decirme qué hacer. ¡No eres mi madre! – El otro niño le gritó a la mujer desafiantemente.

Cuando alzó la mano para pegarle, estuve ahí antes de que ella pudiera siquiera parpadear. – Le pegas a ese niño, y yo patearé tu trasero.

– Este no es asunto tuyo, – soltó. – Oscar, entra al maldito auto. Ya me encargaré de ti cuando estemos en casa. – Empezó a poner sus bolsas en el maletero de su lujoso auto como si yo ni siquiera estuviera ahí.

Algo en mí reventó. La empujé con fuerza, causando que chillara y cayera dentro de la camioneta. Entonces tomé a la pequeña niña y tomé la mano de Oscar. Él estaba demasiado ocupado viendo en asombro sobre su hombro para ver hacia donde estábamos corriendo mientras yo lo jalaba. Los puse en el asiento trasero con Lando.

– ¡Los cinturones! ¡Los cinturones! – La tonta se estaba levantando y, chico, estaba furiosa. Puse los seguros y arranqué.

Cuando estábamos seguros fuera del estacionamiento, la realidad de la situación me cayó de golpe. ¡Había secuestrado a un par de niños! Iba a ir a prisión o al manicomio. Por un par de minutos hubo completo silencio. Los chicos obviamente estaban tan asombrados por esto como yo lo estaba.

– Hola. Soy Lando, y tengo siete. Pueden llamarme Lan. El caballero que los secuestró es mi papá, Max. – Déjenselo a Lan. – ¿Cuál es tu nombre?

– Soy Oscar. También tengo siete, – el otro chico replicó. – Y esta es mi hermanita Carlota. Ella tiene tres.

– Uhm, Oscar, – empecé, sin idea de qué hacer. Este era un territorio nuevo. Nunca había secuestrado un niño. – ¿Puedes decirme quiénes son tus padres? Probablemente debería contactarlos. – Eso parecía lo más prudente.

– Nuestro papá se llama Sergio Pérez, – contestó.

Sergio Pérez. No me sonaba familiar. Por supuesto, Lando y yo sólo teníamos viviendo aquí una semana, pero era uno de esos pequeños pueblitos elegantes donde todos sabían los asuntos de todos. Chico, esa era una buena forma de empezar.

– ¿Sabes su número telefónico? – Oscar dijo algunos números, y rápidamente los marqué en mi móvil. Esto iba a ser interesante.

Después de unos cuantos timbres, me envió al buzón de voz. – Uhm. Hola. Mi nombre es Max Verstappen. Realmente no sé cómo decir esto, pero tengo a tus hijos conmigo, y estaba pensando que tal vez te gustaría tenerlos de regreso. Así que, seh... llámame. – Golpeé mi frente.

Los niños estuvieron tranquilos otra vez hasta que me estacioné en mi casa. La cosa era demasiado grande para Lando y para mí, pero todas las casas en este vecindario lo eran. Estaba rodeada por un montón de gente rica o un montón de gente seriamente endeudada.

Pensé que Lando correría hacia adentro, pero él y Oscar tomaron un par de bolsas del supermercado cada uno antes de entrar. Oscar era un tierno hombrecito. Su cabello era más oscuro que el de Lando y tenía los ojos cafés oscuros. Ambos, él y su hermana vestían como la gente elegante, así que esperaba que Lando no los ensuciara demasiado. Ya iba a tener suficientes problemas con sus padres para que eso pasara.

Noté que Carlota seguía esperando en la camioneta. Alcé mis brazos para que me dejara ayudarle a bajar sin chistar. Ella tenía los más adorables rizos y sus suaves mejillas estaban manchadas por las lágrimas.

– Día difícil, ¿eh? – Tomé el resto de las bolsas y le indiqué que me siguiera. – Creo que todos podemos tomar algo de helado.

Escuché a los chicos parlotear mientras corrían de un cuarto a otro. Supongo que Lando le estaba dando a Oscar un rápido recorrido. Rápidamente guardé las provisiones antes de girarme hacia Carlota, quien me veía inocentemente. La alcé y la senté en la encimera. – Bueno, Señorita Carlota, ¿te gustaría algo de helado ahora?

– Sí, por favor, – respondió con la voz más dulce que probablemente haya escuchado antes. Gentilmente limpié sus mejillas con mis pulgares antes de tomar todo lo que pudiéramos necesitar.

– ¡Chicos Carlota y yo comeremos helado, si quieren...! – Escuché sus fuertes pisados bajando por las escaleras.

Les di a cada uno un par de bolas antes dejarlos que los decoraran ellos mismos. Había chispitas, ositos de goma, crema batida, y diferentes sabores de jarabe por todo el lugar antes de que hubieran terminado.

– ¡Papá, el papá de Oscar construye cosas! ¿No es eso genial? – dijo Lando sonriendo ampliamente.

– ¿En serio? – le pregunté a Oscar.

Él asintió. – Él y mis tíos son dueños de una compañía. Construyen casas y cosas así. – Al menos no eran policías. Eso es genial, sonreí, desordenando su cabello. Se congeló por un segundo, pero entonces me sonrio antes de seguir con su helado.

Fui por el directorio telefónico y empecé a buscar por las páginas. Construcciones Pérez estaba anunciado en grandes, letras negritas. – De acuerdo, niños, vamos a quitarles todo lo pegajoso e iremos con su papá. Estoy seguro de que está enfermo de preocupación.

Lando y Oscar corrieron hacia el medio baño mientras me encargaba de las manos y mejillas de Carlota con un paño húmedo. Ella me sonrio. – Gracias, Max.

– ¿Por qué? – pregunté.

– El helado, tontito, – soltó unas risitas.

– De nada. Tal vez puedas convencer a tu papi de que no deje que la policía me lleve ahora, – sonreí, levantándola. – ¡Vámonos chicos!

El camino fue menos silencioso esta vez. Lando y Oscar aparentemente eran los mejores amigos ahora, y eran lo suficientemente buenos como para mantener entretenida a Carlota. Seguí las indicaciones del GPS y me detuve en el estacionamiento de la compañía, justo a un lado de una patrulla de policía.

Fantástico.

Antes de que pudiera detenerlos, los chicos corrieron hacia dentro. Carlota alzó los brazos para que la levantara. – ¿Lista para ver a papi? – pregunté. Ella enrolló sus bracitos alrededor de mi cuello y asintió.

Ni siquiera había llegado a la puerta con ella cuando se abrió de repente. – ¡Tiene el descaro de venir hasta acá, joven! ¿Quién demonios se cree que es?

– Usted debe ser Sergio. Le aseguro que ellos estaban más seguros conmigo que con la Niñera Loca, – dije calmadamente. El guapo hombre con la cara roja que estaba frente a mí obviamente no estaba contento.

– ¡No soy la maldita niñera! ¡Soy la novia de Sergio! – Diosito. La tonta estaba aquí también.

– ¡Es él, Sergi! Es el idiota que me atacó y secuestró a los pobrecitos Oscar y Carlota. – Su voz chillona causó que Carlota escondiera su rostro en mi cuello. No podía culparla, así que la sujeté más fuerte.

– ¡Arréstalo, Carlos!

El enorme oficial comenzó a acercarse a mí, pero la puerta azotó otra vez. En serio, esto era como algo sacado de una telenovela. Una hermoso rubio salió, pero antes de que fuera más lejos, este otro hombre vino corriendo detrás de él.

– ¡Pierre, espera! – Sujetó sus brazos.

– ¡Suéltame, Alex! ¡Voy a matar a la perra! – gritó.

Esto se estaba volviendo ridículo. La pobre Carlota se sujetaba a mí como si se le fuera la vida en ello, así que acaricié su espalda gentilmente.

– Cálmate Pierre, – el oficial, Carlos, supongo, replicó. – Lo voy a arrestar.

– ¡No estoy hablando de él! – gritó, forcejeando por soltarse. – ¡Estoy hablando de Fernanda!

Bueno, eso atrajo la atención de todos. – ¿De qué estás hablando, Pierre? – preguntó Sergio, con voz mortal.

– Oscar tiene marcas de uñas en su brazo. Dijo que Fernanda lo había sujetado y que iba a pegarle cuando el papá del otro niño la detuvo, – dijo Pierre entre dientes.

Pareció que el enojo estaba lejos de mí por un momento.

La tonta chilló. – Sergi, seguramente tú no...

– Entra a tu auto y aléjate de mí vista, – gruñó Sergio. Me dieron escalofríos. – ¡Ahora!

Otro estruendoso grito y unas llantas rechinaron mientras la loca huía del estacionamiento. Carlota agitó su mano, – Adiosito. – Amaba a esa niña.

Mierda. Todos los ojos estaban sobre mí otra vez.

– Así que... – aclaré mi garganta. – Si tomas a tu hija, tomaré al mío y nos iremos de aquí. – Carlota apretó su agarre en mi cuello otra vez. Supongo que le agradé.

– Aprecio que haya ayudado a mis hijos, – dijo Sergio de mala gana – Pero pudo haberme avisado. Oscar tiene mi número. No hay excusa.

– Revisa tu correo de voz, genio, – solté de vuelta.

Había salvado a sus hijos del demonio, aunque también los había secuestrado, pero realmente no había sido el malo del cuento aquí.

Juro que salía humo de sus anormales orejas, pero no me importó. Pasé a un lado de él y entré, – ¡Lando! – Vino corriendo por el pasillo. – Es hora de irnos.

– Sí, papá, – hizo un mohín y fue hacia el auto conmigo detrás de él.

Oscar vino corriendo después de nosotros. – ¿Max? ¿A dónde van?

Mierda. – Cariño, tenemos que ir a casa. – Fue entonces cuando me di cuenta de que Carlota seguía colgado en mi cadera. – Oh. – La bajé. Ahora ambos me miraban con caritas tristes. Doble mierda. – Miren. Aquí está mi teléfono. Podría secuestrarlos otra vez, pero ahí está un enorme policía afuera que podría arrestarme. Sean buenos y nos veremos después.

Hice una salida rápida, pasando al grupo de adultos discutiendo y brinqué a mi camioneta. Lando estaba brincando y sonriendo. – ¡Eso fue tan genial, papá! ¿Podemos secuestrarlos otra vez mañana?

Sergio

– ¿Dónde está ese maldito móvil? – levanté los papeles en mi escritorio, moviéndolos de un lado a otro en mi búsqueda. Lo tenía cuando llegué esta mañana, entonces en la junta con Alex.

Alex. Probablemente estaba en su oficina.

Avancé por el pasillo y alcancé el picaporte.

– ¡Ungh! Oh, Dios ... ¡Alex!... ¡bebé! Oh sí. – Iba a necesitar cloro para mi cerebro y posiblemente comprar un nuevo móvil.

Aparentemente, el pequeño Nick estaba con nuestra madre porque sus dos papis estaban trabajando en el bebé número dos en la oficina de Alex. No debería sorprenderme. Mis hermanos disfrutaban sus tiempos libres en la oficina. Daniel usualmente hacía lo mismo hasta hace poco. Ahora estaba demasiado ocupado yendo de un lado a otro para atender los antojos de mi cuñado embarazado.

Fui a recepción. Necesitábamos contratar una nueva secretaria, pero yo no tenía la paciencia para tratar con eso. Ser el único Pérez soltero tenía sus desventajas. Tenía dos hijos y una novia, pero eso no detenía lo ‘soltero y buscando’.

Después de que pasara suficiente tiempo para que Pierre y Alex terminaran su rapidito, decidí regresar por mi móvil. Sin embargo, me detuve cuando Fernando corriendo por la puerta sin mis hijos.

– ¡Sergi! – arrojó sus brazos alrededor mío, gimoteando en mi camisa.

– Fernanda, ¿Dónde están los niños? – pregunté, tomándola por los brazos y empujándola un poco. Podía haber sido un poco más cuidadoso con ella, pero esos niños eran mi vida.

– Sergi, un chico loco en el supermercado me atacó. Traté de detenerlo, pero me golpeó con un carrito de compras y me empujó hacia el maletero de mi carro. Ni siquiera lo vi venir, – divagaba histéricamente.

– Fernanda, ¿Dónde están mis hijos? – pregunté despacio.

Cerró sus ojos y sacudió la cabeza. – Se los llevó. Bebé, lo siento tanto. Carlota estaba gritando; Oscar estaba gritando. Fue tan horrible.

– ¡Alex! – tomé el teléfono y llamé a la policía.

Alex y Pierre llegaron corriendo al recibidor. Fernanda se encargó de contarles lo que había pasado mientras yo hablaba con un oficial. Él dijo que iba a mandar a alguien a revisar.

Aventé el teléfono y colapsé contra la pared. Mis hijos habían sido secuestrados. Fernanda trató de consolarme, pero me solté de ella. No quería ser consolado. Quería a mis hijos. Ellos estarían probablemente tan asustados, y no estaba ahí para ellos.

– Carlos está aquí, – dijo Alex suavemente. Sabía que estaba enojado también.

Entre más hablaba Carlos, más enojado me ponía. Nos hizo a Fernanda y a mí pregunta tras pregunta sobre lo que había pasado y quién podría querer herirlos. Quería salir a buscarlos. ¿Quién sabe lo que ese psicópata les estaría haciendo? Esto tenía que ver con dinero. Pagaría lo que fuera con tenerlos de regreso. Solamente los quería de vuelta.

– ¡Papá! – mi cabeza se alzó al momento en que Oscar venía corriendo con otro niño.

– Este es mi amigo Lando. Se acaba de mudar.

Rápidamente lo alcé en mis brazos. – Oh, gracias a Dios. Lo abracé con fuerza. – ¿Dónde está tu hermana?

– Papá, – se quejó, avergonzado por mi muestra de afecto delante de su amigo. – Cálmate. Ella está afuera con Max. – Se lo pasé a Alex y corrí hacia afuera, sin importarme quién me seguía.

El chico loco estaba sosteniendo a mi niñita, y yo estaba más allá del enojo. – ¡Tiene el descaro de venir hasta acá, joven! ¿Quién demonios se cree que es?

– Usted debe ser Sergio. Le aseguro que ellos estaban más seguros conmigo que con la Niñera Loca. – El chico tenía agallas. Escuché a Fernanda gritar, pero estaba demasiado enojado para concentrarme en algo más que ese chico. Cómo podía estar tan malditamente tranquilo después de haber secuestrado a dos inocentes niños.

Las venenosas palabras de Pierre me llegaron. – ¡Suéltame, Alex! ¡Voy a matar a la perra! – gritó. No podía culparlo. Me sentía igual, pero Carlos trató de calmarlo. – ¡No estoy hablando de él! – gritó, tratando de soltarse del agarre de Alex. – ¡Estoy hablando de Fernanda!

Mi sangre se heló. – ¿De qué estás hablando, Pierre?

– Oscar tiene marcas de uñas en su brazo. Dijo que Fernanda lo había sujetado y que iba a pegarle cuando él papá del otro niño la detuvo, – explicó.

¿Fernanda? ¿Fernanda hirió a mi hijo? Sabía que estaba temblando. Esa mujer necesitaba salir de aquí antes de que la matara por mi cuenta. Fernanda se congeló a mi lado. – Sergi, seguramente tú no...

– Entra a tu auto y aléjate de mí vista. ¡Ahora! – apreté los puños, tratando de controlarme. No podía ir a prisión por asesinato, pero estaba tentado.

Deseé que Alex hubiera soltado a Pierre, así Fernanda al menos se habría ido con una patada en el trasero. Cuando se fue, me sentí un poco más relajado. Me giré de vuelta hacia el hombre con mi hija. Gracioso, ya no parecía tan psicótico ahora que sabía la verdad.

– Así que...si tomas a tu hija, tomaré al mío y nos iremos de aquí, – dijo, y Carlota me sorprendió sujetándose a él.

– Aprecio que haya ayudado a mis hijos, pero pudo haberme avisado. Oscar tiene mi número. No hay excusa. – ¿En qué estaba pensando? No tenía idea de los horribles escenarios que se habían estado presentando en mi cabeza.

– Revisa tu correo de voz, genio, – soltó antes de pasarme.

Me di vuelta para ir tras él, pero Pierre me tomó del brazo, – ¿Estás loco? Ese hombre detuvo que tus hijos fueran abusados, ¿y ahora estás siendo grosero con él? ¿Qué diablos está mal contigo?

– Mira, lo siento. Sé que... es sólo que... Dios, Pier. Pensé que alguien estaba ahí torturándolos. No podía encontrar mi teléfono, así que nunca obtuve el mensaje. – Tomé un puñado de mi cabello en frustración.

– Oh, se encogió Alex. Perdón por eso, hermano. Tu teléfono está en mi oficina. – Se estremeció cuando lo miré. – Amigo, no te preocupes. Lo pusimos en un cajón antes de que nosotros...

– Sé lo que pasó después, Alex. Lo escuché. – Necesitaba dejar de tomarla contra todos. Es solo que estaba tan estresado.

Escuché un chillido de llantas otra vez y la camioneta de aquel chico se había ido. Bueno, eso había estado simplemente genial. Se había ido antes de que pudiera agradecerle. – ¿Papi? – me agaché sobre mis rodillas y tomé a mis dos pequeños en brazos.

– Los amo demasiado. – Los aparté para verlos. Ambos se veían un poco tristes. – Oscar, amigo, lamento tanto que Fernanda te lastimara. – A él nunca le había gustado ninguna de las mujeres con las que salía, pero eso no quería decir que mereciera eso.

– Ella le estaba gritando a Carlota, – susurró. – Ella estaba llorando porque teníamos hambre

Los abracé nuevamente. – Lo siento tanto. Ella nunca te va a lastimar otra vez. – Me puse de pie, cargándolos a los dos. Estaba feliz de que Oscar me dejara cargarlo a pesar de que ya se estaba haciendo tan grande. – ¿Aún tienen hambre?

– Max nos dio algo de helado, – dijo Oscar.

– Con chispitas, – Carlota sonrio.

– ¿Papá, puede venir Lando en otra ocasión? Él me mostró su cuarto. Quiero mostrarle el mío. Por favor. – Lando debía ser el hijo de Max.

Llevé a los niños adentro.

– Ya veremos, ¿de acuerdo? Tengo que hablar con su papá primero.

– De acuerdo, – concedió. – Gracias papá.

Eventualmente, Pierre me convenció de que soltara a los niños. Él se los llevó a recoger a Nick y visitar a George. Desde que George no podía levantarse de la cama, insistió en que sus sobrinos y sobrina fueran para tener fiestas de pijamas para mantenerlo a salvo.

– Aquí está tu teléfono, dijo Alex, dejando mi teléfono en mí escritorio y sonriendo como un idiota. – Tienes una llamada perdida.

Le arrojé un libro mientras salía corriendo de mi oficina. Suspiré y tomé el teléfono, marcando el correo de voz para escuchar mi nuevo mensaje.

– Uhm. Hola. Mi nombre es Max Verstappen. Realmente no sé cómo decir esto, pero tengo a tus hijos conmigo, y estaba pensando que tal vez te gustaría tenerlos de regreso. Así que, seh... llámame.

Solté un bufido. Luego una risita. Antes de que me diera cuenta, estaba riendo fuertemente. Max Verstappen estaba demente, pero por eso, le estaba eternamente agradecido.

Oh, qué día.