AETHERIS: El legado del caído

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Summary

En Aetheris 2, volvemos al pasado para descubrir la trágica historia de los hijos de Ventus, quienes huyen del hombre que una vez los llamó suyos. La valiente Auria carga con el peso de proteger a su hermano Aiden mientras enfrenta la devastadora verdad de su herencia. Pero el viento trae susurros de los antiguos dioses y revela que no todos los destinos están escritos en piedra. Entre conspiraciones divinas y sombras del pasado, la lucha por la libertad y la redención será tan feroz como el amor que los une. En esta precuela de Aetheris, el verdadero rostro de los dioses emerge, revelando la lucha interna entre un monstruo y un padre. ¿Podrán los hijos de Ventus escapar del peso de su nombre o estarán destinados a repetir sus errores?

Status
Complete
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo: La huida

La noche era un manto de sombras y fuego. Desde las ventanas del gran palacio de Ventus, el cielo se teñía con un resplandor anaranjado. Gritos y el estruendo de batallas resonaban en la distancia, pero en los callejones oscuros más allá de los muros, solo había el sonido de pies descalzos golpeando el pavimento mojado.

Ella corría, su respiración pesada y temblorosa, pero no se detenía. Su cabello, blanco como la luna, estaba pegado a su rostro por el sudor y la lluvia que comenzaba a caer. En sus brazos, un bebé dormía profundamente, ajeno al caos que se desataba a su alrededor.

La joven apenas era más que una niña, pero su determinación era inquebrantable. Cada paso que daba la alejaba del hombre que una vez había llamado padre, pero que ahora era un monstruo al que debía escapar.

Los callejones eran un laberinto traicionero. Las sombras se alargaban con cada relámpago en el cielo, y el eco de pasos pesados la hacía girar constantemente, esperando lo peor.

“¡No puedes escapar de mí!”

La voz resonó como un trueno, haciendo temblar las paredes. Era profunda, fría, y estaba cargada de una autoridad que no admitía oposición.

Ella sabía que no era un farol. Su padre, el gran Ventus, el dios del viento y la guerra, no fallaba en encontrar a aquellos que huían de su alcance. Las corrientes de aire a su alrededor eran su herramienta y su arma, y ahora estaban buscando a su propia sangre.

El bebé se removió en sus brazos, y ella lo sostuvo más cerca de su pecho, protegiéndolo de la lluvia y el viento que comenzaban a arremolinarse con fuerza.

“Tranquilo, pequeño”, susurró, su voz apenas audible. “Solo un poco más.”

El rugido del viento se intensificó, y las sombras parecieron cobrar vida a medida que el aire giraba en espirales peligrosamente cerca de ella.

De repente, una figura apareció al final del callejón. Imponente, cubierto con una armadura oscura que reflejaba los relámpagos, Ventus estaba allí, bloqueando su camino.

“Devuélvemelo”, dijo con una calma aterradora. “No tienes idea de lo que estás haciendo.”

Ella retrocedió instintivamente, su corazón latiendo con fuerza. “No puedes hacerle esto. No dejaré que lo conviertas en lo que tú eres.”

Ventus dio un paso adelante, su expresión helada. El viento a su alrededor aullaba como si respondiera a su voluntad. “No entiendes nada. Esto no es para ti decidir.”

Un torbellino se formó entre ellos, y por un momento, pareció que el mundo entero se congelaba. La niña miró al bebé en sus brazos, luego al hombre que una vez había sido su padre, y supo que no tenía otra opción.

Con un grito desesperado, lanzó una esfera de luz que estalló en un destello cegador. Ventus alzó un brazo para protegerse, y en ese instante, ella giró y corrió en dirección opuesta.

Sus pies golpearon los charcos, salpicando agua sucia mientras giraba en cada esquina, buscando la salida del laberinto. El viento seguía aullando detrás de ella, pero el destello había comprado suficiente tiempo.

Finalmente, llegó a un puente que cruzaba un río oscuro. Sabía que más allá de ese punto, el poder de Ventus sería menos absoluto, pero también que su determinación no se detendría allí.

Mientras cruzaba, el viento golpeó con una fuerza brutal, casi arrancándola del suelo. Se giró, y allí estaba él, flotando sobre las aguas como un espectro de tormenta, con los ojos brillando como brasas.

“¡No escaparás de mí!” rugió Ventus, y el puente comenzó a temblar bajo su poder.

Ella apretó al bebé contra su pecho y dio el último salto, aterrizando en la orilla opuesta justo cuando el puente colapsaba detrás de ella. Se giró una última vez, viendo cómo Ventus se detenía en el borde, sus ojos fijos en ella con una intensidad que prometía que esto no había terminado.

“Lo llevaré lejos, padre”, susurró, con lágrimas en los ojos. “Y nunca lo encontrarás.”

Ventus no respondió, pero su expresión era más que suficiente.

El río era ancho y furioso, y la orilla opuesta estaba envuelta en niebla. La joven siguió adelante, sabiendo que cada paso la alejaba de su hogar, de todo lo que conocía, pero también de la amenaza que representaba su padre.

El bebé seguía durmiendo en sus brazos, como si la tormenta no pudiera tocarlo. Ella lo miró con una mezcla de esperanza y miedo.

“Serás más fuerte que él”, dijo en voz baja, como una promesa. “Serás mejor.”

Y con eso, desapareció en la niebla, dejando atrás el eco de un dios que una vez fue un protector, pero que ahora era el monstruo que juró vencer.