Prologo
Empieza en el interior de una cueva se escucha el sonido de unas cadenas moviéndose, a su vez se oye una tenue respiración junto con leves gruñidos debidos al dolor.
Los habitantes del pueblo suelen contar historias sobre esta cueva, dicen que no se debe entrar dentro, que aquel que emite esos sonidos es peligroso, que si te adentras en ella no volverás, a pesar de las dudas sobre la veracidad de estas afirmaciones, aun nadie se ha atrevido a entrar a comprobarlo, pues a pesar de que la gente dude que sea tan peligrosa, no se puede negar que ahí dentro hay algo y con la cantidad de tiempo que lleva vivo y sin salir a alimentarse o beber, ese algo no es humano.
Hay distintas opiniones sobre el tema, si le preguntas a los niños, es un monstruo malo que desea dañarles, si le preguntas a los jóvenes y los padres, es algo peligroso de procedencia desconocida, pero si le preguntas a los ancianos y los monjes, Ellos te contara una historia muy interesante, pues existe la creencia de que dentro de esa cueva habita un antiguo arcángel el cual se halla pagando por sus pecados, estos le llaman Seraphiel, la antigua espada de Dios.
De entre todos los habitantes, había una especialmente interesada en esa historia. Serena era una joven que destacaba por su curiosidad insaciable. Mientras que otros en el pueblo evitaban incluso mencionar la cueva, ella pasaba horas cerca de su entrada, imaginando qué podría haber dentro. Desde pequeña, había sentido que la vida en el pueblo era demasiado predecible, demasiado segura. Las historias de los ancianos sobre el misterioso ser dentro de la cueva habían sido su única fuente de emoción, aunque nadie le contaba más que vagas advertencias y mitos contradictorios.
“¿Y si es más que una leyenda?” se preguntaba cada noche, mirando desde la ventana de su pequeña casa. Era esa misma curiosidad, mezclada con un anhelo por algo más grande que su vida cotidiana, lo que la llevó a decidirse. Tenía que saber la verdad.
Con una lámpara de aceite en la mano y una mezcla de miedo y emoción en el corazón, Serena entró en la cueva. La oscuridad la envolvía, y el eco de sus pasos resonaba con cada paso que daba. A medida que avanzaba, el sonido de cadenas arrastrándose y una respiración pesada se hacía más claro. Finalmente, la figura que había alimentado sus pesadillas y sueños apareció ante ella.
Un ser enorme, con alas rotas que colgaban como sombras y cadenas gruesas que lo mantenían sujeto al suelo, levantó la cabeza para mirarla. Sus ojos brillaban con un rojo intenso, y una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.
“Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí?” dijo, su voz un susurro que parecía llenar todo el espacio. “¿Una niña que se ha perdido?”
“Soy Serena,” respondió ella, tratando de mantener la calma. Su voz tembló un poco, pero no retrocedió. “Quería verte. Saber quién eres.”
“¿Verme?” repitió el ser, riéndose entre dientes. “¿Y qué piensas hacer ahora que estás aquí? ¿Rezar? ¿Pedir por tu vida?”
“No tengo miedo de ti,” afirmó Serena, aunque el sudor frío en su frente decía lo contrario. “Quiero saber quién eres. Quiero escuchar tu historia.”
“¿Mi historia?” preguntó el ser, inclinando la cabeza mientras sus cadenas tintineaban. “Oh, niña… ¿qué te hace pensar que mi historia vale la pena?”
“Todos en el pueblo hablan de ti,” respondió Serena, dando un paso adelante. “Dicen que eres un monstruo. Otros dicen que eras un ángel. Yo quiero saber qué es verdad.”
El ser dejó escapar una risa que hizo eco en la cueva. “Eres más valiente que muchos que han entrado aquí. O más tonta. Pero dime, Serena, ¿qué estás dispuesta a ofrecer a cambio de mis palabras?”
Serena frunció el ceño. “¿Qué quieres?”
“Comida,” respondió sin dudar. “Algo fresco. No he probado nada en siglos.”
“Te la traeré,” prometió Serena, pero el ser entrecerró los ojos, su sonrisa ensanchándose.
“¿Tan fácil? ¿Y cómo sé que cumplirás? No soy un monstruo, niña. Soy un maestro de pactos. Si quieres mi historia, no solo tendrás que traer comida… tendrás que volver. Una y otra vez. Y cada vez, te contaré más.”
Serena vaciló. “¿Por qué debería confiar en ti?”
“Porque, al final, ambos queremos lo mismo,” dijo, acercándose lo suficiente como para que pudiera ver las marcas de las cadenas en su piel. “Yo quiero algo de este mundo que me ha olvidado. Y tú quieres la verdad, ¿no es así?”
Ella asintió, sintiendo que había caído en su juego, pero su curiosidad era más fuerte. “Está bien. Te traeré lo que pides.”
El ser sonrió con satisfacción. “Muy bien, entonces escucha, Serena. Mi nombre es Seraphiel. Fui una vez la espada de Dios, un ángel que ejecutaba Su voluntad. Pero también fui Su mayor fracaso…”
Serena se sentó en el suelo, absorta en cada palabra que decía. Mientras él comenzaba su relato, no podía evitar sentir que algo más se movía en su voz, como si cada frase estuviera calculada para atarla un poco más a su voluntad.