La gema del capitán

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Summary

Feroz, decidido y temerario, así es Lorcan, el capitán de una temible tripulación de piratas. Aquel día fue como cualquier otro en su rutina de búsqueda de tesoros. Fue tras un botín legendario y peligroso, custodiado por criaturas seductoras y mortales para los marinos ambiciosos como él. ¿Y lo que encontró? Bueno, sí encontró lo que buscaba, pero salió de la cueva de las sirenas con algo más valioso, algo que no sabía que necesitaba. Los piratas como él no son héroes de señoritas perdidas, pero un capitán tan caprichoso como Lorcan puede ser lo que se le dé la gana, incluso un salvador de damas hechizadas. Ahora una gema resplandeciente decora la proa de su barco. [Historia corta]

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El encanto de una sirena.

La balsa se desplazaba por la superficie del cristalino mar, como una hoja al caer de la rama. La madera flotaba sobre el agua que inundaba el interior rocoso de una inmensa cueva. La boca de piedra tragaba a los osados visitantes sentados en la balsa. Se trataba de nada más y nada menos que Lorcan, capitán de una feroz tripulación pirata, y sus leales subordinados.

El intimidante líder estaba de pie al frente de la balsa y miraba con sus inquisitivos ojos azul zafiro el túnel oscuro que se extendía más y más hacia lo profundo y desconocido. Las paredes eran de una piedra azul como los ojos del propio pirata y emitían un tembloroso brillo, iluminando suavemente el camino de los extraños lo suficiente para que distinguieran el único sendero existente: hacia adentro.

—¡La estalactita púrpura! —exclamó el capitán al detectar aquella señal narrada en la leyenda. Los marinos vitorearon ese encuentro. Se aproximaban al botín—. ¡Hacia adelante! ¡La gema de las sirenas nos espera!.

Los brazos de madera que remaban lo hicieron con mayor motivación ante la tentadora mención del tesoro que buscaban. Sobrepasaron esa última pista que se interponía entre ellos y una invaluable joya. La cueva en lugar de oscurecerse, avivaba su luz tornasol a medida avanzaban más allá, era un paisaje fantástico, algo que pocos tuvieron privilegio de avistar una vez en su vida...

Porque allí, nadie que entraba salía jamás.

Los piratas eran conscientes de ese peligro. La leyenda maravillaba a todo aquel que la escuchara al revelarles la existencia de una gema poderosa, capaz de doblegar la voluntad de cualquiera con quien se usara para obtener lo que sea que anhelara el corazón bondadoso o podrido de quien la tuviera en su poder. Pero, como en toda leyenda, siempre había un truco, para conseguir tan precioso tesoro debías someter tu espíritu a la prueba más arriesgada en la tierra: no caer bajo el embrujo de las protectoras de la gema.

Las sirenas. Criaturas hermosas que embrujaban con su voz y tentaban con su belleza. No había hombre de pie sobre el mundo capaz de resistir la seducción de una de ellas, todos se perdían por completo en su canto y cautivadora apariencia; perdían la propia vida por el extremo embeleso que ellas sembraban en sus débiles almas de mortal.

Claro que nuestro capitán no iba a ser uno más de esos miserables con frágil voluntad, cuyos esqueletos alfombraban la cueva. Él sí lograría entrar y salir ileso, sin que su espíritu fuera dominado por esas mujeres perversas. Tenía en su cuello un collar, también parte de una leyenda, que lo volvía inmune a las tretas de esas criaturas místicas.

Así que nada podía evitar que pusiera sus codiciosas manos en la gema.

Era la primera vez que comprobaba la eficacia del collar, pero, ¿y qué?. Él no era un patético que cae ante una mujer sólo porque es bella. Patético.

La balsa se detuvo de golpe.

—¿Qué ocurre? Avancen —exclamó el capitán.

Los marinos movían violentamente los remos entre las aguas, más el bote permanecía estático, congelado en medio del camino.

—No podemos, capitán. La balsa se ha ¿estancado? —murmuró Jonah, un muchacho astuto y alegre, y el más joven de la tripulación.

Brendan, el más osado, se lanzó al agua, brotó después de unos segundos, consternado, pues nada había debajo del bote que le impidiera moverse.

—No hay... no hay nada —reveló con los párpados bien abiertos.

—Es la maldición. Ya está, vamos a morir aquí —se resignó el viejo Charles cruzando los brazos.

—Mueran aquí si así lo desean, pero yo continuaré —pronunció el capitán decidido, saltando del bote—. Si no vuelvo en un día, pueden marcharse.

—Bien —concordó Charles.

—Capitán, no, esta es una señal de advertencia —negó Dominic, quien siempre actuaba como el sensato entre todo el salvajismo de sus compañeros—. Mejor será irnos. Todos ellos probablemente ignoraron el peligro —susurró mirando los huesos esparcidos por la roca.

—No maté un jodido calamar para nada. ¿Qué puede ser peor que eso?.

—Una sirena... —dijo Charles entre dientes.

—Una linda sirenita no es nada comparada con todo lo que he enfrentado en la mar. Volveré con la gema.

Los marinos vieron con aflicción al capitán continuar a nado con el recorrido. La cuenta atrás dió inicio cuando la espalda del pirata se perdió en las profundidades.

La altura del agua disminuyó poco a poco, hasta alcanzar la mitad de sus muslos, y pudo caminar sin problemas. Su mirada azul deambulaba por cada rincón, en busca de cualquier señal de las guardianas o de la gema, pero ninguna aparecía.

Llegó a una especie de umbral que desembocaba en un espacio relativamente abierto al final del túnel por el que había andado, la piedra allí emanaba un brillo comparable al sol que aclaraba todo lo que alcanzaba la vista. Dió un paso hacia el interior, pero su planta no encontró tierra firme, sino que cayó al agua celeste y profunda, arrastrando su cuerpo a la mar estancada. Su peso se hundió varios metros al fondo, y en medio de su asombro tardó en reaccionar, la sal le entró a la garganta y sus fosas nasales ardieron. Nadó con desesperación a la superficie, y al brotar acaparó el aire vital a bocanadas.

Miró al espejo de agua, sus ojos alcanzaban a ver claramente el fondo arenoso, tan cerca que con sólo extender la mano lo tocaría. Era una ilusión demasiado real.

Eso no estaba escrito en la leyenda. ¿Qué más cosas no escritas le esperaban allí? Aterrador para cualquier persona que valora su vida, pero no para el capitán.

Lorcan soltó una risotada. Aceptaba el desafío.

Nadó a una piedra cercana. Las ropas le pesaban como anclas. Se quitó las botas, el cinturón forrado de cuchillos, la chaqueta larga de cuero y las cadenas de oro que le colgaban del cuello excepto por el mágico collar. La camisa y el pantalón eran suficientes para continuar... pero quizás la búsqueda no iba a extenderse tanto como creía. Por el rabillo del ojo detectó el brillo del tesoro. La gema, en todo su esplendor, levitaba sobre una roca rectangular que la exhibía cual una obra de arte. Se levantó y avanzó a ella con paso cauteloso, como un depredador que no quiere ser escuchado por la presa. Ni siquiera tuvo que empapar más sus ropas, el pedestal estaba al final de un camino seco que tentaba hasta a los más temerarios a continuar.

—Yo no haría eso, pirata —le regañó el eco de una melodiosa voz sin rostro justo cuando su mano se elevaba a la gema.

Se giró al instante, buscando a la dueña de esas palabras, pero encontró el mismo vacío. Con las cejas fruncidas, devolvió su atención al botín.

—No, no, deja... no, malooo... pirata malo —reiteró la vocecilla cada vez que pretendía tocar la joya. Ya estaba rojo de exasperación.

—¡Sal de una vez y dímelo a la cara! —bramó al perder la paciencia.

—¡Qué grosero! ¿Por qué eres grosero? ¿Es parte del código pirata ser un grosero?.

—Deja de jugar y sal de donde sea que estés.

—Pero si ya salí —dijo una voz cercana.

El capitán dió un vergonzoso respingo del susto. Giró en su sitio, casi una vuelta completa, hasta por fin ubicar a la responsable de colmarle la paciencia, estaba a unos pasos de él, sentada en la piedra donde había tirado su ropa. Era una mujer de etérea belleza, el cabello de un profundo negro le caía hasta la cintura, sus ojos eran tan celestes como las aguas de la costa, y su cuerpo era el de una perfecta escultura. Su pecho estaba cubierto por un sostén tornasol hecho de alguna planta marina que él no conocía y de su cuello se prendían collares de piedras coloridas.

La consideraría la mujer más hermosa que había visto en su vida... si ella fuera una mujer, pero ese no era el caso. Su torso curvilíneo era el de una mujer humana, pero la otra mitad de su cuerpo era una cola de pez, aunque esta era también hermosa, parecía un mosaico de cristales celestes.

Definitivamente tenía frente a él a una bella sirena.

—Hola, pirata. Diría buenos días, o tardes o noches, si supiera en que hora nos encontramos, pero aquí el tiempo se pierde, así que, ¿qué más da?. ¿Cuál es tu nombre? —le preguntó exprimiendo el agua de su cabello.

Lorcan sacudió la cabeza. Debía permanecer sereno por su propia supervivencia. Estaba cara a cara con una de las criaturas afamadas por su manipulación, talento de seducir y destreza para ahogar desgraciados. Podía no parecer un peligro, pero lo era.

—No te lo diré. No te daré ningún instrumento para embrujarme, sirena.

—¿Embrujar? ¿Yo? —la encantadora risa de la sirena chocó en los muros de la cueva—. ¿Así nos describen en la tierra?. No, no, yo no pretendo embrujar a nadie —negó posando la palma sobre el pecho.

—No te creo en absoluto. La palabra de una sirena es el canto de la muerte.

—Ni siquiera me conoces para insultarme así. Yo también puedo hacerlo, ¿sabes?. Los piratas tienen el cerebro de una medusa y el olor de un bacalao, ¿ves? A ver quien insulta a quien, pirata —sentenció cruzando los brazos y alzando la barbilla indignada—. Maleducado —espetó.

Lorcan capturó con esfuerzo la risa al escuchar tales insultos. Por un momento, olvidó la gema que flotaba tras él.

—No pretendía ser maleducado

—Pues lo has sido. Quise ser civilizada y tú, el supuesto humano, eres quien ha actuado en contra de eso.

—Me disculpo. Pero debes entender, sirena, nuestros bandos no tienen una buena relación.

—Oh, eso es culpa de ustedes. No pueden dejar las manos en su lugar.

—¿Y de quien es el canto que los atrae?.

—No, el canto no es para eso. No exactamente.

—¿No? No me digas...

—No me gusta ese tono que acabas de usar, eh.

—¿Tono? Así hablo.

—No sigas o te embrujaré.

El pirata tensó la boca en una línea. La sirena sonrió ante su triunfo.

—Eso creí —dijo risueña.

—Bueno, fue un placer hablar, pero tengo una gema que robar. Con permiso.

—¡No lo hagas! —gritó la sirena con una expresión de angustia deformando su lindo rostro—. No quiero cantar... No me gusta cantar —murmuró bajando la vista.

El pirata desvió sus pasos de la ruta a la gema y, siendo verdaderamente valiente, caminó a la sirena. Se detuvo a una distancia prudente y se sentó en la roca.

—¿A caso no les gusta cantar a todas las sirenas?

La criatura ladeó la cabeza, en su lindo rostro apareció una expresión de duda que para el capitán fue sumamente encantadora. Lorcan desvió la mirada a las aguas rápidamente.

—A muchas les gusta, pero por distintas razones —respondió la sirena—. A mí me gusta cantar cuando no hay humanos cerca.

—Eso va contra la naturaleza —rió Lorcan. Ella no dijo nada. Mirándola de reojo alcanzó a distinguir un velo de tristeza en la cara de la sirena que parecía hecha sólo para sonreír—. ¿Dije algo malo, sirena?

—No, dijiste lo que un humano diría, humano. ¿Cuál es tu nombre?.

—Eres insistente.

—No se avista a un humano con demasiada frecuencia. ¿Cuál es tu nombre?.

—Lorcan.

—Es un nombre raro... debes ser hijo de una buena familia —murmuró con voz casi ininteligible, pero que el pirata logró descifrar.

—¿Cómo-

—El mío es Beatrice —continuó ella, con eso cortó la sospecha del capitán por un segundo.

—Es bonito, no suena tan marino como el de otras sirenas.

—"Marino" —repitió la sirena riendo.

—¿Qué? —cuestionó él mirándola reír. Su risa era melodiosa y fascinante, incluso si no cantaba, reír le bastaría para encantar a cualquiera.

—Supongo que tienes razón... no suena así. No combina con mi naturaleza, ¿verdad? —de nuevo la sombra de tristeza en sus ojos celestes. Beatrice sacudió la cabeza y sonrió de nuevo—. Lorcan suena muy elegante para un pirata... ¿eres un príncipe y escapaste de casa?.

—¿Tienen cuentos de hadas bajo el mar? —cuestionó burlón—. No soy un príncipe, pero decidí seguir mi propio camino.

—Uno en medio de la nada. Debes perderte con frecuencia. En el mar nada te señala a dónde te diriges, a diferencia de un letrero o una persona... —Lorcan escuchaba su monólogo con gesto perspicaz. La bonita sirena conocía bastante de tierra firme—... ¿Lo haces?

—¿Disculpa? —titubeó.

—Luego no me culpes por haberte hechizado, tú ya eres presa fácil —rió ella. El pirata sonrió—. Te pregunté si tú te pierdes a menudo.

—Podría decirse que sí, pero perderme es sólo una oportunidad de descubrir algo nuevo.

—O de robar algo nuevo... —murmuró mirándolo con reprobación.

—Exacto.

—Ugh, definitivamente no eres un príncipe —gruñó blanqueando los ojos.

—¿Preferirías a un príncipe debilucho? —la burla le colmaba la voz al capitán.

—Sí, por lo menos olería mejor.

—¡Hey! Yo no huelo mal —discretamente olfateó sus ropas y comprobó que no olía mal, por lo menos no tanto. El olor salado del sol y la mar no era molesto.

—Claro...

—No uses ese tono.

—¿Verdad que molesta? —la risita de la sirena al pronunciar esa pregunta le robó el aliento, y cuando se dió cuenta, notó que también sonreía.

Estaba en grave peligro. ¿Era una treta de la sirena aparentar ser inofensiva para embrujarlo?. La voz de Beatrice le distrajo de sus pesimistas teorías.

—Dime, pirata, ¿cómo sabes qué hora es en tu barco? La hora cambia al navegar grandes distancias, ¿verdad? ¿Cómo sabes entonces?.

—El sol, sirena. Es fácil calcular la hora por la posición del sol.

—Oh, y al llegar la noche, ¿no temes dormir en un trozo de madera flotante?.

—Mi barco no es un trozo de madera, es un formidable navío —replicó el ofendido pirata. Ella se sorprendió de la reacción pero su indignación la hizo reír.

—Entiendo, entiendo, permíteme corregir mi pregunta: ¿no temes dormir en un formidable navío flotante?.

Lorcan asintió complacido de que el error fuera enmendado y respondió:

—No, es relajante dormir mecido por el mar.

—¿Lo es? Suena aterrador, a mí me aterroriza.

"¿Una sirena aterrorizada por el mar?" Pensó el pirata.

—¿Por qué?

—Bueno, flotas en medio de un estanque oscuro y profundo, que oculta criaturas desconocidas y secretos, no es un lugar donde querrías poner tu cama, ¿o sí? —inquirió sonriendo.

—¿Cama? ¿Sabes lo que es una cama, Beatrice?.

Su pregunta presionó un botón en la mente de la sirena. La sonrisa se borró y en su voz se evidenció el nerviosismo al responder:

—Ah, bue-eno. Hay muchos naufrágios y... los barcos caen con todo lo que tienen dentro, incluidas esas cosas rectangulares y cómodas que llaman camas. Bueno, me pareció escuchar que así les llaman ustedes, ¿no es así?.

Lorcan asintió, escéptico. Relajó el gesto para hacerle creer a Beatrice que lo había engañado con éxito; aunque su vena cazadora de misterios y secretos estaba muy intrigada y con ganas de descubrir lo que en verdad ocultaba la bonita sirena.

—Una sirena tan curiosa como tú debe conocer muy bien los secretos del océano, ¿verdad?. ¿Sabes sobre algún tesoro legendario que me interese?.

Beatrice abrió la boca con divertida indignación.

—¡Qué sinvergüenza eres! —Lorcan sólo sonrió al escuchar el reclamo de esa voz melodiosa—. Aún si conociera una, no te lo diría —dijo con altivez, alzando la barbilla—. Algunos tesoros están mejor en donde están: Ocultos.

—¿Por eso quieres que deje esa piedra dónde está? ¿Prefieres verla deslumbrar sobre esa roca? Es un desperdicio.

—¿Para qué querrías llevártela? Doblegar a una persona... es retorcido, ¿por qué querrías tener ese poder?. Sé que eres bueno, Lorcan, lo veo —apoyó las palmas sobre la roca y se inclinó a él, analizando su rostro con la vista fija en sus orbes zafiro—. Tienes unos ojos muy dulces —dijo tras los intensos segundos de una mirada compartida que para el pirata duró una eternidad.

—¿Ojos dulces? —preguntó él al borde de la risa, queriendo ignorar el acelerado latido de su corazón debido a las palabras y sonrisa de Beatrice—. ¿Empiezas a querer hechizarme, sirenita?.

—Tómalo como desees, pirata. Yo digo lo que veo. Tienes unos ojos muy dulces, al igual que tu voz. Veo que los piratas pueden ser dulces cuando quieren —concluyó dedicándole otra de sus devastadoras sonrisas.

Lorcan desvió la mirada y se aclaró la garganta antes de proseguir con su intención de descubrir lo que ocurría. Ella lo estaba afectando con esa actitud alegre y risueña, debía apresurarse y develar el misterio antes de acabar seducido.

—Bien, no me cuentes leyendas, cuéntame mejor sobre uno de tus lugares favoritos, una sirena debe conocer lugares que un humano sólo vería en sueños.

Beatrice frunció el ceño y jugó con su cabello con ambas manos. Estaba nerviosa. Lorcan presentía que estaba cerca de descifrar ese nuevo acertijo.

—No... no se me viene ninguno a la mente —dijo a prisas—. Lo siento —sonrió, pero era una sonrisa que asemejaba una mueca de miedo.

—Eres más interesante que la roca, Beatrice.

—¿Yo? —la risa reapareció, a la sirena le aliviaba cambiar el tema—. ¿Eso crees, Lorcan?.

—Sí, ocultas un secreto más interesante que el de esa piedra flotante.

La cara de la sirena recobró la tensión. Se alejó una minúscula distancia del pirata y giró el rostro al frente, evitando mirarlo. Sus dedos se enredaban, ansiosos, entre las hebras oscuras.

—¿Vas a tomar la piedra o te irás, pirata?. Ya has pasado mucho tiempo en esta cueva, tu tripulación se preocupará.

—Tengo varias horas aún. Con ellas descubriré que escondes.

—No escondo nada. No sé que dices, humano. Olvídate de la piedra y vuelve a tu trozo de madera flotante —espetó cruzando los brazos.

Él sonrió todavía más. Tal vez el collar en su cuello no era tan efectivo como narraba su leyenda... o solamente era inútil para protegerlo de Beatrice.

—Te ves bonita enojada, Beatrice —le dijo con un matiz distinto en su voz, uno áspero y juguetón. En verdad se estaba volviendo osado. Vió que su halago había surtido efecto cuando en las mejillas pálidas de la sirena apareció una sombra carmín.

Ella sacudió la cabeza antes de volver a hablar con cierta irritación.

—¿Qué eres ahora? ¿Un sireno?.

La risa del pirata hizo un estruendoso eco en la cueva. Beatrice frunció más el ceño y enrojeció de enojo.

—Tal vez este rato contigo me ha contagiado el encanto.

—Serías muy afortunado entonces, al fin una encantadora prenda para tu aspecto pirata.

—¿Crees que mi aspecto no es lo suficientemente encantador? —inquirió con una sonrisa ladina.

Beatrice no se atrevió a contestar con una negativa, pues tal cosa sería mentir. El pirata a pesar de su tez dorada y maltratada por el inclemente sol, tenía un innegable atractivo. Su cabello negro y ligeramente largo, cortado de manera improvisada y rústica con el filo de un cuchillo; la sombra oscura de una barba en sus mejillas y alrededor de su boca; un cuerpo atlético y fuerte bien marcado por la ropa húmeda que se le pegaba a la piel; y como último detalle arrasador, un par de ojos de azul tan intenso como un zafiro.

¿Y qué importaba si era muy guapo? ¿Eso a quién le importaba? A ella no. Para nada. No iba a darle el gusto de halagarlo después de que la hizo enojar.

—No es comparable al de un príncipe —se burló.

—Y sigues con eso —protestó irritado—. Soy mejor que uno, sirenita.

—Un príncipe no tiene necesidad de robar gemas, tiene muchas.

—Oh, no es la mejor comparación. Yo también tengo un vasto tesoro; pero el valor de esa gema es incalculable.

—La codicia se paga caro, pirata, y aquí eso significa la muerte. Vuelve por dónde viniste, es lo mejor. Me agradas, no quiero que tus huesos decoren la cueva —dijo lo último con una sonrisa que pretendía ser juguetona, pero que Lorcan encontró incluso triste.

—¿Y tú te quedarás aquí? ¿sola? Me agradas también y quiero verte otra vez.

Beatrice negó, aún con la sonrisa triste y la melancolía brillando en sus ojos.

—No, Lorcan, debo cuidar a esa gema de ladrones como tú.

—Entonces si me la llevo tendrás que venir conmigo —concluyó, malicioso. Beatrice estaba muy perpleja con tal declaración como para responder, quedó boquiabierta—. Me parece bien —dijo él al ponerse de pie para continuar con su plan inicial: robar la gema.

Ver al pirata retomar el camino por el sendero despertó a la sirena de su estupefacción y le devolvió el miedo.

—¡No! ¡No, Lorcan, no funciona así! ¡Detente!.

Pero él no se detenía, avanzaba a paso decidido rumbo a la columna de piedra sobre la que flotaba el tesoro. Beatrice se sumergió en las aguas y nadó lo más rápido que pudo hasta llegar a la orilla de la roca en la que se encontraba la gema. Se sentó frente a la columna y continuó con sus suplicantes advertencias.

—¡Lorcan, detente ya! ¡Morirás! ¡Cantaré, no podré evitarlo y cantaré! ¡Por favor, no me hagas matarte! ¡por favor, por fa-avor... —un sollozo quebró su voz desesperada. El pirata congeló sus pasos, atónito—. Si tocas la gema, cantaré aunque no lo desee. Así funciona, e-es un hechizo, una maldición. Por favor no sigas.

Lorcan desvió sus pasos del sendero y apoyó una de sus rodillas en el suelo rocoso, junto a la sirena que lloraba desconsolada con las manos cubriendo su rostro.

—Beatrice... —susurró alargando la mano a su hombro.

—¡Ah, vamos! ¡Justo cuando iba a ponerse interesante! —gritó una voz chillona y malvada de repente. Lorcan alzó la vista y rebuscó en la cueva con los ojos bien abiertos.

—¡Aburrido! —la secundó otra igual de venenosa.

—Beatrice siempre con su tendencia al dramatismo —comentó otra con un matiz más sofisticado.

—Viejas costumbres de su naturaleza, de su débil naturaleza de damita de alta alcurnia —escupió con desdén la primera voz.

La dueña de tales palabras hizo presencia detrás de una roca, sobre la cual se sentó y miró burlona a la guardiana que lloraba con angustia y desgarradora tristeza. Era una sirena de ojos felinos e iris tono púrpura, con cabello violeta oscuro y un aspecto soberbio y maligno. La mirada que le daba a Beatrice era de repugnancia.

—Pobrecilla —continuó la segunda aparecida, una sirena de semblante inocente por su cabello rosa y mejillas abultadas pintadas de carmín. Esta se quedó junto a la primera, aún metida en el agua, sólo su cara falsamente angelical sobresalía en la superficie—. Tantos años y sigue siendo una florecilla frágil.

—No soporto cuando ruega desesperada —dijo la última, flotando boca arriba por el agua celeste frente a la roca en la que estaban sus mezquinas amigas—. Arruinas todo, Beatrice. ¿Cuándo cambiarás, niña? ¿Cuándo? —suspiró como hablando para sí misma.

—Nunca, porque es una estúpida humana.

—¿Qué? —farfulló Lorcan asombrado. Apartó con delicadeza las manos con las que Beatrice se tapaba la cara. Sus ojos celestes estaban enrojecidos al igual que su tez cuando le miró—. ¿Eres humana, Beatrice?.

Ella asintió sin pronunciar palabra, no fue necesario que respondiera, la sirena de cabello violeta lo hizo en su lugar:

—¿No era evidente, pirata? ¿No reconoces a un semejante cuando lo tienes enfrente, capitán?.

La voz de esa sirena era diferente, el modo en que le hablaba le erizó los vellos del cuerpo. Comprendió que de no ser por el collar de la leyenda él estaría doblegado por su descarado intento de seducción.

A la sirena no le agradó nada que permaneciera imperturbable a su voz de seda. Su bello rostro mostró furia, aunque su boca tenía una sonrisa, sombría y malvada.

—¿Ya viste, Beatrice? Por la joya que le adorna el cuello es que soportó tus estupideces tanto tiempo. Sin el collar es como todos los que antes te visitaron. Hubiera intentado lo que ellos mismos hicieron en menos de un segundo. No es especial, tú no eres especial. No le interesas. Canta, Beatrice. Canta sin que tu débil corazón sienta remordimiento.

—No, n-no quiero —sollozó la sirena hechizada—. Vete, Lorcan —susurró alzando la mirada al pirata que ya se encontraba enfurecido por el venenoso discurso de la otra sirena malvada.

—Eres muy apuesto, capitán —la sirena angelical brotó de las aguas frente a la orilla en la que Beatrice lloraba. Lorcan retrocedió de inmediato—. Beatrice no reconoce la belleza cuando la tiene enfrente, pero yo sí, capitán —ronroneó la encantadora criatura—. Quédate. Ven conmigo. Ven-

—Ya basta, cállate. Me estremezco al escucharte, y no por buen motivo, sino porque me asqueas al hablar así. ¿Logras seducir a alguien, monstruo?.

La sirena chilló, soltó un grito agudo de indignación e ira ante los insultos del pirata. Su exclamación resonó en la cueva y lastimó los oídos del humano. Era un sonido horrible, aterrador e insoportable. Cubrió sus oídos por los dolorosos segundos que duró la rabieta de la sirena de falsa apariencia dulce.

—¡Cordelia! ¡Cordelia! —chilló otra vez nadando de vuelta a la roca.

—Haz cometido un error, pirata —dijo la sirena de cabello violeta cuyo nombre ahora conocía—. Nadie insulta a mis hermanas y sale con vida de mi cueva. Pensaba en una sentencia corta y fatal para ti, pero dada tu falta... se me ocurre algo más creativo.

—Al fin algo interesante —comentó la sirena, la silenciosa que aún flotaba relajada sobre las aguas—. ¿Qué harás con él, hermana?.

—Un espécimen tan bello no debería morir. Mereces una estatua, capitán. Una estatua que encante a la vista. Los días de Beatrice ya no serán tan solitarios con un compañero tan apuesto —dijo Cordelia al mismo tiempo en que soltaba una carcajada maligna que sus hermanas acompañaron.

—Son unos trozos de mierda las tres —escupió el capitán, airoso.

—¿No es vida eterna lo que todo mortal quiere? Deben agradecer mi benevolencia ustedes dos —repuso la sirena con altanería y burla—. Una dama de alta sociedad no hubiera sido de tanto provecho como tú, Beatrice. Hubieras gastado tu vida en una casa gigante, bordando y tejiendo, y luego hubieras muerto en un lecho de oro como muchas otras. Aquí eres la guardiana de un tesoro invaluable, ¿no es eso mejor que ser una señora de respetable apellido y nada más? —preguntó riendo. Beatrice no la miró. Permanecía callada, aún temblando por los sollozos—. Maldita mal agradecida. Y tú capitán... No, tú sí tienes una vida más interesante, pero cometiste un error. Qué lástima.

Cordelia abrió la boca, preparándose para entonar la más hechizante de las canciones, pero el capitán la sorprendió al decir:

—Tienes razón, Cordelia. Soy uno más, como todos estos muertos que ensucian la cueva. Sólo vine por la gema, no me interesa lo que hayas hecho a esta mujer —la sonrisa de la sirena malvada no hacia más que crecer, mostrando unos horribles dientes afilados. Las lágrimas de Beatrice cayeron como una llovizna silenciosa, su decepción era palpable—. Sólo quiero la gema. Déjame tomarla y me iré. ¿No sería mejor manera de enseñarle a ser agradecida?.

—Me gusta la idea, capitán. Empezamos a entendernos. Pobre, Beatrice —se lamentó viendo a la humana llorar resignada—, ¿lo ves? Los de tu especie son mucho peores, estas mejor lejos de ellos. Él sólo te usaba para tener la roca, ¿y sabes qué? Se la daré, pero tú te quedarás aquí para siempre. Tómala, capitán, llévate la gema.

Beatrice ni siquiera alzó la mirada del suelo de piedra para ver al pirata hacer aquello por lo que vino desde el principio. Dos lágrimas brotaron de sus ojos y se deslizaron lentamente por su rostro melancólico, mientras que las otras sirenas sonreían de oreja a oreja con la vista atenta a las acciones del humano. Vieron a Lorcan avanzar los pasos restantes a la columna de roca, vieron como su mano se elevaba y extendía decidida a la gema y vieron como envolvía esta con la palma y la arrebataba de su lugar. Beatrice sintió alivio cuando su voz no la traicionó y salió en una canción asesina, suspiró, pues por lo menos no marchitaría una vida más.

—Felicidades, pirata —exclamó Cordelia entre carcajadas agudas.

Lorcan miraba el tesoro brillar en su mano. Era una gema preciosa, sí, era un tesoro digno de ser llevado a sus arcas; sin embargo, había algo mucho más valioso en esa cueva que no pensaba dejar atrás. Dejó salir una corta risa de diversión, y sin sentir ni un ápice de lástima, levantó la mano con la que sostenía la piedra y la bajó de golpe, lanzando así el tesoro legendario al rocoso piso de la cueva. Los chillidos a coro de las tres sirenas le reventaron los tímpanos, pero él no les dedicó atención, no tenía tiempo que perder. Volteó hacia la sirena que antes lloraba, Beatrice tenía la boca abierta de asombro y los ojos brillantes de esperanza. Le sonrió como sólo él podía, con picardía y altivez, consiguiendo robarle también una sonrisa.

El momento de agradecimiento silencioso se vió interrumpido por la sorpresa, Beatrice apartó la vista de los ojos azul zafiro del capitán al sentir como la parte inferior de su cuerpo cosquilleaba. Su cola, esa que enmascaraba su verdadera naturaleza brillaba como un sol, tal luz cegó a todos dentro de la cueva, incluida Cordelia, quien maldecía y gritaba de rabia. Cuando se desvaneció el brillo, la sonrisa de Beatrice fue la que iluminó el lugar al ver como el hechizo había acabado y sus piernas reaparecido. El mosaico celeste que antes era su cola se había convertido en una seda que envolvía la parte inferior de su cuerpo.

—¡Lorcan, mira! —exclamó poseída por la alegría, tocando la piel pálida de sus muslos después se tantas décadas encontrando una cola de pez al ver bajo su torso. Lágrimas de felicidad le nublaron los ojos, fue una mano cálida la que aterrizó en su hombro y la distrajo de su llanto.

—Es maravilloso, Beatrice, pero tenemos que salir de aquí —susurró a su oído.

—¿Me llevarás? —preguntó levantando la vista a él.

—Claro, no me iré con las manos vacías —dijo, soberbio. Ella resopló irritada, aunque una sonrisa se le escapó—. Vamos —extendió la mano frente a ella quien no demoró en tomarla, pero fue imposible ponerse de pie, sus piernas temblaban y eran débiles. Tenía mucho tiempo sin usarlas.

—No puedo —murmuró angustiada.

—Te ayudaré

Colocó ambas manos bajo sus axilas y la levantó como si de una pluma se tratase, dejándola sobre sus plantas en el suelo. Beatrice se echó a reír cuando intentó dar el primer paso y se derrumbó en los brazos del pirata.

—Necesitaré práctica —dijo entre risas. Al ver hacia arriba, encontró la mirada intensa de Lorcan, esos dos zafiros profundos y anhelantes le robaron las palabras.

—Sí —musitó él—. Hasta entonces, caminaré por los dos —dijo mientras la cargaba en brazos.

—¡No te atrevas a dar un paso más! —amenazó una enfurecida Cordelia.

¿Era Cordelia? Era difícil saberlo porque no parecía nada la sirena que antes había aparecido. Su piel surcada de profundas arrugas, sus mejillas hundidas, sus ojos vidriosos y su cabello plateado. El capitán se impresionó de verla así, retrocedió por reflejo y su mandíbula cayó de sorpresa al ver que las hermanas de la sirena malvada estaban en igual condición, y al paso de los segundos, esta empeoraba, sus cuerpos se degradaban y marchitaban como un fruto puesto bajo el sol.

—¿Qué mierda es esto? —masculló asqueado. Ver la carne de esas criaturas consumirse y la vida abandonar sus ojos era perturbador.

—Es una larga historia —respondió Beatrice.

—Me la cuentas en el trozo de madera flotante.

El eco de la risa de Beatrice fue lo último de ese par de fugitivos que las sirenas pudieron escuchar hasta que se perdieron tras el umbral de la cueva. Sus gritos de furia, dolor y resentimiento llenaron el hogar de la gema cuando los humanos marcharon, las tres sirenas entonaban el canto atronador de la muerte, de su propia muerte, y fueron sus huesos los que alfombraron el suelo esa última vez.

Lorcan caminaba por el sendero antes recorrido. El agua subía más por sus piernas a medida se acercaba a donde su tripulación le esperaba, llegó el punto en que fue necesario nadar el resto del camino.

—¿Puedes nadar, sirenita? ¿O necesitas que te lleve en mi espalda?.

—Creo que puedo. He nadado muchos años.

Él la dejó en el agua sin soltar su cintura, tras unos segundos de agitar los pies y sincronizar piernas y brazos, Beatrice nadó sin problemas. Ambos avanzaron a nado hacia el exterior.

La balsa continuaba estática en la mitad del espejo cristalino. El viejo Charles comía las provisiones que habían empacado. Brendan se ocupada de afilar sus cuchillos mientras esperaban. Jonah y Dominic jugaban en un tablero de ajedrez dibujado con yeso sobre una pieza de madera. Dominic olvidó el juego al escuchar un chapoteo en el agua, los demás le imitaron. Miraron a su alrededor, pero no había nada, el agua seguía tranquila e inmóvil. Retomaron sus distracciones, por pocos segundos, hasta que el sonido de un burbujeo captó su atención otra vez.

—Dios mio santo, por favor cuídanos... —Charles empezó a pronunciar plegarias en susurros, mientras Dominic y Brendan observaban atentos el agua de cada lado de la balsa.

—No es nada —concluyó Dominic en un suspiro. Se sentó en la balsa mostrando una sonrisa de alivio a sus camaradas.

—Hola —saludó una voz femenina tras él. Los cuatro piratas gritaron de terror y se alejaron de la orilla de la balsa en la que la sirena tenía apoyados los brazos.

—Somos hombres muertos —masculló Charles.

—¡¿Qué has hecho con nuestro capitán?! —gritó Jonah.

Brendan en lugar de lamentar su pronta muerte o cuestionar, tomó uno de sus recién afilados cuchillos y amenazó a la sirena con él, extendiendo el filo hacia su cuello lo más que podía sin acercarse.

—Estas no son maneras de tratar a una dama —el reproche de Lorcan fue una melodía para los oídos de su afligida tripulación. El capitán flotaba unos metros más allá de la balsa, y les sonreía con triunfo.

—¡Capitán! —exclamaron todos al unísono.

Sus bocas se abrieron al extremo cuando su afamado capitán nadó a la mujer sin temor. Permanecieron congelados en su sitio mientras Lorcan subía a la larga balsa, y sus ojos por poco escapan de sus cuencas cuando lo vieron ayudar a la sirena a subir también.

—Capitán, ¿qué demonios hace? —cuestionó Dominic.

—Ayudo a Beatrice a subir, ¿no es evidente? —preguntó burlón

—Pero si ella es una... —cerró la boca al ver que la dama de nombre Beatrice no tenía la cola de una sirena. Frente a ellos tenían a una humana, una de sobrenatural belleza, pero humana como ellos.

El capitán tomó una manta que cargaban en la balsa por si acaso y la colocó sobre los hombros de la mujer. A continuación caminó a otro extremo de la balsa y se quedó de pie allí.

—¿Quieren quedarse aquí? ¡Avancen! Larguémonos de este sitio maldito.

Los cuatro marinos se miraron sin saber qué ocurría, pero estaban ansiosos por salir de la maldita cueva. Tomaron los remos e iniciaron su retirada por donde habían venido.

—Capitán, ¿quién es la mujer? —Jonah fue el primero en atreverse a romper el silencio y preguntar lo que todos querían saber—. ¿Y la gema?.

—Es una larga historia. Beatrice sabe la primera parte. Cuéntanos, sirenita.

Beatrice iba muy sonriente, no todos los días se era liberada de una condena injusta. Estaba muy feliz y no le molestaba contar lo que había pasado.

—Oh, bueno...


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