Cuento 1
Fran había pasado toda la mañana preocupado por un error en la boleta de luz de Enero. El calor, que poco a poco lo enloquecía, era nada comparado con la primera vez que leyó los kilowatts del aparato medidor. Una cuenta porcentual no le salía. Recordaba algo de hace tiempo: la regla de tres simple, una forma de comparar algo con cien y luego dividir y multiplicar números. Las diagonales de aquella operación le parecían indistinguibles y, aunque las posibilidades eran limitadas, Fran desistió al segundo intento que le pareció fallido.
Decidido a redondear, se estancó con la birome sobre el papel. Según su calculadora, obtuvo un ocho con varios decimales. La cifra lo desorientó. En los intentos de aproximarse, se avergonzó dividiéndolo por diez, como si lo estuviera viendo alguien, pese a estar solo. Tuvo un impulso de tachar su propia escritura. Frustrado, dejó caer el bolígrafo y se llevó la mano derecha a la frente. Algo en su cabeza le impedía dibujar el número ocho, como si hubiera olvidado su forma.
—¿Era de arriba hacia abajo o se empezaba de lado? ¿Alguna vez había dibujado desde el medio? ¿Eran varios ceros unidos? ¿Los círculos eran simétricos o el superior y el inferior variaban de tamaño? ¿La intersección podía asociarse a una equis cualquiera o la curvatura de sus líneas eran tangenciales desde el origen? Y si empezaba de arriba, ¿cómo calcularía aterrizar en el renglón? Decidió poner solo la coma y luego los decimales, dejar el espacio, completar la tarea en contra dirección, arrancar por lo más complicado.
Entonces se dio cuenta de algo: le volvió el alma al cuerpo y consultó la calculadora. Aún el número no había desaparecido; podía ser leído e imitado. Pero el visor era digital, esos cuadrados digitales le daban náuseas, o quizá era el calor. La idea de que siete palos que no se tocaban formaran un ocho le resultó aún más anti intuitivo que inventarlo él mismo. Decidió que no era un ocho válido, pero lo acercó al recuerdo de lo que buscaba.
Intentó arrancar desde cero. Cero, ese número le dio una idea. La fina tarea casi artesanal de lograrlo en un solo trazo se volvió inalcanzable para él. Dibujó dos ceros, uno tras otro, no estaban lo suficientemente cerca, no parecían un ocho, no importa cuánto girara la página y, aun así, desde hacía al menos diez minutos no se había acercado tanto a la proeza. Acrecentó el trazo, en busca de una verdadera unión, rayón a rayón, hasta que las panzas se chocasen. El resultado fue un ocho bastante enfermo, encorsetado por una malla de tinta azul violácea. Le pareció decente, no era un ocho cualquiera, parecía vestido y de carácter digno; de haberle puesto nombre, le habría llamado Angélica o Dolores, los únicos nombres puritanos que se le ocurrieron. Definitivamente aquel ocho poco agraciado era femenino. Una versión regordeta semi angelical, como un estándar grecorromano de belleza. Pensar eso le hizo acordar al verdadero ocho romano, una V y varios palitos; ese ocho era sin dudas masculino.
—Igual que el digital. Pensó.
Comenzó con unas quince prácticas de cierres interrumpidos e intersecciones asimétricas hasta acercarse al ocho hegemónico de un trazo. Tenía cadera, cintura y un epicentro en forma de equis estrecha como el equilibrio de su femineidad. El número doce era el más sexy de los quince ochos. De haberlo bautizado, habría sido Sofía o Cintia. Cuando la birome de Fran acarició las curvaturas del doceavo, le brotó una torpe sonrisa tardíamente sofocada. Derramó un poco de saliva sobre el papel, avergonzado, y a puño transpirado intentó remediarlo, decolorando todos aquellos ocho: Los mal heridos de práctica, los doce bien inspirados, los digitales copiados y los romanos al margen anotados, Angélica o Dolores, Cintia o Sofía y los decimales de la división temprana, dejando sobre el papel una orgía de tinta entremezclada con la humedad del propio Fran.
Si bien todas sus perversiones numéricas ocurrieron en pocos minutos, aquello que la figura curvilínea y simétrica del ocho le provocó parece haberse desvanecido desde entonces. Ya nada es igual desde que digita sus cuentas en hojas de cálculo, pero ha estado ahorrando con un propósito evocador. Tatuarse un número, invadido por el recuerdo encantador de Angélica o Dolores, mezclado con la excitación espasmódica, la figura de primitiva satisfacción que le provoco Cintia o Sofía, distrayéndolo al menos un rato del calor y los kilowatts de Enero.
FIN