❄️

¿Has visto la nieve caer?
¿La has visto deslizarse suave y enfurecida a través del viento frío y cruel?
¿Has visto cómo deja su huella vestida de blanco?
¿La has visto danzar en medio de una tormenta?
Yo no, porque sigo esperando por ti.
Frente a una de las ventanas de su pequeño departamento, Louis miraba la lluvia caer. Sus gotas se deslizaban en cámara lenta por el vidrio, mientras las hojas se arrastraban agónicas. La luna enfundada en nubes grises apenas lograba entregar un poco de claridad a esa noche de pesadillas, una de tantas, una de todas. Una que le recordaba que estaba solo, que seguía solo, porque su dulce chico de ojos verdes y suaves rizos no estaba a su lado… Se lo arrebataron, se lo quitaron, quizás para siempre
Era otoño, y siempre fue su estación del año preferida. Le gustaban los atardeceres pintados de ocres y amarillos, los suelos de la ciudad repletos de hojas crujientes, la temperatura ideal para acurrucarse con la persona que amabas. Pero con los últimos años se había transformado en una tortura, en dolor de cada uno de los años separado de su amor, de quien le dio vida a su vida, a una marchita y sin ilusión; Se convirtió en desgarros agudos y agónicos, abarrotados de hojas que van perdiendo su verdor y que ya no se moverán al mismo compás del viento.
Y el frío, más que cualquier otra cosa, le recordaba a su amor; a quien es, fue y será la luz en su camino y al mismo tiempo, la peor oscuridad al no tenerlo entre sus brazos.
Bajo esa tímida luz de luna, Louis recordaba cómo era su vida antes de aquel día de octubre, cuando apenas tenía quince años y la vida le arrebató a sus padres en un fatal accidente: el asfalto, húmedo por la lluvia, hizo resbalar el auto hasta hacerlo chocar con fuerza contra un árbol. Sus padres murieron de manera inmediata, dejándolo solo en el mundo. Tenía abuelos, primos y tíos, pero nadie lo quiso, ninguno lo acogió, era un adolescente que de seguro daría problemas. Lo más fácil fue desentenderse, y dejarlo en el orfanato de la ciudad, de Somerset y así olvidarlo. Nunca fueron a verlo o a preguntar por él, tampoco en su cumpleaños, tampoco en navidad. Lo abandonaron.
Y en medio de su dolor, tuvo que enfrentarse a un mundo nuevo, uno desgarrador, uno que deseó nunca conocer. Ese orfanato estaba lleno de oscuridad, de miedo, de gritos de ayuda, de desesperación, de dolor y de soledad. Supo lo que era pasar las noches sin dormir, escondiéndose en la oscuridad de la noche para que no lo vieran, ansiando con su alma que llegara el amanecer, uno que espantara a esos rostros horripilantes llenos de maldad que querían apoderarse de su cuerpo. Daba lo mismo si eras solo un chico indefenso, eras parte de un botín sin nombre y Louis era un trofeo. Tuvo que aprender a defenderse, a secar sus lágrimas ya destruido, a volverse frío y disimular que no vivía muerto de pavor y de pena.
Seis largos meses duró esa tortura, hasta que lo cambiaron a otro orfanato, esta vez en Londres. Los días se volvieron agradables y las noches tranquilas, incluso hizo amigos, aun sabiendo que no debía, porque la vida, esa que parecía generosa a veces, en cualquier momento le recordaría que él no merecía ni siquiera un poco de cariño.
Estudiaba mucho, sabía que era lo único que podía sostenerlo una vez afuera. Y eso tenía de recompensa poder salir a hacer algunos trabajos a los vecinos, que siempre lo miraron con pena. Notaban la tristeza en sus bonitos ojos azules y en lo caído de sus hombros, en su voz apenas audible, en lo desolado de su imagen.
No había sueños en su futuro, la vida se encargó de arrebatárselos todos.
En medio de esa noche, frente a su ventana, pudo sonreír. Recordó aquel día, ese en que sus ojos se cruzaron con uno de los chicos nuevos en el orfanato. Tenía ojos verdes, grandes pero apagados, y pese a eso, para Louis se transformaron desde ese primer segundo, en los más bellos del mundo, unos que se volverían su todo y mucho más. Sin dudar se había acercado, y luego de presentarse, simplemente lo tomó de la mano y lo llevó al jardín para conocerse un poco. No perdió detalle en el rostro de Harry, mientras le contaba un pedacito de su vida, de cómo nunca conoció a su padre, y su madre lo abandonó a los nueve años debido a graves problemas con el alcohol. Muchas veces durmieron en la calle hasta que terminó escapando.
Louis no podía ver nada de eso, no si tenía a un chico de quince años frente a él, con la sonrisa más hermosa, tierna, real y diáfana del universo. Y así como se conocieron, se enamoraron. En unos días ya estaban completamente perdidos en el otro, porque a esa edad todo era intenso, profundo y eterno; se aferraron con todo lo que eran y todo lo que tenían. Descubrieron que tenían derecho a soñar e imaginar un futuro donde podían estar juntos y amarse sin miedos.
De noche se escapaban y contaban estrellas escondidos bajo la oscuridad cómplice de un gran árbol, y en ese mismo sitio se entregaron noches y noches.
Noches y noches…
Louis frente a la ventana sintió sus manos más vacías que nunca, cuánta falta le hacía su chico en esos momentos, su piel, el aroma de su cuerpo y su fragilidad.
Se permitieron cambiar de piel por una limpia, una que llevaría sus nombres, sus marcas, su nueva historia. Habían hecho de ese momento el más especial, aunque tuvieran que ser rápidos y descuidados, aunque no pudieran decirse con fuertes gemidos todo lo que sentían, aunque no conocieron su cuerpos desnudos. Se recorrían como si fuera la primera vez, como si fuera la última vez, con la ternura como ingrediente principal, con susurros suaves, con caricias aterciopeladas… La timidez vuelta deseo.
Siempre fueron conscientes de que tenían poco tiempo, y de que cuando Louis cumpliera su mayoría de edad, dejarían de verse, devolviéndolos a la realidad de la soledad. Y por eso decidieron hacer un juramento, una promesa tal vez ingenua, pero que sería para siempre. Un pacto para ver la nieve caer. Buscaron una tarde, un lugar perfecto para re encontrarse y comenzar una vez más, y lo encontraron en un lugar como de cuentos, en una hermosa ciudad llamada Rovaniemi, en Finlandia. Allí el paisaje se fundía con las auroras boreales, el frío es cálido y los sueños aparecen cerca de las chimeneas y el chocolate caliente. En esa pequeña ciudad donde vivía papá Noel, continuarían su historia de amor.
Sin embargo, algo terminó con sus planes mucho antes de lo esperado. Un mes antes del cumpleaños de Louis, apareció el padre de Harry y se lo llevó.
La despedida fue peor que cualquier cosa vivida antes. Tuvieron que separarlos entre dos porque no podían ni querían soltarse. Sus cuerpos estaban fundidos, se habían transformado en el aire y el oxígeno, en la sangre y el alma del otro. Apenas tuvieron tiempo para dejar un te amo en un soplo de aliento, un te amo para siempre que se grabó a fuego en sus corazones.
Un mes antes de su cumpleaños, un día en que le trizaron su endeble corazón y lo volvieron a marcar despiadadamente para siempre.
Louis sabía, desde ese momento lo supo, que nunca volvería a ser el mismo. Sus ojos dejaron de brillar y sus labios ya no sonreían. Sus manos marchitas solo tenían un solo objetivo: trabajar para buscar a Harry.
¿Has visto la nieve caer?
Louis salió del orfanato una semana después de su cumpleaños, y gracias a lo que había ahorrado logró pagar un mes de una pieza en un sucio y viejo edificio.
Volvió a sonreír cuando recordaba lo orgulloso que estaba de ese espacio. Todo lo que lo cuidaba, cómo lo limpiaba pensando que pronto Harry estaría junto a él en ese lugar... Apenas despuntó el alba salió a buscar trabajo, daba lo mismo en qué. Tenía mucha necesidad y poca vergüenza. En un pequeño hotel del centro de Londres encontró un pintoresco cartel, necesitaban gente en todas las áreas. Sin miedo entró y fue entrevistado de inmediato por la dueña del hotel, una señora con una mirada bondadosa y un rostro muy bonito. Le recordó a su mamá, y el dolor volvió a aparecer. Una hora estuvieron hablando, donde Louis le contó la mayoría de sus penas, no tenía tiempo de ocultar su pasado y el orfanato sería siempre una parte de su vida. Jeanette lo escuchó con paciencia y profunda atención, porque la historia de Louis era muy parecida a la de ella.
Le dio trabajo limpiando las habitaciones, y después de unos meses, en la recepción. Louis simplemente se dedicó a trabajar con fuerza y ahorraba todo, incluso sus esperanzas… Había decidido estudiar, y aunque postuló y ganó una beca, necesitaba dinero para materiales y otras cosas. No quiso recibir ayuda de Jeanette ni de su esposo, Frank. Quería todo lograrlo por el mismo.
Supo con anticipación que ese primer año sería imposible viajar a Finlandia y le desgarró su pobre corazón, pero tenía que estudiar y trabajar sin parar. El próximo año sería diferente. Y como un mantra se dedicó cada día a buscar a Harry en cada chico que veía por la calle, en los rostros cansados, alegres y tristes, siempre con una pequeña esperanza de que Harry siguiera en Londres, de que también lo estuviera buscando; de que no importaban sus lágrimas escondidas en la lluvia, se podrían encontrar al cruzar una calle, al mirar una vitrina, al pagar un café, al mirar al cielo buscando una estrella fugaz.
Muchas veces le pareció verlo, lo confundía en algún semáforo, en alguien que paseaba un perro, en un chico que tocaba su hombro para preguntar una dirección.
Lo extrañaba, lo extrañaba a gritos, cada milímetro de sus células extrañaba a Harry. No solo a sus ojos verdes ni a sus suaves rizos castaños, ni a su sonrisa luminosa; también sus malos días, esos en los que el pasado dolía como una realidad. O sus pesadillas en medio de la noche, o las veces que no quiso conversar mientras almorzaban, o cuando no quería separarse de sus brazos después de hacer el amor. Lo extrañaba, y cómo dolía no tener sus manos entre las suyas, ni la dulzura de sus labios, ni su risa contagiosa al reírse de sus propios chistes. Extrañaba todo de Harry, incluso su pasado, incluso sus cicatrices y sus marcas en el alma.
¿Has visto la nieve caer?
Louis dejó su lugar frente a la ventana y se sentó en la cama. Le dolía la cabeza y el pecho, pero no podía dejar de ver como en una película tantas imágenes pasar, mientras en el fondo la lluvia no dejaba de caer. Era un día de esos en el que el dolor, ese que estaba todos los días, se desbordaba lentamente haciendo que su respiración fuera errática y agónica. Se abrazaba a sí mismo, tratando de darse consuelo y calor, pero no lo lograba, porque se daba cuenta de lo solo que estaba; solo y viviendo de recuerdos.
Estaba solo, seguía solo, pero aferrado a su único tesoro. Una carta, una hoja de papel con la letra de su chico era su único vínculo con esta vida, una que vivía porque no podía morir sin saber de Harry. Líneas que se sabía de memoria y que tuvo que enmarcar para no seguir dañándola, cuando la empapaba con su llanto en medio de las madrugadas frías y crueles.
“Juro no olvidarte, juro que aunque me demore mil años viajaré a encontrarte un 28 de septiembre, juro que nada hará que este amor se desvanezca, juro que eres mi razón de vivir y el único a quien amaré en esta y en otra vida… No me olvides, resiste por este amor que yo lo haré, por ti lo haré, porque estás dentro de mí, y algún día, yo sé que nos encontraremos con una sonrisa, una como la que nos regalamos la primera vez que nos vimos. Te amo, hasta más allá del infinito…”
Esa pequeña carta la recibió el día que salió del orfanato. La señora de la cocina se la entregó, y le dijo que la había guardado dentro de una olla desde el día siguiente al que se fue Harry. Lo había encontrado en el mercado, junto a su padre y otros hombres, y le entregó ese papel para su Louis le dijo, y ella solo lo había olvidado.
¿Has visto la nieve caer?
Ese primer año sin Harry fue cruelmente complejo, pensaba que no podía ser peor. ¿Qué podría superar a dormir cinco horas diarias mientras estudias y trabajas? ¿Mientras tus sueños están llenos de imágenes y recuerdos? ¿A cuidar cada libra que llegaba a tus manos? ¿Qué era peor que agonizar de frustración?
Pero, cuando llegó el segundo año y él estaba hospitalizado con amigdalitis, supo y recordó que la vida siempre podía ser más incomprensible, más cruel y despiadada. Estaba en segundo año de administración de empresas y seguía trabajando en el hotel, y aunque su relación con sus jefes era mucho más cercana, nunca lo habían visto sonreír.
En el tercer año, compró un pasaje de avión, lo hizo aguantando las lágrimas de la emoción. Era para el mismo día 28 de septiembre, a las nueve de la mañana. Un poco más de tres horas lo separaban del destino que era su vida, que le daría una nueva oportunidad. Cuando llegó al aeropuerto, con su pequeña maleta llena de esperanzas, le dijeron que estaban cancelados los vuelos por mal tiempo, hasta nuevo aviso. En el baño del aeropuerto lloró una vez más…
El cuarto año había sido un poco diferente. Terminó de estudiar con honores y ya era el administrador del hotel. Jeanette y Frank lo dejaron a cargo de esa sucursal, mientras ellos levantaban un nuevo hotel a las afueras de Londres. Tenía un buen sueldo, su pequeña pieza se había transformado en un bonito departamento de una sola habitación. Volvió a comprar su pasaje de avión, intentando mantener la cordura, pero la noche antes de viajar, explotaron las cañerías del segundo piso del hotel. El agua inundó los dos pisos, al igual que lo que quedaba de su pobre corazón. Dos semanas estuvieron arreglando el desastre que quedó, dos semanas en que, otra vez, odió el seguir viviendo.
Para el quinto año, a pesar de estar resignado a que no podría viajar, compró su boleto. Ya ni siquiera tenía expectativas, era casi un ritual de la mala suerte solo respirar. Esperaba cualquier cosa de la vida, y Jeanette fue diagnosticada con cáncer terminal, y Louis no quiso dejarla sola, no después de todo lo que significaba esa preciosa mujer en su vida. No después de toda la paciencia, de todo el amor que le dio, no después de escucharlo por noches llorar, no después de que ella intentara buscar a Harry con un investigador privado. A finales de diciembre, Jeanette murió en los brazos de su esposo, dándole un nuevo dolor a su vida. Se consolaba pensando que le había cumplido un sueño, uno que consistía en hacerlo su hijo legalmente. Ahora era un Tomlinson. El día del funeral, él y Frank solos con el sacerdote y el sepulturero. Un día frío, un día de lluvia, un día en que el tiempo volvió a parar.
¿Has visto la nieve caer?
Hace un par de semanas fue 28 de septiembre, año seis.
Era dueño del hotel del centro, mientras su papá se hacía cargo de la sucursal de las afueras de Londres. Cada sábado se reunían a tomar un café y conversar sobre la vida. Le pidió tres días libres, 27, 28 y 29 de septiembre para viajar y compró su pasaje. Llegó al aeropuerto solo con una mochila, estaba esperando la mala noticia del día que le impidiera viajar. Sin embargo, embarcó sin problemas y el avión partió mientras no podía dejar de llorar. Aterrizaron y al bajar, un frío diferente, un paisaje diferente. Estaba en Rovaniemi, lo había logrado.
La nieve era brillante, quemaba, hacia doler los ojos, pero sobrecogía cada fibra de tu cuerpo, era hermosa, como de cuentos. En su cabaña esperaba el día 28, ese día que era su aniversario, que lo sería siempre porque fue el día en que se besaron por primera vez y eso jamás lo olvidaría, porque fue un momento en que todo a su alrededor se detuvo, y su pasado se volvió dulce, su presente hermoso y su futuro, el más prometedor. Tener la suavidad de los labios de Harry sobre su boca ha sido por lejos, lo más precioso y preciado de su vida. Caminó y recorrió sin parar, todo el día, desde la mañana hasta la tarde, intentando cansarse para que la noche pasara más rápido y él no se diera cuenta.
Y cuando el gran día llegó, Louis estuvo todo ese día haciendo guardia en la entrada de la casa de papá Noel, esperando. Cada persona que se acercaba era una ilusión, para luego transformarse en la decepción más honda. El día terminó y Harry no llegó.
Lloró de rodillas en la nieve, muriendo de frío y de dolor.
Y por primera vez, después de tantos años y tanto suplicio, intentó prometer que ya no más, que ya no esperaría más, que era tiempo de soltar, de dejar ir, de abandonar el barco. Quizás no tenía sentido seguir esperando por alguien que, tal vez, ya rehízo su vida, que tal vez ya lo olvidó. Porque sí, todo era posible, y la vida le estaba restregando en la cara que no había un felices para siempre, que su espera y su búsqueda en otras personas habían sido inútiles durante todos esos largos años, que su miseria, su esfuerzo por juntar libra a libra, su desesperación por no poder viajar, todas y cada una de sus lágrimas y el desgarro de su corazón cansado no tenían ningún valor. Ninguna lágrima acompañó esa decisión, como si su corazón se hubiese vuelto apático e indolente, como si todo se resumiera a esa simple decisión de dejar todo atrás.
Pero de pronto, en una bocanada de aire fresco, una que le devolvió la vida, pensó, ¿y si Harry fue a buscarlo los otros años? ¿Y si fue él quien falló? No podía bajar los brazos, tenía que seguir luchando, un día a la vez, una hora a la vez, un segundo a la vez…
Porque como una señal del destino, jamás ha nevado en la ciudad un 28 de septiembre. Lo decían los registros, antes y después sí, pero jamás un veintiocho. ¿Estaría esperando por ellos?
Porque eran adolescentes cuando se conocieron, pero sus promesas fueron reales, verdaderas y auténticas y Louis las iba a respetar hasta que la vida le fuera quitada, o hasta que con sus propios ojos viera que Harry lo había olvidado.
Porque en sus momentos más desolados, en esos que como una daga recordaba los besos, las caricias, los abrazos, la piel de Harry, siempre encontró cómo seguir. A pesar de todos los años, de todas las desilusiones, de todos los tal vez, de todos los “no” que aparecieron, seguía y seguiría esperando.
Los días más fríos siempre fueron los más difíciles, lo son, lo seguirán siendo mientras esté solo, sin su Harry, sin su chico lleno de magia con su pelo ondeando al viento y su mirada que se iluminaba al mirar a Louis, como si siempre fuera la primera vez.
¿Has visto la nieve caer?
¿La has escuchado susurrar?
¿La has sentido en tus manos, en tu piel?
¿Has visto sus copos de cristal?
Yo no, porque sigo esperando por ti.
