El país del Invierno Eterno
Era la primera vez que conocía el hielo, la nieve y el frio, la primera vez que podía sentir el invierno en todo su esplendor. Sin embargo, lo odió, lo odió tanto como si su alma y su corazón rechazaran la vida gélida del país del invierno eterno.
En la frontera de Venet; capital de Velvet. La magnífica ciudad blanca se enorgullecía de recibir a los migrantes legales. Claro que su único propósito era negarle el pase a cualquier persona de estatus económico bajo. Nadie comprendía las verdaderas intensiones de las autoridades velvetnianas; solo se sabía que eran muy poderosos como para atreverse a contradecirlos.
La familia Samaniego había atravesado una larga trayectoria desde los países más peligrosos en Dark, hasta el continente helado. Su larga travesía había durado veinte días, visitando pueblo por pueblo, de comunidad en comunidad. Caminaron los primeros tres días, luego se montaron a unos burros de hilo durante una semana. Y gracias a la magna bondad de unos turistas aventureros lograron llegar a las fronteras de Venet en un cómodo vehículo por casi doce días.
Pero una vez en la entrada de los puertos marítimos, dejaron a la suerte su ansiado destino.
—Esto no se parece a Primaveral —comentó el pequeño Hamsel, el tercer hijo de la familia.
—No estamos para nada cerca, creo que incluso estamos más lejos que antes. Tendríamos que estar en el puerto marítimo de Solu o por lo menos verlo a la lejanía para considerar que vamos por buen camino. Aquí todo es blanco y gélido. ¡Hace demasiado frío y me estoy congelando! —se quejaba la segunda hermana llamada Adela Samaniego.
—Venimos desde un lugar lúgubre solo para toparnos con uno gélido... —comentó molesta la hermana mayor.
Hans Samaniego del Pragal: padre de Isel Leda, Adela Isaura, y Hamsel Beck; velaba por la salud y bienestar de sus hijos. Siendo padre soltero le era muy difícil llevar las riendas de su vida, y a saber por qué terminaron en el frío continente Arkos. Esperaba que los dejaran seguir con su ruta trazada, ya que aún había mucho camino por recorrer. Aunque estaba demasiado ansioso; la señora Ventura, una antigua vecina suya, era residente de una de las Zonas Rojas, y solía decir que no había buena vida, ni buena plata para los forasteros como ellos.
Las tantas familias que habían sido temporalmente apresadas, fueron a parar a la entrada del complejo, formando largas colas para verificar su ciudadanía y permitirles el paso según sea su circunstancia. Cruzar de un continente a otro, aparte de ser sumamente difícil y agotador, era casi imposible pasar sin la documentación necesaria. Tales como motivo de viaje o si algún familiar era morador oficial. La mayoría se estancaba en Venet, suspendiendo su travesía y su anhelo de escapar a un lugar mejor.
De pie bajo al clima inhóspito, la nieve les caía en pequeños copos a su alrededor, la tierra era blanca, todo en ese lugar era blanco y azul. Y la brisa gélida congelaba poco a poco las partes expuestas de sus cuerpos.
—¿De verdad nos tenemos que quedar aquí? —se quejó Isel, tiritando de frío— ¿Por que no podemos irnos a otro lado? ¡Detesto el frío!
El señor Samaniego hizo caso omiso a su primogénita, estaba más concentrado en entrar a la unidad de residentes nuevos: porque haría cualquier cosa por no vivir dentro de los precarios campamentos del estado Velveniano.
—Tendrán de acostumbrarse —dijo cual profeta.
—¡Familia Samaniego! —Casi salta de alegría al oír su apellido. Realmente se encontraba muy nervioso—. ¡Familia Samaniego, del médico forense Hans Víctor Samaniego Bustamante, e hijos!
Cargó al más pequeño, y empujó delicadamente a sus hijas hasta la entrada. El bullicio protestante se escuchó en todo su esplendor, aunque a Hans poco o nada le importaba ser tildado de “arrogante privilegiado”.
—¡Aquí estoy! ¡Aquí, aquí, somos nosotros! Familia Samaniego Santos. Buen día —saludaba ansioso—. Esta es la ciudad donde nació su madre, aquí se encuentra su familia. Tendríamos mucha suerte si logramos quedarnos.
Sus hijos lo miraron confusos. Se suponía que su larga travesía hacia la tierra de la primavera era su único objetivo. Ellos no querían pasar su vida en las horribles tierras heladas de esa fría ciudad.
—Necesito ver su documento de identificación, seguro y pasaporte. Además, tiene que mostrarme su “sin” —el sim era un pequeño artefacto que todos debía portar siempre consigo: una pulsera de identidad—. No se olvide mostrar los documentos de los niños también. Aquí todos cuentan.
Las palabras del guardia podían sonar algo bruscas, pero si tenías todo en orden no había porqué preocuparse. Sin embargo, Hans sentía que cargaba con el miedo y la tensión de todos en ese lugar.
Pronto caminaron hacia la entrada del complejo, un grupo de personas vestidas con trajes negros, supervisaban las identificaciones y los documentos personales de cada migrante. Ellos prácticamente aceptaban a cualquiera a vivir dentro de su civilizado país perfecto. Las únicas condiciones para entrar eran: tener buena salud, no tener ‘faln’ o haber estado contagiado de esa enfermedad pulmonar, y por supuesto, no tener más de dos hijos. Pero está regla no aplicaba para las personas con profesiones que podían servir a elevar la economía del país dentro de cualquier área primordial. Y en cuanto a los inmigrantes ilegales, todos iban a parar, lastimosamente, a los campamentos de la Zona Azul de Rak.
—Todo en regla. Es un gusto para nosotros tener al gran forense de DarkHeaven —Hans asintió conmovido—. Por favor, pasen al toldo azul para hacerles un breve chequeo de sus pertenencias y un examen general médico
Anonadados, se dirigieron al toldo que solo estaba a cuantos metros de la entrada, en su interior se encontraba una cápsula de alta tecnología, capaz de detectar las enfermedades más complejas o silenciosas en el cuerpo humano. Un aparato peculiar que resaltó su dominio en la tecnología de primera; convirtiéndolos así en uno de los cinco países de Arkos expertos en medicina general y bioquímica.
El primero en someterse a la prueba fue el menor de los Samaniego. El procedimiento era simple, el pequeño se recostó sobre la camilla adherida a la cápsula y luego las puertas del aparato se cerraron. El personal encargado activó un extraño sistema de verificación en tres computadores del escritorio de melamina. Una luz azul se encendió sobre el borde de la cápsula y se deslizó a través del cristal, escaneando el menudo cuerpo del infante.
—Totalmente limpio, es un niño fuerte y saludable.
Mientras Hans ayudaba a su niño a acomodarse la chaqueta, Isel Leda decidió enfrentarlo.
—Papá, te noto un poco nervioso, ¿estas bien? —el hombre cansino evadió su pregunta—. No entiendo que hacemos aquí, si se supone que nos iríamos a Florencia. ¿Qué esta sucediendo?
—Todo tendrá sentido muy pronto, te lo prometo.
Todos los miembros de la familia pasaron la prueba con altos calificativos de salud. Todos, excepto Isel Leda. Mientras su padre intentaba explicar su enfermedad raramente genética que heredó de su madre, la joven hermana mayor temblaba de miedo por tener que ser separada de su familia.
—Es una enfermedad genética, no es para nada contagiosa y además no será un impedimento para su vida.
Los analistas se miraron preocupados.
—Es la primera vez que vemos un caso como este. Llamaremos al director de ciencias de la salud, y le daremos una respuesta luego. Por favor esperen aquí —explicó uno de los especialistas.
Tuvieron que esperar una hora a que el director de ciencias llegara. Para cuando tuvieron el honor de conocer personalmente al mayor representante de la salud general en Velvet; se asombraron con la presencia de un joven apuesto, bien vestido, de veinticinco años de edad que podía verse como la representación exacta de la perfección.
—Buenos días, soy Kamir Kedsay Blackwell. Espero poder resolver este problema cuanto antes —se presentó en breve, explayando así su fina elegancia y su sublime voz varonil. Isel no congenió con el rubio, no supo el por qué hasta que mostró su verdadero rostro debajo de la máscara de bondad que traía puesta— Debido a su rara enfermedad, hemos decidido no hacer nada al respecto. En Velvet, está totalmente prohibido el ingreso de personas con enfermedades raras, sin tratamiento, ni cura. Lo sentimos, tendrá que volver al campamento. Le deseamos mucha suerte.
—Pero, pero... ¡Eso es imposible! Estamos en el país con la tecnología más eficiente en todo el continente, estamos en el país donde nació la cuna de la sanidad, es el único lugar donde curan enfermedades incurables, y nos dice que no existe tratamiento alguno para mi hija.
Kamir Blackwell se iba a retirar, pero Hans se aferró al borde de su saco; impidiendo que se fuera. Con un semblante melancólico intentó explicar su situación:
—No tenemos a donde ir. Estamos demasiado lejos de cualquier comunidad humanitaria, el frío allá afuera es insoportable. Se lo suplico, podría trabajar para ustedes si es necesario. Solo necesito un hogar para mis tres hijos, solo necesito eso. El que sea... —Hans rogaba por un lugar cálido para su familia— ¡Por favor!
Kamir pareció pensarlo, mientras esperaban los resultados definitivos de Isel Leda. Cuando la enfermera de turno apareció, dejó los resultados sobre la mesa y se retiró del toldo, no sin antes susurrarle una frase indescifrable al joven representante. El rubio revisó cauteloso cada respuesta expulsada por los exámenes clínicos. Luego, después de tanto esperar; lució un semblante curioso y satisfactorio. Como si estuviera feliz por algo.
—Los resultados son extraños, mi presentimiento y mi conocimiento avanzado en enfermedades de este tipo; me dice que su hija mayor tiene una taza baja de mortalidad, calculando al azar, podría vivir máximo hasta cumplir los veinte años de edad. Es poco probable que tenga una vida plena o siquiera llegue a tener hijos. Es un caso muy complejo. Según la historia médica, es una enfermedad genética que se transmite únicamente de madre a hija, es indolora y es inmune en los varones. Está rara enfermedad se caracteriza por darle al cabello una exagerada cantidad de eumelanina haciendo que se vea completamente negro. Lo mismo con el color de sus ojos, tienden a tener una altísima cantidad de melanina lo cual los vuelve oscuros.
En el rostro de Hans se reflejó la angustia y la desesperanza. Kamir Blackwell pudo notarlo, y teniendo un poco de compasión por el pobre desafortunado; en su vil corazón encontró las palabras adecuadas de consuelo.
—Su hija Gisela no sufrirá. En un momento inesperado, sea de noche o de día, ella caerá en un profundo sueño, del cual pocos días después, jamás despertará.
—Lo sé —respondió el padre de familia—. Así falleció mi esposa.
La verdad le cayó como un balde de agua fría. Isel Leda estaba consiente de que tenía una rara enfermedad. Mas no sabía que su enfermedad fuera mortal, que tan solo le quedaban años de vida. Su padre nunca le dijo la gravedad del asunto. Enterarse de esa manera sobre su trágico destino hicieron que le dieran ganas de vomitar, salió rápidamente del toldo en medio de lágrimas que reflejaban su sorpresa y su dolor.
El director tiró los papeles al suelo en su frustración, ya que odiaba específicamente a las personas que salían corriendo de una habitación en medio de lágrimas y desesperación. Era mezquino al sufrimiento ajeno.
Hizo que alguien recogiera su tiradero. Y luego se paseó por el toldo pensando en una posible solución tras calmarse un poco. Todos lo miraron confundidos, nadie comprendía al pobre hombre, ni siquiera el mismo.
—Señor Hans, usted trabajará con nosotros en una clínica que tenemos dentro de la capital, tendrá prestaciones, bonificaciones, y por su puesto: un seguro vitalicio para usted y sus hijos. En cuanto al tratamiento que debería recibir su hija, me temo que por más que hagamos hasta lo imposible por curarla, no cambiaremos en nada su designio. Lo mejor será dejar que ella viva a su manera, sin presiones ni molestias. Debemos dejarla en paz hasta sus últimos días.
—Está a solo dos años de cumplir los veinte.
—Lo lamento...
Sin más que una lamentable disculpa, el joven rubio se retiró del toldo, junto al grupo de especialistas.
Mientras tanto Isel paseaba por el complejo, conteniendo sus ganas intensas de echarse a llorar. Siempre imaginó que su vida acabaría de mal manera o sería apresurada. Moriría joven e ilusa, sin haber conocido la tierra de sus sueños, sin siquiera haber pisado el frondoso pasto de los campos mágicos del país de las flores. Se moriría antes de conocer Florencia.
—¡Llévenlo a la sala de revisión! —En un sorpresivo acto, Isel miró a su alrededor, y vio como llevaban su maleta a un espacio alejado de los toldos. Y ya que se trataba de su valija, decidió seguirlos.
Se dirigió hacia la pequeña sala de revisión que apenas contenía instrumentos en su interior que no podía reconocer. Desde la entrada secundaria, observó como rebuscaban entre sus pertenencias y ponían demasiado empeño en encontrar algo en particular. Quizo entrar y llevarse su maleta, pero justo antes de hacerlo, el antipático rubio apareció en escena.
—¿Ya lo encontraron? —Preguntó Kamir.
—Aún no, hay demasiados libros que entorpecen la búsqueda. No se preocupe, nosotros nos encargaremos de...
Antes de que la mujer pudiera finalizar su oración, un grito de júbilo se escuchó.
—¡Aquí está!
El joven emocionado se acercó hasta su triunfo secreto, admirando la belleza antigua del libro creado hace cientos de millones de años. Aquella cubierta con cuero azul y decorado con lienzos de oro, eran la presentación idónea de la creatividad del Primer Mundo. Por su escabrosa mente pasaron un sin fin de escenarios posibles ligados al origen del Quinto Libro. Kamir Blackwell pensó que se trataba de una señal divina mandada por los Dioses de esa época o tal vez sus propios Dioses Celestiales. Quien haya escrito el libro provenía de un país con habla hispana; alguien que hablaba castellano. Sin embargo, su lenguaje era tan neutro, que su origen de escritura podría provenir de cualquier parte. Al menos lo había encontrado, ahora era suyo, para siempre.
—¿Disculpa? —Isel se adentró a la habitación, con una mueca de profunda molestia en su ensombrecido rostro— ¡Esa es mi maleta! Necesito que me la devuelvan para así poder irme con mi familia. Además, quiero mi libro también.
Kamir Blackwell río con un tono leve de burla. Él no pensaba entregarle nada, la maleta tal vez, pero el libro no.
—Si, puedes llevarte tu maleta.
Isel se apresuró en meter sus pertenencias y al finalizar levantó el equipaje dispuesta a irse.
—Quiero mi libro.
El joven especialista suspiró, la fatiga que entorpecían sus planes siempre lo ponía de mal humor. Esperaba que la muchacha diera su brazo a torcer; sin embargo, parecía tener su misma terquedad.
—Salgan de la habitación ahora —ordenó con un tono de autoridad que no dejaba lugar a refutaciones—. Entre, señorita Gisela Samaniego. Quiero mostrarle algo.
Se acercó hasta el escritorio, y con un sutil movimiento alzó el lapicero de tinta azul que se encontraba reposando sobre los apuntes diarios. Y así dio comienzo a su discurso:
—Esto es un simple “lapicero” fabricado con el uso final de escribir y expresar nuestros pensamientos, emociones e ideas a través de la tinta que se encuentra en su interior. Pero, ¿acaso sabes quién le dio ese nombre? ¿Quién fue el genio que lo inventó? —Isel negó, jamás se había preguntado por el origen de las cosas—. Es increíble, somos incrédulos ante el enorme conocimiento que nos proporciona el universo. En la diversidad de nuestro mundo nos hemos centrado solamente en las cosas que ya existen, sin siquiera cuestionarnos la creación de las mismas. Desde este insignificante lapicero hasta las poderosas bombas de Kroton: toda creación ha sido cuestionable. ¿Somos los artistas que se roban los inventos de las mentes privilegiadas o es el legado que nos dejaron? Aun así, nos siguen acusando de viles ladrones.
Isel lo interrumpió.
—No creo estar entendiendo su punto, yo solo quiero que me devuelva mi libro.
Haciéndola callar, señaló todo lo que había a su alrededor, la pregunta existencial de la vida se reveló en ese instante. Pero ella no lo comprendió, tampoco le importó.
—¿Quieres comprender el inicio y el final del Primer Mundo, civilización mundial creadora de los Diez Libros Sagrados?
—¿Se va a demorar? —Fue lo primero que preguntó, dejando de lado lo mas importante—. Lo siento, estoy muriendo de frío, estoy cansada, tengo hambre... Solo quiero un lugar cómodo y caliente para reposar. Con permiso.
Con delicadeza tomó lo que le pertenecía y salió de la habitación.
Isel Leda sonrió entusiasmada, el dolor ya había pasado, y aunque no quisiera admitirlo; pronto se iba a morir, y necesitaba clasificar las cosas que le importaban y las cosas que le valían mierda. Junto a su familia agarró sus pertenencias y se fueron a las zonas rojas de Venet, a comenzar una nueva vida en las tierras heladas del continente Arkos.
Porque al final...
“Al final, todos vamos a morir”