Prólogo
La vida puede pasar en un suspiro. Puede ser una frase cliché, sin embargo, para Isabela fue una realidad: en un momento se estaba arrastrando para llegar a su departamento, en medio de la multitud que detuvo el paso para esperar la luz del semáforo, y en esos segundos de espera, Isabela se replanteó su existencia: ¿Estaba cumpliendo su propósito? ¿Tenía un propósito? Pagar las cuentas era uno ¿Pero eso era todo? ¿Por qué siempre sentía que faltaba algo?
Cuando la multitud avanzó, también lo hizo casi por inercia, quizás era el cansancio, quizás era la monotonía, pero sentía que su única meta en ese momento particular era cruzar la calle y caminar las últimas cuatro cuadras que le quedaban para llegar a su departamento…
Pero la vida, el destino, Dios Todopoderoso, o en lo que crean, tenía un plan diferente, Isabela solo vio una luz que la cegó de manera repentina, luego un dolor muy breve en el costado, y finalmente la oscuridad absoluta.
Si la vida se va en un suspiro, ¿En esos segundos no debió verla pasar frente a sus ojos? ¿Se concentró tanto en sobrevivir esos últimos años, que ni siquiera dejó espacio para vivir?
Ella consideró, en medio de esa absoluta oscuridad con lo poco que le quedó de consciencia, que sí vivió un poco, disfrutó de su familia y amigos, también de sus hobbies… especialmente de la lectura, a la que acudió mucho en las últimas semanas porque quedó fascinada con una saga de novelas de romance… y dejó la última entrega en su mesita de noche, porque disfrutaba de un momento de evasión antes de dormir.
Ese libro se quedaría ahí por mucho tiempo, quizás hasta que la dueña del edificio decidiera tirarlo o revenderlo. ¿Tenía sentido que pensara en eso justo en ese instante? Por supuesto que no, estaba muerta, en la nada absoluta, el destino de un objeto que contenía uno de los romanes más tiernos y divertidos que había leído en mucho tiempo no debía ser una prioridad.
“Si tengo que arrepentirme de algo en este momento… quizás me arrepiento de no haberme enamorado…”
Isabela quería reír, enamorarse nunca fue una opción, era demasiado lógica, demasiado pensante, el amor se trata de sentir, y ella podía sentir muchas cosas… pero amor romántico no era una de esas. Consideraba que ese tipo de amor solo existía en las novelas, y aprendió a convivir con eso. Aprendió a aceptar que estaba sola a sus treinta años, y quizás estaría sola a los cuarenta y a los cincuenta…
Bueno, no alcanzó a vivir esos años, eso sí que era triste, pero al menos ya nadie la cuestionaría sobre su eterna soltería.