El loto que sedujo al dragón

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Summary

En un imperio donde la voluntad del Emperador es ley, Kuāng, un monje budista, es arrancado de su vida de paz y arrojado a los brazos de un hombre que asegura conocerlo desde siempre. Long Xián, un emperador sanguinario, ha pasado años buscando al amigo que una vez amó, aquel que desapareció en una sangrienta guerra. Ahora que lo ha encontrado, se niega a perderlo de nuevo. Pero Kuāng no recuerda su pasado, ni los lazos que alguna vez los unieron. Solo conoce la brutalidad de su captor y su obsesión. Aunque su cuerpo está preso en el palacio. Se aferra a sus creencias, a su entrenamiento, a su convicción. Xián, sin embargo, no acepta el rechazo. Para él, el amor y la posesión son una misma cosa, y está dispuesto a doblegar la voluntad de Kuāng hasta que recuerde, hasta que ceda, hasta que no tenga más opción que entregarse. Cuando los recuerdos regresen, ¿serán suficientes para dejar a un lado la fé? ¿O solo alimentarán más la obsesión de poseer algo imposible?

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Los recuerdos son como los lotos en un estanque: son frágiles, pero sus raíces mantienen firmes ancladas en lo profundo.

La sangre pintaba la tierra calcinada. El fuego devoraba las chozas, y el humo teñía el cielo de una falsa noche. Entre los gritos de los moribundos y el calor de las llamas, un niño corría descalzo, los pies heridos por las astillas de las casas destrozadas. Sus pequeñas piernas, trataban de alejarse de todo mal, corriendo con fuerza, aferrándose a la esperanza de que alguien le rescatará.

—¡Long Xián! —gritó la voz, temblorosa.

Pero el tropezó, su cuerpo cayendo colina abajo, su cabeza golpeando el suelo, y todo se volvió negro.

Cuando despertó, la luz del amanecer se filtraba entre las ramas de un viejo pino.

No reconoció el cielo sobre él. Tampoco el dolor en su cuerpo ni el vacío en su mente.

Intentó moverse, pero su cuerpo se sentía pesado. Un quejido escapó de sus labios secos. Fue entonces cuando lo vio.

Un anciano completamente rapado, que llevaba una túnica de tono azafrán, sentado junto a él, moliendo unas hierbas en un cuenco de piedra. Su expresión era serena, pero sus ojos lo observaban con atención.

—Finalmente despiertas.—

Y ahí se dio cuenta de que ya no recordaba quién era.