Prólogo
Los recuerdos son como los lotos en un estanque: son frágiles, pero sus raíces mantienen firmes ancladas en lo profundo.
La sangre pintaba la tierra calcinada. El fuego devoraba las chozas, y el humo teñía el cielo de una falsa noche. Entre los gritos de los moribundos y el calor de las llamas, un niño corría descalzo, los pies heridos por las astillas de las casas destrozadas. Sus pequeñas piernas, trataban de alejarse de todo mal, corriendo con fuerza, aferrándose a la esperanza de que alguien le rescatará.
—¡Long Xián! —gritó la voz, temblorosa.
Pero el tropezó, su cuerpo cayendo colina abajo, su cabeza golpeando el suelo, y todo se volvió negro.
Cuando despertó, la luz del amanecer se filtraba entre las ramas de un viejo pino.
No reconoció el cielo sobre él. Tampoco el dolor en su cuerpo ni el vacío en su mente.
Intentó moverse, pero su cuerpo se sentía pesado. Un quejido escapó de sus labios secos. Fue entonces cuando lo vio.
Un anciano completamente rapado, que llevaba una túnica de tono azafrán, sentado junto a él, moliendo unas hierbas en un cuenco de piedra. Su expresión era serena, pero sus ojos lo observaban con atención.
—Finalmente despiertas.—
Y ahí se dio cuenta de que ya no recordaba quién era.