Historias Cruzadas.

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Summary

Cuando Harry Davis se mudo a la ciudad de San Francisco para terminar sus estudios tenia las cosas claras: Sacar las mejores notar, conseguir una buena universidad y tratar de dejar atrás su pasado de mierda. Todo cambia cuando conoce Max Llewel, el chico más popular de la academia, envuelto con un aire de magia y brillo, y que parece saber como sacar algo positivo de todo. "Si se lo que es el amor, es gracias a ti".

Genre
Romance/Drama
Author
Vic
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

La llegada.

¡Buenas, buenas! ¿Desde donde y a que horas leen?



-¡Sobrino! Oh, me alegra verte.

Kate me estrecho en sus brazos tan pronto estuve a su alcance.

-Lo mismo digo, Kate. Luces bien.

Jamás podría llamarla «tía» a la cara. Aquello lo tenía prohibido.

-Por supuesto-resoplo, altanera, y me hizo reír.

Ya era pasado medio día cuando el avión descendió en el Aeropuerto Internacional de San Francisco. Hacia un día precioso, sin demasiado viento, y un cielo azul celeste, cosa que no me venía muy bien, porque no llevaba la ropa apropiada. La gabardina azul se sentía pesada y sofocante.

Tenía que recordarme que aquello no era Boston, que mucha de la ropa que era apropiada allá no lo seria aquí. Y pensar en Boston, inevitablemente, me hizo pensar en mamá. Ya la extrañaba, si bien mi orgullo no me dejaría admitirlo en voz alta. No había hecho otra cosa más que pensar en ella las siete horas que duró el vuelo desde Boston. Me preguntaba como estaría en aquel momento, como se sentiría ahora, sola y rodeada de fantasmas en aquella inmensa casa.

Al instante me sentí peor.

-No te pongas así-me dijo Kate, al advertir mi mirada-. Es lo mejor para ambos, Harry.

La cosa con Kate es que es muy intuitiva. Siempre sabe cuándo algo está mal y que decir, lo que lo hace genial y, seguramente, el único miembro decente de mi familia. Solía visitarla cada verano hasta aquel agosto, hacia casi dos años, y desde luego eran de los mejores momentos del mundo.

-Mamá te mando saludos-le dije, no dispuesto a seguir con aquel tema.

-¿Lo hizo? Oh, al menos alguien se acuerda de mí-murmuro ella, de buen humor.

Kate parecía emocionada. ¿Y cómo no? No podía tener hijos, de manera que siempre había volcado sus instintos maternos en sus sobrinos, de los cuales yo era el favorito. Cuando mencione la posibilidad de mudarme, salto ante la oportunidad, y prácticamente exigió que viniese con ella a San Francisco. Y mamá, pese a sus dudas, lo consintió. Era lo mejor para ambos.

Aquello no era la parte preocupante de todo. Kate era un sol, y estaba seguro de que la convivencia con ella seria fantástica. Más bien, era la idea de retomar a mis estudios en una academia. No se me daba muy bien eso de hacer amigos, tampoco me interesaba mucho hacerlo, y sospechaba que después de aquelannus horribilis, mis habilidades sociales eran incluso peores que antes.

Pero cuando Kate lo menciono, mientras nos entregaban el equipaje, endurecí mi coraza y respondí con una mentira.

-Por supuesto que estaré bien-replique, desdeñoso-. Es solo la escuela.

-Es una excelente escuela-me aseguro Kate-. Solo lo mejor para ti. Ya pague la matrícula de todo el año. Y compre tus uniformes.

-Kate, te lo dije, no es necesario-trate de protestar-. Mamá dijo...

-Grace tiene mucho en su plato, Harry-me interrumpió Kate-. Las elecciones son en un mes, y solo Dios sabe cómo maneja los nervios.

Tenía razón, como de costumbre.

No era la primera vez que mamá se postulaba a un cargo de elección popular, ni tampoco se trataba de una inexperta; había sido Fiscal General durante cuatro años antes de renunciar para competir por la gobernación. En ella residía la esperanza de que Massachusetts siguiese siendo azul cuando los estadounidenses saliesen a votar en noviembre, en un momento en que el Partido Republicano estaba ganando fuerza en Nueva Inglaterra.

Aun así, yo confiaba en la victoria de mamá. Toda su vida era mi fuente de inspiración, y siempre lo seria, no importa lo mal que estuviésemos. No conocía a nadie que luchase más que ella, que se repusiese más que ella, o que enfrentase a la adversidad con más valor que ella.

Si, tal vez algunos dirían que soy un niño de mamá. No sentía vergüenza alguna en decir que si, lo soy.

Una camioneta negra nos esperaba afuera con un chico de traje esperando junto a la puerta. Era bastante bonito. Tomo mi equipaje y lo metió en el maletero de la camioneta, golpeando algunas, lo que me hizo hacer una mueca interna.

-Listo, señorita Hernández-dijo él. Llevaba gafas de sol, como un típico guardaespaldas. Por curiosidad, lo examine, en busca de un arma. No había ninguna-. ¿A dónde la llevo ahora?

-Mi casa-respondió Kate.

El chico asintió y se marchó.

Mire a mi tía, inquisitivo.

Kate me sonrió con cierta timidez.

-Si... Veras, en teoría, no debería estar aquí: estoy en horario laboral, ya sabes.

-¿Y qué haces aquí?-pregunte, alzando una ceja mientras subía a la camioneta, rechazando la ayuda de mi tía-. Puedo solo, tranquila; no estoy totalmente desvalido. Y pude tomar un taxi, Kate. Sé dónde vives.

-No digas estupideces; no son propias de ti-Kate frunció el ceño-. No podía no venir por ti al aeropuerto, sobrino, así que hice que uno de los conductores de Llewel Internacional me trajese.

-¿Y tú auto?-pregunto

-En el taller-replico ella, lastimera. Kate ama su auto.

-¿Y el señor Llewel lo sabe?

El señor Llewel era el dueño de la compañía para la que tía Kate trabajaba.

-El señor Llewel me da bastante margen de maniobra, Harry-dijo ella, y saco su teléfono, para responder muchos mensajes-. Mientras siga siendo tan eficiente e increíble en mi trabajo como lo soy, dudo que tenga algo que decirme.

-En otras palabras, no lo sabe-dijo, y mi tía se rio.

-No te preocupes, igual no suelo aprovecharme de mis privilegios. Pero, ya que mencionas al señor Llewel...

Fruncí el ceño, con algo de desconfianza en mis adentros.

-¿Qué pasa con él?

-Sus hijos mayores, Max y Sonia, asisten a la misma academia que tú, en el mismo curso. Quisiera que trates de acercarte a ellos.

-¡Kate! ¿Para qué?

-Son buenos chicos, sobrino. Por supuesto, no puedo decirte de quien ser amigo. Pero me sentiría mucho mejor si sé que esa es la clase de compañías que tendrás contigo.

«Buenos chicos»... ¿Qué se supone que significa eso?


-Vamos, sobrino-replico ella-. No pienses que no sé qué te has recluido tras las paredes de tu casa los últimos dos años. Lo entiendo, después del accidente y lo de tu hermano, lo has tenido bastante mal. Pero has alejado a todos, incluso a Camila-Kate me miro, con una desaprobación juguetona-. Y yo que pensaba casarte con Camila.

-Lo he pasado mal-le recordé en voz baja-, lo sabes.

-Todos lo hemos pasado mal-reprocho ella, en el mismo tono-. No creo que debamos comparar el dolor de cada uno.

-Pero yo...

Me detuve. La verdad, no quiero discutir con Kate, y sé que no ganare nada con ello.

-¿Quieres un poco?-pregunte, sacando una barra deHersheyde mi bolso.

Tía Kate lo acepto de buen grado, como entendiendo que quería hacer las paces.

La casa era tal como la recordaba, sobria y elegante. Toda color crema. Tenía muchas ventanas de un cristal impecable en sus dos pisos. Incluso los jardines estaban igual, con docenas de rosas rojas brotando de los arbustos.

El conductor se mostró dispuesto a ayudarnos a llevar todo mi equipaje hasta el primer piso, cosa que nos llevó tres viajes, aun cuando todos colaboramos, y luego de eso le dijo a Kate que la esperaría afuera.

Incluso con las cortinas cerradas, entraba bastante luz natural. Las paredes de yeso estaban pintadas de blanco y todos los muebles eran grises, o negros. Lo más hermoso eran las plantas, que estaban en todos lados. Helechos, bambúes, palmeras, flores, aquí y allá, en cada encimera, mesa y rincón.

-¿Vamos ya?-Kate parecía ansiosa-. La habitación ha tenido una completa remodelación.

No era la habitación donde solía quedarme con mis hermanos cuando éramos pequeños y visitamos a nuestra tía. Esta tenía paredes blancas, piso de cerámica con una gran alfombra color borgoña, un sillón de cuero negro, una gigantesca cama, armarios de roble, un televisor de plasma y un escritorio. Encima de él había una computadora que, como todo lo demás en la habitación, era totalmente nuevo.

-Y no puse ningún espejo-me aseguro Kate, aunque aquello había sido lo primero en lo que repare-. No hay espejos, de hecho, en ningún lugar de la casa. Espero te guste.

-Es perfecta.

Kate se sonrojo ligeramente.

-Gracias. Como tú no puedes subir las escaleras, te dejo la habitación del primer piso.

-Kate-proteste-, si puedo subir escaleras.

-Pero no debes-replico ella-. No aun. Y no creas que no me he fijado en el hecho de que no llevas tu bastón.

Hice una mueca. Odio caminar con bastón, porque me hace sentir más inútil de lo que ya me siento en ocasiones.

-Sabes que no lo necesito en todo momento-dije en voz baja.

-Hn, hn-Kate me miro con ojo crítico-. Bien. ¿Y qué hay de tus lentes?

-Estoy usando de contacto.

-Si tú lo dices...

Suspire hondo. Aquello había sido más fácil de lo que pensaba, pero sabía que no sería la última vez que mencionase el asunto.

-Bueno, bueno-exclamo Kate, agitando sus manos como loca-. Suelo trabajar de mañana a noche, pero acomodare mi horario para pasar tiempo contigo, lo prometo. Puedes salir cuando quieras, o invitar amigos a la casa, si bien agradecería un aviso de antemano-se detuvo, como pensando-. Te dejare una de mis tarjetas, por si necesitas dinero, y siempre guardo algo de efectivo en mi habitación, en la mesilla de noche.

-Tengo dinero, Kate.

Ella me ignoro.

-La señora Turner viene una vez por semana a limpiar y lavar ropa, y le he pedido que surtiese la despensa con comida, si quisieras cocinar. Yo no soy buena en ello, así que siempre compto en la calle. Supongo que podemos resolver eso luego. Te dejare un juego de llaves de la casa, claro. Ah, y tengo el número de un buen fisioterapeuta, para tus masajes.

-Puedo cocinar.

Me gusta cocinar, y se me da bastante bien. Mi tía asintió aprobatoriamente, como satisfecha de mi decisión.

-Otra cosa, antes de irme-dijo Kate, y la seriedad en su rostro me sorprendió mucho-. Creo que es mejor que sea por las buenas, pero si te niegas a cooperar, será por las malas. Y tu actitud en el auto me demostró que no estás muy dispuesto a ello.

Me detuve en seco, observando a Kate en silencio. Me pregunte a que se referiría con aquello.

-Estabas terriblemente poco estimulado en Boston-dijo Kate, ajustándose las gafas-. Por supuesto, nadie puede culparte. Pero, tú mismo lo dijiste, ya pasaron dos años. La idea de que te mudes a San Francisco, además de darle espacio a tu madre para lidiar con sus propios fantasmas, es que regreses a ser tú mismo...

-Pero, Kate...

-No me interrumpas. Estarás aquí un año, como mínimo, pero te prometo que te mantendré ocupado.

-¿Y si no quiero hacer nada de eso?-pregunte, algo rebelde. La verdad, aquello no iba como esperaba; desde luego, Kate sabia como sorprenderme siempre-. Tengo veinte años y...,

-Pero no eres económicamente independiente-replico ella-. Estas bajo mi techo, pequeño, y aunque no tengo muchas reglas ni nada, como tu tía, me corresponde tratar de sacarte de ese hoyo de miseria y autocompasión en el que te sumergiste. ¿Tienes alguna queja?

-La verdad es que...

-Ya sabía yo que no. Muy bien.

Kate me sonrió, tan cínica como pudo.

-Es bueno ver que captas rápido, sobrino.

Me dio un abrazo y se despidió.

-Recuerda llamar a Grace, Harry.

-Le escribiré-dije, porque en aquello sí que no me iba a dejar gobernar.

-Como sea-dijo Kate, demostrando que en realidad no le importaba-. Nos vemos más tarde, sobrino.

Sin darme oportunidad de despedirme, Kate se marchó por la puerta principal, dejándome solo en aquella gran casa. Era agradable, decidí, poder escuchar mis propios pensamientos sin que nadie los perturbe. En otros tiempos, en mi casa eso habría sido imposible con mis hermanos... Pero eso era antes de que Louis huyese, y también antes de que Francisco muriese.

Ocupe mi tiempo desempacando. Sin duda, Kate me habría ayudado desempacar de estar aquí, pero yo aproveche la oportunidad para hacerlo sin tenerla revoloteando a mi alrededor. Odiaba cuando alguien, quien sea, tocaba mis cosas, así que me apresure a desempacar todo, y rellenar los muchos cajones que mi tía había dispuesto para mí en aquella habitación. Al menos, había tenido la previsión de saber que traería muchas cosas, no solo ropa, y se había planificado en base a ello.

Cuando me di por satisfecho con aquello, tome todas mis cosas de aseo personal y las acomode en el baño, en los armarios de roble blanco. Había un buen surtido de toallas y batas de baño. Hasta que no puse música no logre disfrutar de la ducha a gusto, y aun así, pase una hora entera bajo el agua, justo lo que necesitaba después de tan largo viaje.

Finalmente, cuando baje a la cocina por algo de comer, note mi teléfono, aun en la encimera. Tras dudar un poco, lo tome y le escribí a mamá un rápido mensaje.

Ya estoy con Kate. Todo bien.

Mientras rebuscaba entre los cajones, note algo que me hizo paralizar. Kate había prometido que no tenía espejos en la casa, cosa que desde luego era cierta, pero no solo los espejos reflectaban las cosas, como pude notar con inmenso desagrado al ver los electrodomésticos de acero inoxidable que estaban en toda la cocina. Resultaba imposible enfocar la vista en otra cosa que no fuese mi reflejo, en la imagen de mi cuerpo.

Ocultaba bien la imagen tras pantalones largos, suéteres con mangas anchas y cuellos altos... Pero sabía bien lo que ocultaban todas las capas de ropa. Como de costumbre, hice lo que mejor sabía hacer: aparte mis preocupaciones para después.

El teléfono sonó. Aproveche la distracción.

Mamá había respondido.


Nada de «¿Cómo estuvo el viaje?» o «Ya te extraño», las típicas cosas que diría cualquier madre preocupada.

Solo «Bien». Sencillo, conciso. Nada menos de lo que mamá me había dado estos últimos tiempos.

Aunque esta vez respondió, pensé, y al instante solté una risilla. Ese sí que era un gran avance.

El resto del día distraje mi mente husmeando en toda la casa, seguro de que a mi tía no le molestaría, y para cuando ella llego, ya pasadas las seis, con una caja de pizza, me di por satisfecho y me senté a cenar con ella, escuchando a medias las historias de su trabajo como asistente personal en Llewel Internacional, empresa que era su vida en cada sentido de la palabra. Había trabajado allí desde que se graduó en Harvard, hacía ya casi veinte años.

Cuando me pregunto si había hecho mi terapia reconocí que no pero como era mi primer día, no me molesto demasiado. O tal vez se contuvo solo porque me vio con el bastón. El retráctil, claro, negro con plateado. No el palo de madera feo que tenia de reserva. También lleva mis gafas, aunque eran inmensas y redondas.

Aquella noche dormí mejor que en los dos últimos años. Francisco no dejo de visitarme en mis sueños, ni deje de ver sus últimos momentos, pero no desperté en plena madrugada llorando después de ello, así que lo conté como una victoria atribuida al cansancio del viaje. Y cuando abrí los ojos, no fue lo primero en lo que pensé. Victoria por partida doble.

Con todo el día ya prometía bastante.

Cuando baje a desayunar, tía Kate ya estaba allí.

-Buenos días, Kate-dije, notando con cierto asombro que sobre la mesa había dispuesto un plato de panqueques perfectamente alineadas. Puse mi mochila sobre la encimera-. ¿Dónde las compraste?

-Yo las hice-dijo Kate con cierto sarcasmo, levantándose para servirme el desayuno y una taza de café. Incluso a aquella hora tan intempestiva, ya lucia perfecta: ropa, maquillaje y peinado, todo impecable.

La mire sin creerle ni un poco.

-En enserio-insistió, bebiendo a grandes sorbos de su taza de café-. Desperté a las cuatro de la mañana, y tuve que consultar más libros de recetas de los que me siento cómoda admitiendo... Pero hice desayuno.

Un nudo se me formo en la garganta. Sé que Kate odia cocinar, desde siempre, y aun así, se había tomado semejante esfuerzo por mí.

-Pero no esperes que sea algo cotidiano-me advirtió, y ambos compartimos una carcajada-. ¿Estás listo?

-Supongo. Es solo la escuela.

La escuela. Mi último año.

-Aunque el uniforme es incómodo-señale e hice una mueca de disgusto-. Y este pañuelo está muy apretado. Casi no respiro.

El uniforme de la Academia Llewel consistía en unos pantalones negros, una camisa blanca de botones, un blazer azul oscuro con las mangas bordadas en color oro y un pañuelo de seda dorado alrededor del cuello. Y unos zapatos negros lustrosos.

-Quizá no debiste atarlo con tanta fuerza-señalo tía Kate con sequedad, como si aquello fuese evidente. Rodé los ojos-. Y lo anudaste mal.

-No lo anude mal-replique, molesto por la crítica y tome otro gran sorbo de café. Nunca había sido bueno en recibir la opinión de los demás, mucho menos si esta era negativa. Tía Kate se encogió de hombros, como si mis palabras no pudiesen importarle menos-. Y una corbata hubiese sido preferible. O nada en absoluto. No entiendo porque tenemos que llevar algo alrededor del cuello.

Termine mi desayuno apurado, masticando con tanta fuerza que me dolieron las encías, pero me tome mi tiempo con el café, degustando cada sorbo como merecía. Después de todo, siempre había considerado al café como una bebida de los dioses.

Cuando restaban veinte para las ocho, Kate comenzó a insistir en que se nos hacía tarde, mientras yo seguía quejándome del pañuelo. El mismo chico de ayer nos esperaba afuera, y nos abrió la puerta de la camioneta.

El viaje de la casa hasta la Academia Llewel transcurrió en total silencio. Kate debió intuir que no quería hablar y no intento iniciar una conversación conmigo, optando por responder numerosas llamadas de teléfono, usando terminologías que la verdad me eran del todo desconocidas.

A medida que nos acercábamos, experimente un familiar retortijón en la tripa, de ese que experimentaba cada vez que hacia algo nuevo, o que algo malo estaba por suceder. Un escalofrió me recorrió de solo pensarlo.

Intente concentrarme en el panorama de San Francisco. Cualquier cosa era preferible que lidiar con la culpa que sentía.

Antes de que me diese cuenta el auto se detuvo y solo entonces note que habíamos llegado.

-Guau-dije, frio del asombro.

De cerca, la Academia Llewel se apreciaba como un gran complejo de edificios y jardines, ubicados sobre un gran campus con césped perfectamente recortado. Los edificios eran de piedra blanca, de estilo barroco, y tenían enredaderas colgando de sus paredes, con grandes ventanales y balcones. El edificio principal era espectacular: una gran mole de mármol con techo abovedado y columnas, con un pórtico y una gran escalinata. Al pie de los escalones se alzaban dos columnas coronadas por águilas y entre ambas había un letrero de hierro con letras doradas que decía: «Academia Colín Llewel, 1947».

Kate me observo por encima de su hombro.

-Es solo la escuela, ¿no?

Asentí.

-Es solo la escuela.


¿Qué les parecen Kate y Harry?

Hola, criaturitas, ¿Cómo están? Es mi primera historia, así que agradecería si les gusto que me dejen su estrellita y un comentario, y tambien, por supuesto, su opinión. cribir aquí...