0 🌩🌩: Donde la tinta no llega.
Siempre he concebido el amor como algo efímero, algo que pasaba entre las sábanas y moría en cuanto salías de ellas. Un impulso irracional. Una chispa fugaz. Algo que arde rápido y se apaga aún más deprisa.
Pero entonces llegó ella.
Ella llegó y me jodió vivo.
Me puso del revés en cuestión de horas y… todo me supo a poco.
¿Unas horas con ella? No, joder. Yo quería la vida entera.
Con ella, el amor no es una chispa; es un incendio lento. Uno que arde despacio, que no quema de golpe. Te cala en los huesos y deja cenizas en el alma. Cada palabra suya es un bisturí que abre heridas que ni siquiera sabía que tenía. Y cada silencio… cada jodido silencio pesa más que cualquier conversación.
Ella se sienta frente a mí con esa calma que me enamora y me saca de quicio a la vez. Me mira como si pudiera ver a través de la tinta con la que intento ocultar mis grietas. Pero no hay tinta suficiente para tapar lo que ella ve.
Mi estómago se llena de mariposas cada vez que su voz pronuncia mi nombre. Pero no vuelan. Se estrellan contra las paredes de mi pecho, sacudiéndome hasta dejarme sin aire.
Ella no necesita agujas para dejar marcas en mí.
Su mirada es el tatuaje más profundo.
Uno que no se borra ni con el tiempo ni con el olvido.
La amo como si el mundo fuera a acabarse mañana.
Y en cierto modo, es así.
Porque ella es el principio y el final de todo en mí.