Prólogo
MARGARITAS
La suave y fría brisa acarícia mis degados cabellos,
que se mueven junto con los dulces susurros de los árboles que
se deleitan con mi vaga y sencilla presencia.
Los inquietantes murmullos de los largos pastos,
que no dejan de acariciar mis desnudas piernas con delicadeza,
me abrazan con amor y paciencia recordandome mi insignificancia.
Y los gritos ensordecedores de las margaritas,
que se zangolotean de un lado a otro con el salvaje viento de los salados mares,
revolotean sus delicados pétalos blancos como el algodón deleitandome con su danza.
Dime Dios, que sé que me oyes,
si estoy aquí arodillado ante tu gran prescencia,
¿Por qué me haces sufrir?