Entre Tu Mundo Y El Mío by Rowena_S at Inkitt
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ENTRE TU MUNDO Y EL MÍO

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Summary

Nina es una joven de 17 años, que pone todos sus esfuerzos en recuperarse, luego que un hecho trágico golpeara a su familia y le dejara con secuelas que sanar. Por lo tanto ella pretende que sus días transcurran en una monótona calma, ajena a la cotidianeidad de cualquier joven de los años '80. Pero una cálida tarde de primavera, un hecho fortuito hace que altere su rutina diaria. A partir de ese instante, una serie de eventos cambiará su vida por completo. Ella será conducida a un mundo desconocido, mundo cuya realidad es atravesada por la desidia, las guerras y el hambre. En esas tierras conocerá el verdadero temor, representado por una Junta Parlamental que gobierna la Región. Y por la Corporación Babylon, una compañía tecnologica de investigación, que realiza actividades fuera de toda moral y legalidad. En ese mundo apocalíptico ella deberá aprender a sobrevivir y a sanar sus heridas del pasado. Comprenderá el valor de la amistad, el sentido de la esperanza y la justicia. Y también conocerá el amor, sentimiento que había desterrado para siempre de su vida. ¿Cómo llegó a ese mundo tan diferente al suyo?, ¿Qué peligros enfrentará?, ¿Podrá regresar a su antigua vida, o se quedará para siempre allí? Acompaña a Nina y recorre junto a ella, este viaje que está por comenzar.

Status
Ongoing
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1

«Si Alicia se hubiera cansado de correr tras el conejo blanco, no habría caído en la madriguera. Ni descubierto el País de las maravillas. Ni descubierto quien era ella»

Hoy estoy con ánimos de probar si he mejorado o no. Después de almorzar miro el reloj y marca las cuatro de la tarde. La casa se encuentra en silencio. Jonas está el colegio y mi madre que trabaja hasta las seis. Yo también debería haber concurrido a clases, pero la profesora de geografía continúa de licencia. Así que tengo algo de tiempo libre antes que Lucy, mi hermana, venga por mí.

Me perdí un año de preparatoria y debo recuperar ese tiempo con clases extras, para continuar con mi vida escolar, pero siento que me quedé detenida en el pasado y no puedo salir de el. Abro la ventana del comedor y el aire cálido que entra ondula la cortina. Quiero aprovechar el día libre, entonces me dirijo al pasillo hasta llegar a mi cuarto para quitarme el pijama y cambiarme. Luego me sujeto el cabello por una coleta y meto en la mochila las llaves, un paquete de goma de mascar y el bíper.

Quizas esta vez intente entrar de nuevo allí. Antes de salir de casa me fijo que las ruedas de la bicicleta estén infladas, no quiero que me pase lo de la otra vez, que tuve que volver caminando con ella a cuestas. Después de cerciorarme que la bicicleta este en óptimas condiciones cierro la puerta con llave respirando profundo para darme ánimos.

Es una jornada típica de fines de agosto, pronto van a llegar los días más cálidos y no voy a poder hacer mi rutina. Tengo por lo general un recorrido fijo y estricto. A veces dejo que la improvisación me lleve por otras calles, –solo en unas pocas ocaciones–, porque la sensación de perder el control me da miedo y dispara los peores demonios dentro de mí. No me equivoqué al ponerme la sudadera universitaria gris, herencia de mi padre. Por las tardes la temperatura baja, y mis manos quedan con la piel reseca.

Andar en bicicleta es la única actividad que hago además de ir al colegio y dibujar en mi libreta. No tengo casi amigos ni la vida social que tienen el resto de los jóvenes de mi edad. No soy la clásica chica que va de compras por el centro Comercial o que pasa la tarde tomando malteadas en The Roxy; la cafetería más famosa y concurrida de todo Providence. Si tuviera que definirme diría que, entre muchas otras cosas, tengo alergia social. Prefiero la soledad porque así me siento bien, protegida, y evito que sigan abriéndose las heridas.

Aunque confieso que este año he intentado interactuar con mis compañeros de clases, pero solo conseguí que un par de personas me hablen, y del resto recibo rechazo. En realidad, ya no me interesa, -o dejó de molestarme. Es un acuerdo tácito con mi grupo de clases: yo hago de cuenta que no existen y ellos no se meten conmigo. Sobre todo, después de lo ocurrido hace dos años atrás.

Al principio notaba en sus miradas una mezcla de lástima y temor. Escuchaba los murmullos por el pasillo cuando me veían pasar, mientras que otros me hablaban desde una cierta distancia solo por haber perdido una apuesta. Hay una cierta crueldad en la manera en que se forja el destino de algunas personas. Yo era una joven de 15 años del montón, sin resaltar, pero luego me convertí en la chica a la que evitan, el centro de las burlas.

Después se cansaron de eso también. Ahora soy aquella que se sienta en un rincón, la que no invitan a cumpleaños ni fiestas, la que apenas ven. Me acostumbré a eso, a sentirme cómoda y segura sabirndo que nadie invade mi propio mundo.

Lástima que mi familia no piense lo mismo. En especial mi hermana mayor. Ella está convencida que tengo que cambiar mi actitud, que debo ser «más sociable», y cualquier oportunidad que tiene hace referencia a eso. Pero sabe que no debe que obligarme, lo dejó muy en claro la última terapeuta que me trató, y eso fue unos meses atrás.

Recuerdo las palabras que le dijo a mi madre la útima vez que vino; Dejen que ella busque la manera de sobrellevar su dolor, no la presionen. Ese consejo y la medicación es lo que más me interesaba de ella. Así que mamá por ahora me dejó tranquila, y Lucy no tiene más remedio que esperar.

Clavo los frenos en la intercección de ST. Javier y Condar, porque aquí mismo es el límite de mi rutina. El hermoso parque de la casa de la esquina, siempre me recuerda al lugar tranquilo y felíz de la infancia que recuerdo. De pronto, unas aves pasan por encima de mi cabeza y cruzan el cielo hacia el oeste, las sigo con la mirada adivinando a donde van.

Suspiro hondo, luego susurro; «Forest Green». Pienso en esa posibilidad y decido volver a intentarlo. Así que cambio mi rumbo para dirijirme también hacia el oeste.

Acelero la marcha; y a medida que me alejo de las calles principales de Providence, la misma sensación se apodera de mí. Es una mezcla de ansiedad, miedo y adrenalina que me confunden. Mi boca se seca, trato de respirar a un ritmo normal y repito para mis adentros que antes de salir, tomé mi medicina. De todos modos, sé que cuando divise la carretera Interestatal desistiré de inmediato en mi decisión, y retornaré la vuelta a casa.

Siempre me sucede lo mismo y hoy no será la excepción, porque así funciona mi enfermedad. Yo la defino como una barrera infranqueable que habita en mi cabeza, y se activa cuando trato de hacer algo diferente y fuera de mi rutina.

Es por eso que intento relajar la tensión que ejerce mi cuerpo y disfrutar de la brisa fresca en mi rostro. En unos minutos llego a la autovía que me lleva a la carretera. Es en este punto que me detengo y observo con la vista resignada aquel bosquecillo desvanecido en el horizonte, que se recorta contra el cielo celeste, y al cual siempre quiero volver a entrar pero nunca lo consigo, porque me da miedo, pánico y euforia al mismo tiempo. Todavía me cuesta controlar mis estados caóticos de ánimo, aunque el ansiolítico sea maravilloso.

Pero no es culpa de la distancia que no me atreva a ir. Yo sé que con la bicicleta tardaría no más de quince minutos en llegar. Tampoco es el hecho que sea una zona privada y solitaria en medio de la carretera. No, no es eso..., en realidad son los fantasmas de la culpa que me persiguen, más el dolor que me trae su ausencia, que se hará insoportable en el mismo instante que pise aquel lugar. Pero también tengo muy lindos recuerdos de infancia, sobre todo de aquel niño con quién un jugué una tarde, y nunca más lo volví a ver.

Sacudo la cabeza alejando por unos momentos las malditas sombras, e intento controlar mi respiración un poco agitada. Cuando creo que es momento de dar media vuelta y regresar a casa, la bicicleta, movida quizás por el envión de los vehículos al pasar, se impulsa hacia delante. Intento detenerme, apretando los frenos, pero al bajar la mirada descubro que una bolsa de plástico quedó atorada en los mismos. Así que solo consigo equilibrarme y seguir la dirección que me impone la circunstancia.

No tengo tiempo de pensar o de hacer algo, para cambiar el rumbo y detenerme. Sé que gritar y pedir ayuda no sirve de nada. Entonces me concentro sólo en prestar atención al camino y esquivar los vehículos que toman velocidad. Mi corazón late con fuerza dentro de mi pecho y mis manos están sudando a pesar del aire frío que corre. Sin poder evitarlo me mantengo sobre la carretera que conecta Providence con la Capital. Hacia la izquierda puedo ver una de las dos fábricas en funcionamiento. Sus muros no se han salvado de las pintadas y grafitis, ni sus ventanales de las piedras. Sin dudas, son las travesuras provocadas por los jóvenes de Providence.

En cambio, a mi derecha, sólo hay terreno yermo, y el bosque que se hace más grande delante de mí con prepotencia. Eso me intimida, pero no tanto como en verdad creía. Impulsada quizás por esta suerte de coraje, me desvío hacia la derecha y me precipito por una senda irregular de tierra tosca, que va colina abajo.

Intento aminorar la marcha con los pies. Volanteo evitando algunos pozos y clavo mis Converse blancas en la hierba tierna y verde a casi dos metros de distancia, donde los primeros árboles aparecen. Levanto la vista y contemplo la alambrada que contiene a los árboles. La mayoría son pinos, el olor mentolado de sus hojas con espinas, se percibe con intensidad en el aire.

Decido echar un vistazo más de cerca. Entonces bajo de la bici y me acerco. Por entremedio de las ramas alcanzo a ver el camino irregular, el mismo de mi niñez, que se pierde dentro invitándome a pasar.

Lo observo con curiosidad, y unas terribles ganas de entrar me apoderan por sorpresa. Cómo si aquella niña dentro mio me pidiera a gritos que lo hiciera. Pero el miedo aún mantiene dando pelea en mi cabeza. Entonces me muerdo los labios pensando si alguien podría andar por ahí, o si su cómplice me está esperando agazapado, en algún recoveco del bosque.

¿Lo soportaré una vez más?, todas esas preguntas ridículas desaparecieron cuando paso a la acción, atravesando un ajustado hueco hecho en la alambrada. Tengo que agacharme bastante para pasar, cuidando que los alambres cortados no me arranquen mechones de cabello. Tanteo mi mochila azul para saber donde está el bíper. Decido agarrarlo para llevarlo en el bolsillo de mi sudadera, por si deba usarlo con prisa.

Desde lo ocurrido con papá, mi madre decidió que lleve el pequeño aparato hasta para ir al baño, y siempre manteniendo el *911 como primer número de contacto. Esas fueron las condiciones para recuperar algo de vida normal, y tratar de abandonar esos malditos antidepresivos. Prometí cumplir, pero cada vez se me hace más difícil dejar de tomarlos.

Camino unos pasos y me detengo golpeándome en la cabeza, ¡mi bici!, -exclamo. Que tonta, la dejé apoyada contra la alambrada, a un costado del hueco por donde entré. ¿Qué hago?, por el agujero no pasa. Pienso unos minutos, recuerdo que llevo una tira de soga en la mochila, entonces meto la mano para  buscarlo. Sé que es resistente, pero no tanto como para impedir que se la roben.

Vuelvo sobre mis pasos, quito el pedazo de bolsa de plástico atorada entre los frenos traseros y ato la bici a la alambrada. Le hago un nudo, el más fuerte que puedo, y me prometo volver con ella después de echar una mirada por las cercanías.

¿Qué pretendo conseguir entrando aquí?, no lo sé. En realidad es la añoranza de saber que he estado aquí muchas veces con mi padre. Entonces miro hacia arriba para disfrutar la inmensidad de los árboles. Sus robustas ramas, el canto de las aves, el correteo de las ardillas. Todos mis sentidos, hasta ahora adormecidos, se potencian.

Mis oídos se percatan de la mínima ráfaga de aire que sopla acariciando las hojas. Observo cada detalle del paisaje. Hasta mi olfato se despierta descubriendo aromas nuevos, como ese olor a ocre del barro y hojas mojadas, o el dulzor de las flores silvestres que crecen en ramilletes bajo los árboles, junto a un grupo de setas de color pardo.

Sigo caminando y me entusiasmo por lo que veo. Giro sobre mí, elevando los brazos, como queriendo abarcar todo a mi alrededor. Por primera vez en mucho tiempo, siento paz, y una extraña alegría me trae recuerdos de la infancia. De los días de caminar por el bosque, de hacer una fogata y comer malvaviscos, de los juegos, y de aquel niño que se llevó mi muñeco favorito.

Los rayos de sol se cuelan por las ramas de los árboles bañando todos los rincones, y en el aire pulular insectos y abejillas.

Busco con la mirada hacia donde continúa la senda principal, cuando el brillo de un objeto me llama la atención. El reflejo proviene desde la hierba, junto al pie de un viejo árbol.

Me acerco, luego me inclino para ver qué se trata de un cubo Rubik con una brújula peculiar en su parte superior. Su aguja imantada no se mueve a ninguna dirección. Pero lo llamativo del objeto es que en vez de los colores tradicionales, tiene letras y números de distintos modelos. Cómo si lo hubieran ensamblado con diferentes piezas. El cubo está muy oxidado, sin dudas las condiciones climáticas del ambiente lo han arruinado.

Lo levanto del suelo y con mis dedos voy recorriendo su relieve mientras camino buscando un rayo de sol. Luego lo alzo a contra luz para ver si hay alguna inscripción o nombre. De pronto, la aguja de la brújula empieza a girar con frenesí, luego se detiene con dirección oeste. Entonces comienzo a sentir cómo una inexplicable corriente eléctrica sube por los pies y recorre mi cuerpo, haciéndome estremecer. El ambiente alrededor se torna caliente, haciéndome respirar con dificultad.

Algo, o una fuerza invisible, me arrastra a la izquierda. Dónde aparece de repente un pilar de luz vertical, que emana irridiscencia y enceguece mis ojos por momentos. Cubro mi frente con las manos, protegiéndome de la claridad repentina, después me tambaleo hacia dentro de aquella columna de luz, en medio del claro del bosque, que me absorbe con fuerza bruta. De repente, el suelo bajo mis pies se mueve ligeramente y el paisaje se distorciona cambiando a una gran velocidad, provocando que pierda el equilibrio y caiga al suelo.

Minutos después, luego de que la sensación de mareo desapareció, abro los ojos y me incorporo. Parpadeo varias veces prestando atención a mi alrededor. Ahora los rayos del sol son apenas visibles. Las ramas largas y raquíticas de los pinos, dejan entrever una luna completa elevándose en el cielo. Me pregunto cuanto tiempo pasó desde que crucé la alambrada y entré al bosque, porque no lo recuerdo.

Comprendo que es hora de volver a casa de inmediato. Entonces me guardo el cubo que había encontrado en el bolsillo dónde tengo el localizador. Mis pies siguen clavados en la hierba, no los culpo, aún tengo la sensación que todo se mueve. Este bosque, un lugar acogedor de mi niñez, no deja de ser extraño también. De todas formas hoy hice un gran avance enfrentando mis miedos y límites, por eso no quiero tentar a las sombras. Suspiro intentando no emocionarme demasiado, porque ahora tengo que volver a casa.

Pero cuando me doy la vuelta para regresar escucho pasos cerca de mí. El suelo, ahora cubierto de hojas, cruje no muy lejos de donde me encuentro. Mi corazón comienza a latir con fuerza, se me tensan los músculos de las piernas reconociendo al miedo burlándose de mí. Entonces, y en un acto reflejo, decido correr hacia la salida.

Giro a la derecha, corro unos metros pero me detengo de repente y cambio de dirección, porque desde ahí provienen las pisadas que se hacen cada vez más fuertes. Un sudor frío, consecuencia de los nervios y la ansiedad, recorren mis manos y mi frente. Al instante comprendo que fue un terrible error entrar acá, pero ya es tarde para lamentarme, ahora necesito huir, buscar mi bici y alejarme para siempre de aquí. Es lo único que pienso mientras sigo zigzagueando entre los árboles sin poder decidirme qué dirección tomar para buscar la salida.

Es raro, porque siempre fui buena para orientarme. Mientras acelero la velocidad, recuerdo que no he caminado tanto. Sigue siendo Forest Green, pero de una manera diferente. Miro hacia atrás con miedo, porque tengo la certeza que no es sólo una persona la que está por los alrededores. Son dos, igual que aquella otra vez.

El instinto me dice que me arme con algo. Entonces busco una piedra o alguna rama con que poder defenderme. Aunque mi 1,58 m. no me ayuden demasiado, sé que soy bastante fuerte si me lo propongo. Lo comprobé hace dos años atrás, en ese maldito episodio.

¡Que tonta soy!, no es momento de recordar aquello, y menos en esta situación. Luego me ocuparé de esos pensamientos tormentosos, ahora me concentro en mirar a mi alrededor. Encuentro tirado sobre mi costado derecho una rama bastante gruesa y firme. La tomo sin pensarlo dos veces y la sostengo con ambas manos.

Están acercándose, no tengo tiempo para seguir dudando que dirección tomar, por eso decido ocultarme detrás de un árbol, apostando que su tronco me cubra lo mejor posible. Inmóvil, apoyando mi espalda contra la corteza rugoza y cubierta de savia, espero que de un momento a otro pasen cerca de mí, deseando con todas mis fuerzas que sigan de largo y no me descubran. Quizás sean unos niños que sienten curiosidad por este lugar, al igual que me pasó a mí, y solo buscan jugar. Podría preguntarles por la salida, seguro que entraron por el mismo hueco de la alambrada que yo entré.

Pero cuando los veo asomándose, caminando cerca de donde estoy escondida, mi pulso se acelera precipitadamente y las manos comienzan a temblar tratando de agarrar con fuerza, la rama que encontré. Con el miedo carcomiendo cada fibra de mi ser, examino al primero que se acerca, y al hacerlo, intento contener una exclamación apretando mis labios hasta hacerme doler. Ahora sólo ruego que no me haya escuchado. Las personas que aparecen frente a mí, descartan definitivamente la posibilidad que tenía de pedir ayuda.

El primero en mostrarse es un joven veinteañero, alto y de contextura grande. Lleva puesto una especie de uniforme militar compuesto por una camiseta negra manga larga, un pantalón de fajina gris oscuro, y botas militares. Proteje su pecho con un chaleco de metal blanco, cubriendo sus codos y pantorrillas también. Su rostro anguloso está enmarcado por un cabello muy corto de tono castaño. La barba insipiente lo hace ver más rudo, mientras que sus ojos, ocultos por unos anteojos de marcos cromados, observan todo alrededor.

A pesar del impacto que me resulta verlo, lo que más me asusta es lo que lleva en la mano derecha. Es una especie de bate de acero. Me da miedo, mucho miedo. Sobre todo, cuando escucho su voz diciendo:

—Búscala bien, Kae. Debe estar muy cerca.

Comienzo a temblar mientras ellos se van acercando más.

Su acompañante es un muchacho de su misma edad. Es un poco más bajo que su amigo. Lleva puesto una sudadera negra con capucha, pantalón gris y borceguíes. Él también proteje sus brazos y piernas con lo que parecen ser piezas y autopartes, de lo que habría sido el chasis de un vehículo.  A diferencia del otro, el color de su cabello lacio, es de un rubio ambarino, que lo lleva sujeto en forma desplolija por una bandita elástica.

Sus mechas desparejas y alborotadas cae ocultándole parte del rostro. Aún así se aprecia perfectamente sus grandes ojos rasgados, de mirada casi cristalina. Camina y observa a su alrededor con cierta astucia, convenciéndome que es más peligroso y hábil que su compañero. Este peculiar muchacho, en vez de un bate, tiene algo más inusual. En su mano izquierda lleva un arco. ¡Sí, estoy segura!, porque el carcaj con sus flechas lo lleva colgado sobre su hombro derecho. Mi padre tenía uno parecido, creo que aún está colgado en la pared del comedor de casa.

Ellos se acercan cada vez más, pisotenado las hojas descoloridas del suelo, a sólo a unos metros de mi escondite. Yo intento acurrucarme lo mejor que puedo detrás del árbol, intentando callar los latidos estridentes de mi corazón, pensando en que pueden oírlo, y así encontrarme. Son los minutos más largos y espantosos que recuerdo, –a excepción de aquella otra vez. Luego, y sin haberme descubierto, los dos jóvenes se alejan.

De a poco intento relajar la tensión, el miedo y los nervios. Entonces miro mis manos, dándome cuenta que agarré con tanta fuerza la rama, que unas astillas se han clavado en ellas. Apenas me muevo, decido esperar unos minutos más escondida. Pasado un tiempo, llegó el momento de dejar el lugar y empezar a alejarme hacia la dirección contraria que tomaron ellos.

Cae la tarde con rapidez, apenas queda suficiente claridad como para ver dónde pisar. Me asomo un poco, no los veo ni los escucho. «Es ahora, Nina», me animo sin soltar la rama. Doy un paso, luego dos. Camino con cautela observando a mí alrededor, después me alejo de allí. Pero en ese instante, el sonido de una alarma me paraliza. Proviene de mi bolsillo izquierdo que vibra y vuelve a sonar. Sin perder tiempo meto la mano en busca del localizador. Lo examino con los dedos temblorosos, compruebo así que se está quedando sin batería.

No puede ser, no ahora, ¡no acá!, y con torpeza logro presionar el botón de apagado. Lo último que veo en la pantalla antes de que se apague por completo, es la hora, cinco de la tarde, -susurro. En ese instante, vuelvo a escuchar otra vez sus pisadas y sus voces. Entonces comienzo a correr, no puedo saber hacia dónde voy. Yo solo corro.

¡Maldición!, no encuentro el sendero principal, hace frío y todo lo que veo son árboles, troncos tirados y más árboles. No recuerdo haber visto que las ramas estaban tan desprovistas de hojas antes. Zigzagueo, tropiezo y corro, es lo único que hago. Aunque la distancia con ellos es considerable, se acercan con prisa, y eso me desespera aún más.

Mis piernas están cansadas y arrastros los pies, nunca fui buena para la actividad física. El sudor recorre mi frente, mi boca seca y temblorosa busca el aire gélido con desesperación para poder respirar. Aire que me quema al entrar por la nariz. Conozco los síntomas, y desearía tenerlas conmigo, pero prometí dejar de tomar al menos una de esas condenadas pastillas.

Zigzagueo, tropiezo, corro mientras miro hacia atrás, buscando sus rostros, alucinando tal vez que sus manos me agarran y me atraen hacia ellos. La fatalidad o el desatino, hace que metros delante, un árbol caído atraviese el paso. En mi huída frenética apenas consigo saltarlo, acto seguido caigo con ímpetu dentro de un hueco en el suelo. Lo último que recuerdo es un dolor insoportable que aumenta en el costado izquierdo de mi cabeza, mientras sus voces  se acercan. Luego, nada más que oscuridad.



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