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La luz tenue del bar se reflejaba en los cristales, difuminando las figuras como si pertenecieran a un sueño a medio formar. Park Jimin entró con paso firme, aunque cada movimiento suyo parecía más bien una provocación.
Su vestido negro, ajustado al cuerpo como una segunda piel, realzaba la curva de sus caderas y la plenitud de sus pechos que amenazaban con escapar del escote pronunciado. Esa noche no era como las demás. Jimin no había llegado ahí por accidente. Se había arreglado con esmero, eligiendo cada prenda como si fuera parte de un ritual. Su intención era clara desde el momento en que decidió salir sola. Necesitaba escapar, romper la monotonía que había empezado a asfixiarla.
No buscaba romance ni promesas vacías. Quería otra cosa. Después de meses atrapada en una rutina insípida de trabajo, gimnasio y cenas solitarias frente a la televisión, el deseo de algo más—de alguien más—la había llevado hasta ese lugar.
Necesitaba sentirse deseada, probada, incluso poseída, aunque fuera solo por unas horas. Algo que la hiciera recordar que debajo de la fachada impecable y profesional que mostraba todos los días, seguía siendo una mujer vibrante, hambrienta. Y lo había planeado. El vestido, la lencería cuidadosamente escogida, los tacones altos que alargaban sus piernas, todo estaba diseñado para atraer miradas y despertar reacciones.
Quería sentir ese poder, la chispa eléctrica de ser observada y desear que la tocaran. Los ojos la seguían mientras avanzaba entre las mesas. No podía evitarlo. Sabía lo que provocaba. Su busto generoso no dejaba lugar a la imaginación, y los pequeños destellos de piel bronceada en el centro del escote eran como un anzuelo imposible de ignorar.
El eco de sus tacones resonaba en el piso de madera, marcando un ritmo lento y calculado que la acompañaba como un latido subterráneo. Pasó junto a un grupo de hombres en una esquina. Sintió sus miradas clavarse en ella como cuchillas afiladas, pero no les dedicó más que una leve sonrisa ladeada antes de seguir caminando.
No buscaba multitudes ni competencia. No necesitaba que la idolatraran. Quería a alguien que supiera reconocerla, desarmarla y dejarla sin aliento sin pedir explicaciones. Se sentó en la barra, cruzando las piernas con una elegancia natural. Al hacerlo, la tela del vestido subió apenas unos centímetros más, dejando ver el borde de las medias que se adherían a sus muslos como caricias.
—Un martini —dijo al barman, deslizando una tarjeta sobre la barra. Su voz era baja, con un matiz ronco que parecía diseñado para despertar fantasías.
—Un martini —pidió al barman, deslizándole la tarjeta con una sonrisa que no invitaba a conversaciones innecesarias. Mientras esperaba la copa, dejó que su mirada recorriera el lugar. Sabía que llamaba la atención, pero también sabía que eso no era suficiente.
Quería encontrar a alguien que no se limitara a mirarla, sino que se atreviera a acercarse, a probar suerte. Y entonces lo vio. No estaba en la barra ni rodeado de amigos. Estaba solo, sentado en una mesa en la penumbra, con una copa de whisky medio vacía frente a él. Sus ojos negros ya estaban puesta en ella, pero no desvió los ojos cuando Jimin se dio cuenta. Al contrario, sostuvo el contacto visual con una seguridad que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Era atractivo, sí.
Tenía el aire relajado de alguien que no estaba acostumbrado a pedir permiso. Camisa arremangada, el primer botón desabrochado, cabello negro yla sombra de una barba de días cubriendo su marcada mandíbula. Lo suficiente para que Jimin imaginara cómo se sentiría esa aspereza contra su piel. Ella tomó su copa cuando llegó, dio un sorbo largo y luego se levantó. Si había venido hasta ahí para jugar, no iba a desperdiciar el tiempo. Se acercó con la misma confianza con la que había entrado al bar, disfrutando del modo en que él la miraba, como si ya supiera lo que iba a pasar.
—¿Te importa si me siento? —preguntó, dejando su copa sobre la mesa sin esperar respuesta. Él sonrió, relajado.
—No en lo absoluto. Aunque, para ser honesto, no creí que necesitaras pedir permiso. Jimin inclinó ligeramente la cabeza, divertida por la respuesta.
—Entonces es mejor que te acostumbres a que tome la iniciativa.—Y bebió otro sorbo, dejando que el hielo tintineara suavemente en el vaso. Él la observó en silencio durante un momento, sus ojos oscuros viajando por su cuerpo sin disimulo.
—Te vi entrar. Eres imposible de ignorar.
—Lo sé —respondió Jimin, dejando que la sonrisa regresara a sus labios—. Pero lo que me interesa saber es qué vas a hacer al respecto.
La pregunta quedó flotando entre ellos, densa como el humo imaginario que parecía envolver el ambiente. Jimin se reclinó un poco hacia adelante, dejando que su escote hablara por ella, provocándolo sin decir una palabra más. Sin esperar respuesta, tomó su mano con decisión y lo guio entre las mesas, ignorando las miradas furtivas de los pocos clientes dispersos. No necesitó mirar atrás para saber que él la seguía.
Su cuerpo, ceñido al vestido que apenas dejaba espacio para imaginar, se movía con la confianza de quien sabía que cada movimiento era un comando silencioso. El baño estaba al final del pasillo, justo al lado de la salida de emergencia. Jimin empujó la puerta sin ceremonias, asegurándose de que el seguro quedara firme antes de girarse hacia él.
El maduro apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Jimin lo empujara contra la puerta, atrapándolo entre la madera y su cuerpo caliente. Su pecho rozó el suyo, aplastándolo contra el sudor frío que se acumulaba en la camisa de él.
—¿Esto es lo que querías? —preguntó, deslizando sus manos hasta su cinturón y tirando de él sin previo aviso. El sonido metálico del broche al soltarse fue como un disparo en la estrechez del baño.
—Mierda… —susurró él, pero Jimin le cubrió la boca con una mano. —Ni una palabra.
Sus labios descendieron por su cuello, mordiéndolo apenas, lo suficiente para dejar una marca. Su lengua siguió el camino del borde de la camisa, desabrochando botones mientras sus uñas rascaban la piel expuesta. Sus pechos, apenas contenidos por el vestido, se aplastaron contra él, dejando claro que no estaba allí para jugar.
Cuando finalmente bajó la cremallera de su pantalón, el hombre dejó escapar un jadeo ahogado. Jimin lo miró con una mezcla de burla y deseo mientras sacaba su erección, dura y palpitante en su mano.
—Ahora no pareces tan seguro —murmuró, dejando que sus dedos lo envolvieran lentamente, deslizándose arriba y abajo con un ritmo calculado. Él intentó responder, pero ella volvió a cubrirle la boca, esta vez con un beso feroz.
Sus lenguas se encontraron en una lucha desesperada, mientras su mano aumentaba la presión, arrancándole gemidos que apenas lograba contener. Jimin se separó lo suficiente para bajar de rodillas, sus pechos rozando su torso al descender. Con la mirada fija en él, sacó la lengua y dejó que la punta recorriera la longitud de su erección, desde la base hasta la punta húmeda.
—No te corras todavía —advirtió, antes de envolverlo por completo con sus labios. El hombre dejó caer la cabeza hacia atrás, golpeando la puerta mientras sus manos encontraban el cabello de Jimin. Ella se movió con precisión, alternando entre succiones profundas y lamidas lentas, haciendo que él se retorciera bajo su control.
Cada vez que él intentaba empujar sus caderas hacia adelante, Jimin se detenía, retirándose apenas para mirarlo con esa sonrisa traviesa que lo hacía perder la cabeza.
—Tan desesperado… —susurró, antes de volver a devorarlo con su boca. La sensación de su lengua, húmeda y cálida, combinada con el roce de sus labios suaves y firmes, lo hizo temblar. Pero justo cuando sintió que estaba al borde, Jimin se detuvo.
—No tan rápido —dijo, levantándose con la misma calma provocadora con la que había entrado al baño. Se giró hacia el lavamanos y, con un movimiento rápido, se subió el vestido, revelando un conjunto de lencería negra que dejaba poco a la imaginación.
Su tanga de encaje apenas cubría la piel firme de sus nalgas, y cuando se inclinó sobre el lavamanos, el hombre sintió que el aire se le escapaba. Ella lo observó a través del espejo, con esa mezcla de desafío y control que lo hacía sentirse atrapado en una trampa deliciosa. Pero antes de continuar, Jimin sostuvo la mirada, como si esperara algo más.
—Dime qué estás pensando —susurró, dejando que sus dedos recorrieran lentamente el borde del lavamanos mientras arqueaba la espalda, empujando las caderas hacia atrás. Él tragó saliva, todavía afectado por la manera en que ella había manejado todo desde el inicio. Sus ojos se quedaron en la imagen reflejada: los pechos redondeados y firmes de Jimin, que se presionaban contra el lavamanos.
A pesar de seguir cubiertos por el vestido y el sostén de encaje, las curvas se marcaban con descaro, aplastándose ligeramente contra la porcelana fría como si buscaran liberarse. La tela ajustada moldeaba cada contorno, dejando a la vista el borde de las copas que apenas contenían su volumen.
Los pezones, endurecidos, sobresalían lo suficiente para que él pudiera notar cómo la fina capa de encaje no hacía nada por ocultarlos, resaltándolos como dos puntos tensos que pedían ser tocados, mordidos de nuevo. La mezcla entre estar parcialmente cubierta y al mismo tiempo tan expuesta lo enloquecía.
El contraste entre la tela elegante y la imagen obscena de sus pechos marcados contra el espejo le hizo morderse el labio. Parecía prohibido y sucio, como si esa barrera mínima entre su piel y su deseo solo avivara más el fuego.
—Desde que entraste al bar, no pude dejar de mirarte —confesó finalmente, su voz ronca—. No podía apartar los ojos de esas tetas. Jimin sonrió, pero él continuó, como si no pudiera detenerse.
—Son… —Se detuvo, buscando las palabras mientras sus ojos recorrían el reflejo—. No parecen reales. Son perfectos.
Jimin levantó una ceja en el espejo, pero no se movió. —¿Reales? —repitió, con un tono afilado que lo hizo tensarse. Él levantó las manos, intentando corregirse.
—No lo digo como algo malo. Es solo que… —Su mirada volvió a caer en el espejo, en la forma en que los pechos de Jimin rebotaban al compás de su respiración.
—¿Te preguntas si son naturales? —preguntó ella, inclinándose un poco más para que su escote se pronunciara aún más. —Es que… —Él no terminó la frase, pero Jimin no necesitaba escucharla.
—Por supuesto que te lo preguntas. Todos lo hacen. Siempre. —Se enderezó lentamente, girándose para enfrentar su mirada. Sus manos viajaron hasta sus pechos y los apretó suavemente, levantándolos como si lo desafiara a seguir mirando. Pero no se detuvo ahí. Con un movimiento brusco y decidido, deslizó los dedos bajo el escote del vestido, empujando la tela hacia abajo sin cuidado, haciendo que sus pechos rebotaran al liberarse.
El sostén apenas resistió antes de que Jimin también lo apartara, deslizando las copas hacia abajo hasta que el encaje quedó apretado bajo sus senos, empujándolos hacia arriba como si quisiera exhibirlos aún más.
—¿Así? —preguntó con voz ronca, mirándolo mientras apretaba sus propios pezones entre los dedos, tirando de ellos ligeramente y dejando escapar un gemido contenido que resonó en el baño. Él tragó saliva, y antes de que pudiera responder, Jimin se acercó a él, tomando su mano y guiándola directamente a uno de sus pechos desnudos.
—Vamos, tócalos. Júzgalos tú mismo. —Su tono era casi un reto, pero sus ojos brillaban con el mismo deseo que ya ardía en él. No esperó. Se inclinó hacia ella, atrapando el pezón entre sus labios, succionando con fuerza mientras Jimin soltaba un gemido bajo.
Sus manos se cerraron alrededor de los globos firmes, amasándolos como si no pudiera saciarse, sintiendo cómo la piel cálida y suave cedía bajo sus dedos.
—Dios, son maravillosos —jadeó contra su piel, antes de volver a chuparla, esta vez con más fuerza, dejando un leve enrojecimiento en la carne. Jimin arqueó la espalda, empujando más sus pechos hacia él.
—Más fuerte —susurró, enterrando los dedos en su cabello para mantenerlo allí, mientras su lengua seguía trazando círculos alrededor del pezón endurecido. Él obedeció, mordiendo suavemente antes de atraparlo entre los labios y succionar con más fuerza, dejando marcas visibles mientras su otra mano seguía apretando el otro pecho, pellizcando y amasando como si no pudiera decidir cuál devorar primero.
—Joder… —susurró Jimin, echando la cabeza hacia atrás mientras él continuaba—. Sabía que te volverían loco. Sus pezones estaban duros, sensibles, brillando por la saliva que él dejaba mientras los chupaba con avidez. Jimin no apartó la mirada del espejo, observando cómo él se perdía en su cuerpo, cómo sus manos y su boca la reclamaban como si fueran suyas.
—¿No puedes parar, verdad? —jadeó ella, con una sonrisa torcida mientras él mordía el borde de su pecho, dejando otra marca—. Ni siquiera has empezado y ya te has vuelto adicto.
Él gruñó en respuesta, pero no dejó de chuparla. Su lengua seguía explorando, alternando entre lamidas lentas y succiones fuertes mientras Jimin se movía contra él, presionando sus caderas para sentir su erección.
—Desnúdame. Ahora —ordenó ella, tirando de su cabello para hacer que levantara la vista—. Pero deja el vestido en mi cintura. Quiero verte follándome mientras estos siguen rebotando para ti.
Sus palabras fueron la chispa final. Él se apresuró a bajar su cremallera mientras Jimin se giraba de nuevo hacia el lavamanos, empujando sus pechos desnudos contra el espejo y disfrutando del espectáculo que sabía estaba por comenzar.
Él no dudó. Tiró de la tanga a un lado y se hundió en ella con un gemido gutural. Jimin soltó una risa ahogada, seguida de un jadeo mientras su cuerpo se adaptaba al suyo.
—Estás empapada… —susurró contra su cuello, deslizando sus dedos entre sus pliegues antes de empujarla contra el lavamanos.
—Cállate y no pares. —Su voz era firme, pero temblaba apenas mientras él la penetraba de un solo movimiento.
Sus manos viajaron hacia adelante, atrapando los pechos nuevamente, amasándolos mientras seguía bombeando dentro de ella.
—Míralos —jadeó él—. Míralos rebotar mientras te follo.
El espejo no mentía. Reflejaba cada detalle con una precisión obscena, como si el vidrio se deleitara en capturar la escena en toda su crudeza. Jimin apenas podía sostener la mirada en su propio reflejo, pero al mismo tiempo, no podía apartarla. Ahí estaba ella, doblada sobre el lavamanos, con el vestido arremangado hasta la cintura y sus pechos desbordados, temblando con cada embestida.
Los pezones, rosados y erectos, parecían desafiar la gravedad, saltando con cada golpe de caderas que él le daba desde atrás. El encaje negro de su sostén había sido bajado a la fuerza, enrollándose bajo sus senos como una soga inútil, incapaz de contenerlos. Jimin vio cómo la piel firme de sus pechos se marcaba levemente con las huellas de los dedos de él, que los había agarrado momentos antes con la misma desesperación que ahora lo llevaba a aferrarse a sus caderas.
Su boca entreabierta dejaba escapar jadeos ahogados, empañando ligeramente el espejo frente a ella. Sus mejillas ardían, no solo por el esfuerzo, sino por la imagen que el reflejo le devolvía. Se veía vulgar y exquisita al mismo tiempo, como un animal atrapado en el placer, incapaz de resistirse.
—Mírate —murmuró él, inclinándose lo suficiente para que su aliento cálido le rozara la oreja. Su voz era baja, ronca, cargada de una lujuria que la hizo estremecer.
Jimin levantó la vista, obligándose a sostener su propio reflejo mientras él empujaba más profundo, haciendo que sus pechos rebotaran con más fuerza. La imagen era casi surrealista. Veía cómo sus labios intentaban formar palabras, pero solo salían jadeos entrecortados. Veía la forma en que su cabello, antes perfectamente peinado, ahora caía en mechones desordenados sobre su rostro y sus hombros.
—Te encanta lo que ves, ¿verdad? —La mano de él abandonó su cadera para deslizarse hacia adelante, atrapando uno de sus pechos y levantándolo, apretándolo entre los dedos como si quisiera grabar su forma en la palma. Sus uñas rozaron el pezón erecto, arrancándole un gemido involuntario.
Jimin no respondió. No podía. Su mirada estaba fija en la escena, en la forma en que su cuerpo parecía diseñado para ese momento: las piernas abiertas, el vestido amontonado en su espalda como una bandera rendida, y la piel brillante por el sudor bajo las luces tenues del baño.
—Míralos —susurró él, pellizcando el pezón lo suficiente para que Jimin soltara un gemido que se perdió en el eco del cuarto—. ¿Ves cómo rebotan para mí? Tan grandes, tan suaves... Joder, no puedo dejar de verlos.
El morbo en su voz la hizo estremecer. Sabía que él no solo la estaba follando; estaba disfrutando de verla así, atrapada entre la imagen en el espejo y el placer que le arrancaba. Su reflejo la traicionaba, mostrando cada temblor de su cuerpo, cada movimiento de sus caderas buscando más, como si no pudiera saciarse.
—¿Sabes lo que me gusta? —continuó él, inclinándose para morderle el hombro mientras seguía embistiéndola—. Que puedes ver lo puta que te ves. Mira cómo tiemblan tus tetas, cómo se marcan mis dedos en tu piel.
Jimin gimió fuerte, obligándose a mantener la mirada en el espejo mientras él hablaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas provocadas por la mezcla de placer y vergüenza, pero no apartó la vista. El morbo de verlo todo—sus pezones brillando por la saliva que él había dejado momentos antes, el temblor constante de su cuerpo, la expresión de entrega en su rostro—la hacía sentir más desnuda que nunca.
—¿Te gusta lo que ves? —jadeó Jimin, con una sonrisa torcida mientras hundía más las uñas en el borde del lavamanos.
Él soltó un gruñido, incapaz de responder, pero eso solo la hizo arquearse más, empujando las caderas hacia atrás para atraparlo más profundo.
—Dilo —insistió él, su voz entrecortada mientras sus manos se aferraban a sus caderas.
—Me veo increíble. —La voz de Jimin salió fuerte, casi desafiante. Su reflejo no mostraba vergüenza, sino satisfacción.
Él aceleró el ritmo, y Jimin dejó escapar un gemido ronco, pero no cedió ni un ápice de control.
—Más fuerte —gruñó él, tirando suavemente de su cabello, como si quisiera probar los límites de esa confianza descarada.
Jimin levantó la cabeza, sosteniendo su mirada en el espejo con una mezcla de placer y desafío.
—Me veo como una puta increíble —respondió, con una sonrisa ladina mientras se apretaba más contra él, arrancándole un jadeo contenido.......
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