Prólogo
Aurora López es una joven extranjera de cabello castaño claro y grandes ojos miel, su robusta figura y alta estatura resaltando sobre la delgadez de sus compañeras le creo incomodidad al principio, como el aspecto tan peligroso de sus dientes, pero es eso mismo lo que atrapó a su novio, Akira. Un joven de cabello negro y un llamativo lunar sobre el labio superior, uno que a ella le recordó al cine de oro mexicano, aunque lo que terminó por hundirla en el amor fueron los rubíes que el hombre tiene como ojos.
Ambos se conocieron en aquella oficina, siendo trabajadores de gran rendimiento y buenos estudios, las horas extras dándoles la excusa perfecta para verse más tiempo. Con el pasar de las semanas, fue Aurora quien se lanzó a Akira invitándolo a tomar un café y dos meses de salidas bastaron para que los jóvenes tortolos se volviesen novios.
Ya llevan siete meses de relación, de un lindo noviazgo que ha todos en la oficina tienen encantados.
La joven extranjera con lonchera en mano abre la puerta que da a la azotea, el lindo jardín que le da la bienvenida la hace sonreír y respirar hondo, los narcisos y gardenias brindándole un buen aroma. Se encamina hacia la mesa de picnic, desmonta los niveles de aquel recipiente y los acomoda sobre la limpia madera, sonriendo de forma cálida al realizar aquella tarea.
El sonido de la puerta le advierte la llegada de alguien y al voltear, sonríe radiante a Akira, quien trae consigo las bebidas. Es hora del almuerzo en el trabajo y ellos no han dejado de hacerlo juntos desde que son novios.
— Buenos días —saluda ella, corriendo a su encuentro y se siente bendecida al ser atrapada, los brazos rodeándola protectoramente.
— Buenos días, mi princesa —Es que ella se vuelve un algodón de azúcar cuando su novio la abraza y le llama de esa forma, pues jamás pensó que aquello algún día fuese a ocurrir—. ¿Qué nos has preparado hoy?
— Mira, sé que aún no toleras mucho el picante —dice, apartándose de aquel abrazo para guiarlo a la mesa—, pero he preparado chilaquiles verdes. No están tan picosos, pero si no te gustan, ahí hay arroz blanco, carne y salchicha.
— Huele bien — Y es verdad, dejando de lado que Akira ama el sazón de Aurora.
— ¿Quieres probar? —Ambos ya han tomado asiento y es momento de servir, así que al ver el platillo mencionado y la emoción en los ojos miel, Akira se anima.
— Sí. Sí quiero.
La recompensa que recibe es gratificante, no solo el gran sabor que los chilaquiles poseen al acompañarlos con arroz y carne, sino que las mejillas sonrojadas de su novia se ven preciosas.
Él es el hombre más afortunado de Japón, no cabe duda.
Su hora de almuerzo se ve acompañado de una buena plática, de sonoras risas y miradas coquetas, ambos saben que tienen un buen futuro por delante. No cabe duda de que se aman y el anillo que Akira tiene el bolsillo es una promesa física de que piensa hacer de aquella relación algo que duré muchísimo tiempo.
Lleva la mano temblorosa al bolsillo, debe de decirle ahora que todo luce tan perfecto, aunque pensándolo seriamente siempre luce bien la vida cuando se encuentra al lado de Aurora. Sonríe de lado, se pone de pie y ella lo sigue con la mirada, confundida al verlo emocionado y nervioso por igual.
Cuando la rodilla izquierda de su novio toca el suelo, ella siente que el corazón se le detiene y la respiración se le queda atascada en la garganta.
— Mi linda princesa Aurora —Dice Akira, tomando su mano izquierda con sumo cuidado—, eres quien más amo y no me veo sintiendo esto por alguien que no seas tú. Desde que llegaste a mi vida, todo ha cobrado sentido y el despertar ya no es difícil porque sé que te veré, y quiero seguir viéndote —extrae el anillo, un oro rosa delgado que posee una pequeña amatista en el centro—. Yo, bueno... Quisiera dormir y despertar contigo; desayunar, almorzar, comer y cenar contigo; reír, llorar, gritar a tu lado... Quiero hacer toda mi vida contigo.
— Akira...
— Aurora, ¿te quieres casar conmigo?
— ¡Sí quiero!
Akira no duda en colocar el anillo en su lugar, preparándose felizmente para recibir en brazos a su futura esposa, quien se lanza contra él sin pensarlo dos veces. Escucharla llorar de felicidad lo hace sentir fuerte, valiente e indestructible, así que no duda en tomarle el rostro entre manos y besarla en los labios.
La ama.
La ama muchísimo.
Una fuerte sacudida los hace a ambos salir de su ensimismamiento, Akira envuelve protectoramente los brazos alrededor de Aurora y ve a todos lados en busca de algún causante, y el color se le va de la cara al mirar un estallido a unos edificios de ellos.
— Auraro, hay que irnos —Apura a su novia, ayudándola a ponerse de píe. Le toma la mano, tirando de ella hacia la salida.
— Espera, Akira, nuestras cosas...
— ¡No hay tiempo!
El sonido de la alarma de emergencia comienza a sonar por el sector, Aurora palidece y se concentra en seguir andando, ambos bajando las escaleras que se sacuden ante los fuertes estallidos que comienzan a acercarse.
Durante el camino el humo hace su aparición, los gritos de sus compañeros y otros trabajadores, escombros cayendo del techo y deslizándose de las grietas que comienzan a crearse. Es claro que el edificio se va a caer, es algo inevitable, pero la esperanza de que salgan de ahí ilesos es preciada y Aurora se aferra a ella como lo hace a la mano de Akira.
Un estallido hace el piso de arriba colapsar, ella aterrada al ver el suelo y escaleras venirse sobre ellos, no duda en empujar a Akira hacia una de las puertas y salir junto con él, logrando ponerse a salvo en un piso que ya es un caos por sí solo.
Está bien, saben lo que tienen qué hacer porque al ser ciudadanos deben de entender que cuando héroes y villanos pelean, lo único que ellos deben hacer es correr.
Akira ve por la ventana, abajo en las calles se puede divisar a los que pelean y arriba sobre los edificios la prensa y otra pelea se encuentran. Eso quiere decir que deberán salir por la puerta trasera, pero para eso deben llegar a la planta baja o siquiera el tercer nivel, sin embargo, las escaleras han colapsado y...
— Akira —Aurora tira suavemente de él llamando su atención, al voltear ella señala fuera de la ventana—, las escaleras de incendio.
— Es arriesgado, estaríamos en medio de ambas peleas.
— Lo sé, pero bajaremos rápido y llegaremos pronto al tercer nivel, ya ahí entramos y vamos a la salida de emergencia.
— Bien. Está bien.
Con ayuda de una silla y un perchero, logran romper la ventana a golpes y es Akira quien sale primero para ayudar a Aurora a salir. Los dos se sujetan del viejo y oxidado metal para descender, los fuertes golpes de las peleas haciendo que el edificio tiemble y los haga sujetarse con mayor fuerza. Están asustados, sí, pero no dudan en seguir avanzando.
Ellos quieren ir tras ese futuro que se han prometido.
Al llegar al tercer piso, estando tan cerca de aquella pelea, Aurora ve al héroe que pelea contra el villano; los llamativos colores del traje, la seriedad que posee al pelear y esquivar, todo lo contrario de quien ríe y parece estar en un parque de diversiones. Para ella ambos no deberían estar ahí, no cuando hay tantas personas alrededor solo intentando sobrevivir.
Cuando entran Akira no duda en sujetarle nuevamente y guiarlos entre el escombro y polvo, pasando sobre aquellos cuerpos que no saben si están vivos o muertos. Él solo quiere salvar a quien ama, nada más.
Un estallido tras de ellos los hace caer hacia enfrente, el humo golpeándolos como si de un duro material se tratara. Aurora grita de dolor y al ver ambos hacia atrás, ven aterrados una varilla clavada en su pantorrilla derecha. Akira se pone de pie, la toma en brazos y se hace por salir de ahí con su novia, escuchándola llorar de dolor.
En el segundo piso se logran reunir con compañeros, los cuales son guiados al exterior por un par de niños, seguramente pasantes. Eso alerta a Aurora; ella es hermana mayor de cinco, ¡Claro que ver niños en un lugar tan peligroso va a hacerla olvidarse de su propio dolor!
Sus labios se abren para pedirle a Akira que deben llevarse a los niños, que no es un lugar adecuado para ellos, sin embargo, es silenciada con otra explosión y el techo cayendo sobre ellos.
El futuro prometedor que les sonreía deja de hacerlo cuando el corazón de Akira deja de latir, ya no hay un “para siempre” para esos jóvenes y él se pasa a retirar.
Aurora abre los ojos con muchísimo esfuerzo, ya no siente su pierna y el líquido caliente que empapa su estómago parece brotar de ella. Hay mucho polvo y el ruido de la alarma más el de cables haciendo corto le provocan dolor de cabeza, intenta enderezarse, pero su brazo derecho se encuentra bajo un pedazo de techo y el izquierdo no le responde en lo absoluto. “¿Dónde está Akira?“, se pregunta buscándolo con la mirada.
— Mierda, esto quedó destrozado —el comentario a lo lejos la hace fruncir el ceño—. Mira, un brazo... ¿necesitamos una mano extra?
— Deja eso ahí, marrano —Las risas estallan y ella se obliga a tragar sangre, necesita pedir ayuda.
— Ayu...
— Las pertenencias dejadas atrás siempre son un lujo, siempre lo he dicho, pero ¿quién lleva una cuchara en el bolso? ¿Para qué es?
— Por si una sopa salvaje se aparece —comenta una nueva voz, femenina esta ocasión, sonando alegre por lo que ha dicho uno de los hombres.
— ¿Puedes solo hacer tu maldito trabajo?
— ¡Ayuda! —Grita por fin Aurora— ¡Ayúdenme, por favor! —un ataque de tos le impide seguir hablando, pero ha logrado su cometido; ha llamado la atención de los presentes.
Un hombre de gran estatura y musculatura aparece en su campo de visión, no logra distinguir mucho de él debido al polvo y porque su visión ha comenzado a fallar. Al lado de él aparece otro joven, entre ambos se abre espacio una mujer, puede saberlo por la figura tan exquisita al lado de tan marcados cuerpos.
Los tres están usando visores estilo de minería, también pañoletas que cubren su nariz y boca, le es imposible ver el color de sus ojos o el cómo la miran siquiera, pero eso no le importa mucho ahora que tiene la atención de los tres.
— Por favor —susurra, evitando así dañar más su garganta—, mi novio... ¿Dónde está? ¿Pueden verlo?
— ¿Qué vestía? —pregunta el hombre más bajo, colocándose de cuclillas al lado del pedazo de techo que está sobre su brazo derecho.
— Camisa blanca, pantalón negro... En la cinturilla tenía una cadena, en ella estaba el logo de Legend of Zelda, la trifuerza...
— Ya lo encontré —Grita la mujer; Aurora cierra los ojos ante el dolor que la azota cuando los varones retiran los escombros de ella—, pero ¿cómo decirlo? Ya eres soltera.
— ¡Ayame! —reprenden ambos hombres.
— ¿Qué? Solo las cucarachas pueden sobrevivir sin cabeza.
Aurora cierra los ojos con fuerza, su cuerpo destrozado por el incidente ya no duele tanto como lo hace su pecho y cuando empieza a llorar, agradece el ardor que las lágrimas crean en su cara. La distrae de lo que está ocurriendo.
Los tres enmascarados se encargan de quitar todo escombro sobre ella sin parar de hablar entre ellos, sus risas y reprimendas dejando claro que se encuentran acostumbrados a ello, al ver cuerpos sin vida y tener enfrente una persona totalmente rota por fuera y por dentro.
— Thorn —habla Ayame, tocando el brazo del más fornido para llamar su atención—, ya debemos irnos.
— Sí, lo sé —el hombre suspira, volviendo el rostro hacia ella—. Mi particularidad me permite escuchar aquello que el oído humano no puede percibir sin ayuda, y esto solo lo digo para que estés tranquila: tu bebé está bien, sigue vivo al menos.
— ¿Mi bebé?
— Sí —Aurora trata de llevarse la mano al vientre, pero no logra hacer movimiento alguno—. Nos vamos.
— ¡No! ¡Esperen! —Grita aterrada al verlos ponerse de pie— ¡No me dejen! ¡No dejen a mi bebé aquí!
— Calma —El varón de menor estatura vuelve a bajar—. Los héroes están por venir y...
— ¿No son ustedes héroes?
— No.
— Salvaron mi vida.
— Hemos alargado tu muerte; el sangrado y tus heridas no han sido tratadas, así que...
— ¡No me importa! —vuelve a gritar— Llévenme con ustedes, por favor. Por favor.
— Mierda —Y a pesar de sonar enojado, es quien la toma en brazos y la alza, aferrándola contra el firme pecho donde se permite seguir llorando—. Traigan al novio.
— ¿Por? —Pregunta Thorn, quien, a pesar de dudar, acata la orden del otro— ¿Qué piensas hacer con ella, Kirishima?
— Hm, eso no lo sé todavía.
Para Aurora aquella conversación no tiene importancia, tampoco que una parte de ella señala que ha cometido un gran error al aferrarse a quienes le han dicho ser héroes, pero ¿cómo no hacerlo si ellos han sido quien la han ayudado y quienes cargan también con el cuerpo de su amado?
“Un héroe no siempre lleva capa”, eso dijo alguna vez su padre.
Hoy le cree.