Amor entre Tinieblas -Noah-

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Summary

Rosemary siempre tuvo una vida tranquila. Su familia no era rica, pero vivían bien gracias al esfuerzo de su padre. Todo cambió el día en que recibió la peor noticia: su padre se había suicidado... o al menos eso fue lo que le dijeron. Durante el funeral, un escalofrío recorrió su cuerpo al ver a un misterioso hombre, un supuesto amigo de su padre. Algo en él la inquietaba, y pronto descubriría por qué. Rose sabía que su padre jamás se habría quitado la vida. Su intuición la llevó a descubrir la verdad: lo habían asesinado. Decidida a encontrar al responsable, pasó seis años investigando, preparándose y borrando su identidad. Ahora, bajo el nombre de Rose Collins, está lista para su venganza. Convertida en la nueva secretaria del hombre al que odia, Rose tiene un solo objetivo: hundirlo. Pero el juego del engaño es peligroso, y a veces, la venganza puede consumir incluso al corazón más fuerte.

Status
Complete
Chapters
54
Rating
5.0 5 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

La vida de Rosemary se había precipitado al abismo desde el día en que su padre murió, cuando ella tenía dieciséis años. Alguna vez fue una joven risueña y llena de vida, pero desde aquella tragedia, su sonrisa nunca volvió a ser la misma. Para llegar hasta donde estaba ahora, y para alcanzar la venganza que tanto anhelaba, había tenido que sacrificarlo todo. Incluso a su propia familia.

Y también había tenido que obedecer a Richard.

Su tío fue quien la ayudó a conseguir el puesto como secretaria de un empresario influyente, un hombre cuya fortuna se basaba en comprar compañías al borde de la quiebra y devolverlas a la vida. Noah Davis. Un nombre respetado en el mundo de los negocios, pero Rosemary sabía que detrás de esa fachada impecable se ocultaba uno de los mafiosos más poderosos de Nueva York. Solo tenía que desenmascararlo, seducirlo y destruirlo. Si lograba exponer su verdadera identidad, lo entregaría a las autoridades.

Parecía un plan sencillo. ¿Verdad?

Rose suspiró frente al espejo de su pequeña habitación. No era un lugar lujoso, pero no le importaba. Nunca había crecido rodeada de comodidades. Richard se lo había conseguido, y con eso bastaba. Su tío también era una figura clave en los bajos fondos de la ciudad, una sombra peligrosa que se mantenía oculta, pero que representaba una amenaza real para Noah. Utilizar a Rosemary era su estrategia para eliminarlo, para librarse de un enemigo.

Rose conocía bien los oscuros secretos de Richard. Sabía demasiado. Pero en ese momento, no quería pensar en ello. No aún.

Primero, debía concentrarse en su misión.

Rose se dio unos leves golpecitos en la cara para despejarse y luego giró sobre sus talones para examinarse en el espejo. Era su primer día de trabajo, y la ropa que había elegido aseguraba que llamaría la atención, tanto dentro como fuera de la empresa. No era precisamente algo que la entusiasmara, pero si quería atraer la mirada de Noah, debía jugar sus cartas con inteligencia.

Llevaba una blusa blanca con delicados botones rojos, abrochada hasta poco más arriba del pecho. Las mangas largas estaban remangadas hasta los codos, dándole un aire casual pero calculado. El escote, más pronunciado de lo que le habría gustado, resaltaba a la vista sin necesidad de esfuerzo. La falda negra, demasiado corta para su gusto, revelaría más de lo necesario con solo cruzar las piernas, aunque antes cualquiera se encontraría con sus medias negras semitransparentes. Finalmente, remató el conjunto con unos tacones altos de un rojo intenso, el mismo color de la sangre y la tentación.

¿Atraería la atención de Noah con todo eso?

Se pasó una mano por el cabello, asegurándose de que el tinte rubio no dejaba rastro de su verdadero color. Apenas una hora antes, había ocultado el rojo cobrizo que la había acompañado toda su vida. No podía arriesgarse a ser reconocida. ¿Era probable que Noah recordara a una niña de dieciséis años que apenas vio unos minutos en un funeral? Quizás no. Pero no pensaba correr el riesgo.

Aun así, quedaba un rasgo que no podía ocultar.

Sus ojos.

Los mismos ojos verdes de siempre.

Podría haber usado lentillas, pero le resultaban incómodas. Y, después de todo, ¿quién iba a reconocerla solo por eso?

—Creo que suelto se ve más sexy —murmuró, peinando su cabello con los dedos y acomodándolo de un lado a otro. Buscaba un estilo cuidadosamente despeinado, lo suficiente para parecer natural, pero sin perder el atractivo.

Sonrió hacia el espejo. Perfecta.

Se acercó a la mesita de al lado y tomó un pintalabios rojo. Regresó al espejo y deslizó el color sobre sus labios con precisión.

—Rojo pasión —susurró, sonriendo mientras movía la boca, como si estuviera a punto de lanzar un beso.

Tomó un pequeño bolso negro y salió de la habitación. Al cruzar la puerta, se encontró en la estrecha sala que compartía espacio con la diminuta cocina. Una barra con un par de taburetes separaba ambos ambientes. Frente a ella, un pequeño salón con muebles baratos, un par de sillones gastados y una televisión modesta. Todo en aquel lugar era económico, funcional… pero no se quejaba.

Aunque, si podía elegir, habría preferido un baño con bañera. Amaba sumergirse en el agua caliente después de un día agotador. Pero eso era un lujo que no podía permitirse

—Mierda, voy a llegar tarde —murmuró al ver la hora en su móvil.

Resopló y salió corriendo, asegurando la puerta con todas las llaves que tenía. El barrio no era precisamente seguro, y lo último que necesitaba era un robo… o algo peor.

Bajó las escaleras a toda prisa, esquivando grietas en los escalones y desconchones en las paredes. Aquel edificio pedía a gritos una reforma, pero dudaba que alguien se molestara en hacerlo.

Al salir, sintió la mirada del portero clavada en ella. Otra vez.

Lo ignoró por completo. Hacía mucho que se había acostumbrado a los ojos que la desnudaban sin pudor.

—¡Taxi! —gritó con todas sus fuerzas, alzando una mano.

No tenía tiempo para tomar el autobús. Llegaría aún más tarde, y eso no le convenía si quería empezar con buen pie su plan para conquistar a Noah.

Finalmente, un taxi se detuvo frente a ella, y Rose subió de inmediato, dando la dirección con voz firme. La empresa estaba ubicada en una de las calles más concurridas de Nueva York. Conseguir un trabajo allí, y más como secretaria de Noah Davis, había sido prácticamente imposible. Muchas mujeres habrían matado por ese puesto, pero Richard había movido los hilos, le había dado una nueva identidad y, en esencia, le había allanado el camino.

Mientras miraba por la ventanilla, notó cómo el taxista la observaba de reojo a través del retrovisor.

—Concéntrese en la carretera, por favor. No querrá tener un accidente, ¿verdad? —soltó con sarcasmo, bufando y negando con la cabeza.

El hombre sonrió de lado y, sin apartar la vista del espejo, respondió:

—Lo siento, señorita, pero… ¿no es un poco temprano para trabajar… ya sabe…?

Rose entrecerró los ojos.

—¿Perdón?

—Ya sabe… como puta. Con esa ropa, pensé que estaba buscando clientes. Si quiere, puedo llevarla gratis si hacemos una paradita en un callejón.

El asco que sintió fue inmediato. Su mirada se oscureció al ver cómo el hombre se relamía los labios con descaro.

Sí, llevaba ropa corta. ¿Y qué? Era de día, en pleno Nueva York. ¿Cómo se atrevía aquel imbécil a insultarla de esa forma?

No era a él a quien pensaba seducir.

Se inclinó levemente hacia adelante, sosteniendo su mirada en el espejo retrovisor, sin pestañear.

—Cierra la boca y presta atención a la carretera —su voz sonó firme, gélida—. Y más te vale no subir el precio del taxi, porque si lo haces, te denunciaré por acoso sexual.

El taxista tragó saliva y apartó la mirada de inmediato.

El taxista no respondió. El resto del viaje transcurrió en un silencio tenso, solo interrumpido por el murmullo del tráfico y el sonido del motor. Rose suspiró contra la ventana, observando las luces y sombras que se deslizaban a su paso.

Estaba acostumbrada a ese tipo de comentarios. Demasiado acostumbrada.

Y, en cierto modo, aquel hombre no se equivocaba del todo sobre su verdadera profesión. No era un trabajo que hubiese elegido, sino una carga impuesta sobre sus hombros. Un sacrificio a cambio de la vida de su familia.

Cerró los ojos un instante.

No importaba.

Había dejado de importar hacía mucho tiempo.

La voz del taxista la sacó de sus pensamientos.

—Hemos llegado.

Rose abrió los ojos, sacó el dinero y se lo dejó de mala gana antes de bajar del taxi, cerrando la puerta con un golpe seco.

Ahora sí podía concentrarse en lo verdaderamente importante.

Caminó con la espalda recta, proyectando seguridad en cada paso. Su andar era elegante, pero con el toque de provocación justo. Que miraran.

Sonrió para sí misma.

Si un taxista vulgar se había quedado embobado con su apariencia, entonces Noah Davis no tendría la menor oportunidad.

Alzó la vista y contempló la imponente fachada del edificio frente a ella.

Empresas Davis.

El nombre brillaba en grandes letras metálicas sobre el vidrio reflectante de la torre. Rose inspiró hondo antes de entrar.

Por dentro, el lugar era aún más impresionante. Todo relucía con un lujo calculado: mármol pulido, candelabros modernos y empleados vestidos impecablemente en trajes de alta gama. Un mundo de poder y dinero.

Ella, en comparación, parecía demasiado atrevida.

Sintió varias miradas recorrerla de arriba abajo y luchó contra el impulso de abotonarse un poco más la blusa.

No.

Tenía un propósito. Una razón.

Con esa determinación, avanzó hasta la recepción.

—Buenos días… ¿En qué puedo ayudarla, señorita? —preguntó la recepcionista con una ceja en alto, examinándola de arriba abajo.

Su mirada se detuvo especialmente en la vestimenta de Rose.

—Soy la nueva secretaria personal del señor Davis. Rose Collins.

La recepcionista no ocultó su escepticismo. Frunció levemente el ceño y bajó la vista a una lista en su escritorio. Rose la escuchó murmurar algo sobre cómo recursos humanos ya no seleccionaba al personal como antes.

Tomó aire y se obligó a mantener la calma. No valía la pena perder los estribos tan pronto.

Después de unos segundos, la mujer abrió un cajón y sacó una tarjeta de identificación con un cordón negro.

—Muy bien, señorita Collins. Esta es su tarjeta y su pase para acceder por la zona de seguridad. Debe llevarlo siempre consigo. —Hizo una pausa antes de continuar—. Tome el ascensor hasta el último piso. El señor Davis la espera.

Rose tomó la tarjeta y la examinó.

Ahí estaba su foto, su nombre y su nuevo apellido: Collins. Bajo la identificación, el cargo estaba claro: secretaria de Noah Davis. En la parte inferior, un código de barras que, supuso, debía escanear en los controles de seguridad.

Apretó la tarjeta entre los dedos.

—Gracias.

Con aquellas palabras, Rose se alejó de la recepcionista y se dirigió a la zona de seguridad. Pasó su tarjeta por el lector de las barras metálicas y observó cómo la luz roja cambiaba a verde.

Sonrió.

La barrera se abrió con un suave zumbido y ella avanzó con paso firme hasta el ascensor.

Varias personas ya esperaban allí. No tardaron en mirarla de arriba abajo. No le sorprendía.

Los ignoró por completo, pero, al notar la mirada insistente de un hombre, le dedicó un guiño. La mujer que lo acompañaba reaccionó de inmediato, dándole un codazo en las costillas. Él cerró la boca de golpe.

Patético.

Finalmente, las puertas se abrieron y todos entraron. Uno a uno, presionaron los botones de los pisos a los que se dirigían. Rose observó con atención la cantidad de plantas en el panel de control antes de presionar el último botón.

Piso 100.

El ascensor se puso en marcha y ella se apoyó contra la pared del fondo.

Estaba llegando.

En cuestión de minutos, vería al asesino de su padre después de tantos años. Desde el funeral.

¿Cuánto habría cambiado ese hombre?

No recordaba bien su rostro. En su memoria, solo quedaba una sensación inquietante, un instinto de alarma que la hizo evitar mirarlo demasiado aquella vez. Pero en su mente lo imaginaba viejo, gordo, con cara redonda… de esos hombres que rezumaban poder y perversión.

No podía ser de otra manera.

Uno a uno, los ocupantes del ascensor fueron saliendo en sus respectivos pisos. Para cuando llegaron al 70, Rose se encontraba sola.

Bien.

Cada vez más cerca

Un sonido agudo anunció que había llegado a su destino.

Las puertas se abrieron y sus ojos se encontraron con un extenso pasillo que terminaba en unas imponentes puertas de cristal. Sobre el suelo de parqué reluciente, se extendía una alfombra de terciopelo beige que amortiguaba el sonido de sus tacones.

Las paredes eran de un gris claro, casi blanco.

Un espacio demasiado elegante.

Rose cruzó el pasillo y empujó las puertas de cristal con determinación. Al otro lado, una joven tecleaba en su ordenador. Antes de que pudiera abrir la boca, la secretaria la interrumpió.

—El señor Davis la espera en su despacho, señorita Collins —informó la secretaria sin apartar la vista de la pantalla.

Rose arqueó una ceja y desvió la mirada hacia la derecha, donde unas imponentes puertas dobles de madera se alzaban ante ella.

Así que ahí dentro estaba él.

Sin pronunciar palabra, avanzó con paso firme hasta la puerta. Tocó suavemente y, al instante, escuchó una voz al otro lado.

—Adelante.

El tono era neutro, severo.

Rose tomó aire, llenando sus pulmones de oxígeno.

Había llegado el momento.

Con un último ajuste a su postura, giró el picaporte y cruzó el umbral, sin saber exactamente qué la esperaba al otro lado.