ERROR 404: CORAZÓN NO ENCONTRADO

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Summary

Matthew, un informático urbano, es enviado a un rancho para instalar un sistema moderno. Lo que parecía un trabajo sencillo se complica cuando se encuentra con Michael, un vaquero rudo y misterioso. Entre lodo, caballos y problemas de conexión, Matthew deberá adaptarse al caos rural, mientras descubre que su tarea no solo involucra tecnología, sino también emociones inesperadas.

Status
Ongoing
Chapters
25
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

FORASTERO EN TERRITORIO HOSTIL

La entrada del rancho se alzaba imponente frente a mí. No solo la entrada... todo el maldito rancho. Era inmenso, como si se extendiera hasta donde alcanzaba la vista, una extensión de tierra y cielo que parecía diseñada para recordarme lo insignificante que era en comparación.

Exhalé lentamente y dejé de tamborilear el manubrio con mi dedo índice. Antes de seguir adelante, lancé una última mirada al espejo retrovisor. Mi cabello, impecable. Mi corbata, en su lugar. Mi expresión, tranquila y segura.

No había razón para estar nervioso.

Y sin embargo, lo estaba.

Metí primera y avancé por el camino de tierra, que parecía eterno. El polvo se alzaba con cada metro recorrido, y los árboles y vallas se difuminaban en el horizonte bajo el sol abrasador. En otro contexto, habría apreciado el paisaje, incluso disfrutado la vibra de película del oeste. Pero en este momento, solo me recordaba que estaba fuera de mi elemento.

Cuando finalmente llegué a la casona, estacioné y apagué el motor. Un último vistazo en el espejo, un ajuste automático a la corbata, y tomé mi bolso con la laptop. Salí del coche con la misma confianza con la que entraba a una sala de juntas: si había aprendido algo en la vida, era que la actitud lo era todo.

El aire olía a tierra, heno y madera, con un leve toque de cuero. Y, por supuesto, noté las miradas al instante.

Un grupo de trabajadores me observaba con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Hombres curtidos por el sol, con expresiones serias y cuerpos marcados por años de esfuerzo físico. Me habían visto llegar en un Ford Mustang GT, con traje, corbata y una expresión que, a su parecer, probablemente gritaba forastero.

No era la primera vez que me miraban así. Ya fuera por mi apariencia “demasiado cuidada” o porque simplemente no encajaba, la reacción siempre era la misma.

Decidí que lo mejor era hacer lo que siempre hacía: enfrentar la situación con una sonrisa.

—¡Hola! —saludé con entusiasmo, levantando una mano.

Silencio absoluto.

Nadie respondió. Nadie sonrió. Solo siguieron con su trabajo o, peor aún, continuaron observándome con la misma intensidad.

Bien. Supongo que la calidez sureña era un mito.

Ignoré las miradas y me dirigí hacia la puerta de la casona. Justo cuando levanté la mano para llamar, la puerta se abrió de golpe.

Y entonces lo vi.

Un hombre alto, de hombros anchos y presencia imponente. Su camisa de cuadros estaba desabrochada en los primeros botones, dejando ver un pecho firme cubierto de vello oscuro. Sus brazos eran gruesos, marcados por lo que sin duda era trabajo físico constante, y su postura desprendía una confianza aplastante. No la clase de confianza relajada y amigable, sino la de alguien que sabe exactamente quién es y qué lugar ocupa en el mundo.

Y luego estaban sus ojos.

Oscuros. Penetrantes. Del tipo que podían atravesarte con una sola mirada y arrancarte todos los secretos que intentaras ocultar.

Su rostro era severo, con una barba recién recortada que le daba un aire salvaje y atractivo, y bajo el ala de su viejo sombrero de vaquero, su expresión era dura, inescrutable. Si el rancho era inmenso, él lo era aún más.

Parpadeé un par de veces antes de reaccionar y le dediqué mi mejor sonrisa, la que solía desarmar a cualquiera.

—Hola —rompí el silencio con mi tono más encantador, extendiendo la mano—. Soy Matthew Camp. Busco a Mike Buckly.

El hombre no respondió de inmediato.

Su mirada recorrió mi rostro sin ninguna prisa, analizándome como si fuera un espécimen extraño. Se detuvo en mis labios y ahí, por primera vez, vi un cambio en su expresión. No una sonrisa real... pero algo parecido. Un destello de arrogancia pura.

—Michael —corrigió con un murmullo grave, casi perezoso.

Su mano, grande y áspera, atrapó la mía en un apretón firme, que se prolongó un segundo más de lo necesario.

—Es Michael Buckly. Soy yo.

Sentí una chispa recorrerme la piel. No era nerviosismo, no exactamente. Era... otra cosa. Algo que no iba a analizar en ese momento.

Elevé ambas cejas y asentí.

—Perdone el error —respondí con una leve risa—. Me dijeron Mike, no Michael. Como mencioné, soy Matthew...

—Sí, sé quién eres —me interrumpió con voz grave—. El chico de la computadora.

Fruncí el ceño levemente. No era la primera vez que me llamaban así. En oficinas, en cafés, incluso en fiestas. El geek, el friki, el de sistemas. Pero lo que realmente me molestó no fue el apodo. Fue su tono.

Despectivo.

—Así es —respondí con una sonrisa tensa—. Imagino que ya le explicaron cómo será la instalación de los nuevos sistemas. Será un proceso sencillo, no hay que comp...

—Escucha, niño —me cortó de nuevo, con la seguridad aplastante de alguien que está acostumbrado a dar órdenes y ser obedecido—. No me interesa lo que tengas que decir. Mientras más rápido hagas tu trabajo, más rápido te irás. ¿Entendido?

Me quedé quieto por un segundo, sorprendido por su descaro.

Después, sonreí de verdad.

Oh, esto iba a ser divertido.

No me moví de inmediato.

La forma en que Michael me miraba me resultaba... curiosa. Como si estuviera evaluándome, midiendo cada reacción, esperando ver si me encogía bajo su mirada. Pero ese no era mi estilo.

Si algo me caracterizaba, era mi absoluta incapacidad de quedarme callado cuando alguien intentaba ponerme en mi lugar.

—Entendido, señor Buckly —respondí con mi sonrisa más pulida, esa que podía pasar por profesional, pero que cualquiera con buen ojo reconocería como una provocación disfrazada de cortesía.

Sus ojos se entrecerraron apenas, como si sospechara que no estaba siendo del todo sincero. No le di el gusto de apartar la mirada.

Sin una palabra más, se giró y entró en la casona, dejándome parado en la puerta.

Bueno... eso fue grosero.

Rodé los ojos y lo seguí, cerrando la puerta tras de mí. La casa era enorme, con ese aire rústico y acogedor que gritaba “dinero viejo”. Techos altos de madera, muebles robustos, y un aroma a café, cuero y tierra que parecía impregnado en cada rincón.

Michael caminaba con la seguridad de alguien que sabía exactamente a dónde iba y que no tenía intención de esperar a nadie. Su presencia llenaba el espacio con ese aire de autoridad que no necesitaba ser anunciado.

—Tu habitación está arriba, segunda puerta a la derecha —dijo sin molestarse en mirarme—. Puedes instalarte ahora o después, no me importa. Solo asegúrate de hacer tu trabajo sin molestar.

—Oh, qué detallista —murmuré con fingido agradecimiento, siguiéndolo con pasos ligeros—. De verdad, nada como una cálida bienvenida para hacerme sentir en casa.

Michael se detuvo tan abruptamente que casi choqué contra su espalda.

Giró la cabeza apenas lo suficiente para mirarme sobre su hombro.

—No estás aquí para hacer amigos, niño —su voz era grave, con ese tono de advertencia que probablemente funcionaba con cualquiera que le tuviera miedo.

Lástima. Yo nunca fui de los que se asustaban fácil.

—Uy, qué rudo —exclamé con fingida admiración, llevándome una mano al pecho—. ¿Siempre eres así o solo con los chicos de la computadora?

Sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada. No amable, pero tampoco completamente hostil.

—Solo con los que hablan demasiado.

Le devolví la sonrisa con una que era mitad desafío, mitad diversión.

—Entonces vamos a llevarnos increíble.

No esperé su respuesta. Simplemente pasé a su lado con total naturalidad y subí las escaleras, mi bolso al hombro. No iba a permitir que Michael Buckly me intimidara, y si pensaba que me iba a mantener callado y sumiso...

Bueno.

Iba a tener que acostumbrarse a la decepción.