Capítulo 1: El vagabundo
La mañana en la que mi vida dio un giro de 180º completamente inesperado, estaba inmensamente feliz. Y no era para menos. Por primera vez en semanas, fui capaz de dormir en un lugar más o menos seguro. A un lado de la carretera federal 69, después de abandonar los extensos bosques de coníferas, robles, nogales y otros árboles que no supe identificar; salí a una zona de cultivo. Todo lo que podía ver a mi alrededor fueron campos y más campos. Me alegré enormemente al ver aquellos campos. Con suerte, encontraría un poblado en pocos kilómetros. Aquello ya fue una noticia genial. Me subió inmensamente el ánimo, caminé felizmente sobre el asfalto, bajo el cálido sol de inicios de otoño. El cielo estaba despejado. Ni una nube se veía a la vista, por lo que, me estuvo golpeando con sus rallos durante todo el día. Ni el sol, ni el hambre de días sin comer destruyeron mi moral. Cosas peores había pasado. Caminé con el ánimo por las nubes hasta el atardecer.
Desgraciadamente, no encontré ningún pueblo. Sin embargo, me encontré con una de las típicas casas que se podían ver en medio de los campos en Estados Unidos de América. Había un árbol cercano con un columpio formado por una rueda vieja de coche. No muy lejos de la casa, se encontraba un granero.
No confiaba en los granjeros tejanos. Por el sur de Estados Unidos, mi tono de piel era decisivo a la hora de que alguien disparase o no. Aunque no estuviésemos por el sur, sur, estaba más que seguro que no dudarían en disparar a matar. Así que, decidí no presentarme en la casa pidiendo ayuda. Ni si quiera dejé que me viesen. Me oculté en la espesura del campo a que cayese la noche. Una vez cubierto por la oscuridad, rondé el granero, asegurándome que no saliese un granjero con sus hijos armados con escopetas, me acerqué aterrado con toda la intención de allanar la propiedad.
La madera de las paredes estaba en un estado terrible. Estaba en tan mal estado, que pude encontrar más de un hueco por el que colarme. Aunque, estando tan delgado como lo estaba yo después de haber me alimentado escasamente durante años, no tuve ningún problema en colarme por cualquiera de los huecos. Pero antes de adentrarme, observé atentamente el interior.
A los pocos minutos, concluí que estaba completamente abandonado. Allí no había nada de valor, ni vi ninguna cámara en localizaciones críticas o algún tipo de sistema de alarma que conociese. Tampoco vi los rastros de un perro guardián. Aunque si vi los rastros de ratas. Pero no me importaba aquel detalle. No pudiendo dormir resguardado y en una superficie mullida. Me acomodé sobre un viejo y polvoriento sofá cubierto por una sábana sarnosa, al instante de tocar aquella superficie me quedé profundamente dormido.
Dormí como un bebé hasta que las primeras luces del día, me despertaron. A pesar de que ya fuese de día, no escuché ni vi movimiento en la casa, por lo que, me di el permiso de rebuscar un poco por el lugar, encontrándome con una vieja lata con mucho, muchísimo dinero. Y ni si quiera estaba bien escondida.
No era un ladrón ni un allanador. Sin embargo, los años viviendo en la calle han hecho que mi moral fuese más flexible. Necesitaba el dinero para sobrevivir. Así que, tomé un par de billetes de 10 dólares, que no iban echar de menos, y continué con mi camino hacia Tyler.
Aquella noche fue reconstructiva. Gracias a ella, estuve al 100% para continuar caminando todo el día por la carretera. Mientras andaba, me entretenía pensando en las cosas que podría hacer con lo poco que había conseguido “ahorrar” en el bolsillo. Aunque fuese por carreteras secundarias y poco concurridas, puede ser que consiguiese encontrarme con un motel. Sin embargo, sabía perfectamente que eso sería tener demasiada suerte. Además, el motel que hubiese por allí dudaba que pudiese alquilar una habitación con el poco dinero que tenía.
Soñar es una de las pocas cosas gratuitas que hay en la vida. Así que soñé con una habitación limpia. Sin olores extraños, manchas en el techo, las sábanas o en la bañera. Con una cama de sábanas blancas impolutas y un colchón blandito. ¡Dios! Anhelaba poder dormir sobre una cama, completamente limpio y aseado. Ese era mi mayor sueño en los últimos años. Solo un día, por favor. Solo quiero sentirme como una persona por un día.
A mediodía, con el sol en lo más alto, mi estómago comenzó a gruñir. Llevaba una racha de 2 días sin comer absolutamente nada. Puede que tuviese más suerte y pudiese encontrar algún bar de carretera donde poder comer. Seguramente, está idea era mucho más realista. Aunque, si encontraba un bar de carretera, cabía la posibilidad de que hubiese un pueblo cerca. Si había un pueblo, seguramente habría un hotel o motel en él. Si las cosas eran así, no tenía el dinero suficiente para ambas cosas. Pero con una de ellas me bastaba. Iba a gastarme todo el dinero en una de ella, eso lo tenía más que claro.
Anduve hasta media tarde soñando con la cocina de un viejo y obeso hombre en un bar de carretera. Esos hijos de puta sabían perfectamente como cocinar. Uno de mis sueños recurrentes eran esos bares de carretera. Soñaba que uno de esos cocineros se volvía mi marido. Soñaba con que trabajaba junto a aquel cliché de cocinero de un bar de carretera, sirviendo su deliciosa comida. Con tan solo imaginar que mi marido me cocinase aquella maravillosa comida todos los días, se me ponía dura.
Mientras el sol se ocultaba lentamente entre las montañas, me encontré a lo lejos con unos diminutos edificios. Comencé a andar más rápido para llegar a él antes de que se hiciese de noche, encontrándome con un pequeño pueblo. Era tan pequeño que ni siquiera debía de ser un pueblo. Por el camino que había seguido no había visto muchas granjas. Sin embargo, viendo la cantidad de camionetas llenas de materiales que había aparcados por la calle, debía de encontrarme en una zona rural donde las casas estuviesen muy esparcidas.
Como cabía esperar, había un bar allí. Por la hora que era, estaba vacío, pero abierto. Al entrar, me recibió el delicioso aroma de la carne y la grasa siendo cocinadas. Suspiré, hambriento. Uno puede aguantar sin comer muchos días siempre y cuando no huela estos deliciosos aromas.
Me senté en una de las mesas vacías que se encontraba cerca de la puerta y me dispuse a revisar la carta. Todo lo que había en el menú me parecía apetitoso. No sabía si tomarme una hamburguesa, unas tortitas, un batido de fresa o un pedazo de tarta de queso. Sabía que tenía dinero, pero no tanto como para impedir todo el menú. Aunque, de todas formas, no creo que me lo pudiese terminar. Debía preguntarle a la camarera si había opciones para llevar.
Para tener un vagabundo sentado al lado de la puerta, siendo completamente visible para el resto de los clientes, la camarera tardó en venir a echarme. Ella era una mujer de mediana edad, cabello rubio recogido en un moño desarreglado, el rostro demacrado por no haberse cuidado lo suficiente o por haber abusado de sustancias en el pasado, un cuerpo rollizo y un horrendo vestido de rallas rosas y blancas. Este era el típico vestido de una camarera que se podría ver en cualquier película americana. Observándola de arriba a abajo, entendí por qué había tardado en venir a echarme.
Sí, que hijo de puta. Estaba siendo prejuiciosos siendo un vagabundo hambriento. Pero, los prejuicios me salvaron la vida más de una vez en las calles.
Ella se acercó a mí con aire altivo. Todo lo altivo que se podía ser con aquel ridículo traje puesto. Tenía la suficiente experiencia acumulada a lo largo de los años para saber que aquella mujer venía a echarme. Era algo lógico. Un vagabundo había entrado a su local y creían que no tenían dinero. Simplemente estaba allí dentro para descansar en un lugar cálido y resguardado, o tomar agua gratis. A lo que, por experiencia, actué rápidamente sacando mi dinero del bolsillo y dejándolo sobre la mesa. Eran billetes arrugados y maltrechos, pero dinero, a fin de cuentas. A continuación, me dispuse a pedir sin mirarla. Aquí, los dos podíamos ser groseros.
—¿Cómo de grande son las hamburguesas?
—Solemos poner un medallón de unos 200 gramos de carne de ternera Angus de las granjas locales — respondió la camarera con más profesionalidad de la que esperaba.
—¿Y cómo de grandes son las tortitas?
—Como un CD. El plato consiste en una torre de tres esponjosas tortitas, con un poquito de mantequilla y miel.
Se me hizo la boca agua con tan solo imaginarlas.
—Si no me termino la comida… ¿tenéis recipientes donde pueda llevármela? —le pregunté, mirándola directamente a los ojos. Y qué ojos. Eran preciosos. Alguna vez en mi vida tuve la oportunidad de ver ojos verdes, pero nunca de aquella tonalidad. Nunca fueron verdes de verdad.
—Sí —ella me respondió con una sonrisa amable. Una que no le llegó a los ojos. Estaba siendo simplemente profesional. Aun así, fui incapaz de apartar mi mirada, quedándome profundamente hipnotizado por la belleza de estos—, tenemos fiambreras desechables. Y no te preocupes, cerramos tarde, puedes quedarte aquí comiendo tranquilamente.
—Vale… Gracias… —susurré, aún sin salir del trance.
—Entonces, ¿qué quieres? —preguntó colocando una mano en mi hombro, rompiendo aquel hechizo en el que me encontraba.
—Una hamburguesa completa, unas tortitas y un batido de fresa, por favor —le pedí extremadamente feliz.
—Enseguida se lo traigo —respondió, tomando nota en su libretita. Antes de marcharse, me dio un último vistazo. Su cara se contrajo en una pequeña mueca, casi imperceptible, de pena. Ya estaba acostumbrado a esas miradas. Seguramente, después de esta interacción intentase que no le diese propina. Iba a dársela igual. Ella no me había tratado mal. Se merecía la propina. Si hubiese sido una perra loca que hubiese echado a pesar de ser un cliente tan valido como cualquier otro solo para que tú presencia no manchase la imagen del local, no tendría propina.
Aunque fuese un vagabundo… No, porque era un vagabundo, no era un guarro. Llevaba días sin poder lavarme las manos. No iba a comer con las manos y la cara sucios. Así que, me guardé el dinero en el bolsillo y fui a lavarme al baño. No quería que se llevase mi dinero antes de que pudiese pagar mi comida mientras estaba lavándome exhaustivamente las manos y la cara para estar lo más limpio posible a la hora de comer.
Dentro del baño escuché como entraba una familia. Por lo menos, había un niño pequeño que le estaba pidiendo a su padre patatas fritas. Me quedé helado al escuchar la voz del padre. Era increíblemente profunda y varonil. Mi corazón comenzó a latir como si quisiese salir de mi pecho e ir corriendo a mamarle la polla a aquel desconocido.
Me quedé en el baño, luchando por calmarme mientras escuchaba a aquel hombre negarle vehementemente las patatas fritas a su hijo, ya que, según él, a su hijo no le gustaban las patatas fritas. Las pedía porque le gustaba el color, y terminaba teniendo que comerse dos raciones de patatas fritas. Así que, no había patatas fritas para él.
Gracias a aquella extraña conversación, pude calmarme y salir del baño con toda la naturalidad del mundo. Riéndome por lo bajo por la extraña conversación que había escuchado. Se sentía bien escuchar conversaciones tan cotidianas. Ellos se sentaron detrás de mi mesa. Debido a la distribución, la familia, que constaba de un padre un preadolescente de unos 11 años, un adolescente de unos 14 años y una joven de unos 19 años, no me vio salir del baño y acercarme hasta mi mesa. Ellos estaban inmersos en su conversación. Aunque era muy caótica. El preadolescente seguía insistiendo en lo de las patatas fritas. El adolescente se quejaba por no poder comunicarse con sus amigos. Y la joven le pedí a su padre que reconsiderase la idea de contratar a alguien más para trabajar con el ganado en la hacienda. Al escuchar que necesitaban trabajadores, puse la oreja en aquella conversación.
Gracias a aquella inesperada coincidencia, mi vida iba a cambiar para mejor. Increíblemente, mejor.
—No puedo contratar a nadie más —afirmó el padre—. No tengo suficiente dinero para contratar a un desconocido. Mis trabajadores están dispuestos a quedarse trabajando sin un sueldo únicamente por la confianza que hemos creado con los años. Saben que, cuando vendamos el ganado, les voy a pagar todo lo que les debo y más.
—Aquí tienes cariño —me dijo la camarera, apareciendo en el mejor momento posible—. Disfruta de tu comida —la sonrisa que me dedicó dejó en claro que lo había dicho lo suficientemente alto como para que la familia lo escuchase. Aunque, ellos estaban demasiado inmersos en sus caóticas conversaciones como para escucharla.
—Muchas gracias... —me fijé en la plaquita con su nombre— Jennyfer. Lo aré. Por favor, tráeme la cuenta cuando puedas.
Mi respuesta fue lo suficientemente baja como para no alertar a la familia. Jennyfer se marchó, haciendo que sus zapatos repiqueteasen en el suelo. No iba a conseguir que la familia abandonase la conversación en la que estaban hundidos.
—Papá, por favor —rogó desesperada la hija—, vende una de las joyas de la abuela si es necesario. Si no contratas a alguien más, no vas a poder llegar a vender una sola cabeza de res.
—No puedo vender las joyas de tu abuela —dijo agotado—. Son bonitas y tienen un gran valor sentimental, pero no valen nada —reveló, dejándome completamente impactado. Al parecer, estuvo lo suficientemente desesperado como para intentarlo.
—¿Nada de nada? —preguntó incrédula. Esas joyas si debían parecer caras.
—Nada de nada —le respondió resignado.
—¿Ni el oro?
—Son bañadas en oro.
—¡Joder! —la joven golpeó la mesa, furiosa.
Me arrodillé en el asiento y me giré, tomando mi batido de fresa con una mano. Necesitaba ver el espectáculo. Adoraba ver los problemas y las desgracias que tenían los demás. Siendo un vagabundo, era el único escape que tenía de mi vida de mierda. A veces conseguía algún libro de la basura, el cual usaba para entretenerme en días lluviosos o vender a cambio de un par de dólares.
—Niña, la mesa no tiene la culpa de nada —sorbí de mi batido mientras la familia se giraba violentamente a mirarme incrédulos. Ninguno se había dado cuenta de mi presencia.
Me quedé boquiabierto al ver a aquellas cuatro personas con los ojos de color verde oscuro. Me explotó la cabeza ver tantos ojos de color verde. Debía encontrarme en uno de esos pueblos donde prácticamente todos allí debían ser familiares. Aunque, los tonos de piel de la familia no dejaban en claro que fuesen familiares. Los niños tenían un moreno que se asemejaba al de los nativos americanos, mientras que el padre era blanco como el culo de un bebé. Los hijos tenían el cabello oscuro y lacio, como los nativos americanos, mientras que el padre era rubio. La madre debía ser nativa americana. Eso estaba más que claro. Sin embargo, era extraño ver que hubiesen heredado aquel color de ojos tan extraño.
—Lo siento —se disculpó la joven, avergonzada.
—N-No he podido evitar escuchar vuestra conversación —mi voz tembló ligeramente por los nervios. Me estaban observando fijamente con aquellos increíbles ojos verdes—. Después de todo, estoy sentado aquí detrás… Comiendo… No os habéis dado cuenta de que os escuchaba… —aclaré en un murmullo al ver que no obtenía ninguna reacción. Ni positiva ni negativa. Como no tenía vergüenza alguna, me lancé a por todas—. Por cierto, te trabajo gratis a cambio de techo y comida.
—Papá, acepta al vagabundo —le ordenó la joven, inmediatamente. Como si temiese que en cualquier momento me retractase. El padre frunció el ceño y se giró a mirar a su hija.
—No puedo aceptarlo sin más —respondió molesto y enfadado. Y tenía toda la razón para estarlo—. No lo conocemos. Podría ser violento.
—Pues enciérralo por las noches en su habitación —le rebatió, como si aquello fuese lo más normal del mundo. Como si fuese la opción correcta.
—¿Una habitación para mí solo? —mi respuesta dejó sin palabras al padre, quien se giró a mirarme con pena—. Por favor, acéptame —le supliqué con mi mejor rostro de súplica—. Soy muy trabajador. Me quejo muy poco. Soy bastante resistente y fuerte. Como poco.
—Aquí tienes las tortitas —anunció Jennyfer, dejándome mal frente a mi futuro empleador.
—Querida, no podrías haber llegado en mejor momento —comenté sarcástico, apoyando mi rostro en mi puño y sorbiendo mi batido de fresa.
—Lo sé, dulzura —me respondió guiñándome un ojo con complicidad. ¿Cuál? En aquel momento no podía ni imaginármelo, pero se iba a convertir en mi ángel de la guarda—. Carson, cielo, no conozco a este hombre de nada. Ha llegado hace apenas unas horas. No hemos cruzado muchas palabras, pero parece honrado. No te cuesta nada darle una oportunidad. Menos es nada.
Presionado, Carson agachó la cabeza, rindiéndose.
—Está bien, lo intentaremos.
—¡Bien! —festejé tomándome mi batido.
—Yo soy Scott Carson —se presentó el hombre— y ellos son mis hijos Zoé, Kevin y Jake.
—Sam.
—¿Solo Sam? —preguntó, inclinando la cabeza hacia abajo y mirándome por el borde de los ojos, intimidándome. O eso hubiese hecho si no estuviese más que preparado para aquellos burdos intentos de interrogatorio.
—Solo Sam —le respondí tranquilamente, intentando no sonar demasiado tranquilo por miedo a que lo tomase como que lo estaba vacilando.
—Está bien… —murmuró desconfiado antes de girarse a pedir la cena.