Parte de Un Plan Mayor
Narrador
El aspecto del lugar no develaba ninguna comodidad. Cualquiera que estuviera unos minutos allí pensaría de inmediato en largarse, puesto que el olor inundaba las fosas nasales de una forma tan penetrante que causaba incluso mareos.
La muchacha llevaba el cabello rubio ceniza recogido en una trenza apretada, sus ojos estaban fijos en la vasija llena de arena resplandeciente que estaba delante suyo.
—¿Te aterra que la arena desaparezca, hermana? —preguntó una voz a su lado.
Ella caminó unos pasos hacia atrás para alejarse de la vasija, con miedo a que su hermano pudiera hacer caer algo o tropezar y hacer que el recipiente corriera peligro.
—Es que ha costado tanto trabajo obtenerla… Temo que se rompa en pedazos y la arena se escape en las grietas del suelo. —La joven respiró profundamente y observó la pared de su izquierda, completamente enmohecida con un color verde desagradable.
—Simona, somos esclavos desde que nacimos. ¿Dime que no hemos enfrentado juntos? La Örden de la Estrella nos ha golpeado duro sin parar. —rodó los ojos, el joven era casi idéntico a su hermana.
—La Örden nos lo ha dado todo también. Si nuestra madre no nos hubiera vendido estaríamos muertos. Ellos nos dieron un hogar. —Simona sujetó a su hermano por los hombros, no le gustaba cuando hablaba mal de la organización, sobre todo ahora que estaban tan cerca de obtener un logro que les daría una gran libertad.
—Hablas como Madame Laya, y sabes que es una mujer amargada. —Simón puso los ojos en blanco y tomó la mano de su hermana para llevarla fuera de la habitación. —Puedo al menos decir lo que pienso, si no puedo hacer nada que no sea cumplir órdenes.
Ambos se habían acostumbrado al fétido aroma de su hogar. Esa habitación pequeña era su hogar dentro del castillo donde residían. Las dos camas estaban una al lado de la otra, separadas por un viejo trozo de madera que simulaba ser una mesita de noche. La habitación estaba repleta de estantes de madera vieja, donde se veían cientos de frascos con distintas sustancias para experimentar.
En la Örden, a ambos los instruyeron en la brujería avanzada y oculta que era reservada solo para aquellos que nacían sin lobo, en la noche del 13 de octubre. Cuando la luna no brillaba con la misma intensidad, en el momento en el cual, uno de los Grandes Maestros percibía la señal de que nacería un niño de un matrimonio entre enemigos.
Cada uno de esos niños era llevado al castillo de “El Humano”. Un viejo castillo oculto en el bosque tan al sur, que ninguna manada mostraba interés en un territorio tan frío y poco prospero. Estaban ocultos de la vigilancia de las manadas más cercanas por el encantamiento que El humano realizó al fundar la orden, que ocultaba el castillo a ojos de cualquier lobo que merodeara y también, de cualquier humano que no poseyera magia.
Era un sitio secreto, pero sus miembros si salían del territorio para la exploración. Los miembros de la orden que cumplían los veinte años, realizaban una prueba para determinar si obtenían el cargo de observadores en el mundo exterior, o debían quedarse en el castillo como alquimistas.
Los niños que eran llevados al castillo no eran tratados como a niños normales. Para desarrollar la magia, El Humano había impuesto una serie de reglas y pruebas a seguir para entrenar a los niños en la Örden de la Estrella. Tenían solo dos comidas al día, solo carne de res casi sin cocinar y por la tarde, huevos a punto medio, al menos diez. Al aprender a caminar, cada niño debía caminar al menos cuatro horas diarias. Se debía dormir solo de día, la jornada comenzaba cuando el sol se escondía.
Solo cuando cumplían quince años podían ver la luz del sol, para ir acostumbrándose por si eran seleccionados a espiar a las manadas del exterior y fingir ser humanos esclavos normales. Debían cocinar, limpiar, cortar leños, entrenar, desde que tenían seis años. Una vez por semana tenían exámenes sobre los libros que tenían que leer, todos acerca del lenguaje de las estrellas, la curandería, la brujería, las jerarquías de lobos y la naturaleza humana. Los más experimentados se llamaban “Maestros Astrónomos” y eran los que instruían a los más jóvenes.
No eran maltratados físicamente, pero cada jornada era agotadora y a medida que pasaban los años, el trabajo se hacía más duro.
Usualmente no nacían niños todos los años bajo las circunstancias específicas. Ambos padres debían desarrollar odio profundo el uno por el otro, que se convertía en una atracción fuerte, tan fuerte que desembocaba en la unión y de esta, nacía un bebé. No era frecuente. El Humano lograba hechizar a los padres para que no recordaran siquiera el nacimiento del bebé y se los llevaba. Los niños crecían pensando que sus padres los habían vendido para salvarlos de la pobreza o la enfermedad, las historias eran diferentes para todos ellos. El Humano contaba con ochenta y tres años, al no poseer un lobo sí envejecía, pero al poseer magia, también envejecería de una forma más retardada.
El caso de los gemelos Simón y Simona era único, eran los primeros gemelos en nacer ambos con las habilidades y por ello, el entrenamiento fue todavía más duro. Los otros jóvenes de su edad se habían encargado de hacer que su existencia fuera más complicada, al tener celos de que era probable que ellos obtuvieran el puesto de observadores de una forma más sencilla.
Un observador debía cumplir un papel importante para la Örden, espiando manadas importantes cuando El Humano lo ordenara.
Para Simón y Simona, esto significaba que al fin podrían salir del territorio frío y hostil donde vivían. La lealtad hacía la Örden era tan fuerte en todos ellos porque al entrar, todos eran marcados con un símbolo en forma de A, que unía sus espíritus y debían servir a la Örden por mucho que quisieran desobedecer.
—Verán hoy a El Humano. —la voz de Kashmira, otra de las jóvenes de la orden, hizo que a Simón se le erizara la piel.
Ambos hermanos la observaron con desconfianza, días atrás les había tendido una trampa para que no pudieran llegar a rendir su examen de Astronomía y los habían castigado haciendo que cortaran leña bajo la nieve helada.
—Dicen que su misión es bastante peligrosa. Quizás no vuelvan con vida, todos han escuchado del temible Belcekar. —Kashmira sonrió, mirando a Simón con una chispa de cinismo en los ojos. —La reina es una poderosa bruja también. No será como lo que otros observadores han tenido que enfrentar.
—Por eso nos encomendaron este trabajo a nosotros. —Simona enfrentó a la chica, sus ojos estaban enrojecidos porque los nervios la invadían. Aún así, no se dejaría amedrentar. —Porque somos capaces de manipular al rey y a su esposa bruja. Ella no posee el conocimiento de las estrellas. Ninguna de las bestias salvajes posee nuestro conocimiento.
—Pero son fuertes. —Kashmira soltó una risita. —Si descubren que algo anda mal, los matarán. Por eso los envían a ustedes, porque no perdemos nada si ustedes mueren.
—¡Silencio! —gritó Simón, tratando de juntar coraje, porque también tenía miedo.
Empujó a la chica a un lado y siguió caminando junto con su hermana. Por supuesto que ambos estaban tratando de dominar el temor. Una vez que El Humano les diera la caja, la arena sería depositada allí y la magia condenada lograría potenciarse hasta que se abriera.
Los gemelos debían llevar a cabo el plan de una forma estratégica. La Örden tenía conocimiento de todo lo sucedido en la manada Real, lo que ocurrió con Lumen, con Rosé, con la reina. El Humano necesitaba que la caja se abriera cuando los dos lobos más fuertes se enfrentaran, cuando las dos manadas más fuertes derramaran su sangre en un enfrentamiento y así, el plan que pensó por tantos años estaría casi completo.
El rey Belcekar ya había estado recibiendo información de otro observador infiltrado, que estuvo convenciéndolo de utilizar una magia diferente, algo nuevo, que ninguna bruja loba conocía. La desesperación de Belcekar era esencial para que la Örden al fin dejara las sombras atrás. El poder del conocimiento de la magia de las estrellas les otorgaba sabiduría, resistencia y dones, pero aún así no eran suficientes para combatir a las bestias que poseían poderes sobrenaturales a causa de la Diosa de la Luna.
Estaba escrito que los licántropos podrían ser esclavizados por los Maestros Astrónomos cuando la Diosa de la Luna confiriera poder a la última Hija de la luna con su magia plateada, sería el momento indicado para atacar y desestabilizar el mundo que los lobos habían dominado por tanto tiempo.