Prólogo
"Nunca pensé que acabaríamos así, cada uno por su lado, separados en diferentes caminos. Cuando éramos pequeños, todo parecía más fácil, como si las cosas se resolvieran solas. Pero ahora, todo está dividido: ellos siguen adelante, mientras yo me quedo atrás, sin saber qué hacer. ¿Qué me falta para encajar? ¿Será mi culpa estar así?"
El día en que comencé a entender este mundo, sentí que me ahogaba. Una sensación de náuseas me invadió, insoportable. No fue fácil ver cómo mis amigos se iban a otros institutos, a otros países, o a colegios privados. Me dio miedo. Pensé que era raro, que no encajaba en este lugar. Quise llorar, pero no lo hice. Nunca lloré. Cuando tenía diez años, le pregunté a mi madre: “Mamá, ¿soy raro?” No sé por qué, pero ella se puso histérica. “¿Quién te ha dicho eso, eh?”
Esa noche, mis padres discutieron hasta el amanecer. A través de la pared, escuché a mi padre llamándome imbécil. Fue la primera vez que lloré. Esa noche asumí que mi padre no me quería.
A la mañana siguiente, me dijo que se iba de viaje por trabajo. Nunca volvió. Durante años, mi madre insistió en que solo estaba fuera por más tiempo. Y yo lo creí. Hasta que, cuando cumplí catorce, me dijo la verdad: se habían divorciado porque “ya no sentían lo mismo de antes”. A los dieciséis, comencé a vivir una etapa de ahogamiento. La soledad era demasiado pesada.
Nunca fui un chico con muchos amigos. Siempre preferí estar solo, con mis auriculares puestos, escuchando Sonic Youth y Joy Division. Era una mezcla de ruido y paz, pero con una constante ansiedad y preocupación de fondo. Como yo.
Pensaba mucho. No sé en qué exactamente, pero mi mente nunca dejaba de correr. Canciones, juegos, pensamientos que no tenían mucho sentido.
Un día, mientras caminaba hacia el colegio con una canción de Sonic Youth en los oídos, vi a un chico fumando junto al instituto. Jeffrey Cullighan. No sé por qué me quedé mirándolo. Sus ojos eran azules, un azul cristalino. Hermosos, pero fríos. Se dio cuenta. “¿Qué coño miras?” me dijo.
Me sobresalté. Sentí un latigazo en el pecho y crucé la calle de golpe. Corrí. No sé por qué, pero corrí. Sabía que no me seguía, pero mis piernas no paraban.
Corrí por la ciudad con “Teenage Riot” retumbando en mis oídos. Pasé calles, semáforos, parques. Llegué a un campo, pero seguí corriendo, como si el aire me estuviera persiguiendo. El cielo se tornaba naranja con tonos rosados. Corrí hacia el sol, hasta que tropecé.
Caí en un barranco lleno de barro. Sentí el golpe en la cara, el frío de la tierra húmeda pegándose a mi piel. Me quedé allí, inmóvil. Respirando.
El corazón me latía con fuerza. Me faltaba el aire. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me sentí en paz. Cerré los ojos y me quedé dormido.
Cuando desperté, algo había cambiado. El sol brillaba alto, el cielo era completamente azul. Me levanté, cubierto de barro, y miré el horizonte. Todo se sentía vivo.
El campo se extendía ante mí, verde e infinito. La brisa acariciaba mi rostro, suave y ligera. Vi una granja con ovejas, vacas y cerdos. Miré al cielo y vi las nubes moviéndose, formando nuevas formas. Libres.
En ese momento, supe lo que quería. Quería vivir en un campo. Allí, si el sol salía, yo saldría con él. Si llovía, me quedaría dentro, tranquilo, sin el peso del mundo sobre mis hombros.
Los auriculares estaban rotos, pero afortunadamente el Walkman seguía funcionando. Más tarde, seguí mi camino hacia la ciudad. A medida que las fábricas comenzaban a aparecer, todo se volvía más oscuro. Las calles estaban llenas de basura y no había una sola persona caminando por ellas. Era como una ciudad fantasma, donde no pasaba nada. Y, en realidad, era así.
Cuando llegué al instituto, vi que no había nadie. Supuse que las clases ya habían terminado, así que decidí regresar a casa, donde mi madre me esperaba. Pasé por la Plaza Mayor, donde se encontraba el reloj de la iglesia. Eran las 15:30. Había pasado una hora desde que terminaron las clases. Me dirigí hacia mi casa. Al llegar, mi madre me preguntó dónde había estado. Le respondí que estaba con un amigo.
Con el tiempo, conocí a un chico llamado Michael Fortten. Le fascinaban los extraterrestres y tenía una personalidad algo peculiar. La verdad, nunca llegamos a entendernos del todo, pero nuestra amistad fue una de esas que surgen por pura casualidad, una amabilidad mutua. Siempre me enseñaba cosas, y yo a él. Recuerdo que, cuando tenía unos diez años, me mostró cómo jugar al póker, un juego bastante divertido. Lo jugábamos con piedras de la calle, en el parque de la esquina de la calle Rutherford, donde por la tarde todo era muy tranquilo.
Un día quedamos para jugar al póker en esa zona. Lo encontré allí, jugando con unas piedras mientras me esperaba. “Hey, ¿qué tal?” me dijo él. Los dos nos saludamos y nos sentamos en un banco. Mis cartas eran terribles, no tenía ni una escalera, así que decidí plantarme, dejando que él ganara la ronda. Nos quedamos jugando hasta medianoche. En un momento, me quedé dormido, pero Michael, aún despierto, me despertó y me llevó hasta casa. “Adiós, Álex”. Fue lo último que escuché de él antes de que muriera.