PRÓLOGO
Morí con los pulmones en llamas y el regusto metálico de la sangre pegado a la lengua.
Mi primera muerte no fue el final.
Fue el preludio de algo aún peor.
No hubo señales de advertencias. Ni luces titilantes, ni premoniciones ominosas. Solo el asfalto húmedo devorando las ruedas, la imagen borrosa de la ciudad parpadeando en la distancia y el chillido desesperado de los frenos mordiendo el suelo. Y luego, el caos total. Un giro imposible, el mundo volcándose sobre sí mismo, el cristal de mi ventana estallando en una lluvia afilada. Mi cuerpo despedazándose contra el asiento, después contra el suelo, convertido en un amasijo de carne y vértebras quebradas. La oscuridad cayó sobre mí, fría y absoluta. No como un soplo, sino como una sentencia.
Recuerdo el accidente con una claridad despiadada. El estruendo ensordecedor del impacto resonando en mis oídos, el quejido del metal al doblarse sobre sí mismo, la sinfonía grotesca de mi propio cuerpo fracturándose… Un grito desesperado se ahogó en mi garganta antes de nacer. El dolor fue un infierno despiadado, implacable, pero no lo bastante fuerte como para borrar mi consciencia. Caí en el abismo, como si el universo entero se desvaneciera a mi alrededor, dejando solo un vacío frío y una oscuridad tan densa que me engulló por completo. Lo último que sentí fue mi cráneo estrellándose contra el suelo, el crujido sordo de los huesos rindiéndose ante el acero, y el calor viscoso de la sangre deslizándose por mis labios. La mía. La misma sangre que, en cuestión de minutos, dejaría de pertenecerme.
El dolor llegó antes que la muerte.
Cruel.
Inhumano.
Un relámpago de agonía que me atravesó el pecho como un arpón candente, una descarga brutal que incendió mis nervios antes de fundirlos. Sentí mi columna partirse, mis huesos cediendo bajo el peso de lo imposible reducidos a ceniza dentro de mí. Pero el mundo no me concedió el derecho a gritar. No hubo tiempo para el pánico, ni siquiera para comprender la magnitud de lo que me estaba ocurriendo.
Solo confusión.
Solo caos.
Y luego, el frío.
No el de una brisa nocturna, no el de un cuerpo temblando bajo la lluvia. Era el frío absoluto, el que se filtra en los huesos y destierra hasta el último vestigio de calor. El que arranca de la piel la esencia de estar vivo. Lo sentí extenderse centímetro a centímetro, devorando lo que quedaba de mí, reemplazando mi aliento por un vacío insoportablemente profundo.
Mis párpados se hicieron de plomo.
Mi carne se convirtió en un peso muerto.
Y en esa quietud empapada de crueldad, supe la verdad.
Estaba muriendo.
No fue un final heroico ni una muerte digna. Ningún último aliento cinematográfico, ninguna despedida entre susurros. Solo el lamento del metal rompiéndose, el golpe sordo contra el asfalto y el silencio inmenso del mundo olvidándome.
La muerte llegó en oleadas.
Primero, la confusión.
Luego, el dolor agónico.
Finalmente, la absoluta nada.
Me gustaría decir que vi mi vida desfilar ante mis ojos. Que en ese último aliento entendí que todo había valido la pena. Pero la muerte no es amable. No es poética. No es justa.
Es una mácula. Una pausa violenta entre lo que fuiste y lo que jamás volverás a ser.
Me fui.
Y, sin embargo, regresé.
Desperté atrapada en un cuerpo que ya no era mío.
La piel se sentía extraña, como un traje mal ajustado, tirante en los bordes, incómodo en cada pliegue. Era yo y, al mismo tiempo, no lo era. Algo dentro de mí había cambiado. Algo profundo. Algo irreparable.
Abrí los ojos, pero el mundo no respondió como debía. Todo era un borrón, un caos de sombras desdibujadas que se movían sin forma ni sentido. Intenté enfocarme, pero la realidad me rehuía, como si aún estuviera atrapada en un sueño sin final. Solo sentía una presión ardiente en mis venas, un calor sofocante, inquietante, como un incendio silencioso devorándome desde dentro. No podía estar quieta. Cada célula de mi cuerpo vibraba con una energía incontrolable, una fuerza que no entendía y que me obligaba a respirar con desesperación. Algo en mí estaba a punto de estallar.
Entonces lo vi.
No al principio. No hasta que su presencia se hizo insoportablemente real.
Mi hermano estaba allí.
Erguido a un lado, inmóvil como una sombra, observándome en silencio, su rostro tallado en una expresión contenida.
Preocupación.
Cautela.
Culpa.
Su mirada me recorría como si me midiera, como si estuviera evaluando el momento exacto en el que debía hablar. Era él… y al mismo tiempo, no lo era.
Lo conocía mejor que a nadie. Siempre había estado ahí. Siempre había sido mi refugio. Pero ahora… ahora había algo en él que no reconocía. Algo oscuro. Algo que olía a despedida.
—Katerina… —su voz sonó apagada, como si estuviera fuera de lugar, ajena al contexto que compartíamos—. Sé que no entiendes nada, pero pronto lo sabrás.
¿Lo sabría?
¿Qué debía saber?
Nada tenía sentido.
Mi mente era un rompecabezas de piezas desordenadas. Pero había una única certeza que lo eclipsaba todo:
Hambre.
No una simple punzada en el estómago. Ni el vacío común de quien lleva horas sin comer. Era algo más profundo, más atroz. Un incendio abrasador consumiéndome desde el interior, recorriendo cada rincón de mi ser con garras invisibles.
No era hambre.
No en el sentido humano de la palabra.
Era otra cosa.
Más primal.
Más despiadada.
Era Sed.
Y no había agua en el mundo capaz de calmarla.
Intenté incorporarme. Mi cuerpo era un campo de batalla. Algo en mis músculos no respondía como debía, como lo recordaba. Eran débiles y fuertes al mismo tiempo, torpes pero llenos de una energía latente y feroz. Un instinto primario me empujaba a moverme, a correr, a encontrar… algo. Algo que mi mente aún no comprendía, pero que mi cuerpo ya conocía.
—¿Qué me has hecho? —Mi voz… No era mi voz. Salió de mis labios con un tono rasposo, ajeno, como si perteneciera a otra persona.
Él me miró. Y la tristeza en sus ojos fue una daga afilada. No había alivio en su expresión, ni orgullo, ni consuelo. Solo una carga, un peso insoportable que cargaba en los hombros.
—Te he salvado, Katerina. —Su voz era grave, densa. Sus ojos brillaban con un fulgor extraño, casi sobrenatural—. No lo entiendes, pero… no tenía otra opción. Te estaba perdiendo.
Y entonces, el dolor irrumpió.
Un chispazo. Un latigazo punzante me atravesó el cráneo y, de repente, las imágenes de un recuerdo que al parecer había olvidado… regresaron.
La imagen de mi hermano vino a mí.
Su voz, rota. Su desesperación. El brillo asesino en sus ojos cuando sus colmillos aparecieron, afilados como cuchillas.
«No puedo dejar que mueras. No puedo perderte».
Y después…
Sus colmillos perforando su propia muñeca, la sangre oscura brotando, densa. El temblor de sus manos al presionar la herida contra mi boca. Mi cuerpo demasiado débil para resistirse. La calidez espesa deslizándose por mi garganta.
El último suspiro de mi vida escapando de mis labios.
La oscuridad.
Y el principio del fin.
Ya está.
Morí.
Y ahí debía haber terminado mi historia pero…
Volví, de alguna manera.
Ahora estaba muerta.
Bueno, no exactamente muerta. Pero tampoco estaba viva en el sentido en que lo había estado antes.
Ya no era humana.
El aire abandonó mis pulmones. Mi piel se erizó con una certeza que era más un golpe que una revelación.
Era un vampiro.
Pero eso no era lo peor.
Lo peor era que ni siquiera sabía qué significaba serlo.
No entendía nada. Solo veía a mi hermano, ahora también mi verdugo.
Él lo había hecho.
Él me convirtió.
¿Por qué? Porque me amaba, decía. Porque no podía soportar perderme. Pero no me preguntó.
No me dio opción.
Él fue quien me arrastró de regreso. Me dio una segunda oportunidad para respirar… pero a un precio quizás demasiado caro, un precio que, de haber podido elegir, no habría estado dispuesta a pagar.
¿Cómo no pude darme cuenta antes de lo que era?
Volví a la realidad.
Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondió. Estaba atrapada en mi propia piel. Algo latía dentro de mí, una presión creciente que se expandía en mi pecho, trepando por mi garganta como un animal enjaulado, buscando escape. La Sed. No era como un simple malestar. Ni simple hambre. Era algo más feroz. Más puro. Una urgencia bestial que me desgarraba desde dentro, tan intensa que me ahogaba. Me rompía. Me llevaba al borde de la locura.
Mi garganta era fuego. Mis venas, un desierto. Cada aliento, un recordatorio de que ya no pertenecía a este mundo.
Pero lo peor no era el dolor.
Lo peor era el instinto.
Al principio no lo entendí. Solo sentí el latido. No el mío. Yo ya no tenía uno. Era otro. Cercano. Palpitante. Un ritmo cálido y vibrante que perforó la bruma de mi mente. No podía ignorarlo. Era más fuerte que la Sed. Más fuerte que yo. Un faro en la oscuridad. Llamándome. Guiándome…
Ahí estaba. Una figura se acercaba. Un ser frágil. Un humano… Lo miré y, al instante, la comprensión me golpeó como un tren a toda velocidad. El hambre. La Sed. El deseo. Mi nueva realidad me atravesó. Ahora era uno de ellos. Un vampiro… Y no podía detenerlo. Ni siquiera podía pensar.
—Katerina, espera, no vayas. Tengo que enseñarte muchas cosas. Podemos hacerlo de otra forma.
Mi hermano… Su voz era un eco lejano. Un sonido ahogado por el rugido de la necesidad. No había nada que pudiera detenerme. Mi mente se apagó. El instinto tomó el control y no pude hacer nada para evitarlo. Me moví. Fluida. Perfecta. Como un depredador al acecho, como si este cuerpo hubiera sido creado para eso.
Me lancé sobre él sin dudar. Su piel era cálida, suave, el pulso vibrante bajo mi boca. Mis colmillos perforaron su carne con la facilidad de un cuchillo entrando en mantequilla, y al instante sentí el calor de su vida fluyendo hacia mí, como un torrente abrasador
La víctima no tuvo tiempo de reaccionar. Un jadeo entrecortado, un destello de terror en sus pupilas…
Su grito. Un eco desgarrador, desvaneciéndose en la nada. Pero el sabor… El sabor fue la verdadera explosión. La primera gota tocó mi lengua y el mundo estalló. Calor. Vida. Una corriente de fuego líquido recorriendo mi cuerpo, despertando algo antiguo y brutal en mi interior. Me encendió. Me completó.
Cada gota de su vida que pasaba por mi garganta era un flujo de poder. Más fuerte, más intenso. Su energía se fundió conmigo. Su vida se convirtió en la mía. Mis manos, mi boca, mi alma… todo absorbía esa esencia ajena con un ansia que no podía saciarse.
Era más que placer. Más que necesidad. Era éxtasis. Por un segundo, olvidé todo lo demás…
Olvidé que alguna vez fui humana.
Olvidé que aquello estaba mal.
Olvidé quién era.
No me detuve.
No pude detenerme.
No hasta que terminé.
El cuerpo inerte cayó de entre mis brazos, desplomándose en el suelo como una muñeca rota. Di un paso atrás. Aterrorizada.
Mi pulso —o lo que quedaba de él— seguía latiendo en mis oídos. Y entonces entendí la verdad. Había cruzado un umbral del que no podía volver.
Katerina estaba muerta.
Lo que quedaba ahora era otra cosa.