Elías
Soy Elías Ramon, alias “el Jamón” por la rima y “Heidi” porque no tenía papás y vivía en el cerro con mi abuelo, que no me tocaba porque decía que era muy feo y medianamente imbecil, igual eso último como que paquepo, si todos los cabros chicos son una mierda hasta que aprenden a esconderlo para vivir en sociedad. También estaba mi abuela, pero ella me cae mejor cuando me lleva a Santiago así que, ahondaremos.
Nací en Tocopilla, Chile, el 2 de enero del 2000. Estoy seguro de que mi madre pensó que el mundo se acabaría antes del nuevo milenio y por eso no me abortó, tipo “¿Para que arriesgar la muerte o vivir en la cárcel si pronto todos vamos a morir?” La hipocresía latina vive en nosotros y nos regula. Hoy en día ansío una tercera guerra mundial para que el mundo se termine de destruir a sí mismo y no importe lo mierda que hemos sido. Por favor, que todo termine con el fin del mundo y no haya vida después de la muerte, estoy seguro que nicagando entro al cielo y si el karma es real, voy a terminar como una paloma que se agarra a combos con vagabundos en la plaza de armas por pedazos de pan y restos de falopa.
Nunca supe quien era mi padre y mi madre no tardó el abandonarme. No tengo ningún recuerdo de ella, sólo sé como se ve por fotos, ella era bonita, así que el desgraciado que la embarazó debía ser más feo que abandonar a tu hijo, porque yo me ponía mucho empeño para verme medianamente decente. No soy bajo, pero tampoco muy alto, no supero el metro ochenta, pero de pico aaah… tampoco. Soy delgado pero tengo panza por haber “probado” la cerveza, muchas veces, desde los cinco años y creo que en mis ojeras se nota la historia de traumas que guardo en mi cabeza yme impiden dormir, podría empezar a ir a terapia para combatirlos, pero prefiero vivir en el drama de “I can’t drown my demons, they know how to swim” (“no puedo ahogar a mis demonios, saben nadar”, cortesito Oliver Sykes, para entendidos, porque si mi color humilde no me delatara, estoy seguro que me parecería).
Viví desde siempre con mi abuelo y mi abuela, sin embargo, fui criado por la televisión chilena, específicamente 31 minutos y el blog de la Feña, con ello desarrollé una personalidad que pensé, compensaría la carencía que creo tener en el aspecto físico, porque podemos vivir en la ilusión el tiempo que queramos, pero puta igual tengo espejo. Frente al riesgo de caer en el flagelo de “Ay, nadie quiere hablar conmigo porque soy feo ¿cierto? ¿tu también crees que soy feo? Seguro alguien bonita como tu no hablaría conmigo uwu”, dejaré de hablar de mi aspecto, que igual soy un penoso culiao, pero el día que lo acepte de forma irremediable me pegaré un tiro entre ceja y ceja.
Mi abuelo Jorge era un borracho mujeriego que trabajaba en las minas, mantenía una estetica de viejo culiao guaton y sudao como si siguiera dentro de la mina (pero no de las jovencitas que él quería, viejo culiao y si voh también pensanste en una minita joven, eres de los míos y merecemos morir, yo primero), a pesar de haberse jubilado hace más de una década. Cuando se trata de mi abuela Marcela, tenemos que dividir la historia en antes del desmadre (a.D.) y después del desmadre (d.D). Y sí, una referencia a la lo que ya sabes porque, francamente, icónica toda la anécdota del posible esquizofrenico que cambió la historía, haciéndonos creer que hay esperanza, si el mundo está perdido desde que llegaron los humanos, concretamente, desde que llegue yo con mi mentalidad de víctima.
En Tocopilla mi abuela era básicamente una facha pobre preocupada por las apariencias. No sé porqué se casó con mi abuelo, a veces parecía que incluso lo resentía, lo miraba con desprecio como si estuviera por debajo de ella y bueno, no la culpo, mi abuelo era un papasnatas, un saco e wea en wen chileno, era tan bueno para el copete y los puñetes que le decían guaton Loyola. Como consecuencia de creerse Rocky, quedó tan lento como un boxeador retirado a los 65 años. Eso sí, estoy seguro de que amaba a mi madre, después de todo, se hizo cargo de mí sólo por el amor que le tenía a ella, talvez su hija fue la única mujer a la que amó, pero el amor no es suficiente cuando se rodea de despreocupación y así acabamos, todos con vidas de mierda.
Los problemas maritales (lo normal para una familia chilena promedio del-dos-mil, violencia doméstica e infidelidades a puestas cerradas, uno que otro wate en público), fueron soportables hasta una madrugada del 16 de febrero 2011, cuando fuimos despertados por los gritos de una mujer afuera de nuestra casa.
-¡Chinga a tu madre, Jorge! Dijiste que el 14 estarías con tu esposa y el 15 conmigo, pero nunca llegaste ¡Ahora sí va haber desmadre! ¡Traje mi machete! ¡Sal a dar cara, puto cabrón de mierda, te voy a cortar el pito en las mismas partes en que quebraste mi corazón!
¡El anciano decrepito estaba con una mexicana! Y yo estaba fascinado con los insultos. Mis abuelos discutían mientras la chingona seguía gritando y yo tomaba nota para mi nuevo y avanzado vocabulario. Como pasaban las horas y parecía que la mujer tenía un chile en la zorra porque no se calmaba, mi abuelo decidió salir con ella, por otro lado, mi abuela había decidido que la humillación era suficiente; entró a mi habitación de golpe, diciendo que hiciera mis maletas rápido. Me arrestró del brazo fuera de la casa, vimos como la mujer golpeaba a mi abuelo, quien sólo se intentaba defender protegiendo su cabeza. Ese día perdí el poco respeto que sentía por mi abuelo, pero adquirí la mejor anécdota para contar en carretes, para que no me dijeran “eres muy callado”, tiraba esta historia en vez de decir lo que realmente pensaba “gente culia, para que hacen eso, los odio, los odio, wea mia si no quiero hablar”.
Nos fuimos a Santiago a vivir con una amiga de mi abuela, llegamos a una casa cerca de la población Rosita Renard. A mi abuela le gustaba poder decir que vivíamos en Ñuñoa, aunque el primer día nos hubieran robado mi bicicleta.
La amiga de mi abuela se llamaba Cecilia, nombre de persona que seguro nació vieja, porque no te puedes llamar así con 10 años o menos. La señora tenía la misma edad que mi abuela, pero se veía mucho mas joven; tenía un cabello castaño oscuro que mantenía corto, usaba vestidos y collares, pero nunca la veía con anillos o las uñas arregladas, no como mi abuela, que cada semana se pintaba sus largas uñas en distintos colores opacos y usaba un largo cabello blanco, parecía una bruja, obviamente tenía que salir facha.
La casa era bastante cómoda, pequeña pero bien iluminada y decorada con muchas plantas, además tenía un pequeño patio donde las señoras pasaban la tarde entera, nunca había escuchado a mi abuela reír así. Hoy me alegra que haya conseguido ser tan feliz sin mi abuelo. Por el espacio, mi abuela y Cecilia compartirían una habitación y yo me quedaba con la otra.
A los pocos días comencé a ir a un liceo de sólo hombres. Ahora me siento patetico por haber soñado tan alto, me burlo de mí mente inocente que creía que en un futuro mejor. a escribir aquí...