Corona de Ramas ♥ BL

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Summary

En un reino donde el poder del clero eclipsa incluso a la corona, Ryo Isdal, un viajero cuyo corazón lleva las cicatrices del abandono y la soledad, encuentra en su camino a Soren, un príncipe que huye de las cadenas del deber. Lo que comienza como un encuentro fortuito se transforma en una travesía de almas, donde el amor crece como un susurro entre los vientos de un mundo hostil. Mientras Ryo intenta abrirse al calor de otra existencia, Soren se enfrenta al abismo entre sus creencias y el latido imparable que lo une a aquel extraño. Juntos emprenden un viaje lleno de desafíos, secretos y un deseo que desafía las leyes de los hombres y las de Dios. Sin embargo, la sombra de la política y la moral los alcanza cuando Soren debe reclamar su lugar en el trono para salvar a los que ama, incluido Ryo, quien es condenado por desafiar el orden impuesto. Entre coronaciones adelantadas, conspiraciones en la penumbra, y una carrera contra el tiempo, ambos deberán decidir si su amor puede sobrevivir al peso de un reino que no está listo para aceptarlos. En un mundo donde amar es rebelarse, ¿serán capaces de cambiar su destino o deberán sacrificarse por el bien mayor?

Status
Complete
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19
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n/a
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16+

Posada

No hace mucho que este pueblo se ha vuelto realmente aburrido, las fronteras se observaban cada vez más apetecibles; Es por eso que no me han de culpar por tratar de buscar mejores recuerdos que atesorar.

No tengo familia a quien le importe realmente, no extrañaré nada de este lugar y aun sobre mi caballo, mientras cabalgo más lejos del pueblo, pienso en los momentos que viví, aunque no fueran divertidos, sé que fueron parte de la persona que soy ahora.

No tengo miedo del presagio de mañana, no temo a la oscuridad de la noche ni al clima que quizás no esté a mi favor.

Solo deseo sentir mi corazón vibrar emocionado otra vez.

Es así como llegué a Heyet del Norte, un reino pequeño y muy comercial, tenía muchas alianzas, por lo que los conflictos eran prácticamente inexistentes.

Detuve mi travesía en un bar alumbrado con algunas linternas de pabilos, tenía mucha hambre y sed, cabe aclarar que siempre tengo rebosante hambre.

Dejé mi caballo a un lado del local y lo até con cuidado, me tomé el tiempo de acariciarlo y darle un poco de heno antes de entrar al bar.

Ahí dentro todo era más cálido, podía sentir como mis mejillas y nariz fría se reconfortaban con aquel acogedor ambiente. Unos cuantos hombres ocupaban el lugar, lo cual no era de extrañar, ya era muy entrada la noche y las únicas almas ahí, eran de aquellos que saldrían al amanecer.

—¿Qué deseas beber? —preguntó una señora regordeta detrás de la barra, captando mi atención, de inmediato sonreí tomando asiento en uno de los bancos.

—Buenas noches, bella dama —saludé sin perder mi sonrisa, observando como ella imitaba el gesto segundos después—. No deseo beber por el momento, si me permite ser honesto, tengo más hambre.

—No hay mucho que pueda ofrecerte en ese caso, tengo pan y creo que ha sobrado un poco de pasta —comentó—. ¿Eso está bien para ti?

—Es perfecto, gracias —respondí.

Ella asintió con la cabeza antes de retirarse para preparar mi pedido. Mientras esperaba, mis ojos azules, inquietos y curiosos, recorrieron el lugar. Observé el tenue brillo de las lámparas, las marcas de desgaste en las mesas de madera y el leve murmullo que flotaba en el aire. Cada detalle parecía contar una historia, y no pude evitar perderme en ellos por unos instantes.

Mi mirada se detuvo en un espejo colgado en una de las paredes. Ahí estaba yo, con el cabello castaño oscuro más rizado de lo habitual, desafiando cualquier intento de control. Pasé los dedos por los mechones alborotados, intentando domarlos, pero el reflejo solo me devolvió una sonrisa irónica. Tan libre como mi alma, pensé, mientras aceptaba la derrota con un leve suspiro.

De pronto, mi cuerpo se tensó al escuchar una risa estruendosa que provenía de una de las mesas. Giré, y vi a un hombre alto, tan alto que parecía llenar la sala con su presencia, riendo a carcajadas hasta ponerse rojo. Mi curiosidad, floreciendo como los cerezos en primavera, me llevó a observar con más atención aquel rincón del lugar.

—Tienes la gracia de un bufón —dijo el hombre alto, ahogado entre carcajadas. Sus amigos, con las mejillas ya teñidas por la cerveza, alzaban las jarras y las agitaban en un brindis ruidoso, celebrando el comentario con vítores y risas descontroladas.

—Aquí tiene —anunció la señora tras la barra, interrumpiendo mis pensamientos y haciendo que me girara de inmediato.

Frente a mí, dejó un plato de pasta acompañado de un trozo de pan humeante. Mi estómago respondió con un gruñido que no pude ignorar, y sin más, aparté de mi mente aquella conversación en la mesa lejana. Comí con urgencia, como si el mundo entero dependiera de cada bocado que daba.

Cuando solo me quedaba medio pan por degustar, empecé a imaginar que cosas podría hacer en ese reino, ¿dónde pararía mi siguiente aventura? Aunque lo primero es pensar dónde quedarme, algo temporal y pequeño me basta.

—¿De dónde vienes, muchacho? —preguntó la señora, mientras secaba unas jarras con movimientos tranquilos, el trapo mojado dejando trazos brillantes en el vidrio.

—De un lugar muy lejano, donde las casas son todas iguales y el sol parece cansado de iluminar las mismas vidas monótonas —respondí, sosteniéndole la mirada. Luego, con una leve sonrisa, añadí—: Por cierto, no nos hemos presentado como es debido.

—Es verdad, casi nadie se presenta en lugares como este, un bar a las afueras del reino, es más un espacio para huir de lo caótico que puede ser la vida.

Incliné ligeramente la cabeza, esbozando una pequeña mueca.

—Es una verdadera lástima. Conocer a las personas es algo maravilloso; cada una guarda sus anécdotas, como pequeñas cajas de Pandora llenas de sorpresas. Son todo un bosque de primavera, esperando a ser explorado —confesé mientras daba los últimos bocados a mi comida. Con el estómago lleno, por fin podía disfrutar apropiadamente de la conversación—. Soy Ryo, un viajero que disfruta tanto de la soledad como de las buenas compañías.

—Bertha —se presentó, dejando entrever una leve sonrisa mientras servía cerveza en una jarra—. La casa invita —añadió, dejando el recipiente frente a mí con un gesto amable.

—Me alegra conocerte, Bertha —respondí, tomando la jarra con cuidado y devolviéndole la sonrisa—. Gracias.

Bet. —Alguien llamó detrás de mí.

—Soren —correspondió la mujer—, tu cuarto está listo, no es mucho lo que puedo ofrecerte, pero será lo mejor mientras estés aquí.

Bajé la mirada, queriendo darles un momento de privacidad. Desde mi posición, observé al hombre que conversaba con Berta: alto, de hombros anchos y postura firme, como si cada fibra de su cuerpo hubiera sido forjada por años de entrenamiento. Su presencia tenía algo magnético, una mezcla de autoridad y misterio.

—Lo que me ofreces es mucho más de lo que el reino me ha dado. Te estaré eternamente agradecido —su voz, grave y profunda, parecía llenar todo el espacio, obligándome a alzar la vista casi sin darme cuenta.

Su atuendo era sencillo, pero conservador, con una capucha que ocultaba gran parte de su rostro. Aun así, algunos mechones largos de cabello negro se escapaban, enmarcando la sombra de su enigmática figura.

Pronto aquel hombre del que solo sabía su nombre desapareció por detrás de la barra.

—Perdona la interrupción —se excusó Bertha.

—No te preocupes —sonreí restándole importancia—, ya es tarde y mi cansancio empieza a dominarme —comenté—. Es agradable charlar contigo, pero si no encuentro un lugar pronto, estoy seguro de que caeré rendido sobre esta barra.

Bertha rio con gracia, mientras recogía mi taza ya vacía.

—También ofrezco posada —anunció.

—Eres maravillosa —halagué contento por las señales positivas del universo.

Acepte la posada y pague por todos sus servicios. Ella fue realmente amable al mostrarme el paraje y lo que sería mi habitación por aquella noche.

—Gracias por todo —murmuré en despedida para no despertar a las otras personas—, ten buena noche.

—Igualmente, Ryo —sonrió marchándose.

Suspiré con cansancio viendo mi habitación temporal, me quite aquella capucha que traía y saque una pequeña toalla que siempre cargaba conmigo.

Salí del cuarto hacia el balcón, aquel amplio sitio tenía un recipiente de agua para usar a nuestro antojo. Deseaba lavarme el rostro, era una costumbre mía poco común, era claro que con el frío de la noche nadie se atrevería a tocar el agua.

Estaba tan absorto en los planes que tenía para el día siguiente que no me di cuenta de la presencia de alguien más en el balcón.

Me quedé inmóvil al notar la figura frente a mí. Un hombre se estaba lavando la cara, sumido en su propia rutina.

—Hola —saludé acercándome despacio. Él dio un leve respingo y giró rápidamente hacia mí, sus ojos avellana, casi dorados, reflejaban una mezcla de sorpresa y cautela.

—No quise asustarte, lo siento —me disculpé, levantando las manos en un gesto pacífico.

Por un instante, el silencio se alargó, solo roto por el susurro del viento. Poco a poco, su mirada se suavizó.

—¿No hace mucho frío como para lavarse la cara? —comenté con una sonrisa ligera, intentando aliviar la tensión.

Él tomó una toalla de un gancho cercano, un movimiento tranquilo que contrastaba con su anterior rigidez.

—Es una costumbre mía —respondió sin mirarme, secándose el rostro con calma—. No eres de aquí, ¿verdad?

Algo hizo clic en mi mente. Claro, era él. Soren, el hombre de la capucha que tanto había llamado mi atención.

—Soy tan nuevo como un injerto en primavera —respondí con un deje de ironía mientras me inclinaba hacia una pequeña tina para refrescar mi rostro.

—No hace mucho frío para eso —repitió él, esta vez con un tono más curioso que desconfiado.

—Es una costumbre mía —contesté, alzando la vista. Me sorprendió encontrarlo sonriendo. Tenía hoyuelos que lo hacían ver casi irreal, como una figura sacada de un cuento de reyes.

—Tenía que serlo —murmuró, sus ojos siguiéndome mientras tomaba una tela para secarme. Su voz se suavizó un poco más—. ¿De dónde vienes?

Fingí pensar mi respuesta.

—¿De dónde vengo? Eso no importa tanto como a dónde voy —respondí, dejando escapar una sonrisa teatral—. Ryo, por cierto.

—Soren —dijo simplemente, su tono cálido, casi amable—. La noche es fría, ¿quieres pasar?

Asentí, sin ver motivo para rechazar la invitación. Caminamos por un pasillo estrecho mientras él preguntaba:

—¿Piensas quedarte en Heyet?

Su voz, ahora más relajada, me dejó entrever que las barreras estaban cayendo.

—Quizá, aún no sé lo que este reino me ofrezca —respondí observando el largo pasillo—, probablemente me vaya, siempre me voy.

Soren, se detuvo, haciendo que también pare mis pasos, sopese mis palabras esperando no haber dicho nada que lo haga sentir ofendido.

—Este reino no te traerá muchas cosas buenas —confesó, su tono más cercano al de un oráculo que al de un hombre común, seguro de cada fonema.

—Juzgarlo antes de tiempo sería un error para mí —respondí, manteniendo una sonrisa leve—. Me dijeron que estas tierras son muy festivas, tanto como las estrellas brillantes en sus fiestas nocturnas. Por lo que veo, parece que usted está cansado de ellas.

—Llámame Soren —puntualizó con un destello de autoridad que no necesitaba ser alzado—. Y sí, estoy cansado. Pronto todo será un caos aquí, te sugiero que te marches antes de que sea demasiado tarde.

—Agradezco tu recomendación, Soren. Lo tendré en cuenta… cuando termine de ver los hermosos campos de amapola.

Un destello de algo indescifrable cruzó por sus ojos, pero no comentó al respecto.

—Probablemente, cierren las fronteras —añadió, casi como si hablara consigo mismo.

Reí suavemente, agitando la cabeza ante su advertencia.

—Claro, como si algún príncipe se hubiera escapado. Quizás sea la reina quien planea fugarse.

Soren suspiró, un sonido cargado de resignación, y retomó sus pasos. No tardé en seguirlo, intrigado por la aparente gravedad de su predicción.

—Por supuesto, ¿por qué un príncipe querría escapar? —preguntó, aunque no parecía esperar una respuesta. Su voz cargaba una chispa de amargura, una herida apenas disimulada—. Tiene todo lo que podría desear: riquezas, compañía…

—Seguramente —murmuré, midiendo mis palabras—. Pero si algún día eso pasara, apostaría a que tendría razones de peso para hacerlo.

La tensión que se había acumulado en los hombros de Soren pareció relajarse ligeramente. Su mirada, aún distante, se suavizó mientras volvía la cabeza hacia mí.

—¿Por qué tan seguro, Ryo? —preguntó, su tono era amable, casi amistoso, pero había algo en su seriedad que lo hacía parecer más un juicio que una simple curiosidad nocturna.

Me tomé un momento para responder, dejando que el eco de sus palabras se asentara en el aire.

—Porque no hay jaula, por dorada que sea, que pueda contener un corazón decidido a ser libre —respondí finalmente, clavando mi mirada en él. Esperaba alguna reacción, una palabra que reflejara su pensamiento, pero Soren permaneció en silencio, observándome con una quietud que resultaba inquietante. Así que continué hablando, llenando el espacio entre nosotros.

—Los de la realeza a menudo no son felices —murmuré, bajando la mirada hacia mis zapatos de cuero—. Tuve una amiga... Era hermosa y de la realeza. —Mis palabras salieron teñidas de una nostalgia amarga—. Ella siempre decía que prefería estar sola en ese gran palacio a convivir con sus iguales. Ninguno le daba una compañía honesta.

Soren asintió lentamente, como si entendiera más de lo que decía.

—Una mujer muy inteligente —observó, su tono neutral, pero no desprovisto de interés.

—Lo es, sin duda —admití, aunque mi voz decayó. La memoria dolía más de lo que esperaba—. Cuando se enteraron de nuestra amistad, tuve que marcharme. Ella deseaba escapar, pero yo… no pude ayudarla. —Levanté la mirada por un instante, lo suficiente para notar que Soren ahora estaba completamente enfocado en mí, como si mis palabras hubieran capturado algo profundo en él.

No había juicio en sus ojos, solo una atención que me incomodaba y, al mismo tiempo, me hacía sentir expuesto. Me detuve, dejé que el silencio hablara por un momento.

—Es difícil, escapar de las cadenas que otros creen invisibles —murmuró finalmente, su voz más baja que antes.

Antes de que pudiera responder, un estruendo rompió la quietud de la noche. Ambos nos sobresaltamos, girando instintivamente hacia el origen del sonido. El eco retumbó en el aire, una llamada a lo inesperado.

—¡Abran las puertas! ¡Entréguennos al príncipe!

El grito resonó como un trueno, acompañado por el estruendo metálico de las armaduras y los relinchos nerviosos de los caballos. Mi cuerpo se tensó al instante, el miedo encajándose como una daga en mi pecho. Busqué a Soren, pero ya no era el hombre envuelto en misterio con el que había hablado minutos antes.


La capa que cubría su figura había caído al suelo, revelando una túnica real que abrazaba su cuerpo con elegancia y solemnidad. Todo cobró sentido de golpe: sus palabras, su amargura, su advertencia. Él no era un simple hombre cansado de su reino. Era su príncipe.

—Quizás puedas ayudarme a escapar —dijo, su voz baja, casi suplicante, pero con la determinación de alguien que no tenía más opciones. Me miró con una intensidad que me atravesó, como si yo fuera su única esperanza.

Por un instante, mi mente quedó en blanco, abrumada por la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Pero entonces, algo dentro de mí se encendió: una chispa de emoción, de propósito.

—Tengo un caballo en la parte trasera del bar —respondí, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.

Soren asintió, y yo sentí cómo una extraña mezcla de miedo y entusiasmo recorría mis venas. Esta vez no habría errores. Esta vez, no fallaría.

Mientras nos movíamos con rapidez hacia la salida trasera, mi mente ya estaba escribiendo las primeras líneas de esta nueva aventura. Este era yo, volviendo a rellenar las páginas del libro de mi vida con tinta imborrable.