Susurros del abismo | KTH&JJK

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Summary

El Inframundo ha sido gobernado durante siglos por Jeon Jungkook, un rey demonio cuyo poder es absoluto e inquebrantable. Su reinado se ha mantenido firme gracias a su crueldad, su astucia y su capacidad para aplastar a cualquiera que se atreva a desafiarlo. Sin embargo, un día todo se ve afectado cuando Kim Taehyung, un demonio exiliado y antiguo general caído en desgracia, regresa de las sombras para reclamar el trono.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El retador regresa

El Inframundo no era solo un reino de dolor, llamas y sufrimiento. Es un lugar de poder, un imperio construido sobre cenizas, huesos y sangre de impuros, donde la traición y la ambición son la única moneda de valor.

Durante milenios, había sido gobernado por linajes de demonios puros… hasta que el equilibrio fue roto por una anomalía: Jeon Jungkook, el Rey Demonio Híbrido.

Nacido de un ángel y del Rey Demonio anterior, Jungkook nunca fue aceptado completamente por la élite infernal. Su sangre celestial era vista como una impureza, un insulto a la pureza del infierno que había gobernado por siglos. Sin embargo, cuando su padre fue asesinado en una rebelión, demostró que su herencia no lo hacía débil, sino letal. Con una fuerza y brutalidad que no se había visto ni siquiera en los demonios que habían sido considerados los más fuertes de toda la historia demoníaca, aniquiló a los traidores y reclamó el trono como suyo, consolidando su reinado con puño de hierro.

Desde entonces, su poder es incuestionable.

Su sola presencia era un recordatorio de que el infierno ya no pertenecía solo a los demonios de sangre pura, sino a aquellos que eran lo suficientemente fuertes para sostener la corona. Y hasta ahora, nadie había logrado desafiarlo… y no es como que alguien quisiera hacerlo.

En el centro de la sala, sentado con la elegancia de un depredador esperando el momento exacto para actuar, estaba Jeon Jungkook, el Rey del Inframundo. Su presencia era más que la de un monarca; era la de una entidad imposible de ignorar, un dios oscuro que no necesitaba levantar la voz para inspirar terror, poniendo de rodillas a todo aquel a quien dirigiera la mirada.

Sus alas negras estaban parcialmente extendidas, la negrura de sus plumas contrastaba con la piel pálida que heredó de su madre celestial. Su expresión era impasible, pero sus ojos, dos abismos de fuego y vacío, que a quienes observaban, hacían sentir que su alma era inmediatamente arrebatada y consumida.

Jeon Jungkook, era demasiado hermoso para ser real.

Su piel, blanca como la luna, parecía absorber la luz del fuego azul que iluminaba el salón. Sus labios, de un tono rojo oscuro, eran una invitación al pecado y a la perdición. Sus ojos, profundos y oscuros con tonalidades rojizas, tan rojas como las llamas que ardían en los abismos del infierno, no reflejaban piedad ni emoción; eran espejos de condena.

Muchos lo habían intentado, entre ellos Reyes de otros infiernos, súcubos y demonios de alta casta, incluso ángeles caídos habían sucumbido a la necesidad de alagarlo, de susurrarle palabras de adoración.

Todos y cada uno de ellos, murieron.

Algunos con una simple mirada. Otros, con una sonrisa, porque Jeon Jungkook no aceptaba alabanzas.

Las encontraba patéticas, innecesarias. La belleza, después de todo, no era más que otra herramienta de poder, un arma más peligrosa que una espada.

Y él sabía cómo usarla.

Jungkook no era un rey de gritos ni de demostraciones innecesarias. Su poder radicaba en la certeza absoluta de que, sin importar quién se atreviera a desafiarlo, él saldría victorioso.

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El trono de obsidiana se encontraba sobre el salón principal, siendo una estructura maciza tallada con las almas condenadas que aún se retorcían en su superficie. El fuego azul de las antorchas proyectaba sombras en las paredes negras, creando la ilusión de que el propio palacio respiraba.

Las llamas del inframundo se agitaron cuando las puertas del abismo se abrieron violentamente. Los demonios menores, criaturas de sombras y fuego, retrocedieron con miedo.

Él había vuelto.

Kim Taehyung, el demonio exiliado.

Hace siglos, Taehyung fue un general temido en el ejército infernal, un estratega brillante y un guerrero con mucha ambición y determinación peligrosa. Sin embargo, cuando Jungkook ascendió al trono, Taehyung fue uno de los que se atrevió a desafiarlo. Su rebelión fracasó, y en lugar de ser ejecutado, Jungkook lo condenó al exilio, arrojándolo a las profundidades del abismo, donde los demonios caídos se convierten en sombras olvidadas.

Pero Taehyung no desapareció.

Sobrevivió.

Se fortaleció.

En los rincones oscuros donde el infierno se vuelve primitivo, absorbió poderes antiguos, hizo pactos con entidades prohibidas y esperó el momento de regresar para poder terminar con lo que había empezado.

Y ese momento era ahora.

En la sala del trono, Jungkook se encontraba sentado en su trono, observando con calma el espectáculo. La corte infernal estaba en silencio, expectante. No había necesidad de guardias. Jungkook era más que suficiente, no había ser o entidad que siquiera pensara en el hecho de desafiarlo, al menos hasta ese día.

Taehyung caminó hasta el centro de la sala. Su aura oscura llenó el espacio, y sus ojos de fuego se clavaron en el rey con una intensidad desafiante, sin titubear ni dudar en desviar la mirada, seguro de su poder y su fuerza.

—Jeon Jungkook —Su voz ronca fingiendo respeto, falsedad que fue perceptible desde la primera sílaba para el rey demonio.

Jungkook sonrió apenas.

No había sorpresa en su expresión, solo una sonrisa que hizo temblar a quienes lo vieron sin querer.

—Kim Taehyung. Pensé que habías muerto.

—Pensaste mal.

Los demonios a su alrededor contuvieron el aliento. Nadie le hablaba así al rey y vivía para contarlo.

Taehyung dió un paso adelante. Su sola presencia era tan pesada, sofocante, oscura.

—He vuelto por lo que me corresponde. Estás sentado en mi trono...

Jungkook se inclinó ligeramente hacia adelante, sus alas negras plegadas a su espalda. Sus ojos demoníacos ardieron en rojo.

—¿Otra vez? —Una sonrisa ladina adornó su bonito rostro— Eres persistente. Me gusta eso.

Un murmullo recorrió la corte infernal. Nadie había desafiado a Jeon Jungkook en siglos. Nadie había sido lo suficientemente valiente, fuerte… o estúpido.

—He oído que los siglos en el exilio te han fortalecido —dijo casi en un susurro,, como si Taehyung fuera un niño rebelde regresando a casa después de un regaño y una paliza— Pero dime… ¿Has regresado por poder… o porque extrañabas verme?

Los siglos en el exilio lo habían endurecido. Ya no era el general impetuoso que alguna vez desafió al Rey y perdió. Ahora era una sombra que había caminado entre lo prohibido, un ser que había renacido de su propia destrucción.

Y aunque el Rey seguía siendo imponente, Taehyung ya no era el mismo hombre que se arrodilló en este mismo suelo hace siglos.

—Si extrañara verte, Jungkook… —sus labios se curvaron en una media sonrisa que le devolvió la soberbia que Jungkook le dió en la suya— No habría regresado para destruirte.

Los demonios contuvieron la respiración, no sabían si en realidad Kim Taehyung si era tan fuerte como para enfrentarse al rey o si de verdad era muy estúpido.

Pero Jungkook no se inmutó.

El fuego infernal danzaba en sus ojos, pero su sonrisa no desapareció.

—¿Destruirme? —Jungkook se reclinó en su trono, el movimiento de su cuerpo irradiando la elegancia y confianza que lo caracterizaban — Eso es muy ambicioso de tu parte.

La sala seguía en silencio. Nadie se atrevía a intervenir. Esto no era solo un desafío por el trono. Era un duelo de voluntades, una batalla entre dos depredadores que aún no habían desenvainado sus garras.

Taehyung avanzó hasta quedar a solo unos metros delante del trono. No temía estar cerca.

—Lo intenté una vez y fallé. Pero los errores solo sirven para aprender. —Sus ojos se encendieron casi en la misma tonalidad que los de Jungkook, pero en los de Taehyung, había más oscuridad– Y créeme, Jungkook. Aprendí demasiado.

Jungkook entrecerró los ojos.

Había visto muchos rostros a lo largo de los siglos. Algunos llenos de temor, otros llenos de deseo… pero el de Taehyung era diferente.

Era el rostro de alguien que realmente creía que podía ganarle.

Y eso lo hizo reír. Una risa baja, profunda, que resonó como un eco peligroso en la sala, haciéndolos estremecerse, como si fueran ellos quienes estaban parados frente el Rey.

—Entonces enséñame, Taehyung —Jungkook sonrió de lado y se puso de pie lentamente. Su presencia y la de Taehyung juntos en la sala, podrían asfixiar a quienes no fueran lo suficientemente fuertes para soportarlo— Estoy ansioso porque me enseñes todo lo que aprendiste.

Su presencia creció, oscura, inmensa. Las llamas de las antorchas titilaron como si temieran ser devoradas.

El aire en la sala se volvió aún más pesado, sofocante, casi imposible de soportar. No por el calor del infierno, sino por la presión que emanaba de los dos demonios que se desafiaban con la mirada.

No hizo falta un gran movimiento ni un despliegue de poder innecesario. Solo el acto de incorporarse hizo que el suelo crujiera bajo sus pies, como si la piedra misma temiera su furia.

Los demonios en la sala sabían que cuando Jeon Jungkook se ponía de pie… alguien siempre terminaba muerto.

Pero Taehyung no retrocedió, se mantuvo firme, nii siquiera parpadeó cuando la sombra de Jungkook se alargó por el suelo como un abismo hambriento que podría consumirlo con solo tocarlo. No le tenía miedo.

No más.

—Sigues tan arrogante como siempre, Jeon. —La sonrisa de Taehyung era pura burla— Crees que porque has gobernado por siglos, nadie puede desafiarte.

Jungkook inclinó la cabeza ligeramente, sus alas extendiéndose con un movimiento lento, era majestuoso. Sus plumas negras reflejaban la luz azul de las llamas del infierno, dándole la apariencia de una criatura forjada en la misma oscuridad.

—No lo creo, Taehyung. Lo sé.

Sus palabras eran suaves, casi un susurro, derrochaban confianza.

Y esa confianza era lo que hacía de Jungkook el Rey.

Porque en todos los milenios que había reinado, nadie había logrado siquiera hacerle sangrar.

Nadie… excepto Kim Taehyung.

—Lo sabes… ¿o lo temes? —La sonrisa de Taehyung se ensanchó. Porque él sí recordaba. Recordaba la última vez que estuvo frente a Jungkook con la espada en mano, la última vez que su filo había cortado el aire… y había rozado la piel de la mejilla del Rey.

Jungkook no respondió de inmediato. Pero la diversión en su mirada se oscureció.

—Eres un tonto si crees que esa herida insignificante significó algo para mí.

—¿Insignificante? —Taehyung rió suavemente— No lo parecía cuando tus demonios se apresuraron a detener la pelea, esa bonita marca en tu rostro es un recordatorio de que Kim Taehyung pudo tocarte y casi te gana.

Los murmullos de la corte aumentaron. Porque era verdad.

Taehyung fue el único demonio que había logrado tocar y hacer tambalear a Jeon Jungkook.

Un solo corte. Apenas una herida en la mejilla… pero suficiente para que su sangre cayera al suelo y ardiera como un incendio.

Suficiente para que Jungkook, por primera vez, sintiera la posibilidad de perder.

—Déjame repetirlo esta vez, Jeon —Los ojos de Taehyung intensificaron la oscuridad que se reflejaban en ellos— Déjame hundir mi espada en tu trono… o en tu corazón.

El fuego del infierno rugió con fuerza, alimentado por la furia contenida de Jungkook.

Su sonrisa regresó, pero esta vez era más oscura.

—Ven, entonces.

Su voz fue un decreto, una sentencia.

—Hazme sangrar otra vez… si puedes.