El retador regresa
El Inframundo no era solo un reino de dolor, llamas y sufrimiento. Es un lugar de poder, un imperio construido sobre cenizas, huesos y sangre de impuros, donde la traiciĂłn y la ambiciĂłn son la Ăşnica moneda de valor.
Durante milenios, habĂa sido gobernado por linajes de demonios puros… hasta que el equilibrio fue roto por una anomalĂa: Jeon Jungkook, el Rey Demonio HĂbrido.
Nacido de un ángel y del Rey Demonio anterior, Jungkook nunca fue aceptado completamente por la Ă©lite infernal. Su sangre celestial era vista como una impureza, un insulto a la pureza del infierno que habĂa gobernado por siglos. Sin embargo, cuando su padre fue asesinado en una rebeliĂłn, demostrĂł que su herencia no lo hacĂa dĂ©bil, sino letal. Con una fuerza y brutalidad que no se habĂa visto ni siquiera en los demonios que habĂan sido considerados los más fuertes de toda la historia demonĂaca, aniquilĂł a los traidores y reclamĂł el trono como suyo, consolidando su reinado con puño de hierro.
Desde entonces, su poder es incuestionable.
Su sola presencia era un recordatorio de que el infierno ya no pertenecĂa solo a los demonios de sangre pura, sino a aquellos que eran lo suficientemente fuertes para sostener la corona. Y hasta ahora, nadie habĂa logrado desafiarlo… y no es como que alguien quisiera hacerlo.
En el centro de la sala, sentado con la elegancia de un depredador esperando el momento exacto para actuar, estaba Jeon Jungkook, el Rey del Inframundo. Su presencia era más que la de un monarca; era la de una entidad imposible de ignorar, un dios oscuro que no necesitaba levantar la voz para inspirar terror, poniendo de rodillas a todo aquel a quien dirigiera la mirada.
Sus alas negras estaban parcialmente extendidas, la negrura de sus plumas contrastaba con la piel pálida que heredĂł de su madre celestial. Su expresiĂłn era impasible, pero sus ojos, dos abismos de fuego y vacĂo, que a quienes observaban, hacĂan sentir que su alma era inmediatamente arrebatada y consumida.
Jeon Jungkook, era demasiado hermoso para ser real.
Su piel, blanca como la luna, parecĂa absorber la luz del fuego azul que iluminaba el salĂłn. Sus labios, de un tono rojo oscuro, eran una invitaciĂłn al pecado y a la perdiciĂłn. Sus ojos, profundos y oscuros con tonalidades rojizas, tan rojas como las llamas que ardĂan en los abismos del infierno, no reflejaban piedad ni emociĂłn; eran espejos de condena.
Muchos lo habĂan intentado, entre ellos Reyes de otros infiernos, sĂşcubos y demonios de alta casta, incluso ángeles caĂdos habĂan sucumbido a la necesidad de alagarlo, de susurrarle palabras de adoraciĂłn.
Todos y cada uno de ellos, murieron.
Algunos con una simple mirada. Otros, con una sonrisa, porque Jeon Jungkook no aceptaba alabanzas.
Las encontraba patéticas, innecesarias. La belleza, después de todo, no era más que otra herramienta de poder, un arma más peligrosa que una espada.
Y Ă©l sabĂa cĂłmo usarla.
Jungkook no era un rey de gritos ni de demostraciones innecesarias. Su poder radicaba en la certeza absoluta de que, sin importar quiĂ©n se atreviera a desafiarlo, Ă©l saldrĂa victorioso.
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El trono de obsidiana se encontraba sobre el salĂłn principal, siendo una estructura maciza tallada con las almas condenadas que aĂşn se retorcĂan en su superficie. El fuego azul de las antorchas proyectaba sombras en las paredes negras, creando la ilusiĂłn de que el propio palacio respiraba.
Las llamas del inframundo se agitaron cuando las puertas del abismo se abrieron violentamente. Los demonios menores, criaturas de sombras y fuego, retrocedieron con miedo.
Él habĂa vuelto.
Kim Taehyung, el demonio exiliado.
Hace siglos, Taehyung fue un general temido en el ejĂ©rcito infernal, un estratega brillante y un guerrero con mucha ambiciĂłn y determinaciĂłn peligrosa. Sin embargo, cuando Jungkook ascendiĂł al trono, Taehyung fue uno de los que se atreviĂł a desafiarlo. Su rebeliĂłn fracasĂł, y en lugar de ser ejecutado, Jungkook lo condenĂł al exilio, arrojándolo a las profundidades del abismo, donde los demonios caĂdos se convierten en sombras olvidadas.
Pero Taehyung no desapareciĂł.
SobreviviĂł.
Se fortaleciĂł.
En los rincones oscuros donde el infierno se vuelve primitivo, absorbiĂł poderes antiguos, hizo pactos con entidades prohibidas y esperĂł el momento de regresar para poder terminar con lo que habĂa empezado.
Y ese momento era ahora.
En la sala del trono, Jungkook se encontraba sentado en su trono, observando con calma el espectáculo. La corte infernal estaba en silencio, expectante. No habĂa necesidad de guardias. Jungkook era más que suficiente, no habĂa ser o entidad que siquiera pensara en el hecho de desafiarlo, al menos hasta ese dĂa.
Taehyung caminĂł hasta el centro de la sala. Su aura oscura llenĂł el espacio, y sus ojos de fuego se clavaron en el rey con una intensidad desafiante, sin titubear ni dudar en desviar la mirada, seguro de su poder y su fuerza.
—Jeon Jungkook —Su voz ronca fingiendo respeto, falsedad que fue perceptible desde la primera sĂlaba para el rey demonio.
Jungkook sonriĂł apenas.
No habĂa sorpresa en su expresiĂłn, solo una sonrisa que hizo temblar a quienes lo vieron sin querer.
—Kim Taehyung. PensĂ© que habĂas muerto.
—Pensaste mal.
Los demonios a su alrededor contuvieron el aliento. Nadie le hablaba asĂ al rey y vivĂa para contarlo.
Taehyung diĂł un paso adelante. Su sola presencia era tan pesada, sofocante, oscura.
—He vuelto por lo que me corresponde. Estás sentado en mi trono...
Jungkook se inclinĂł ligeramente hacia adelante, sus alas negras plegadas a su espalda. Sus ojos demonĂacos ardieron en rojo.
—¿Otra vez? —Una sonrisa ladina adornó su bonito rostro— Eres persistente. Me gusta eso.
Un murmullo recorriĂł la corte infernal. Nadie habĂa desafiado a Jeon Jungkook en siglos. Nadie habĂa sido lo suficientemente valiente, fuerte… o estĂşpido.
—He oĂdo que los siglos en el exilio te han fortalecido —dijo casi en un susurro,, como si Taehyung fuera un niño rebelde regresando a casa despuĂ©s de un regaño y una paliza— Pero dime… ÂżHas regresado por poder… o porque extrañabas verme?
Los siglos en el exilio lo habĂan endurecido. Ya no era el general impetuoso que alguna vez desafiĂł al Rey y perdiĂł. Ahora era una sombra que habĂa caminado entre lo prohibido, un ser que habĂa renacido de su propia destrucciĂłn.
Y aunque el Rey seguĂa siendo imponente, Taehyung ya no era el mismo hombre que se arrodillĂł en este mismo suelo hace siglos.
—Si extrañara verte, Jungkook… —sus labios se curvaron en una media sonrisa que le devolviĂł la soberbia que Jungkook le diĂł en la suya— No habrĂa regresado para destruirte.
Los demonios contuvieron la respiraciĂłn, no sabĂan si en realidad Kim Taehyung si era tan fuerte como para enfrentarse al rey o si de verdad era muy estĂşpido.
Pero Jungkook no se inmutĂł.
El fuego infernal danzaba en sus ojos, pero su sonrisa no desapareciĂł.
—¿Destruirme? —Jungkook se reclinó en su trono, el movimiento de su cuerpo irradiando la elegancia y confianza que lo caracterizaban — Eso es muy ambicioso de tu parte.
La sala seguĂa en silencio. Nadie se atrevĂa a intervenir. Esto no era solo un desafĂo por el trono. Era un duelo de voluntades, una batalla entre dos depredadores que aĂşn no habĂan desenvainado sus garras.
Taehyung avanzĂł hasta quedar a solo unos metros delante del trono. No temĂa estar cerca.
—Lo intentĂ© una vez y fallĂ©. Pero los errores solo sirven para aprender. —Sus ojos se encendieron casi en la misma tonalidad que los de Jungkook, pero en los de Taehyung, habĂa más oscuridad– Y crĂ©eme, Jungkook. AprendĂ demasiado.
Jungkook entrecerrĂł los ojos.
HabĂa visto muchos rostros a lo largo de los siglos. Algunos llenos de temor, otros llenos de deseo… pero el de Taehyung era diferente.
Era el rostro de alguien que realmente creĂa que podĂa ganarle.
Y eso lo hizo reĂr. Una risa baja, profunda, que resonĂł como un eco peligroso en la sala, haciĂ©ndolos estremecerse, como si fueran ellos quienes estaban parados frente el Rey.
—Entonces enséñame, Taehyung —Jungkook sonriĂł de lado y se puso de pie lentamente. Su presencia y la de Taehyung juntos en la sala, podrĂan asfixiar a quienes no fueran lo suficientemente fuertes para soportarlo— Estoy ansioso porque me enseñes todo lo que aprendiste.
Su presencia creciĂł, oscura, inmensa. Las llamas de las antorchas titilaron como si temieran ser devoradas.
El aire en la sala se volvió aún más pesado, sofocante, casi imposible de soportar. No por el calor del infierno, sino por la presión que emanaba de los dos demonios que se desafiaban con la mirada.
No hizo falta un gran movimiento ni un despliegue de poder innecesario. Solo el acto de incorporarse hizo que el suelo crujiera bajo sus pies, como si la piedra misma temiera su furia.
Los demonios en la sala sabĂan que cuando Jeon Jungkook se ponĂa de pie… alguien siempre terminaba muerto.
Pero Taehyung no retrocediĂł, se mantuvo firme, nii siquiera parpadeĂł cuando la sombra de Jungkook se alargĂł por el suelo como un abismo hambriento que podrĂa consumirlo con solo tocarlo. No le tenĂa miedo.
No más.
—Sigues tan arrogante como siempre, Jeon. —La sonrisa de Taehyung era pura burla— Crees que porque has gobernado por siglos, nadie puede desafiarte.
Jungkook inclinó la cabeza ligeramente, sus alas extendiéndose con un movimiento lento, era majestuoso. Sus plumas negras reflejaban la luz azul de las llamas del infierno, dándole la apariencia de una criatura forjada en la misma oscuridad.
—No lo creo, Taehyung. Lo sé.
Sus palabras eran suaves, casi un susurro, derrochaban confianza.
Y esa confianza era lo que hacĂa de Jungkook el Rey.
Porque en todos los milenios que habĂa reinado, nadie habĂa logrado siquiera hacerle sangrar.
Nadie… excepto Kim Taehyung.
—Lo sabes… Âżo lo temes? —La sonrisa de Taehyung se ensanchĂł. Porque Ă©l sĂ recordaba. Recordaba la Ăşltima vez que estuvo frente a Jungkook con la espada en mano, la Ăşltima vez que su filo habĂa cortado el aire… y habĂa rozado la piel de la mejilla del Rey.
Jungkook no respondiĂł de inmediato. Pero la diversiĂłn en su mirada se oscureciĂł.
—Eres un tonto si crees que esa herida insignificante significĂł algo para mĂ.
—¿Insignificante? —Taehyung riĂł suavemente— No lo parecĂa cuando tus demonios se apresuraron a detener la pelea, esa bonita marca en tu rostro es un recordatorio de que Kim Taehyung pudo tocarte y casi te gana.
Los murmullos de la corte aumentaron. Porque era verdad.
Taehyung fue el Ăşnico demonio que habĂa logrado tocar y hacer tambalear a Jeon Jungkook.
Un solo corte. Apenas una herida en la mejilla… pero suficiente para que su sangre cayera al suelo y ardiera como un incendio.
Suficiente para que Jungkook, por primera vez, sintiera la posibilidad de perder.
—Déjame repetirlo esta vez, Jeon —Los ojos de Taehyung intensificaron la oscuridad que se reflejaban en ellos— Déjame hundir mi espada en tu trono… o en tu corazón.
El fuego del infierno rugiĂł con fuerza, alimentado por la furia contenida de Jungkook.
Su sonrisa regresó, pero esta vez era más oscura.
—Ven, entonces.
Su voz fue un decreto, una sentencia.
—Hazme sangrar otra vez… si puedes.








