Te odio padre

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Summary

La historia sigue a Erlea, una joven atrapada en un mundo de sombras y secretos. Su infancia estuvo marcada por la calidez de un hogar armonioso, donde sus padres formaban la familia perfecta. Sin embargo, la tragedia golpeó con fuerza cuando su madre falleció en un accidente de trafico. Desde ese momento, todo cambió. Su padre, un hombre poderoso dentro de la mafia, se sumió en el dolor y, en lugar de aferrarse a su única hija, optó por alejarse, encerrándose en su propio sufrimiento. La distancia entre ambos se convirtió en un abismo imposible de cruzar. Erlea, también parte del mismo mundo criminal, nunca logró perdonar aquel abandono. Para ella, su padre no solo había perdido a su esposa, sino que también la había perdido a ella. Los años pasaron, y la herida nunca cerró. El rencor se convirtió en un peso constante en su vida, guiando cada una de sus decisiones. Pero en el violento mundo en el que viven, no hay tiempo para debilidades ni para relaciones fracturadas. Ahora, una amenaza inesperada los obliga a trabajar juntos, enfrentando enemigos comunes y secretos que podrían destruir lo poco que queda de su familia. ¿Será posible que Erlea y su padre dejen de lado el odio y encuentren una forma de sanar? ¿O las sombras de su pasado seguirán separándolos para siempre?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El eco de los disparos aún resonaba en sus oídos. El aire olía a pólvora y a la lluvia que golpeaba el asfalto con una furia silenciosa. Erlea apretó los puños, sintiendo el peso del arma en su mano. Su respiración era errática, pero su mirada seguía fija en el callejón donde los cuerpos yacían inertes. No era la primera vez que se encontraba en una situación así, pero algo en esa noche se sentía diferente.

La notificación en su teléfono brilló en la oscuridad.

Gabriela- Tu padre quiere verte.

El mensaje la golpeó como un puñetazo en el estómago. Después de años de silencio, después de todo el odio acumulado ¿ahora él quería verla?

Sintió que su corazón latía con una mezcla de furia y miedo, aunque nunca lo admitiría. No le debía nada a ese hombre. No después de haberla dejado sola cuando más lo necesitaba.

Guardó su arma, tomó aire y se giró, dejando atrás el callejón y los fantasmas que lo habitaban. Si su padre quería verla, que estuviera preparado para enfrentar todo lo que había dejado atrás.

Porque ella no era la niña que abandonó.

Ahora, Erlea era una sombra más en el infierno que él mismo había construido.

Erlea estaba caminando sin ningún destino en específico, fumando un cigarrillo para bajar el estrés. Todo iba bien hasta que empezó a llover.

La ciudad parecía susurrar su propio lamento bajo la lluvia. Erlea caminó entre las calles mojadas, con el teléfono aún ardiendo en su mano. No podía evitarlo, sus dedos se cerraban con fuerza sobre el dispositivo como si quisiera romperlo, como si destruirlo pudiera borrar el mensaje.

Pero no podía borrar el pasado.

Sus pasos la llevaron hasta un viejo edificio abandonado, su refugio temporal, o al menos en donde solía pasar la mayor parte del tiempo. Cerró la puerta tras de sí y dejó caer la chaqueta empapada sobre una silla rota. Frente al espejo roto en la pared, su reflejo le devolvió una imagen que ya no reconocía del todo. Ojos afilados, labios tensos, el cansancio grabado en su piel.

Sintió una punzada en el pecho. No era cansancio. Era rabia.

Con un movimiento brusco, lanzó el teléfono contra la pared. El aparato rebotó y cayó al suelo con un sonido seco, la pantalla ahora rajada. No importaba. El mensaje de Gabriela seguía resonando en su cabeza.

¿Después de tantos años de silencio, después de verla convertirse en algo que él mismo ayudó a moldear?

Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa, los nudillos blancos de la presión. Sus recuerdos la arrastraron a una noche distinta, años atrás, cuando la muerte había caído sobre su hogar como una sentencia inapelable.

El sonido de las ambulancias, el olor a sangre en su ropa, los gritos de desesperación. Y su padre, su padre mirando el vacío con los ojos de un hombre que ya no estaba allí.

Esa fue la última vez que sintió que tenía una familia.

Ahora él quería verla.

Erlea soltó una risa amarga.

Si su padre pensaba que aún quedaba algo de la niña que solía ser, estaba a punto de conocer en lo que realmente se había convertido.

Y no estaba segura de que le fuera a gustar.

El sonido de la tormenta golpeaba los cristales rotos del edificio. Erlea pasó una mano por su cabello mojado y soltó un suspiro cansado. Su mente era un caos, y la única manera de ponerla en orden era enfrentarlo.

Sacó un segundo cigarrillo, lo subió con manos temblorosas y, tras exhalar el humo lentamente, reconoció el teléfono del suelo. La pantalla estaba resquebrajada, pero aún funcionaba. Con el pulgar, marcó un número que no usaba desde hacía años.

No tardó en responder.

Gabriela- Te tomó menos tiempo de lo que pensé.

La voz de Gabriela sonaba tan tranquila como siempre, pero Erlea la conocía demasiado bien. Sabía que había tensión en sus palabras.

Erlea- No empieces con tus mierdas, Gabriela. ¿Qué quiere?

Su voz salió más ronca de lo que esperaba.

Gabriela- Él quiere hablar contigo. En persona.

Erlea dejó escapar una risa sarcástica.

Erlea- ¿Hablar? ¿Ahora le interesa hablar?

Un silencio incómodo se extiende al otro lado de la línea.

Gabriela- No es una petición, Erlea.

Dijo Gabriela al fin.

Gabriela- Es una orden, el solo me pidió de favor que te lo enviará.

Erlea sintió una punzada en el pecho, pero no era miedo, era furia.

Erlea- Dile a ese hijo de puta que si quiere verme, que me busque él. Que se ensucie las manos por una vez en su vida.

Gabriela- Erlea.

Gabriela suspiró, como si estuviera a punto de soltar algo que preferiría callar.

Gabriela- Es importante. Lo sabes.

Solo el sonido de la lluvia y la brasa del cigarro iluminando la oscuridad se escuchaba.

Erlea- Tía, dame la dirección.

Murmuró Erlea al final, sintiendo el sabor amargo de la rendición en su boca.

Gabriela- La de siempre. Medianoche. No llegues tarde.

La llamada se cortó antes de que pudiera responder.

Erlea cerró los ojos con rabia. La de siempre. Claro. Como si su vida no hubiera cambiado, como si aún fuera la niña que solía esperar a su padre en la misma maldita oficina de siempre, con los mismos malditos recuerdos llenándola de asco.

Pisoteó el cigarro aún encendido y tomó su chaqueta mojada.

Si ese hombre quería verla, entonces se aseguraría de que nunca la olvidara.

La lluvia caía con más fuerza cuando Erlea salió del edificio. Las gotas golpean su rostro con una furia helada, como si el cielo también quisiera recordarle lo jodida que estaba su vida.

Caminó sin rumbo, sus botas chapoteando en los charcos sucios de la calle. La ciudad entera parecía desmoronarse a su alrededor. Farolas parpadeantes, paredes grafiteadas con mensajes de muerte, siluetas que se deslizaban entre las sombras. Nada había cambiado. Ni la ciudad, ni ella.

El cigarro entre sus labios se había apagado, pero no le importó. Lo dejé caer y sacó otro. Necesitaba mantener las manos ocupadas. No necesitaba pensar.

Pero pensar era inevitable.

Pov Erlea- Medianoche. No llegues tarde.

Gabriela nunca le pidió cosas porque sí. Si su tía le decía que fuera, era porque algo grande estaba pasando. Y si su padre la quería ver, después de tantos años, significaba que el infierno estaba a punto de desatarse.

Una carcajada seca se le escapó de los labios.

Erlea- Ojalá me estuvieras esperando para matarme, viejo de mierda.

Se detuvo en una esquina, observando la entrada de un bar de mala muerte. Un par de tipos salieron tambaleándose, borrachos, riéndose de algo que apenas tenía sentido. Uno de ellos chocó con ella.

Flim- Mira por dónde vas, maldito omega.

Antes de que terminara la frase, Erlea le estampó el cigarro encendido en el cuello.

El tipo soltó un grito ahogado, llevándose la mano a la piel quemada, pero no le dio tiempo de reaccionar. Erlea le propinó un rodillazo en el estómago, haciendo que se doblara de dolor, y luego lo empujó contra la pared.

Erlea- No me llames omega.

Espetó con los dientes apretados, soltando fuertes feromonas de alfa, eran de un fuerte olor a licor chambord.

El amigo del tipo intentó intervenir, pero al ver la mirada de Erlea, la forma en la que su pecho subía y bajaba con rabia contenida, decidió que no valía la pena. Lo agarró del brazo y se lo llevó de ahí, murmurando maldiciones.

Erlea suspiró.

Erlea- Concentrarse.

Se giró y caminó hacia donde sabía que encontraría a su padre.

El edificio estaba igual que siempre. Ventanas oscuras, vidrios polarizados, el silencio envolviéndolo todo. Un par de tipos armados custodiaban la entrada. Uno de ellos la vio acercarse y se tensó.

Tared- No puedes entrar.

Dijo con voz firme, pero la inseguridad en sus ojos lo delataba.

Erlea inclinó la cabeza y sonrió con burla.

Erlea- ¿Vas a detenerme?

El tipo no respondió, solo miró a su compañero en busca de apoyo. Antes de que pudiera reaccionar, Erlea sacó su pistola y la ayudó en el frente del guardia.

Erlea- Te haré un favor.

Erlea dispara, dejando a el segundo guardia asustado.

Erlea- Si no fuera por mi padre, no estaría aquí.

El hombre tragó saliva.

Erlea dio un paso adelante y empujó la puerta.

Dentro, el olor a tabaco impregnaba el aire. La misma alfombra vieja, los mismos cuadros en la pared, los mismos muebles de cuero negro.

Y al fondo, sentado en su escritorio, su padre.

El hombre levantó la mirada cuando ella entró. Sus ojos eran los mismos de siempre: oscuros, duros, imposibles de leer.

Gavrel- Llegaste temprano.

Dijo él, con voz grave.

Erlea cerró la puerta con un golpe seco y se cruzó de brazos.

Erlea- No tenía nada mejor que hacer.

Un silencio se instaló entre ellos. Un silencio pesado, lleno de años de resentimiento. Solo se dignó a sacar otro cigarrillo y sentarse en un sofá que estaba ahí.

Gavrel- Te ves diferente.

Comentó su padre.

Erlea- Tú te ves igual de miserable.

Él exhaló despacio, apagando el cigarro en el cenicero.

Gavrel- No estamos aquí para insultarnos.

Erlea- Oh, pero quiero insultarte. Quiero escupirte en la cara y decirte todo lo que pienso de ti.

Su padre se inclinó hacia adelante.

Erlea- Hazlo.

Erlea apretó los dientes. Su corazón latía con fuerza.

Erlea- Me dejaste sola.

No el día que mamá murió. No. Me dejaste sola después . Cuando más te necesitaba. Cuando tenía que ver cómo la gente me miraba con lástima, como si fuera un perro abandonado. ¿Sabes lo que es crecer así? ¿Tener que aprender a sobrevivir porque tu propio padre decidió que su dolor era más importante que su hija?

Sus palabras salieron en un torrente, envenenadas, ardiendo. Su padre la escuchó en silencio, sin apartar la mirada.

Erlea- Te odié. Y sigo haciendo.

Un destello cruzó los ojos de su padre, pero fue tan fugaz que no supo si lo imaginó.

Gavrel- Nunca quise que pasaras por eso.

Dijo él, su voz apenas un murmullo.

Erlea soltó una carcajada amarga.

Erlea- ¿Ah, no? Pues lo hiciste.

Dando otro suspiro a aquel cigarrillo.

Él desvió la mirada, como si buscara algo en la oscuridad de la habitación.

Gavrel- No te llamé para pelear.

Erlea- Ah, ¿No? Entonces, ¿Para qué?

No tengo toda la noche.

Su padre cerró los ojos un instante y luego la miró.

Gavrel exhaló despacio, como si estuviera reuniendo las palabras correctas, pero Erlea no tenía paciencia. No después de tantos años de silencio. No después de lo que él le hizo pasar.

Gavrel- Hay alguien que quiere verte muerta.

Erlea soltó una carcajada seca, apagando el cigarro en el cenicero con un gesto lento y calculado.

Erlea- ¿Solo uno? Qué decepción.

Su padre la miró sin inmutarse, pero había algo en su postura, en la forma en que mantenía las manos sobre la mesa, que le hizo darse cuenta de que esto era serio.

Gavrel- Es diferente esta vez. No es cualquier enemigo. Es alguien que tiene recursos. Contactos. Y un precio por tu cabeza que ha hecho que hasta los más leales empiecen a dudar.

Eh incluso ya saben dónde vive tu novia, Julieta.

El ceño de Erlea se frunció por un instante. Se levantó corriendo y con un cuchillo lo tiró a la mejilla de su padre rozando un poco, pero haciéndole sangrar.

Erlea- ¿Qué mierda te crees como para que la nombres?

Gavrel tomó un trapo de su bolsillo y se limpió la herida en la mejilla sin dejar de mirarla. Había algo en su mirada que Erlea no podía descifrar.

Gavrel- Entonces empieza a pensar bien.

Dijo Gavrel, dejando caer el trapo ensangrentado sobre la mesa.

Gavrel- Porque quien sea que esté detrás de esto no solo quiere matarte. Quiere destruirte.

Erlea apretó los dientes. No era una novata. Sabía cómo funcionaban las vendettas. Si querían hacerle daño, no la atacaría a ella primero. Atacará a quien más le importaba.

Julieta.

Su corazón dio un vuelco, pero lo ocultó bajo una sonrisa burlona.

Erlea- Entonces, ¿qué? ¿Vas a jugar al papá protector ahora?

Gavrel la miró fijamente y empujó el expediente hacia ella. Erlea lo tomó con cautela, abriéndolo lentamente.

Fotos, nombres, direcciones. Algunos conocidos, otros no. Pero en cuanto vio el último nombre, sintió que el estómago se le hundía.

Julieta.

Su dirección. Su lugar de trabajo. Fotos de ella en la calle, en su departamento. Incluso capturas de sus redes sociales.

Erlea sintió que el aire le faltaba.

Erlea- ¿Cuánto tiempo tienes esto?

Su voz sonó más baja de lo que esperaba.

Erlea- Dos semanas.

Dos semanas. Dos malditas semanas y apenas ahora se lo decía.

Levantó la mirada, con la rabia brillando en sus ojos.

Erlea- Y me lo dices ahora.

Gavrel sostuvo su mirada sin inmutarse.

Gavrel- Quería confirmar quién estaba detrás antes de alarmarte.

Erlea apretó los puños con tanta fuerza que sintió las uñas clavarse en su palma.

Erlea- No tienes derecho a decidir eso por mí.

Su padre suspiró, pasándose una mano por la cara.

Gavrel- Sé que estás furiosa. Pero si te lo decía antes y actuarias sin pensar, podrías haberla puesto en más peligro.

Erlea soltó una carcajada amarga.

Erlea- No me vengas con mierdas. No te importa Julieta. Ni siquiera te importo yo. Esto es otra de tus movidas, ¿cierto?

Gavrel no respondió de inmediato. Se levantó lentamente, caminando hasta la ventana.

Gavrel- Quieras aceptarlo o no, somos familia. Y sé lo que te haría si la tocan.

Erlea sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sí, lo sabía. Porque haría lo que fuera. No había líneas que no cruzaría si se trataba de Julieta.

Erlea- ¿Quién está detrás?

Gavrel tardó en responder.

Gavrel- Edwin.

La sangre de Erlea se heló.

Erlea- ¿Mi tío?

Gavrel asintió, volviendo la mirada hacia ella.

Gavrel- No sé qué hiciste, pero Edwin no solo quiere verte muerta. Quiere verte destruida. Y para eso, sabe exactamente a quién debe atacar primero.

La imagen de Julieta apareció en su mente. Su sonrisa. Su voz. Sus ojos llenos de amor y confianza.

No.

No iba a permitirlo.

Erlea se puso de pie de un salto.

Erlea- Tengo que ir por ella.

Gavrel- No.

La voz firme de su padre la hizo detenerse.

Erlea- ¿Qué?

Gavrel- Si te mueves sin pensar, le estarás dando a Edwin exactamente lo que quiere. Sabe que irás tras ella. Y te estará esperando.

Erlea sintió su respiración volverse errática.

Erlea- Entonces, ¿qué sugieres? ¿Que me quede sentada mientras él la usa como carnada?

Gavrel- No. Sugiero que seas más inteligente que él.

Erlea cerró los ojos con rabia.

Erlea- ¿Qué quieres que haga?

Su padre la miró, con esa expresión que siempre detestó. Sereno. Frío. Calculador.

Gavrel- Vamos a cazarlo primero.

La lluvia golpeó con más fuerza las ventanas, como si el mundo entero le estuviera advirtiendo lo que estaba a punto de hacer.

Pero ya no había vuelta atrás.

Erlea sintió la rabia arderle en la garganta. Gavrel siempre hablaba como si todo fuera un juego de ajedrez, como si las personas fueran piezas sacrificables. Pero Julieta no era una pieza. Era su vida.

Erlea- No voy a quedarme de brazos cruzados mientras él la acecha.

Gavrel- Y si vas corriendo hacia ella, solo harás que la maten más rápido.

La brutalidad de sus palabras la golpeó como un puñetazo. Erlea sintió la furia nublarle la visión, pero se obligó a respirar.

Erlea- Entonces dime cómo mierda piensas cazarlo sin que ella termine en una bolsa negra.

Gavrel la observó por un instante antes de sacar un sobre del bolsillo de su abrigo y deslizarlo por la mesa.

Gavrel- Ya no está sola.

Erlea lo tomó con manos temblorosas. Lo abrió. Fotografías. Un hombre de aspecto rudo, con chaqueta de cuero y una cicatriz en la mejilla, parado a unos metros de Julieta en diferentes momentos. En la puerta de su trabajo. Afuera de su departamento. Cerca de la parada del bus.

Erlea- ¿Quién es este hijo de puta?

Gavrel- Se llama Ronan. Trabaja para mí. Desde hace una semana sigue cada uno de sus pasos.

Erlea sintió que el aire se le atascaba en los pulmones.

Erlea- ¿La vigilaste?

Gavrel- La protegí.

El golpe resonó antes de que pudiera detenerse. Su palma ardió tras chocar contra el rostro de su padre, pero el dolor no era nada comparado con la rabia que la consumía.

Erlea- No vuelvas a ponerle un ojo encima. Ni tú, ni ninguno de tus perros.

Gavrel se tocó la mejilla con calma, pero en su mirada apareció un destello oscuro.

Gavrel- Entonces, encárgate tú. Pero hazlo bien. Porque si fallas, Edwin la matará antes de que puedas tocarlo.

El silencio se extendió entre ellos. La tormenta rugía afuera, pero el verdadero huracán estaba dentro de ella.

Erlea apretó los dientes.

Erlea- Dame lo que tengas.

Gavrel sonrió con algo que parecía orgullo.

Gavrel- Bienvenida a la cacería, hija.

Y con un solo movimiento, le arrojó un segundo expediente sobre la mesa.

Erlea- No me digas hija.

Gavrel soltó una risa baja, sin humor.

Gavrel- Como quieras. Pero deja de perder el tiempo con niñerías.

Erlea le lanzó una mirada afilada antes de tomar el expediente. Sus dedos temblaban, pero no tenía miedo. Era una furia contenida. Lo abrió, encontrando páginas llenas de nombres, ubicaciones y movimientos recientes de Edwin. Fotografías borrosas, capturas de cámaras de seguridad. Pruebas de que había estado demasiado cerca.

Demasiado cerca de Julieta.

El pulso de Erlea martillaba en sus sienes. Se sintió mareada por un instante, pero se obligó a enfocar la vista.

Erlea- ¿Dónde está ahora?

Gavrel- En un club privado. Uno de sus favoritos. Se siente intocable ahí.

Erlea- ¿Lo es?

Gavrel sonrió con suficiencia.

Gavrel- Nadie lo es.

La habitación parecía cada vez más pequeña. El sonido de la lluvia repiqueteando contra las ventanas se mezclaba con su respiración agitada.

Erlea cerró el expediente con un golpe seco.

Erlea- Voy por él.

Gavrel negó con la cabeza.

Gavrel- No así. No ahora.

Erlea- Si crees que voy a quedarme esperando mientras ese cabrón planea su siguiente movimiento, estás más demente de lo que pensaba.

Gavrel se cruzó de brazos, evaluándola.

Gavrel- Si quieres enfrentarlo y salir viva, tendrás que hacerlo a mi manera.

Erlea sintió una oleada de rechazo recorrerle el cuerpo. Odiaba depender de él. Odiaba cada palabra que salía de su boca. Pero odiaba aún más la idea de perder a Julieta.

Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en la piel.

Erlea- ¿Cuál es el plan?

Gavrel sonrió de lado.

Gavrel- Ponte algo elegante. Vamos de cacería.

Erlea soltó un resoplido.

Erlea- ¿Crees que esto es un maldito juego?

Gavrel- No, creo que esto es una guerra. Y en la guerra, a veces hay que disfrazarse para infiltrarse.

Erlea sintió la bilis subirle a la garganta, pero no discutió más. No tenía tiempo para pelear con él cuando la vida de Julieta estaba en juego.

Se giró sobre sus talones y salió del estudio. Su corazón latía con furia mientras subía las escaleras de dos en dos y se metía en su habitación.

Frente al espejo, respiró hondo.

Su reflejo le devolvió la mirada con la misma determinación que la quemaba por dentro.

Abrió el armario y sacó lo primero que encontró. Un vestido negro, ceñido al cuerpo, elegante pero letal. Se recogió el cabello en un moño alto y añadió un par de tacones. No porque le importara la estética, sino porque sabía que en un lugar como este, necesitaba parecer parte del mundo de Edwin.

Cuando bajó de nuevo, Gavrel ya la esperaba.

Gavrel- Eso es. Ahora pareces alguien que pertenece a ese círculo.

Erlea- No pertenezco a nada que tenga que ver contigo.

Gavrel sonrió con esa burla característica suya, pero no dijo nada. Solo le tendió una pistola.

Gavrel- Cárgala. No la uses a menos que sea absolutamente necesario.

Erlea la tomó sin dudar.

Gavrel- ¿Lista?

Erlea- Vamos a cazar.

Salieron bajo la lluvia, la noche cubriéndose como un velo mientras se dirigían al club.

Se subieron al auto, pero mientras se dirigían al lugar Erlea llamó a Julieta.

Erlea- Mi vida.

Julieta- ¿Qué hicistes?

Erlea- Nada, solo que llegaré tarde hoy.

Un vejestorio, me lleva a un lugar.

Julieta- Amor, no le digas así a tu padre.

Rio un poco.

Erlea- Bueno, pero no me esperes. Intentaré llegar lo antes posible.

Te amo.

Julieta- Yo también te amo, trae a tu padre un día de estos.

Lo quiero conocer.

Erlea- Bueno, le diré.

Le mando un beso.

Gavrel manejaba con una expresión inescrutable, pero Erlea sintió su mirada de reojo.

Gavrel- ¿Se lo contaste?

Erlea- No.

Gavrel- Bien. Manténla al margen.

Erlea apretó la mandíbula y guardó el teléfono en su bolso. Mantener a Julieta al margen era exactamente lo que no quería hacer, pero sabía que decirle la verdad solo la pondría en más peligro.

El auto avanzó por la ciudad oscura hasta que Gavrel giró en una calle estrecha. Al fondo, el club privado se alzaba como un santuario para criminales y millonarios con demasiados secretos.

Luces rojas iluminaban la entrada, y un par de guardias enormes controlaban a los asistentes. Mujeres y hombres vestidos con ropa cara pasaban sin problemas, mientras otros eran rechazados sin miramientos.

Erlea bajó del auto, sintiendo el peso de la pistola en su muslo bajo el vestido. Gavrel la siguió, ajustando el cuello de su abrigo.

Gavrel- Una vez dentro, no pierdas de vista a Edwin. No actúes hasta que sea el momento.

Erlea- ¿Y cuál es el momento?

Gavrel sonrió con esa calma exasperante.

Gavrel- Cuando yo diga.

Erlea rodó los ojos pero avanzó hacia la entrada, con la seguridad de alguien que sabía que pertenecía ahí, aunque en el fondo quisiera incendiar el lugar.

Uno de los guardias la miró de arriba abajo y luego fijó su atención en Gavrel.

Guardia- ¿Nombres?

Gavrel- No nos hagas perder tiempo. Sabes quién soy.

El guardia titubeó, luego apartó la mirada y les permitió el paso.

La música retumbaba en el interior, un ritmo oscuro y envolvente. Gente bebiendo, fumando, cerrando tratos con apretones de manos que valían millones o vidas humanas.

Y en el centro del club, en un reservado apartado, estaba Edwin.

Relajado. Sonriendo.

Ajeno a la tormenta que se le venía encima.

Erlea- Este lugar apesta a omega.

Tapándose discretamente la nariz.

Gavrel la miró de reojo con un destello de diversión en los ojos.

Gavrel- Concéntrate.

Pero Erlea apenas podía ignorarlo. La atmósfera en el club estaba cargada de feromonas y poder. Predadores jugando a ser dioses. Pero ella no era una presa. No esta vez.

Avanzaron con paso seguro hasta el bar, a una distancia prudente de Edwin. Erlea lo observó con el rabillo del ojo. El hombre reía, bebiendo de un vaso de whisky mientras dos mujeres se acurrucaban a su lado. Relajado. Demasiado relajado.

Eso la puso en alerta.

Algo estaba mal.

Su piel se erizó antes de que siquiera supiera por qué.

Y entonces, su teléfono vibró en su bolso.

Un mensaje.

Julieta- Amor. ¿Por qué hay un chico aquí? Dice que viene de tu parte. ¿Tú lo enviaste?

El corazón de Erlea se detuvo.

Erlea- No, no, no, no.

Abrió el mensaje de voz que le siguió. La voz de Julieta sonaba temblorosa, confundida.

Julieta- Erlea, Me da miedo. No quiere decirme a dónde vamos, solo dice que es por seguridad. Llámame cuando puedas, ¿sí?”

Pero ella no pudo llamarla.

Porque en ese instante, Edwin levantó la mirada.

Y le sonrió directamente.

Como si supiera.

Como si siempre hubiera sabido.

Y entonces Gavrel susurró.

Gavrel- Llegamos demasiado tarde.

Una explosión sacudió el club.

Los cristales volaron. Gritos llenaron el aire. El estruendo fue ensordecedor, pero nada, absolutamente nada, fue tan aterrador como la certeza helada que golpeó a Erlea en el pecho.

Julieta.

Su Julieta.

Estaba en peligro. Julieta era la carnada y ella había caído en la trampa.

Continuará.