La Maldición de una Pesadilla.

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Summary

Los sueños pueden reflejar parte de nuestros miedos, parte de nuestro pasado y parte de nuestra verdad. Los sueños pueden reflejar todo aquello que pretendemos olvidar. Daniel vuelve a casa, al pueblo que lo vio nacer, después de un mensaje de su hermana que comunicaba la muerte de tu tío. Junto a la muerte de la persona que más quería, también recibe una máquina de escribir. Y junta a ella, una maldición que lo llevará a enfrentar sus miedos y pecados. Pero también ha de descubrir la verdad sobre una mansión y de su habitante, una mujer de ojos hostiles y de tatuajes llenos de dolor. ¿Cuál es el secreto que guarda ella y su hogar? ¿Por qué nació este lugar oscuro? ¿Y cuál es la relación de Daniel y las sombras que aguardan en los pasillos de la mansión? Una historia de terror psicológico sobre los traumas y ciclos que se repiten.

Genre
Horror/Other
Author
MickelH
Status
Ongoing
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

En el poco tiempo que llevo con este objeto maldito me he dado cuenta de una cosa: la pequeña línea que separa la realidad y los sueños es mucho más débil y difusa de lo que uno podría creer. Es algo así como una frontera imperceptible que nadie puede notar. Creo, y espero equivocarme, que mi tiempo en este mundo está por terminar; no por aquellos pasillos oscuros, abandonados y letales, sino porque lo que se halla allí abajo, enterrado y olvidado, es mucho más de lo que puedo manejar. Muchos pensarían que lo peor viene con las alucinaciones de noches enteras sin dormir, del miedo que provoca cada sala llena de sueños y pecados… Pero la verdad, lo que más miedo me provoca es la incertidumbre de lo que será de mí. No le tengo miedo a la muerte. Incluso existiendo un Dios que me reproche por no haber creído en él durante toda mi vida. Incluso existiendo un infierno, sea cual sea el verdadero. Lo que me da miedo es volver a verla a ella.

Aun así, continuaré adelante. Mi curiosidad siempre ha sido mayor a los intentos de mi cabeza por conservar la sensatez en situaciones que escapan de mi control. Abandonar esta máquina infernal era la opción lógica. Era una acción sencilla para mantener mi vida y mi cordura intactas. Para no haber enfrentado lo que llevo enfrentando todo este tiempo. Pero quiero entender lo que se halla en el corazón de la oscuridad; no solo en el mío, sino también en lo que se halla en aquella mansión onírica.

El sonido de timbre de la máquina de escribir marcó el final de la página. Un punto que marcaba el final del diario. Un punto que marcaba el final de la historia de un hombre. Las historias de la mayoría de las personas en el mundo son conocidas solo por los pocos que rodean a alguien, y eso era algo que Antonio sabía a la perfección. Pero no le importaba. Para la mayoría es una regla que no cambiará. Son pocos los que alguna vez son recordados a lo largo de la historia, de las generaciones y de los siglos. Y para él era lo mejor. No quería ser recordado. Tampoco quería ser olvidado; pero el peso sobre sus hombros ya no le permitía seguir una lucha contra sus pesadillas constantes.

Antonio se levantó de su ruidosa silla, una que hace muchos años prometió arreglar. Ese chirrido era agotador, pero no más que las ojeras que se dibujaban en un negro bajo sus ojos cansados y demacrados. Apenas tenía cuarenta y cinco años, pero en las últimas semanas su imagen se había desgastado de una forma exponencial. Cualquiera que lo mirase a los ojos pensaría en la poca sanidad que albergaba el cerebro. Pero cualquiera que conociera a Antonio sabía que era una persona inteligente, alguien que llevaba la lógica, el raciocinio y lo empírico sobre todo.

Avanzó sobre las maderas de su casa antigua. Miró por la ventana cómo las nubes negras dejaban caer su carga líquida con fuerza sobre el cristal. El frío empañó la visión, pero seguía siendo aterradora. Antonio jamás presenció una tormenta de ese calibre. Era, quizás, la peor de todas. Aun así, sonrió. Era una buena imagen para ir a la cama por última vez. Era como los libros de terror que tanto odiaba y amaba a la vez. Sí, esas historias que no le provocaban pavor en absoluto, pero que despertaban su curiosidad por situaciones que escapaban a lo que tanto buscaba.

Se giró una vez más y caminó hacia la mesa donde la máquina de escribir descansaba. Con su mano derecha tomó el papel blanco. Leyó de nuevo aquella página, y con manos temblorosas guardó todo en un sobre color mostaza. Si existía la suerte, todos cumplirían las palabras escritas. Prefería abandonar el mundo sabiendo que su familia lo creía como un loco. Volvió a sonreír para sí mismo.

Con otro movimiento, levantó la máquina de escribir y la guardó en una caja con una etiqueta algo desgastada: «Para mi sobrino. Por favor, lee el contenido y cuídala como si de un tesoro en oro se tratase». Con algo de cinta adhesiva pego el sobre por encima. Era lo último que podía hacer.

Volteó. Contempló su estudio, el cual también se convirtió en su habitación. Las botellas de cristal de vino se acumulaban por toda la extensión del piso. Era el pasatiempo que iba a extrañar. Se había convertido en parte de él de forma tan gradual que no se dio cuenta. El alcohol era lo único que evitaba las pesadillas durante parte de la semana donde no visitaba aquel lugar.

Caminó sintiendo su cuerpo pesado. A su alrededor las paredes se movían en un juego de colores. No estaba ebrio, pero las alucinaciones ya eran parte de su día a día. Alguna vez leyó sobre un trastorno llamado: Insomnio fatal. Era degenerativo; la parte que se encargaba del sueño no funcionaba como debería, provocando que el descanso nunca llegara. Aquello vertía en que la persona que padecía del trastorno comenzara a perder la cordura poco a poco, hasta morir. Antonio pensaba en aquello muchas veces. Se sentía de esa misma manera, perdiéndose en una locura que nadie podía comprender. La diferencia es que él sí podía dormir, y sí era consciente de él mismo. Pero ¿qué es peor? ¿Perderse en uno mismo hasta la muerte sin el entendimiento de la realidad que te rodea? ¿O morir enfrentando con la sanidad intacta una realidad imposible?

Antonio decidió no pensar más en aquello. Decidió recostarse en el catre viejo y de madera. Su cabeza tocó con suavidad aquella funda de seda que le encantaba tanto. Por un momento, y solo por un breve momento, vio su sombra en un rincón.

Ella lo observaba con esos ojos tristes y molestos.

Ya no le producía tanto miedo.

Y, de todas formas, los volvería a ver de cerca una última vez.

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