Chapter 1
Mi corazón estaba tan alterado que en cualquier momento iba a empezar a zumbar en vez de latir.
Rodrigo aprovechaba cualquier excusa para ponerme las manos encima de manera disimulada mientras manteníamos una conversación trivial y socialmente aceptable frente a los otros invitados.
En otras circunstancias me habría encantado hacerle al rubio con cara de ángel de Botticelli y ojos azules una señal discreta para ir a un lugar más privado y, por la forma en la que estaba más al pendiente de la abertura al costado de la falda de mi vestido que de la sonrisa en respuesta a la historia de sus vacaciones en Italia, estaba segura de que me seguiría con el mismo entusiasmo que un niño al que le han prometido un dulce; pero esa no era la perspectiva que hacía que se me inflamara la entrepierna.
Había otra mirada acariciando cada centímetro de mi piel expuesta y se trataba de alguien que no necesitaba imaginar el resto, cubierto por la tela.
No necesitaba girar la cabeza para saber que Ian no se perdía ni un detalle de la interacción entre mi acompañante y yo. Mi risa más entusiasta de lo que el chiste ameritaba, su mano posándose en mi hombro o en mi cintura como por descuido, nuestros brazos rozándose, los ojos azules más atentos a mi escote que a mi rostro, sus labios acercándose a susurrarme en el oído a pesar de que la música no era tan fuerte ...
Podía imaginarlo con la respiración agitada a causa de la rabia; sus puños apretados, haciendo resaltar las venas de sus brazos; sus labios tensos hasta formar una línea y los ojos en llamas. Estaba volviéndolo loco y esa idea me hacía estremecerme de anticipación.
Al principio mi plan sólo era molestarlo para desahogarme por lo frustrante que se había vuelto últimamente que después todo lo que me había hecho mientras me tuvo atada en su cama no se atreviera a llegar la fiesta de mi brazo, pero cuando noté de reojo su expresión y la postura de su cuerpo no pude evitar imaginarme lo que iba a hacer en cuanto tuviera la oportunidad de ajustar cuentas conmigo.
Era cuestión de tiempo para que el instinto lo venciera, entonces me arrastraría a cualquier lugar donde estuviéramos solos para poder arrancarme el vestido e inmovilizarme contra alguna superficie que soportara las embestidas.
Yo trataría de resistirme un poco porque me encantaba sentirme pequeña e indefensa en comparación con él, pero terminaría por dominarme sin mucho esfuerzo y luego me follaría sin piedad.
O tal vez... tal vez lograra controlar su animal interior lo suficiente como para idear una forma especialmente perversa de darme una lección.
No tenía manera de adivinar qué se le ocurriría a su mente retorcida, pero estaba mojando mis pantaletas al fantasear con las posibilidades.
Podría invitar a Rodrigo a ver cómo me reacomodaba las entrañas y montar un show para él, azotándome y tirando de mi cabello para hacerme gritar más de lo normal. Nunca me pareció del tipo al que le guste compartir, pero tal vez incluso le deje probar mi excitación, aunque no le permita follarme.
Pero probablemente seríamos sólo Ian y yo, era más factible que involucrara alguno de sus juguetes que a un tercero, tal vez algo que yo nunca había visto antes y que sirva para dejarme incapaz de resistirme a cualquier cosa que quiera hacerme o cuyo lugar sea dentro de mí.
O ambas, tal vez me restrinja de tal modo que no pueda mover ni un músculo y use toda clase de instrumentos obscenos para torturarme durante horas sin permitirme llegar al orgasmo hasta que le ruegue con lágrimas en los ojos.
Me llevé la copa a los labios y me esforcé por controlar mi expresión, pero me costaba trabajo pretender que estaba atenta a la conversación en vez de perdida en mis fantasías.
De pronto el campo eléctrico invisible entre nosotros se rompió y no puedo evitar la tentación de escanear la habitación con la mirada de la manera más discreta posible, buscándolo.
Al no encontrarlo me tomó una fracción de segundo hundirme en la desesperación.
Sería demasiado inconveniente que la noche terminara conmigo volviendo a casa sola a hacerme cargo del fuego entre mis piernas con mis propios dedos en vez de él protagonizando una escena de película como me había imaginado, pero en cuestión de segundos la decepción le dio paso a la ansiedad.
Ya era bastante malo que hubiera tenido que irse sin tener una oportunidad de resolver nuestra primera pelea importante desde que empezamos a salir juntos, pero ¿Qué pasaría si se hubiera ido a propósito para no verme? ¿Era posible que lo hubiera hecho enojar tanto que decidió que no valía la pena seguir con lo que fuera que estaba pasando entre nosotros? ¿Qué tal si había decidido pagarme con la misma moneda y se había escapado por ahí con la pelirroja falsa que se había pasado toda la tarde abanicando las pestañas y riéndose como colegiala para intentar llamar su atención?
No, no, no. Me había excedido y tenía por delante pura tortura hasta averiguar si había alguna manera de arreglarlo.
Aunque claro, no tendría forma de saber que estaba intentando arreglar. Incluso si dejábamos de lado los incidentes de esa noche, la realidad era que nuestra relación que en un principio se sostenía en la atracción sexual incontrolable estaba tambaleándose porque yo había empezado a desear que me perteneciera también fuera de las sabanas.
Quería gritar a los cuatro vientos que era mío y al mismo tiempo no quería que arriesgara su carrera, que finalmente estaba en ascenso después de años de trabajo, al hacer pública nuestra relación. Y por encima de todo me negaba a enfrentar la realidad de que tal vez ni siquiera existía una relación para empezar.
Genial, ahora pasaría la noche sola atormentada por mis pensamientos en vez de debajo de él.
No era capaz de mantener la sonrisa falsa y sin él ahí no tenía nada que hacer en la fiesta, así que di una excusa para retirarme.
Estaba frente al salón esperando al uber que había pedido, más concentrada en controlar las lágrimas al menos hasta que estuviera sola en mi recamara que en la calle desierta y envuelta en tinieblas a esa hora de la madrugada, así que la enorme silueta que surgió de las sombras y se me acercó por la espalda me tomó por sorpresa.
Una mano me cubrió la boca y antes de que pudiera reaccionar me había tirado sobre uno de sus hombros, levantándome del piso como si fuera un maniquí.
Ágil, como si hubiera ensayado con dedicación cada uno de sus movimientos, me condujo a una camioneta negra que no había notado al estar estacionada con las luces apagadas en una callejuela poco iluminada.
Intenté con todas mis fuerzas patalear y hacer ruido, ¿pero que caso tenía? No voy a vencerlo por más que me resista, no hay nadie en la calle además de nosotros en la calle y no hay manera de gritar tan alto que me escuche alguien en la fiesta, así que terminó arrojándome en el asiento trasero antes de salir de ahí a una velocidad que sin duda era ilegal.
La sangre se congela en mis venas y los minutos que pasamos en la carretera transcurren como un borrón difuso.
No tengo idea de a dónde vamos y no quiero ni suponer lo que van a hacer conmigo. Lo único que puedo pensar es en lo fácil que es hacer desaparecer a una mujer y en que van a pasar horas antes de que alguien note siquiera que no estoy y empiecen a buscarme.