Robó mi vida y la recuperaré

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Summary

Las hermanas Galindo tienen solo dos cosas en común: Exactamente el mismo rostro y amar exactamente al mismo hombre. En el pasado, el conflicto las separó, pero con la desaparición de Nathalia, Liliana debe volver a la tierra que la vio nacer solo para redescubrir los sentimientos qué jamás logró olvidar. Cuando un sueño de amor se convierta en una pesadilla, solo un nuevo rostro le ayudará a darle a cada quien lo que merece. ¿Podrán estas gemelas perdonar a su opuesto en el espejo o serán la envidia, la traición, las mentiras y los secretos más fuertes que la sangre?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: A mí se me rompió el corazón, a él el mundo entero

—Lo siento mucho, señorita Galindo —dijo el hombre de la disquera—, pero a raíz de este video, no podemos asociarnos con usted.

Liliana apretó los puños bajo la mesa. Hubiera querido aparentar ser la mujer profesional y estoica que se levanta de la silla, dice una frase épica y se marcha con la dignidad intacta. Pero ella no era ese tipo de mujer.

—Por favor —susurró en una súplica—, puedo explicarlo.

—Las imágenes valen más que las palabras—respondió con indiferencia.

—Pero me esforcé tanto—exclamó sin lograr evitar que se le quebrara la voz.

—Todos los que trabajan en está industria se esforzaron mucho para lograrlo y la mayoría no tiene un video sexual acechándole las espaldas.

—Es que esa no soy yo.

—No me diga—añadió cierto aire de ironía—, es una mujer diferente ahora.

El tono despectivo del hombre hizo entender a Liliana que sus palabras no servían de excusa para él. Sin embargo, jamás había estado tan cerca de cumplir su sueño como en ese momento, por lo que Liliana hizo lo impensable.

—Verá—explicó mirando al suelo—, tengo una hermana gemela—y culpó a Nathalia.

—Por favor—bufó.

—Es verdad. Su nombre es Nathalia.

Y así comenzó su relato.

Nuestra madre murió cuando aun éramos pequeñas y mi padre nos crío durante un tiempo, pero él falleció también, así que, solo nos teníamos una a la otra.

Por suerte, éramos muy unidas. De hecho, lo compartíamos todo.

No obstante, conforme fuimos creciendo, Nathalia se interesó más en el maquillaje, los chicos y la popularidad mientras yo me enfocaba en las buenas notas, los libros y la música.

Esto no lo digo con la intención de verme moralmente superior a ella. No le tenía envidia a mi hermana, tampoco la menospreciaba, cada una tenía sus propios gustos e intereses y mantenía el respeto por los de la otra.

Todo cambio cuando él apareció.

Su nombre era Michael Knigth, tenía brillantes cabellos rubios que se parecían a las joyas finas, de esas que ponen sobre los bustos de los griegos y una blanca sonrisa que rivalizaba con el mármol.

La primera vez que fue a la tienda de helados a la que yo trabajaba me escuchó tarareando y me dijo:

—Ey, Lorelei—se sentó en la barra con un gesto arrogante—, uno de limón con fresa.

Quedé hipnotizada por él desde el momento en que recargó los codos sobre la mesa y los músculos de sus brazos se marcaron en la camisa que de pronto parecía muy delgada, casi trasparente. No obstante, yo quería parecer de esas chicas rudas de las películas a las que un chico guapo no las desestabiliza y le respondí indignada:

—¿Te mataría decir “por favor”?

—¿Para qué arriesgarnos? —respondió en son de broma.

Con una mueca de desagrado, serví su pedido y casi le arrojé el helado en frente.

—Son veinticinco pesos.

Él sonrió con altanería, no se como pudo ver a través de mi acto de hacerme la difícil, pero me miró con aire coqueto y me propuso:

—Te los cambio por un beso.

Aprovechándose de mi sorpresa, tomó el helado y salió corriendo.

Yo corrí detrás de él varios metros, por desgracia, era una chica gordita en ese entonces por lo que mi complexión era infinitamente inferior a la suya y no logré alcanzarlo.

Volví a la heladería muy decepcionada. No quería dejar las cosas así, por lo que, al siguiente día, pegué su foto de ladrón en la puerta de entrada.

Entonces el dueño vino y me reprendió por estar difamando a su hijo.

Por supuesto, me enojé con Michael. Él me pidió disculpas cuando su padre se marchó, pero lo hacía entre risas, como si fuese una broma.

—Vamos—se quejaba mientras yo estaba ocupada limpiando las mesas y atendiendo a los clientes que iban y venían uno detrás de otro—, no tienes porque hacer como que no me escuchas.

Seguí ignorándolo un rato hasta que me dijo:

—Si no fueras así de exagerada, no te hubiera pasado eso.

Al oírlo, reventé como una hoya a presión.

—Para alguien que jamás ha tenido que trabajar en su vida y que puede estar tranquilo sabiendo que el dinero de sus papis le solucionará cualquier problema, es natural que meterse con el trabajo de otra persona le parezca poca cosa—lo acusé—, pero como alguien que tiene que vivir con lo poco que sus manos pueden producir, es un asunto de vida o muerte, comer o no comer, ¿entiendes? ¡No todos tenemos la vida tan fácil como tú!

Tras mi reprimenda, se quedó callado. Yo no tenía ninguna intención de perdonarlo, hasta que me di cuenta de que, en algún momento, tomó un mandil y comenzó a ayudarme a servir a los clientes.

Desde entonces venía a la tienda cada día, me enseñaba sus dibujos, deseaba ser arquitecto, yo lo ayudaba en matemáticas. Él me animó a entrar al club de música, decía que mi voz era tan bella que mantenerla solo para mí era un acto egoísta.

Por ese tiempo me volví un poco más como Nathalia, empecé a interesarme en el maquillaje, las dietas y el ejercicio, quería que la gente dejara de sorprenderse cuando les decíamos que éramos gemelas, porque quería ser bonita para llamar la atención de Michael y cuando miraba a mi hermana, yo pensaba “así es como me vería, si fuera bonita”.

Pero nunca le dije de la existencia de Michael. Sabía que, cuando ella lo viera, me lo robaría. Él fue lo primero que quise tener solo para mí.

Planeaba confesarle mis sentimientos al llegar a mi peso ideal, hasta le escribí una canción que presentaría en el baile escolar donde le pediría que bailara conmigo y gasté mi sueldo entero en un vestido que era dos tallas más pequeñas de lo que me quedaría porque me había puesto un reto. No tenía derecho a confesarle mi amor a Michael si no entraba en el vestido.

Finalmente, ese día llegó. Nunca olvidaré las lágrimas de alegría que corrieron mi rostro cuando logré subir el cierre del vestido sin ningún problema. Con suma confianza me subí al escenario y canté todo mi repertorio, pero Michael jamás apareció.

Abatida y sin ánimos de fiesta, volví a casa solo para encontrar al hombre que durante toda la noche busqué, sentado en mi sofá mientras sostenía la mano de mi hermana.

Recuerdo la sensación de un rayo corriendo por todo mi cuerpo y como el mundo a mi alrededor, de pronto me pareció mucho más frio.

—Lorelei—exclamó Michael al verme, se levantó del sofá y caminó hacia mí—, ¿dónde estabas?, vine a verte y no… —Me recorrió con la vista, después cerró los ojos en un lamento—. El baile—recordó—, era hoy. Lo siento mucho, no pude asistir.

—¿Por qué? —pregunté conteniendo mis intenciones de reclamarle—. ¿Qué pasó? —Necesitaba saber que había sido tan importante como para que me plantara, sobre todo, necesitaba que de verdad fuese algo importante.

—Hubo un accidente —me respondió Nathalia—, sus padres fallecieron.

—¿Qué? —leí el dolor en los ojos de Michael, todo lo que sentí antes de ello me pareció tan pequeño. Yo misma me percaté de la inmensidad de ese dolor y me di cuenta lo pequeña que era. Después de todo, sabía de primera mano lo que es ser huérfana.

Sin embargo, no pudimos hablar porque un auto se estacionó fuera de mi casa y un hombre llamó a Michael desde adentro.

—Lorelei —susurró Michael—, ¿puedes cantar una canción en el funeral?

—Claro, ¿qué canción te gustaría?

—La que tú quieras, solo me gustaría escuchar tu voz.

Asentí y nos despedimos para que él pudiese subir al auto.

—Oye—me llamó Nathalia—, ¿estás bien?

—¿Por qué no me llamaste? —no pude evitar reclamarle. Ella levantó los hombros.

—Como te arreglaste tanto, pensé que está noche era importante para ti y como eran tus jefes, no creí que te afectara. Además, él no me dejó ir en ningún momento. Tenía muchas cosas que quería decir.

Me quedé callada. Nunca había estado tan enojada con Nathalia y pensé que nunca lo estaría, hasta que ella volvió a hablar.

—¿Por qué no me dijiste que tenías un amigo tan guapo? —bromeó.

Refunfuñando, caminé a un lado de ella y me dirigí a la ducha. Por la noche, modifiqué la canción que había escrito para Michael para adaptar la letra a la resignación de perder al ser amado, en vez de deseos de amor más allá, agregué un amor más allá del dolor y ese tipo de cosas.

No la invité al funeral, pero cuando me vio cambiarme, Nathalia se alistó también.

Me siguió durante todo el trayecto. Se pasó el evento hablando con la gente, ofreciéndoles su apoyo. No los culpé, la gente siempre prefería estar con ella que conmigo. Saberlo no evitaba que yo sintiera como si todo el mundo la escogiese a ella en lugar de a mí, sobre todo Michael.

Mientras yo cantaba con la intención de que mis sentimientos llegasen a él, que los trozos de mi corazón roto sirvieran para cubrir del dolor el suyo, mi hermana sostenía su mano, sobaba su hombro y consolaba su llanto.

A penas y logré acercarme para darle el pésame al despedirme, él me abrazó y me dio un beso en la mejilla. Después mi hermana le dijo que, si necesitaba algo, tenía su número y él besó su mejilla también.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, yo no quería admitir que, no tenía la certeza de que fueran de tristeza y no de rabia.

Noté que el hermano de Michael, Sebastián, me estaba viendo con ojos despectivos por lo que le dije que sentía su perdida, pero la mirada de Sebastian fue densa, dura, como si pesara, como si él estuviese pensando algo despectivo de mí.

Él no me respondió, solo se giró y se marchó.

—Discúlpalo —pidió Michael—, es más duro para él que para nadie.

—Por supuesto—agregó Nathalia—, perdió a sus padres y ahora tendrá que hacerse cargo de ti.

—Y como mi padre ya no está, él va a abandonar sus estudios para dirigir la empresa familiar. Yo quisiera ayudarlo, pero…

—No te agobies —volvió a tocarle el hombro—, la mejor forma de ayudarlo es mantenerte fuerte para no preocuparlo.

La situación me estaba superando por lo que me alejé para tomar aire.

Hasta me fui sin Nathalia. No quería abandonarla, solo quería estar sola un rato para llorar por mi corazón roto.

Me sentía tan culpable, sufriendo por un amor platónico mientras mi amigo acababa de perder a sus padres, su vida completa cambió de un momento a otro, sabía lo que era, no obstante, no podía evitar estar enfadada solo porque no fue a verme cantar. Mi hermana estaba haciendo lo correcto, estaba siendo amable y empática con alguien que sufría, pero yo estaba tan celosa de que la viera solo a ella, a quien acababa de conocer y no buscara consuelo en mí con quien ya tenía casi un año de cercanía y afecto.

Todas aquellas contradicciones me hacían sentir como el ser más egoísta del planeta, ¿qué derecho tenía yo a llorar por cosas tan banales cuando Michael se esforzaba por no llorar? A mí se me hizo pedazos el corazón y a él el mundo entero.

Sin embargo, no estaba equivocada.

Pronto, Michael comenzó a visitarnos con más frecuencia y cada vez que iba, hablaba más y más con Nathalia que conmigo. Incluso si iba a verme a la heladería, se la pasaba enviándole mensajes y viendo sus fotos. De pronto comenzó a faltar un día a la semana, dos, tres, todos.

Para cuando nos graduamos de la preparatoria, Nathalia me lo había robado por completo.

Pero un día, Michael vino.

Si yo fuera una persona más firme o más fuerte, le habría reclamado su desaparición, le habría dicho que se equivocó de hermana de manera despectiva o lo habría echado porque tenía que trabajar.

Pero yo era, en ese entonces, una persona incapaz de guardar rencor. Así que solo lo saludé de manera alegre y dejé que las mariposas en el estomago me llenasen el cuerpo entero.

Se quedó conmigo hasta el final del turno, me ayudó a cerrar el local. Hablamos de muchas cosas, jugamos videojuegos, compartimos opiniones sobre la película que al final no vimos juntos y cuando caminábamos a casa me dijo:

—Me gustó que volviéramos a hablar así, pasó mucho tiempo.

—Sí… —respondí en voz queda, no tenía intención de pelear—. Me alegra que pudiéramos hacerlo.

—Oye, Liliana —musitó mi nombre en voz nerviosa y se detuvo. Fue extraño porque era mi nombre, pero escucharlo de su boca detuvo mi corazón —. Ya que hemos sido amigos durante tanto tiempo, ¿te molestaría si de pronto, nos volvemos familia?

Sus palabras, iniciaron la cuenta regresiva de una bomba, la que haría añicos los escombros de aquello que me quedaba de esperanza.

—Tú sabes que me he estado viendo con tu hermana —“cinco” —, no como contigo si no como algo más—“cuatro” — y para serte sincero, me he enamorado de ella—“tres” —, no creo que ame nunca a nadie más— “dos” —, así que, quiero pedirle matrimonio—“uno” —, ¿qué piensas de eso?

Mi cabeza, mi pecho, mis piernas, ¿hacia que lado debía concentrar mi fuerza para que aquello no me derrumbara? No frente a él, al menos.

—Creo que te ama también —dije sin verlo a los ojos —, y si ustedes dos son felices, yo también lo seré.

Jamás dije una mentira tan fácil de adivinar como esa. Si Michael me hubiese visto al menos una vez, se habría dado cuenta de lo falso que era.

Pero nunca lo hizo, así que todo mi esfuerzo para llamar su atención, no sirvió en lo absoluto.

Durante los primeros meses de la planeación de la boda de mi hermana, tomé la decisión de estudiar en la universidad.

Mientras ella escogía el vestido y los adornos, yo me pasaba las tardes estudiando para mi examen de ingreso. Hoy en día, reconozco que me estaba refugiando en los libros para evitar ver a Michael y a Nathalia, pero, sobre todo, evitaba verlos juntos.

Era realmente duro porque eran las dos personas que más quería en el mundo, pero verlos era demasiado doloroso. Por lo tanto, me quedé completamente sola.

Mi hermana me invitó un par de veces a probar pasteles y a probarme el vestido que había elegido para mí, siempre le dije que estaba demasiado ocupada, para mi suerte, ella no fue demasiado insistente al respecto.

Pero un día entró llorando a mi habitación. Me dijo “hermana, te necesito, tienes que ayudarme”. Entre sus gimoteos y sus gritos, apenas y podía entender lo que decía.

Su exnovio estaba distribuyendo un video intimo que grabó sin su consentimiento y lo peor es que se lo había enviado a Michael diciéndole que era reciente.

Cuando la vi así, con el rostro tan rojo como su corazón, cuando escuché sus gritos de angustia y de dolor, en la fuerza de su abrazo pude sentir el miedo que le corría en la sangre. Ahí me di cuenta de lo mucho que ella amaba a Michael, y aun más importante, me di cuenta de lo mucho que la amaba yo.

¿Qué podía hacer? Aunque somos gemelas, ella siempre fue como mi hermana pequeña y ya que nadie más nos cuidaba, yo juré cuidarla siempre.

Por eso, cuando Michael vino a casa y me rogó que le respondiera si acaso la del video era yo, dije que sí.

Vi en su pupila mi propia imagen desmoronándose y a medida que su mirada se apagaba, mis sentimientos por él fueron arrastrados a aquella interminable oscuridad. La decepción que percibí en su rostro fue el último golpe para derrumbarme, aniquiló cualquier anhelo, cualquier insignificante esperanza que podría haber tenido respecto a nosotros.

Cuando se despidió de mí, me agradeció por mi honestidad y prometió que me visitaría pronto. Yo fingí creerle, pero en el fondo lo sabía.

Todo había terminado entre los dos.