Mi Tritón

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Summary

En busca de nuevos territorios y misterios ocultos, el cartógrafo Athos llega a la Isla de Vaelith, un lugar envuelto en leyendas sobre criaturas marinas y secretos desconocidos. Allí, encuentra a Carbius, un tritón de mirada hipnotizante y presencia imponente, que desafía todo lo que Athos creía posible. La conexión entre ellos es intensa e irresistible. Entre desafíos peligrosos y sentimientos arrolladores, Athos y Carbius emprenden un viaje que cambiará sus vidas para siempre.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El viento llevaba el olor salado del océano mientras Athos sujetaba con firmeza el timón del pequeño barco y la isla aparecía ante él.

Era más pequeña de lo que imaginaba, rodeada de acantilados negros que se alzaban como murallas naturales. La niebla danzaba sobre la superficie del agua, y por un momento, tuvo la extraña sensación de que la isla lo observaba.

Athos soltó un suspiro y sacó su viejo diario de cuero de la mochila, hojeando las páginas hasta encontrar las anotaciones sobre aquel lugar.

— Isla de Vaelith… — murmuró para sí mismo, pasando los dedos sobre la caligrafía garabateada. — Conocida por sus relatos sobre criaturas marinas… los pescadores hablan de cánticos en la noche y sombras entre las olas.

Sacudió la cabeza con una sonrisa. ¿Criaturas marinas? ¿Sombras? Todo sonaba como una leyenda de marineros, historias para asustar a los incautos. Pero, aun así, algo dentro de él lo impulsaba a explorar. Era esa sed de lo desconocido la que lo había llevado hasta allí. Con un empujón firme, lanzó el ancla y saltó sobre la arena húmeda.

Athos se detuvo y frunció el ceño.

Una melodía…

Baja, casi un susurro, como si el agua misma estuviera cantando.

Giró el cuerpo, atento. El sonido parecía provenir más allá de la playa, tal vez del otro lado del denso bosque que cubría parte de la isla. Su corazón latió más rápido.

“¿Alucinación?“, pensó, pero no podía ignorar la sensación de que aquella canción lo llamaba.

Con pasos cuidadosos, avanzó por la arena hasta el borde del bosque. Los árboles retorcidos formaban túneles de sombras, sus ramas enredadas como brazos intentando impedirle el paso.

La melodía aumentaba.

Athos sintió un escalofrío en la nuca.

El camino terminó abruptamente en un acantilado. Abajo, el mar golpeaba violentamente contra las rocas, formando remolinos de espuma plateada bajo la luz tenue de la luna creciente.

Y fue entonces cuando la vio.

Algo se movía en el agua.

Primero, solo una sombra. Luego, un brillo azul profundo, deslizándose entre las olas. La criatura nadaba con una gracia hipnotizante, como si fuera parte del océano. Sus escamas relucían bajo la luz, y un rastro bioluminiscente la seguía mientras se sumergía y emergía.

Athos contuvo la respiración.

El canto provenía de allí.

Su corazón se aceleró. Se inclinó más sobre el borde, intentando ver mejor. ¿Sería una ilusión? ¿Algún tipo de animal que nunca antes había visto?

La criatura se detuvo.

Por un largo momento, todo quedó en silencio.

Entonces, giró lentamente en el agua, y Athos sintió su cuerpo congelarse cuando un par de ojos brillantes se encontraron con los suyos.

Eran diferentes a cualquier cosa que hubiera visto antes. No eran ojos de pez ni de tiburón. Eran intensos, casi humanos, pero con un brillo etéreo, profundo como el mismo océano.

Athos sintió un nudo en la garganta.

Antes de que pudiera reaccionar, un trueno retumbó en el cielo. Nubes densas cubrieron la luna y el viento se volvió cortante. Las olas comenzaron a crecer debajo, girando alrededor de la criatura.

Y entonces, el agua se movió.

El mar se alzó en un remolino violento, arrastrando la corriente hacia su interior. La fuerza del viento casi lo derribó, y cuando intentó retroceder, el borde del acantilado cedió bajo sus pies.

— ¡No! — gritó, sintiendo el vacío bajo él.

Lo último que vio antes de ser tragado por las aguas fue la silueta de la criatura nadando hacia él.

Y aquellos ojos brillantes.

El agua lo devoró como un depredador hambriento. El impacto contra el mar fue brutal, arrancándole el aire de los pulmones. Athos se debatió instintivamente, intentando nadar hacia la superficie, pero la corriente era fuerte, arrastrándolo cada vez más hacia el fondo.

La oscuridad lo envolvía, y sus miembros comenzaban a pesar como si fueran de piedra. Su pecho ardía, suplicando por aire. El pánico nublaba sus sentidos.

“Voy a morir aquí…”

Fue entonces cuando unas manos frías tocaron su piel.

En medio de la niebla de burbujas a su alrededor, Athos sintió un par de brazos fuertes rodeando su cintura. Algo se deslizó a su lado, rápido, ágil, moviéndose como si el agua misma fuera su aliada.

Trató de abrir los ojos y, aunque borroso, logró ver la silueta de la criatura…

No, de alguien.

La misma figura que había visto antes. El resplandor azul emanaba de su cuerpo, reflejándose en su piel pálida y en sus oscuros cabellos flotando a su alrededor. Sus ojos, aquellos ojos brillantes, estaban fijos en él.

La falta de aire nublaba sus pensamientos, pero aun así, Athos sintió algo distinto.

Era calor. Un calor que parecía fluir directamente de la criatura hacia él, como si el mar a su alrededor no fuera gélido, como si aquella presencia lo envolviera en algo inexplicable.

Entonces, ocurrió algo inesperado.

Los labios fríos presionaron los suyos.

Por un segundo, Athos no entendió. Pero en el instante siguiente, comprendió: el extraño le estaba pasando aire.

Una oleada de oxígeno llenó sus pulmones, quemando como fuego en su pecho. El instinto de supervivencia se impuso y, sin pensar, Athos sujetó los hombros de la criatura, sintiendo la textura de su piel, firme, fría, pero viva.

Y entonces, fue arrastrado hacia arriba.

Como un rayo cortando las profundidades, ascendieron hacia la superficie. El mundo parecía girar, y antes de que pudiera entender qué ocurría, su cabeza rompió la línea del agua.

Tosió violentamente, aspirando el aire como si fuera lo más preciado que jamás hubiera tenido. Su cuerpo temblaba, el corazón le martilleaba en el pecho.

Los brazos a su alrededor aún lo sostenían.

Cuando finalmente logró respirar, alzó la vista y se encontró nuevamente con la criatura. Esta vez, la vio con claridad.

Un hombre.

O casi.

Su piel estaba marcada por pequeños trazos luminiscentes, un reflejo del brillo del mar. Su cabello, negro como la noche, flotaba con la brisa del océano. Pero lo más impresionante era su cola: escamas azul oscuro y plateadas relucían bajo la luz de la luna, formando una poderosa y elegante aleta de tritón.

Athos parpadeó, sin saber si era real o un delirio causado por el casi ahogamiento.

El ser lo observaba en silencio.

Hasta que, por fin, habló.

— Casi te conviertes en presa del mar, humano.

Su voz era profunda, con un tono provocador.

Athos aún luchaba por recuperar el aliento, intentando comprender la situación.

— Yo… — Su voz salió ronca, pero se obligó a continuar. — ¿Qué… eres?

El tritón inclinó la cabeza, como si estuviera sorprendido por la pregunta.

— Mi nombre es Carbius. — Su cola se movió levemente en el agua, manteniéndolos a flote sin esfuerzo. — Y estás en mi isla.

Athos abrió los ojos con asombro.

— ¿Tu… isla?

El tritón sonrió de lado, un destello divertido cruzando sus ojos.

— Sí. Y ahora dime, humano… ¿por qué has venido aquí?