El Asesino De La Magia by Alis Andel at Inkitt
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El Asesino de la Magia

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Summary

Alexander Silva tiene un trabajo sencillo como Detective en la Ciudad Negra, donde resuelve pequeños hurtos y se ocupa de accidentes de tráfico. Hasta que una noche, su tranquila vida se ve alterada por la aparición de un cadáver en un callejón de la ciudad. Un cadáver que ha sido asesinado y que, sorprendentemente, no es humano. Junto a su compañera, María Ríos, intentarán resolver el misterio de la identidad de la víctima y atrapar a su asesino. ¿El problema? Alexander tampoco es humano y tendrá que intentar seguir la investigación sin revelar su verdadera identidad. Pero a medida que pasan los días, la magia que lo mantenía oculto se va haciendo cada vez más débil a la vez que su marido, Jack, enferma de manera misteriosa. Alex se tendrá que plantear si es más importante seguir escondiendo su secreto, o revelarlo para conseguir salvar a su marido y evitar que haya más asesinatos.

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36
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18+

El callejón

Cada vez que estoy cerca de un cadáver quiero arrancarme la piel. Los densos gases que emite la putrefacción de la carne al ser digerida por las bacterias me queman como si estuviera siendo incinerado vivo. Incluso aunque solo hayan pasado unas pocas horas desde la muerte, puedo notar cómo el hedor cadavérico me abrasa con mayor intensidad a cada paso que doy hacia el cuerpo sin vida.

Pero esta vez es distinto. Esta vez es peor. Nunca había estado ante un cadáver que hubiera sido asesinado. Y no tengo ningún tipo de duda de que la mujer que se encuentra ahora mismo descuartizada en este siniestro callejón, ha sido asesinada. Y además, tampoco albergo ninguna duda de que no es humana. Eso no hace que el efluvio que emana de cada una de sus inertes y descompuestas partes tenga menos efecto sobre mi delicada epidermis.

—Ya he terminado, Detective —me avisa uno de los agentes encargados de documentar la escena mientras me entrega varios bocetos. Los trazos del lápiz imprimen con inquietante exactitud la escena que se encuentra ante mí: un oscuro callejón entre dos viviendas de ladrillo; el sucio asfalto que divide los edificios teñido de una costra roja y densa; una cabeza, un torso, y los miembros de una joven completamente desnuda, descuartizada. Lo realmente inquietante es que quien lo haya hecho, el malnacido psicópata que ha llevado a cabo tal atrocidad, ha vuelto a colocar cada una de las piezas arrancadas en su lugar original, creando la ilusión de que la joven está completa, pero sin que quede ninguna duda de lo que le ha hecho.

El dibujo refleja perfectamente el aspecto de la víctima, del cadáver, de la asesinada: boca abajo, con los brazos y las piernas abiertas, y descuartizada.

—Están correctos. Guárdelos con el resto de las pruebas recogidas —le digo mientras le devuelvo la macabra obra de arte.

El agente recoge los bocetos con gesto afirmativo, pero no obedece mi orden al momento.

—¿Qué es? —me pregunta, mirando hacia el cadáver con un gesto de repugnancia en la cara.

“Un psicópata” es el primer pensamiento que se me pasa por la mente antes de darme cuenta del verdadero significado de la pregunta.

—Una criatura mágica cualquiera —respondo. “Un Duende”, es lo que realmente me gustaría decir.

El agente niega con la cabeza haciendo vibrar su voluminosa papada a juego con el resto de su cuerpo.

—Nunca pensé que fuera a ver una real. Sé que las revistas nos advierten sobre ellas, lo de que están escondidas entre nosotros y todas esas patrañas, pero pensaba que eran todo rumores. Quiero decir… Mírela. ¿Cómo se supone que se puede esconder todo eso?

El orondo agente sigue divagando sin que nadie lo escuche mientras yo observo en silencio los restos de la mujer asesinada. Un ligero tinte verde claro le cubre la totalidad de la piel, extendiéndose hasta sus orejas puntiagudas. De la parte más baja de su columna surge una larga y delgada cola que finaliza en un pequeño revuelo de pelos verdes oscuros a juego con su cabello, que esconden una punta en forma de flecha. Aunque la escasa luminosidad del crepúsculo y la abundante suciedad de su cara los intentan ocultar, cientos de pequeños dientes afilados descansan bajo sus oscuros labios.

Comprendo la pregunta del agente pero, a diferencia de él, yo conozco la respuesta a la misma. Eso hace que mi atención esté más centrada en el resto de agentes que buscan pruebas por los alrededores que en el cadáver en sí.

Me alejo dejando a mi parlanchín subalterno charlando solo sin que se percate de mi ausencia. El ardor de mi piel comienza a disminuir exponencialmente con cada paso que me acerca a la salida del callejón. Pero es una nueva sensación opresiva en el centro del pecho la que me molesta en estos momentos, y no parece que se vaya a aliviar hasta que encuentre lo que estoy buscando. Algo que ha perdido la joven asesinada a mis espaldas, además de su dignidad y de su vida.

Consigo salir del callejón y tomo una larga y profunda bocanada de aire.

—Parece que ha sido duro —dice una voz suave a mi lado.

Los almendrados y azules ojos de María, atrapados tras unas grandes gafas cuadradas transparentes, me observan con una mezcla entre pena y diversión.

—Ha sido horrible —confieso, aunque no por las razones que ella se imagina.

María me abraza de manera impulsiva y su ceñido moño rubio se agita con gracia mientras sus brazos me atraen hacia ella. Yo no le devuelvo el abrazo y me angustio al sentir su cuerpo chocando con suavidad contra el mío. Sé que ahora mismo soy la envidia de todos nuestros subordinados del Cuerpo de la Policía Ciudadana que se encuentran en la escena del crimen. Ella se permite esos pequeños juegos conmigo porque sabe que estoy casado. Y por si eso no fuera suficiente, tampoco estoy interesado en lo que ella me puede ofrecer, a diferencia de lo que le ocurre al resto del personal masculino de nuestra oficina de la Ciudad Negra. Yo se los permito porque somos los únicos dos Detectives en activo ahora mismo en la ciudad, y mi situación personal requiere que no me lleve mal con la única persona que me puede salvar el culo en caso de necesitarlo. Pero no me gusta ser utilizado ni sentirme como un objeto en sus extraños juegos de poder.

—¿Cómo van las cosas por aquí? —le pregunto cuando por fin decide finalizar el abrazo con una sonrisa maliciosa en sus labios—. ¿Ha aparecido algo interesante?

Ella niega con la cabeza, pero antes de que pueda empezar a hablar, una voz nerviosa la interrumpe desde la distancia.

—¡Detectives! ¡Parece que hemos encontrado algo!

Esas esperanzadoras palabras provienen de la boca de otro voluminoso agente, aunque no tanto como el anterior, que se encuentra a dos calles de nosotros. En las manos, sujeta lo que aparenta ser un largo vestido de noche negro. Nos acercamos a paso rápido mientras María profiere maldiciones sobre la poca profesionalidad de la gente a nuestro cargo.

Examinamos la pieza de ropa, todavía en las manos del agente. Mi compañera no para de gritarle y echarle en cara su ineptitud durante todo el proceso de recogida de pruebas. Yo la dejo desempeñar su papel, como siempre. La prenda es un simple vestido largo de manga corta, sin ningún adorno significativo salvo un discreto bordado en forma de cruz entre los pliegues de la falda. Llaman la atención las grandes manchas rojas que salpican gran parte del tejido, casi como si los hubieran empapado en una piscina de sangre carmesí.

El agente, con la cabeza encogida entre los hombros y los ojos llorosos fruto de la reprimenda recibida, señala una pequeña caja de cartón lisa escondida entre otro montón de cajas de cartón similares, como respuesta a la pregunta sobre el origen del vestido que le ha formulado mi compañera. Me acerco con rapidez y sigilo al lugar donde señala, y me agacho para revisar su interior antes de que otra persona tenga tiempo de hacerlo. En menos de cinco segundos, María está de cuclillas a mi lado, escudriñando la caja con sus finas manos cubiertas por guantes de látex. Vacía su contenido en varias bolsas de plástico transparentes: un pequeño cuchillo de tallar afilado, ropa interior blanca, unos preciosos zapatos rojos de tacón y unos pendientes de plata con forma de luna.

—¿El arma del crimen? —me pregunta señalando con la nariz el cuchillo.

—No lo creo. Parece demasiado pequeño. Aun así, tendremos que esperar al informe del forense —le respondo mientras me levanto con las manos metidas en los bolsillos de mi larga gabardina marrón.

La luz de la mañana empieza a asomar por los ennegrecidos cielos de la ciudad cuando un carro de color bermellón emerge desde la carretera, como si fuera una gota de sangre perdida en medio de un mar de oscuridad. Los Sanadores han llegado para recoger el cadáver justo antes de que comience el barullo de la mañana.

Después de hablar con ellos y de darles directrices sobre cómo proceder con los restos de la mujer, ordeno a los agentes que quedan que lleven todas las pruebas recolectadas a la Oficina Central de la Policía Ciudadana. Ya no queda mucho más que podamos hacer allí.

—Voy a casa a darme una ducha antes de volver a la oficina. Además, Jack estará preocupado. Salí a toda prisa sin darle apenas explicaciones —informo a María, que se dispone a unirse a los agentes en su retorno a nuestra sede central.

—Pensaba que cuando uno llevaba diez años casado ya no hacía falta dar explicaciones cuando te marchas de madrugada sin avisar —me responde ella de manera burlona.

—Doce —la corrijo—. Y no. Las explicaciones, por desgracia, no se acaban nunca. Sobre todo cuando es la primera vez que tu trabajo te obliga a salir de madrugada en diez años.

Me despido de ella levantando una mano mientras con la otra, todavía en el bolsillo, agarro con fuerza el brazalete que he conseguido robar de la caja antes de que María y el resto de agentes se percataran de su presencia. El brazalete que tiene engarzada una gran piedra oscura, que es muy parecida a la que yo llevo colgada en el pecho y que es lo que me permite esconderme y hacer que parezca un humano más.

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