Prologo
Lo veía, y mis ojos no podían creerlo.
El viento soplaba con furia, azotando mi cabello y levantando remolinos de hojas muertas. Los árboles, altos y quebradizos, se mecían en una sola dirección, como si toda la tierra respirara en una fuerte exhalación. Y allí, ante mí, se extendían las ruinas. Fragmentos de una ciudad más antigua que los recuerdos de nuestros ancestros, vestigios de una gloria que alguna vez debió resplandecer. Ahora, solo quedaban los huesos de aquella civilización extinta, esparcidos sobre la roca árida como un cadáver abandonado.
Pero incluso en su muerte, la ciudad era magnífica.
A unos pasos de mí, un hombre se arrodillaba sobre los restos de lo que alguna vez fueron muros imponentes. Era uno de mis compañeros de viaje, bajo de estatura y ataviado con ropas oscuras y elegantes, un atuendo demasiado fino para un explorador. Siempre había sido reservado, distante, como si su mente vagara en tierras que ninguno de nosotros podía ver. Y, sin embargo, ahora lo veía fascinado, casi reverente. Sus dedos recorrían los símbolos grabados en la piedra, deslizándose por cada grieta con una delicadeza que rozaba la devoción.
Parecía comprender algo que nosotros no.
Me acerqué, impulsado por la necesidad de saber qué veía, qué sentía, qué pensamientos lo consumían en ese instante. Pero cuando le hablé, solo murmuró dos palabras:
—Es hermoso.
Lo dijo con la voz de un artista frente a una obra destrozada, aún cautivado por su esplendor.
Habíamos viajado tanto para llegar aquí. Atravesamos ríos y montañas, bosques donde los árboles crecían con formas que desafiaban el sentido, pueblos donde unos nos miraban con una mezcla de asombro y otros con desdén. Algunos nos ofrecían su hospitalidad; otros se apartaban con desprecio, murmurando en lenguas incomprensibles. Desde que puse mi primer pie en estas nuevas tierras lo sentía: este lugar estaba vivo. Todo nuestro recorrido valió la pena, pues estábamos aquí, en el corazón de un lago inmenso, de pie sobre las ruinas de una capital perdida.
La noche cayó sobre nosotros como un velo espeso. Dormimos con la certeza de que nuestro viaje continuaría al amanecer. Pero cuando el sol se alzó en el horizonte, el hombre de ropas oscuras tomó una decisión inesperada.
—Seguid sin mí —dijo—. Yo me quedaré aquí.
Aseguró que conocía el camino de regreso, que no necesitaba compañía. No había razón para temer por su seguridad. Así que lo dejamos atrás, creyendo que aquel lugar sagrado no le ofrecía más que admiración y tranquilidad.
Muchos pasos después, esa noche, un grito desgarrador rasgó la calma.
Corrimos en su dirección, guiados por el eco de su desesperación. Bajo la pálida luz de las estrellas, lo encontramos junto a una serie de huellas dispersas. Las seguimos. Primero con esperanza. Luego con temor. Finalmente, con la certeza de que no hallaríamos nada.
Y, sin embargo, lo hicimos.
Cuando vi el cuerpo, sentí que algo dentro de mí se rompía.
Era nuestro compañero, pero al mismo tiempo no lo era. No en ese estado. Su torso estaba abierto en una herida monstruosa, las entrañas derramadas sobre la hierba oscura, su piel aún húmeda de sangre. Su mandíbula había sido arrancada, dejando al descubierto la visión grotesca de su garganta mutilada, de dientes que ya no sostenían palabra alguna. Sus ojos, fijos en el vacío, parecían gritar.
Un mareo me sacudió el cuerpo. Llevé las manos al estómago, luchando contra la náusea, pero fue inútil. Vomité, sintiendo la acidez quemarme la garganta, como si algo en mi interior también anhelara huir.
¿Qué había ocurrido? ¿Cómo? ¿Quién... o qué... podía hacer algo así?
No me equivocaba. Aquellas tierras estaban vivas. No como un bosque que crece ni como un río que fluye, sino como algo que observa. Algo que espera. Como un animal de piel hermosa, inmóvil, cuya mirada no es de hambre ni de furia... sino de puro deleite ante el sufrimiento.