DOCE AÑOS ANTES
Los recuerdos son el vínculo más puro
con aquellos que viven bajo tierra.
Eliel
No te dejes engañar por los muchos rostros que vas a conocer; todos pueden ser personajes secundarios jugando a ser protagonistas, otros son villanos pretendiendo ser héroes; incluso algunos más son mentiras creyéndose verdades. Al menos yo, un vandaud, reconozco lo que soy: un fantasma que ruega por su nuevo recipiente carnal.
Por eso te contaré del protagonista de esta historia.
Recuerdo con vergüenza la primera vez que presenté atención en él, en Slongur.
No una vergüenza natural, como aquella que los humanos conocen; si esa no la sentí ni en vida menos ahora que no pertenezco a ella. Creo que la pérdida de mi rancia carne me liberó de esos restos que eran mis huesos, pero me hizo voluble a sentimientos.
Temo estar desarrollando mi propia humanidad apenas en mi estado actual.
Fue inevitable sentir pena al ver a tan pequeña criatura sufrir, aunque el placer de observar el dolor humano es parte de mi naturaleza, y no estoy dispuesto a cambiarla. Pero en cuánto vi a aquel pequeño, era claro que su destino estaba vinculado a mí.
Debía ser aquel cuerpo mi recipiente certero.
Recordaba muy bien aquella noche en la que lo conocí, creo que fue por la sangre derramada que morbosamente busqué. Ese también era el recuerdo más vívido que Slongur tenía de su madre, descubrí después; aunque presiento que solo lo recordaba así por ser el momento más aterrador de su vida, o al menos lo fue, antes de alcanzar su madurez, cuando lo acompañé a descubrir los cientos de horrores que albergaban las ciudades más allá de su ventana.
Siempre me ha sorprendido cómo creyó memorizar la voz de su madre, su calor, su tacto; aunque la recordaba con exactitud, ahí estaba el encanto de sus recuerdos. Su rostro permanecía intacto en su memoria, y parecía seguro de poder volver a encontrarla algún día, aunque no en el inframundo; siempre afirmó tener claro que el recuerdo de su madre no debía ser una vulgar evocación escondida bajo tierra, un pálido reflejo de su memoria.
Antes de quedar ciego, era un niño alegre e inquieto, con un tremendo ánimo por vivir y un inexplicable arrojo para la aventura. Cuando su madre le indicó que debían abandonar su hogar en un insignificante pueblo cerca de la capital, Slongur se alegró por tener la oportunidad de conocer lo que había más allá de las patéticas cumbres grises que se asomaban en el horizonte.
Me insulta la manera en la que su madre jugó con su inocencia; él creyó que sería algo temporal, que volverían a casa después de su viaje.
Lo que su madre ocultó fue la intención: debían huir de ahí para esconderse de un enemigo que incluso a mí me eriza la existencia.
Igual que como casi todas las desgracias humanas suelen suceder, era una noche de invierno, que recuerdo demasiado fría. Se habían refugiado en una pequeña choza en el bosque, donde su alrededor crujía tortuosamente.
Slongur debe tener alguna especie de desorden mental, me temo, porque esto no le desanimaba. De la experiencia, sólo recuerda el cálido regazo de su madre junto a esa ruinosa chimenea, en su escondite provisional tras semanas de intermitente movimiento que, debo admitir, fue demasiado molesto perseguir, buscando refugios improvisados u hogares deshabitados, sin avanzar con rumbo fijo.
Habría desistido en mi errante tarea de seguirlos de no haber sido por la fascinación que sentía por aquella mujer, su madre. Ella me había vencido en batalla, quería vengarme de ella. Por fin la había encontrado; sólo debían asesinarla por mí para poder apoderarme de su cuerpo.
Estábamos en una cabaña vacía de rancio aroma y madera putrefacta; tenía marcas de humedad descendiendo por los bordes de las ventanas con cristales tan sucios que les protegían de mirones ante la ausencia de cortinas; yo soy más que cualquiera de ellos. Las tejas se caían a pedazos en medio de la noche y entre los huecos susurraba el viento. Lo primero que haría al volver a la vida sería destruir aquella pocilga, pensé; no puedo siquiera imaginar el desastre que es en otras épocas del año, bajo la lluvia torrencial.
Por lo menos Slongur y su madre sentían el alivio porque pronto se irían de aquella ruinosa aldea casi despoblada. En cuanto terminara el invierno pensaban ir al norte, les escuché decir; pensaban escapar a la nación vecina donde se esconderían de aquello de lo huían.
Si me hubiera atrevido a hablarle al chico le habría advertido de no hacer planes, la vida tiene los propios. Por eso considero mi estado de existencia un privilegio; unas vacaciones para ese estado de vulnerabilidad llamado… ¿vida? Muy sobrevalorado concepto.
Primitivamente, Slongur jugueteaba con los mechones negros de la larga cabellera de su madre, mientras ambos esperaban por la sopa hecha con las pocas raciones restantes, misma que ardía dentro de una oxidada cacerola de hojalata sobre el mismo fuego que les calentaba.
A pesar de haber quedado ciego aquella noche, todos los recuerdos de Slongur estaban llenos de colores y sombras, rostros y figuras; nada era un impedimento para su grandiosa imaginación. Aunque tuviera cinco años de edad, al su potencial ya lucía envidiable.
Les observé con atención, intuyendo la muerte que se acercaba.
—¿Qué es un qüirlish? —preguntó el niño.
—La “u” es muda en esa palabra, Slongur. ¿Por qué preguntas eso?
—El hombre que vive en la cabaña de enfrente dijo que yo era uno, le conté de los astreos y me dijo que de grande sería un gran quirlish.
El chico se ganó mi particular atención, ¿valdría la pena esperar por ocupar su propio cuerpo? Desee por un momento su propia muerte… aunque, reencarnar en un cuerpo tan vulnerable sería un hastío, no tuve una feliz infancia. Era mejor esperar a que crezca.
—Hijo, te he dicho que no menciones a esta gente nada de lo que te cuente sobre esa raza; nuestros vecinos odian escuchar al respecto —repuso ella, tontamente.
Se había vuelto una mujer muy miedosa en comparación a la persona que había sido mi oponente. Creo que la maternidad le había hecho susceptible a su propia vulnerabilidad.
—Cuéntame la historia de ellos, de los astreos.
—¿Qué quieres saber?
—¡Todo!
El chico debe ser muy ignorante. Es un relato demasiado fácil de digerir, hasta parece fantasía, pero en realidad se trataba de una clase sobre la historia de nuestro país. Definitivamente yo no quería ocupar su cuerpo ignorante de entonces.
Slongur se acomodó entre los brazos de su madre y observó con atención la oscuridad que les rodeaba más allá de la chimenea y la cacerola con la sopa. Podía ver con claridad, entre sombras, las vagas siluetas de lo que su madre narraba:
—Cuando los humanos comenzamos a existir, la tierra ya era habitada por una raza más antigua, que aún vive entre nosotros; una raza más bella y perfecta.
Odio que sobrevaloren tanto a esos idiotas que viven “en el cielo”.
—Los astreos, que viven en las alturas —apuntó Slongur con emoción, mientras su mamá hacía una pausa para asentir.
—Ellos eran demasiado arrogantes para dominar solamente nuestro mundo, así que se apoderaron del sol y la luna. Cuando su primer rey murió, sus dos únicos hijos dividieron la corte. Uno tenía la piel bronceada y amaba el calor; a él le pertenecía el sol. Sus partidarios comenzaron a vestirse con oro y bronce, y a utilizar telas escarlatas. Comenzaron a ser llamados gente carmín.
Sonaba muy hermoso todo, pero ahora esos miserables estaban en decadencia.
—Ellos aprendieron a fusionar sus cuerpos con el fuego —interrumpió Slongur, emocionado de poder participar en la conversación.
—Aunque, a decir verdad, odian hacerlo, no les ha sido de utilidad en tiempos de paz. Los bebés son pálidos y brillantes, como si fueran pequeños soles que mantienen junto a ellos para conservar su brillo que se va apagando a medida que crecen.
La madre tenía razón, y los he visto hacerlo… es asqueroso.
—¿Qué hay de los astreos de la noche?
Así es, mujer, ¿qué hay de esos débiluchos alzados que sólo salen de noche?
—La gente marfil controla la luna, y con ella, el agua; les encanta la plata y el mármol, la arena blanca y las telas pálidas, como ellos, o las tonalidades azules; creen que combinan a la perfección con su esfera blanca. Deben cuidarse de la oscuridad, demasiado mal puede arrastrarlos a las sombras permanentes, como una enfermedad infecciosa e incurable.
Esfera blanca… su tonta luna no es nada sin la luz del sol.
—Pero no quisieron compartir el lugar para colocarla, ¿verdad?
—Los marfiles querían que la noche fuera eterna, y los carmines buscaban que el día lo dominara todo.
—Suena horrible —Slongur se cubrió la boca con una mano, sorprendido.
Niño, hay cosas peores.
—Cuando un príncipe marfil desapareció con un bebé carmín, hijo de su amada, fue desatada una guerra en la que ambos grupos dejaron de ser familia. Lucharon hasta la muerte por generaciones, hasta que la Madre Tierra decidió intervenir. Envió a su hija, Gaia, para apaciguarlos.
La mujer hizo una pausa para observar a su hijo, esperando alguna clase de interrupción. Impaciente, el niño se adelantó.
—Los astreos no terminaban su guerra y Gaia comenzó a pelear... ¿Qué pasó después?
—Gaia domó a los ejércitos y dividió los días a la mitad, otorgando una para el sol y otra para la luna. —la mujer se detuvo de nuevo, eso llenó de más emoción el rostro de Slongur—. Cuando el conflicto terminó, los humanos llegamos para poblar la tierra, casi vacía por las masacres que los astreos habían desatado.
No era tan fácil como eso. Inexactitud histórica… o ¿ignorancia?
—¿Qué pasó con el príncipe que se robó el bebé?
—Nadie lo sabe, Sly, hasta ahora es un misterio. Dicen que lo mató, otros dicen que lo llevó a la Unión Eminente, el país vecino, donde vivieron como dioses.
La torcida tapa de la cacerola comenzó a temblar sobre el fuego de la chimenea.
Slongur se levantó del regazo de su madre y ella se inclinó sobre el fuego para revisar la cena.
—¿Y los astreos continuaron viviendo con los humanos? —Slongur quería seguir escuchando la historia, y yo también, habría muchos datos a elaborar en el futuro, si yo quería instruir mejor aquel chico.
Su madre apartaba la cacerola del fuego mientras continuaba:
—Al principio los astreos no querían compartir la tierra con nosotros y nos dominaron. Por siglos hubo revueltas en su contra, y sus ciudades comenzaron a desaparecer, recluyéndose en las cimas de las montañas más altas, donde viven ahora, alejados.
Afortunadamente.
—Fue cuando construimos al tren gigante del tiempo… al Caminante Chirriante —afirmó Slongur con derroche de seguridad, pero había cometido un error en aquella afirmación. Mi consejo es nunca afirmar nada con completa seguridad, sólo es una muestra de imbecilidad.
—No, Slongur, el Caminante fue fabricado mucho tiempo después —respondió su madre, hundiendo un cucharón de madera sobre la desabrida sopa, excedida en agua—; fue cuando aparecieron los quirlish, luchando con algo que los astreos no tienen.
—¡A los artificios! Es como se llama cualquier cosa que pueden materializar.
—¿Pero a los artificios con qué materia son creados?
—¡Con la energía que nos rodea! —gritó el niño, emocionado.
Su madre soltó una dulce risa. Casi sentí pena por lo que estaba por sucederle.
—Sí, pero la manipulan con su conciencia, que es el talento para la creación que los quirlish tienen; también se les llama quimeristas, porque pueden crear lo que sea con las ideas dentro de su mente y su corazón, que es a lo que reacciona la muolis en el aire, dando vida a sus sueños y a su imaginación.
Despacio, mujer; si el niño lo comprende debe ser brillante.
—¿Qué es eso? —la palabra muolis debía ser nueva para Slongur, pertenecía a los términos en desuso, sepultados por la sociedad mediocre que poco alarde hacía de toda la información acerca de los quimeristas y su indomable poder.
—Es la energía que nos constituye a todos, a ti, a mí, al cielo, la tierra y todo lo que habita en ella —respondió su madre tras servirle sopa dentro de un pequeño tazón que le entregó con cuidado—. No olvides soplar, está caliente.
Al pequeño parecía no importarle la temperatura de aquella cena, tiritaba de frío, y mientras más comida caliente ingiriera, más rápido entraría en calor... o eso parecía creer.
—Si fuera un quimerista, crearía una casa más bonita para ti —dijo el niño como agradecimiento hacia su madre, contemplando el gesto de aflicción que la mujer tenía al ver lo poco que podía darle a su hijo.
Por un momento olvidé la aversión hacia su gesto de cariño, y sentí compasión.
—Cuando seas uno debes prometer una cosa —respondió su madre, luchando contra el nudo que se atoraba en la garganta; intentaba que Slongur no pensara en lo que les faltaba, sino en lo que podría lograr—: vas a retribuir tus dones con el mundo, tu motivo de existir es ese, trascender a través del bien que vas a hacer.
El niño sonrió y asintió con un extraño gesto que debía ser tierno para su madre, uno donde sus ojos oscuros se rasgaban lo suficiente para dar espacio a su boca abierta, mostrando los pequeños dientes que sobresalían entre los huecos vacíos de piezas que había mudado.
—Lo prometo.
—Una promesa es irrevocable, ¿lo sabes?
—¿Qué es irrevocable?
—Que no se puede romper, por nada ni nade. Es magia, como aquella que las brujas dominan. La naturaleza le responde a ellas, se rigen por sus palabras.
Slongur no podía contener su expresión de confusión; ni siquiera tocaba la comida por prestar atención a su madre.
—¿La muolis no es magia? —cuestionó él, confundido.
—No. La magia sólo le pertenece a las brujas, son avatares de la naturaleza…
¡Basta, mujer! Es demasiada información.
—¿Ava.. qué?
—… y por eso la dominan más allá de todo orden. Si una bruja quiere maldecirte sólo tiene que jurar tu castigo al aire e inmediatamente se hará realidad.
Lo vi en sus ojos: por un momento Slongur pensó en lo divertido que podría ser bruja, más que un quimerista. Ignorante.
—¡Entonces prefiero ser una de ellas! —exclamó; ni siquiera tocaba su comida de la emoción—. Parece ser más divertido que tratarse de un quimerista.
Qué insulto.
—Una bruja se rige por las limitantes de la naturaleza ya existente. Pero, como quimerista, podrías crear cualquier cosa, moldear el universo de una manera completamente diferente.
Era peculiar ese comentario, viniendo de una bruja tan poderosa como ella.
Balanceando el cuerpo ansiosamente, Slongur intentaba emitir su juicio en aquel momento, sobre qué decidiría ser: una bruja o un quimerista.
—Ya no sé cuál voy a ser —replicó.
Definitivamente este niño es estúpido.
—No es necesario que elijas uno de los dos; no ahorita, ni nunca, ambos son talentos diferentes con los que se nace y se deben desarrollar, pero no es probable que puedas convertirte en alguno por más practica que exista, si no existe ese don en ti —le explicó su madre, en calma—. Ahora, cena.
Al primer bocado, Slongur tuvo que escupirlo dentro de su tazón, intentando contenerse para no gritar de dolor, ocultándose de su madre, quien aún se servía la ración restante de sopa, una mucho menor a la que había entregado al niño.
Fue en ese momento cuando ella escuchó el peligro acercarse. Les habría advertido, pero no poseo cuerpo alguno para que me pudiera ver, lamentablemente.
Lanzó su cena sobre la chimenea para apagar el fuego y corrió a tomar en brazos a su hijo.
El pequeño no tenía idea de lo que sucedía, pero al prestar atención, notó el aleteo de un enorme animal afuera.
El ruido cesó por un momento.
Una robusta silueta se asomó por la ventana en el exterior; no era sencillo identificar si se trataba de un humano o un animal.
Lo último que Slongur pudo ver con sus propios ojos fue la enorme garra de un ave blanca que atravesó la ventana con una velocidad atroz y un estruendoso romper de cristales, madera y ladrillos.
Ni siquiera su madre fue capaz de defenderlo en aquel instante: la enorme garra, en un torpe movimiento por llevárselo, rajó sus ojos con rasguños, cegándolos para siempre.
Vi la sangre escurrir por su cara.
Con desgarradores gritos de dolor, el niño contenía su desesperación buscando a tientas por su madre, llamándola.
—¡Aquí estoy, hijo! —le gritó ella, completamente asustada.
—¿Tu hijo, contigo? —preguntó una voz sobrenatural sobre ellos. Era el ave que hablaba con una femineidad siniestra, la de una mujer vieja—. ¿Dónde está?
A ciegas, el pequeño pudo escuchar los gritos desesperados de su madre, no sabía que ella ya estaba siendo arrastrada lejos de él, por la otra pata del ave que le había prensado por la espalda.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡No puedo ver nada! —gritaba Slongur, con una voz horrorizada que le desgarraba la garganta.
—¡Dime donde está! —ordenó el ave, incrustando sus largas garras en el torso de la aterrada madre—. ¡Dámelo y te dejaré ir!
—¡Mamá! —gritaba el pequeño, inválido, sosteniendo la sangrante herida con sus manos, escurriendo su propia vida entre ellos, el cálido líquido era incontenible.
Su madre sollozaba pero también contenía valientemente su dolor; la garra del ave se le clavaba en las clavículas, inmovilizándola en agonía, mientras la mujer evitaba que su hijo no le escuchara sufrir.
Slongur guardó silencio, percibió el terror de su madre, la cercanía de la muerte. Yo conocí esa sensación perfectamente; inolvidable el ardor de la sangre helada.
Ella intentaba mantenerse en pie frente al niño, intentando alcanzarlo sin poder hablar. Lo único que podría escapar de su boca serían aullidos de agonía y desesperación.
El cuerpo de Slongur no pudo soportar el insoportable dolor de la herida sangrante y el miedo que le helaba el alma. Perdió el conocimiento sin poder despedirse de su madre.
El ave se llevó los agonizantes restos de aquella mujer; no me quedó de otra: el cuerpo de ese niño sería mi nuevo recipiente.
Slongur despertó tiempo más tarde en lo que parecía ser una cama suave, de un refugio diferente, con una cálida venda en el rostro.
Lo vi sufrir su propio duelo, un doloroso despertar. Con semanas en agonía y lamentos por su madre. Quizá por eso me prometí protegerlo en vida, esperando silenciosamente su muerte. Me había conmovido su pérdida.
Cuando creí que se había resignado… hice mi aparición en su vida:
—Tu dolor es el mío. Tu vida ahora está vinculada a mí, mi alma ahora es tuya. Te serviré y te protegeré. A cambio, tu existencia también será mía, igual que tu carne cuando tu alma la haya abandonado —pacté mientras dormía.
Este fue mi juramento para que la naturaleza nos uniera, no era necesario pero quise darle una oportunidad para vivir. A partir de ese momento, haría ver a Slongur el mundo de maneras muy diferentes.