El profesor
No importaba que tanto se dijeran que era peligroso, ya volvían a estar en esta situación. ¿Qué consecuencias traería esto? ¿Qué pasará cuando el resto del mundo se entere?
Pero no podía quejarse. Sería ridículo.
Al final de cuentas, ella misma se puso la correa en su cuello cuando él se la ofreció.
Y lo que es peor, no pudieron esperar a llegar a un motel o a su departamento. No, ¿Cómo iban a hacerlo?
Ella se encontraba desnuda, sobre el escritorio de su profesor, con una correa en el cuello, ambas manos atadas a su espalda y presentándose para él como si se tratase de la más sucias decoraciones de oficina que jamás existiera. Lo único que tenía puesto eran aquellas botas blancas que él le compró justo el día anterior y que había decido llevar por él.
El hombre que tomó su virginidad hace un par de semana en su cumpleaños, su profesor con el que no paraba de pensar durante todo el primer semestre de su segundo año de carrera, la miraba como una pieza de carne que estaba preparando para comer. El sonido del resto de los estudiantes del campus se escuchaba a lo lejos, un recuerdo de donde estaban, y mezclado estaba el sonido de la bonita cadena con grilletes con formas de corazón que conectaban a su correa cada vez que él hacía un movimiento.
Desde su posición no podía verlo. Solo escuchaba su respirar y pasos. El solo pensar en lo que estaba a punto de pasar la hacia sentir calor y humedad en sus partes intimas. Lo deseaba, por muy mal que estuviera hacerlo aquí.
¿Lo despedirian? ¿Qué pasaría con ella? Tenía miedo de que pasara algo malo. Aunque los dos eran mayores de edad, y él le ganase por 10 años al tener 30, no era bien visto que un profesor se involucre así con una estudiante.
Pero sus dudas se disiparon el momento en que él pulsó un botón en su telefono y la vibración en su cadera del juguete que insertó momentos antes causaron que se olvidara de todo el resto del mundo.
Se mordió el labio, buscando retener un gemido mientras que se retorcía de la sobrecarga de sensaciones. Sentia su rostro caliente, y sus hombros se presionaban contra la madera fria de la superficie.
Sentía su mirada, observando cómo se retorcía ante eso. Aún le daba vergüenza, aun tenía deseos de escapar, pero más fuerte era el placer y seguridad que él mismo lograba hacerle sentir. Especialmente que esta era la primera vez que ella usaba un juguete sexual.
Pequeños gemidos y reclamaciones escapaban de su boca que no podía controlar. —Eres ruidosa— dijo la primera vez que tuvieron completa privacidad en su apartamento y ella solo se dejó llevar. Eso la puso autoconsciente de sus ruidos y sonidos, a pesar de que ella sabia que se lo dijo como cumplido. El temor de que la escuchen haciendo estas cosas podia con ella. Especialmente en el campus.
La puerta estaba cerrada, nadie podía ver adentro. Pero estaba el riesgo de que la escucharan gritar de placer. No sabia si eso la asustaba o la excitaba más.
Entonces sentía que se acercaba. Su cuerpo se retorcía más y más, sus caderas se movían como si hubiera algo contra lo que frotarse, pero lo único que tenía era el vibrador que zumbaba dentro suyo. Se hacía más dificil detener sus gemidos, era como si una llave dura estuviera lentamente cediendo para dejar caer el agua. Y lentamente deja-
De la nada, ya no sentía la vibración. Una queja escapó de su boca. El juguete seguía ahí, lo sentía, pero ya no vibraba. ¿Qué pasó? ¿Se le acabó la batería? ¿Se averió?
—¿Q-qué…? ¿Qué pasó?—dijo apenas pudo decir alguna palabra. Su cuerpo aún se retorcia, confundida e insatisfecha.
Levantó un poco su torso con dificultad, su cuerpo aún temblando en deseo de acabar, y miró hacia atrás. Y entonces lo vio.
Esa sonrisa que ya vió un par de veces desde que comenzaron sus reuniones prohibidas. Lo hizo a propósito, apagó el vibrador a conciencia para dejarla confundida e insatisfecha. ¿Por qué? Si él le dijo que adoraba verla acabar. El cómo se deshacía con cada cosa que le hacía. ¿Por qué le negaría el orgasmo así?
No sabía cuanto tiempo pasó, pero no respondió. Cuando su mente fue capaz de intentar exigir una respuesta nuevamente, se acordó de lo tierno que él era durante sus salidas y estaban en público. La besaba, le daba pequeños y grandes regalos, como si fueran una pareja normal. Era tierno. Pero cuando lo hacian, era como un animal que torturaba a sus presas. Y esto era nuevo, y le dio miedo por un segundo.
Abrió la boca para exigir una respuesta, pero entonces él volvió a pulsar el botón en su teléfono. Al volver a la vida de golpe, la vibración del juguete la hizo volver a dejar caer su torso contra la fría madera, un fuerte gemido se le escapó de entre los labios, para luego cerrarlos de golpe, no queriendo llamar la atención.
¿Por qué? ¿Por qué se detuvo solo para luego volver a empezar? Su clímax tuvo que comenzar a construirse de nuevo, pero ahora se sentía más desesperado, como si su cuerpo gritara con más fuerza.
Y entonces ocurrió de nuevo. Estaba tan cerca nuevamente y otra vez mató las vibraciones del juguete. Su cuerpo quedó en dolor, deseando más. La estaba torturando, por algún motivo estaba haciendo que sufriera así.
—P-por favor…—escapó un suplicio—Dime que está pasando.
No miró hacia atrás, su cuerpo no podia permitirse levantar su torso para mirarle. Pero el sonido de cuando se levantó de su asiento y comenzó a caminar hacia ella se escuchó detrás suyo se estremeció.
De forma pesada cayó un documento en frente de ella. Un ensayo con su nombre arriba, de la clase de él. La nota era baja, no reprobante, pero baja para lo que ella solia sacar. Se tomó unos segundos para procesar por qué pondría eso ahí, cuando tragó saliva al saber que era lo que estaba pasando.
—Están bajando tus notas—dijo con firmeza—, solo porque estamos saliendo, no quiere decir que te la voy a poner fácil.
¡¿Cómo puede ser posible?! Era cierto que cuando escribió este ensayo no se preparó tanto como ella lo hacía normalmente. Él era su profesor favorito, prestaba atención en sus clases y tomaba notas. ¿Cómo podía hacerle esto a él? La culpa se apoderó de ella en ese momento.
—L-lo siento—se disculpó, estremeciéndose e intentando mirar hacia arriba—N-no volverá a pasar lo juro…
Pero entonces él, con fuerza que le sorprendía que tuviera, tomó y jaló su pelo, forzando su rostro hacia arriba. Activó nuevamente el juguete, mezclando el dolor con el placer de verse subyugada y el cómo la vibración chocaba con sus paredes ya deseosas de alcanzar su clímax.
—No me prometas nada y hazlo—dijo, afirmando su puño que sostenía su cabello que otras veces solo acariciaba—, esto es solo para asegurarme que lo entiendas.
Soltó su cabello y ella, que ya estaba retorciendose nuevamente, se desplomó sobre el escritorio. Sus piernas luchaban por mantenerla en posición, pero ya no les quedaban fuerzas, mientras que el castigo le causaba una extraña mezcla de culpa y placer. Como el saber que él la estaba corrigiendo le causaba un éxtasis prohibido que ella nunca supo que deseaba.
Y nuevamente lo apagó cuando estaba a punto de llegar. Solo lo han hecho unas cuantas veces y él ya conocia sus reacciones tan a la perfección que podia ver que estaba a punto de acabar. Era cruel, era despiadado y tortuoso.
Pero lo peor era que amaba cada segundo.
Una vez más la hizo sentir su ira. Y esta vez fue mucho más cruel. Aumentando y reduciendo de forma aleatoria la potencia, sin dejarle saber cuando iba a ser más despacio o más fuerte. Cada vez le tomaba menos acercarse, pero siempre se lo quitaba en el último segundo. Suplicaba que la dejara acabar, que lo sentía. Pero él despiadadamente cortó su placer en el último segundo.
Ya para la quinta sintió cómo su cuerpo se lanzaba al precipicio de manera más rápida. Apenas tomó tiempo para que su cuerpo se retorciera como siempre lo hacía cuando iba a acabar. Y ya se preparó a que lo iba a cortar, que se lo iba a quitar cuando sus dedos ya estaban rozando ese dulce orgasmo.
Pero no. No lo hizo. Esta vez la dejó. Y su cuerpo estalló en una corriente electrica que pasó por todo su cuerpo desde su nucleo hasta su cuello. Pero fue poderoso, su ser entero convulsionó de la explosión de placer que tuvo después de ser torturada así. Era adictivo, era sabroso, su mente estaba en blanco y no podia pensar en nada más que lo bien que se sentía ser victima de sus castigos.
Se desplomó por completo en el escritorio, su cuerpo inerte de placer y deseo, no podia mover ningún musculo ante la activación de su sistema nervioso del placer. Estaba completamente hecha una masa de éxtasis que aún estaba procesando el placer, su cuerpo convulsionando y gimiendo ante las distintas descargas eléctricas que sentía.
Él, al verla en satisfacción, apagó el juguete y, con cuidado, se deshizo del amarre de sus manos. Luego, la tomó con sus brazos y se le llevó consigo a su silla de escritorio. No fue forzoso, pero cuidadoso, la sostuvo con cuidado mientras que se sentaba y la colocaba en su regazo para que se sentara con él.
La sostuvo en sus brazos mientrasque su orgasmo aún surcaba por su cuerpo en descargas constantes que lentamente iban reduciendose en poder, estremeciendose de placer y gimiendo a lo bajo, sintiendo sus fuertes brazos rodeando su ser inerte de deseo.
La dejó en sus brazos mientras que disfrutaba de su climax, hasta que comenzó a recuperar control de su cuerpo, cansada y satisfecha finalmente. Fue el orgasmo más poderoso que habia sentido hasta el momento, como si la tortura que sufrió ayudó a que se juntara un climax mucho más potente al final. Quizás solo usó las notas como excusa para poder hacerle eso.
—¿Estás bien?—preguntó él cuando notó que su cuerpo estaba lentamente volviendo a funcionar.
—S-si…—dijo despacio, acurrucandose con cuidado en el pecho de su profesor. Temblaba y respiraba de forma acelerada. Estaba sobrecogida por lo que recién pasó, y sentir sus brazos la hizo sentir pequeña y protegida. ¿Cómo alguien podia tratarla tan bien y al mismo tiempo hacerla pasar por una tortura tan dura y deliciosa?
—¿Quieres continuar?—preguntó esta vez el profesor.
Dudó que responder. No estaba segura. Pero entonces notó algo apretándose contra su muslo donde estaba sentada.
—Si quiero—dijo finalmente, levantando la mirada para verlo sonreír de forma cálida.
Ojala que esto dure, se dijo a sí misma.