Capítulo 1
Salgo del restaurante hecha una furia, no vuelvo a dejar que Ashley ni nadie más me arregle otra cita a ciegas en la vida. No tener pareja hoy en día no es el fin del mundo y no voy a tolerar que perdedores como Tyler me humillen. Me ha costado mucho llegar a donde estoy emocionalmente para permitir que me menosprecien de esa manera y más un completo desconocido. Me detengo al llegar a la esquina, busco el teléfono en mi bolso, abro la aplicación de taxis y solicito un viaje de regreso a casa. Afortunadamente, hay uno disponible cerca y no tengo que esperar mucho.
Un sedán mediano color gris Oxford se para frente a mí, la ventanilla del pasajero se baja y me quedo sin aliento. Cabello oscuro, ligeramente despeinado, con una incipiente barba decorando una fuerte mandíbula, ojos azules, no, grises, de un tono peculiar: una delicia a la vista. Creo que ya me está pasando factura el celibato en el que he vivido los últimos veinticuatro meses.
—¿Sara?
—¿Mmmm? —es lo único que mi atolondrado cerebro puede formular.
—¿Pediste un viaje?, ¿a nombre de Sara? —el chico se lleva la mano al cabello, despeinándolo un poco más y ahora sí parece recién salido de la cama.
—Sí, yo, disculpa.
Me subo al asiento trasero y checo en la aplicación los datos del conductor, su nombre es Michael Brown. La fotografía de la aplicación no le hace justicia, es mucho más atractivo en persona.
—Ah, mmm, soy de esos conductores que les gusta conversar durante el viaje, pero si te molesta puedo ir en silencio o poner un poco de música.
—En este momento no soy la mejor persona para tener una conversación —me mira por el retrovisor.
—¿Solo en este momento?, espero no ser la causa.
—No, claro que no, solo que acabo de vivir la peor cita en la historia de las citas a ciegas.
—¿Quieres hablar al respecto?
—No estoy segura de querer revivirlo…
—No pudo ser tan malo —lo veo por el retrovisor y algo en él me inspira confianza.
—Todo fue idea de mi compañera de cuarto, con su loca idea de que todos tenemos que ir en parejas por la vida, me concertó una cita con el peor hombre que jamás haya conocido.
—Esa descripción me da mucha curiosidad.
—Todo iba relativamente bien, estábamos ordenando la cena cuando recibe una llamada de su madre, con la cual todavía vive.
—Es un hombre devoto a su madre, no puede ser tan malo.
—Ese no fue el problema, sino cuando comenzó a quejarse de mí. Teníamos diez minutos de conocernos y ya tenía una larga lista de quejas para compartir con su madre y lo peor frente a mí, actuaba como si no existiera. Esperé pacientemente unos minutos, pero no lo pude tolerar más y me fui del lugar.
—¡No es posible!
—Sí —me ofendo de nuevo al recordarlo—, su primera queja fue que iba muy maquillada.
—Estoy en total desacuerdo, creo que tu maquillaje te queda perfecto —me toma por sorpresa el comentario.
—Gracias —el claxon de los autos alrededor me saca de la fantasía—. También se quejó de que había ordenado lo más costoso de la carta, cuando no era cierto. No suelo hacer esas cosas, estoy acostumbrada a pagar siempre mi parte —digo ofendida—. No soporté más y salí de ahí sin siquiera haber probado bocado o bebida.
—Ya le tocará cenar por dos —el guapo conductor me regala una sonrisa de lado que causa estragos entre mis piernas.
—Por mí que invite a su madre a cenar.
Me percato de que hemos llegado a casa y por más extraño que parezca no quiero bajar del auto. Hacía mucho tiempo que no sentía esta química con otro hombre. No desde Matthew, mi exnovio, aunque él me engañó con una compañera de trabajo hace más de dos años, porque según soy frígida y aburrida. Continuamos mirándonos por el retrovisor en silencio, estoy pensando que hacer o decir para alargar el viaje.
—¿Quieres algo de cenar?
—Si no tienes otro viaje programado, ¿podrías llevarme a otro lugar? —decimos al mismo tiempo.
—Disculpa.
—Lo siento.
Volvemos a decir a coincidir, lo que ocasiona que estallemos en risas. Cuando nos calmamos, él levanta la mano como colegial.
—Decía qué si quieres ir a cenar. Cómo no has cenado y yo tampoco, creí que sería buena idea —se lleva la mano a la nuca y baja la mirada.
—Es lo mismo que pensaba —sonrió al verlo por el reflejo.
—¿En verdad? —me mira, como si no creyera lo que acabo de decir.
—Conozco el lugar perfecto, hacen las mejores hamburguesas y no está muy lejos de aquí —abro la portezuela del auto, salgo y me coloca a su lado—, ¿está bien? —me mira con los ojos desmesuradamente abiertos—. Como ya terminó mi viaje, creo que lo mejor será sentarme aquí, ¿no crees?.
—Excelente idea.
Le doy las instrucciones y en pocos minutos llegamos a nuestro destino. El lugar es un típico merendero con aires de los años sesentas: pisos estilo dominó, taburetes, rockola y una gran barra que es el punto focal del lugar.
—Wow, esto parece salido de una película.
—Cuando pruebes las hamburguesas y malteadas va a ser tu favorito.
—Ya lo veremos —dice en un tono que me hace flaquear las piernas.
Nos dirigimos a la barra, tomamos asiento y aparece Jacob, parrillero y dueño del lugar.
—¿Qué tenemos por aquí?
—Hola, Jacob, ¿cómo has estado?
—Muy bien, pequeña, muy bien, ya se te extrañaba. Y, ¿qué tenemos por aquí?
—Michael Brown, mucho gusto. Me ha dicho Sara que este va a ser mi nuevo lugar favorito.
—Ya lo creo, chico. ¿Lo de siempre, Sara?
Me giro a ver a Michael, quien asiente ligeramente.
—Por favor, Jacob, que sean dos. ¿De qué sabor quieres la malteada?
—Chocolate, por favor.
—Regreso en unos minutos.
—Así qué eres asidua cliente de este fino establecimiento.
—Desde que tengo uso de razón.
—Debe ser realmente bueno.
—Lo es.
Jacob regresa al cabo de pocos minutos con dos malteadas, una de fresa y otra de chocolate.
—Voy a lavarme las manos.
Inevitablemente lo sigo con la mirada, tiene buen trasero y me muerdo los labios de solo imaginar lo que me gustaría hacerle. ¿Qué me sucede? No suelo fijarme en el trasero de nadie, hasta hoy. Decido enfocarme en algo seguro, mi malteada, sino quien sabe en qué más se vayan a fijar mis traviesos ojos cuando venga de regreso.
—¿Me extrañaste? —susurra en mi oído, provocando que salte en el asiento y casi derrame la malteada.
—¡Oh, cielos! —toma el vaso antes de que caiga el líquido por la barra.
—Lo siento, no quise asustarte —coloca sus cálidas manos sobre mi espalda y me estremezco. Creo que se da cuenta, ya que me suelta rápidamente y toma asiento.
Frente a nosotros encontramos dos hamburguesas con papas fritas. Muero de hambre así que no pierdo tiempo.
—Entonces, ¿no eres de esas mujeres que fingen comer en sus citas?
—No, además, no suelo tener muchas citas, esta era la primera en dos años —digo antes de dar una mordida a mi cena.
—No lo puedo creer.
—¿Te sorprende qué pueda comer una hamburguesa de la mitad del tamaño de mi cabeza?
—No, eso no me sorprende. Lo que me extraña es que no hayas salido en dos años.
—Ah, eso —finjo que las papas fritas son la cosa más interesante del mundo.
—No lo tomes a mal, pero no entiendo como una hermosa chica como tú no ha salido en tanto tiempo.
Me quedo sin palabras, personalmente, no me considero hermosa. Siempre fui la niña más alta de la escuela, lo cual me hacía destacar más de lo que quería. Siempre he sido delgada, rubia y de ojos azules, pero nada espectacular. Lo que más me gusta de mí son mis ojos, aunque quedan cubiertos tras las gafas que uso desde siempre. Mi apariencia siempre me hizo blanco de burlas en el colegio, no fui una adolescente segura de sí misma, me costó años de terapia llegar a quererme como soy, aunque hoy en día me cuesta aceptar cumplidos y más de hombres atractivos como Michael.
—Espero no haberme excedido —su voz es insegura.
—No, no es eso, solamente, no estoy acostumbrada a ese tipo de halagos.
—Parece que has vivido rodeada de patanes —. Rio ante sus ocurrencias.
Terminamos de cenar y no hace el intento por retirarse así que continuamos hablando.
—Entonces estudias Leyes.
—Sí, estoy en el último año, ¿y tú?
—Estudio Arqueología y trabajo medio tiempo en el Museo de Historia.
—Wow.
—No es nada extravagante, me encuentro en el área de restauración, para muchos podría parecer aburrido, pero amo cada minuto de lo que hago.
Lo único que me extraña es que llevamos estudiando tres años en la misma universidad y nunca habíamos coincidido. Las luces comienzan a pagarse y nos damos cuenta de que somos los únicos comensales, Michael saca su billetera y yo la mía.
—La cena va por mi cuenta —me mira de tal manera que mis huesos se convierten en gelatina.
—Está bien, pero la siguiente invito yo.
—Me parece perfecto.
Toma mi mano y la coloca sobre su brazo, como mi padre solía hacer conmigo cuando era pequeña. Llegamos al auto, me abre la portezuela y la cierra suavemente antes de dar la vuelta y subir al auto.
—¿Quieres que te lleve de regreso a casa o antes prefieres dar una vuelta?
Me tomo mi tiempo antes de responder. Hasta el momento me la he pasado genial y creo que aún no estoy lista que la noche termine. No soy una persona que toma riesgos, pero por una vez en la vida estoy cansada de jugar siempre a la segura.
—Todavía no estoy lista para ir a casa, me la estoy pasando muy bien.
—Excelente.
Desde que salimos del estacionamiento todo el camino vamos hablando sobre música.
—Jamás hubiera imaginado que fueras músico.
—¿Por qué es difícil de creer?
—No es eso, solo qué ya te imaginé como abogado.
—Tendrás que verme tocar en alguna ocasión —sus palabras hacen que friccione las piernas.
Honestamente no presto atención por donde vamos, solo tengo ojos para él, la forma en la que mueve los labios, como se forma ese hoyuelo en sus mejillas cuando ríe.
—Cuando entré a la universidad tuve que dejar la banda, no podía seguir con el ritmo de los chicos.
—Me imagino.
—El grupo había ganando popularidad después del primer disco y ya no solo eran presentaciones locales, ahora nos invitaban a festivales, éramos teloneros de grandes bandas.
—¿Nunca pensaste en dejar la escuela de Leyes y seguir tu carrera en musical?
—Muchas veces, pero al final del día, no era la vida que había imaginado para mí.
—Y, ¿cómo es esa vida?
—Una casa con una gran familia. Mi madre fue madre soltera y siempre fuimos nosotros dos. Crecí anhelando jugar con hermanos. De niño nunca me faltaron amigos, pero siempre quise experimentar esa dinámica de una gran familia, ¿tú tienes hermanos?
—No, soy hija única. Mi madre murió después de darme a luz, tenía problemas en el corazón. Nadie lo sabía y no soportó el parto.
—Lo siento mucho —me acaricia la mejilla y me doy cuenta de que estamos frente al puente de Brooklyn. Las luces de la ciudad iluminan la bahía regalándonos una hermosa postal. Siento sus dedos acariciarme el cuello y me estremezco—, ¿es incorrecto que me alegre por que tu cita haya sido un fiasco?
—¿Te alegras de la humillación que pasé? —sus ojos me hipnotizan, sus pupilas se dilatan y mi cuerpo se acerca a él.
—No, me alegro de haberte conocido.
Nuestras narices están a pocos centímetros de distancia, puedo sentir su respiración chocar con mis labios cuando los humedezco con la lengua, la cual sigue con intensa mirada. No sé quién acortó la distancia y no importa, lo único en lo que puedo pensar es en sus suaves labios moviéndose contra los míos.
Me siento acalorada, mi respiración es errática, como el día que se me ocurrió correr aquel maratón, pero esto es mil veces más placentero. Lo siento gemir contra mis labios y algo en mí se enciende. Succiono y mordisqueo su labio inferior, y los sonidos que salen de su boca hacen que mi sangre fluya como un río de lava. No tengo conciencia de lo que hago, mi cuerpo actúa cómo por voluntad propia. Llevo las manos a su cabello, el cual masajeo, rasgo su cuero cabelludo, haciendo que gima más. Nuestras lenguas se entrelazan en una batalla por dominar a la otra, mis manos están sobre sus hombros, en su espalda, en sus brazos, no puedo dejar de tocarlo. Paseo los dedos por su torso, mientras sus manos se mantienen firmes en mi cintura, pero por más deliciosas que sean las sensaciones que estoy experimentando, la postura es incómoda.
—El asiento trasero se ve más amplio… —Michael asiente con la cabeza.