Cab Ride
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Cab Ride

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Story Notes

Los protagonistas fueron inspirados por Henry Cavill y su actual pareja Natalie Viscuso.

Algunos sucesos de esta historia están basados en hechos reales.

Summary

Sara ha tenido la peor cita en la historia de las citas a ciegas. Pide un taxi que la lleve de regreso a casa y el chico que lo conduce la deja sin aliento. Después de todo la noche no terminará tan mal como lo imaginaba. © All Rights Reserved

Status
Complete
Chapters
14
Rating
5.0 (4 reviews)
Age Rating
18+

Capítulo 1

Salgo del restaurante hecha una furia, no vuelvo a dejar que Ashley ni nadie más me arregle otra cita jamás. No tener pareja hoy en día no es el fin del mundo y no voy a tolerar que perdedores como Tyler intenten humillarme. Me ha costado mucho llegar a donde estoy emocionalmente para permitir que me menosprecien de esa manera y más un completo desconocido que no sabe nada sobre mí. Me detengo al llegar a la esquina, busco el teléfono en mi bolso, abro la aplicación de taxis y solicito un viaje de regreso a casa. Afortunadamente, hay uno disponible por la zona y no tengo que esperar mucho.

Un sedán mediano color gris Oxford se detiene frente a mí, la ventanilla del pasajero baja al tiempo que el aire abandona mis pulmones. Cabello oscuro, ligeramente despeinado, con una incipiente barba decorando una fuerte mandíbula, ojos azules, no, grises, de un tono peculiar: una delicia a la vista. Creo que ya me está pasando factura el celibato autoimpuesto en el que he vivido los últimos veinticuatro meses.

—¿Sara?

—¿Ujm? —es lo único que mi atolondrado cerebro puede formular.

—¿Pediste un viaje?, ¿a nombre de Sara? —el chico se lleva la mano al cabello despeinándolo un poco más y ahora sí parece recién salido de la cama.

—Sí, yo, disculpa.

Me subo al asiento trasero y checo en la aplicación los datos del conductor, su nombre es Michael Brown. La fotografía de la aplicación no le hace justicia, es mucho más atractivo en persona.

—Ah, mmm, soy de esos conductores a los que les gusta conversar durante el viaje, pero si te molesta puedo guardar silencio o si quieres puedo poner un poco de música.

—Como gustes, en este momento no soy la mejor persona para tener una conversación —me mira por el retrovisor.

—¿Solo en este momento?, espero no ser la causa.

—No, claro que no, solo que acabo de vivir la peor cita en la historia de las citas a ciegas.

—¿Quieres hablar al respecto?

—No estoy segura de querer revivirlo…

—No pudo ser tan malo ¿o sí? —lo veo por el retrovisor y algo en él me inspira confianza.

—Todo fue idea de mi compañera de cuarto, con su loca idea de que todos tenemos que ir en parejas por la vida, me concertó una cita con el peor hombre que jamás haya conocido.

—La descripción me da mucha curiosidad.

—Todo iba relativamente bien, nos acababan de tomar la orden cuando recibe una llamada de su madre, con la cual todavía vive.

—Es un hombre devoto a su madre, no puede ser tan malo.

—Ese no fue el problema, sino cuando comenzó a quejarse de mí. Teníamos diez minutos de conocernos y ya tenía una larga lista de quejas para compartir con su madre y lo peor es lo que lo hizo frente a mí, actuaba como si no existiera. Esperé pacientemente unos minutos, pero no lo pude tolerar más y me fui del lugar.

—¡No es posible!

—Sí, lo sé —me ofendo al recordarlo—, su primera queja fue que iba muy maquillada.

—Estoy en total desacuerdo, opino que el maquillaje te queda perfecto —me toma por sorpresa el comentario.

—Gracias —la cacofonía de la ciudad me regresa a la realidad—. También se quejó de que había ordenado lo más costoso de la carta, cuando no fue cierto. No suelo hacer esas cosas, además pensaba pagar mi parte, como siempre —digo ofendida—. No soporté más y salí de ahí sin siquiera haber probado bocado o bebida.

—Ya le tocará cenar por dos —el guapo conductor me regala una sonrisa de lado que causa estragos entre mis piernas.

—Por mí que invite a su madre a cenar.

Me percato de que hemos llegado a casa y por más extraño que parezca no quiero bajar del auto. Hacía mucho tiempo que no sentía tan bien hablando con otro hombre. No desde Matthew, mi exnovio, aunque será mejor que tampoco lo recuerde a él o me enojaré de nuevo, ya que tuvo la genial idea de engañarme con una compañera de trabajo, su justificación fue porque según él soy frígida y aburrida. Honestamente, ya no me duele, hace mucho de eso. Dentro del auto ninguno de los dos se mueve o dice algo, solo nos miramos por el retrovisor. Estoy pensando que hacer o decir para alargar el viaje.

—¿Quieres algo de cenar?

—Si no tienes otro viaje programado, ¿podrías llevarme a otro lugar? —decimos al mismo tiempo.

—Disculpa.

—Lo siento —volvemos a coincidir, lo que ocasiona que estallemos en risas. Cuando nos calmamos, él levanta la mano como colegial.

—Decía qué si quieres ir a cenar. Cómo no has cenado y yo tampoco, creí que sería buena idea… —se lleva la mano a la nuca y baja la mirada.

—Es lo mismo que pensaba —respondo al tiempo que le regalo una sonrisa.

—¿En verdad? —me mira como si no creyera lo que acabo de decir.

—Conozco el lugar perfecto, hacen las mejores hamburguesas y no está lejos de aquí —abro la portezuela del auto, salgo y me siento en el asiento del copiloto—, ¿está bien? —me mira con los ojos desmesuradamente abiertos—. Como ya terminó mi viaje lo mejor será sentarme aquí, ¿qué opinas?

—Excelente idea.

Le doy las instrucciones y en pocos minutos llegamos a nuestro destino. El lugar es un típico merendero con aires de los años 70; pisos estilo dominó, cabinas con sillones adosados en color turquesa, una hermosa rocola y una gran barra con taburetes.

—Wow, esto parece salido de una película.

—Espera a que pruebes las hamburguesas y malteadas, va a ser tu restaurante favorito.

—Ya lo veremos —dice con un tono que me hace flaquear las piernas.

Nos dirigimos a la barra, tomamos asiento y aparece Jacob, parrillero y dueño del lugar.

—¿A quién tenemos por aquí?

—Hola, ¿cómo has estado?

—Muy bien, pequeña, muy bien, ya se te extrañaba. Y, ¿quién es él?

—Michael Brown, mucho gusto. Sara me ha dicho que tiene las mejores hamburguesas y malteadas.

—Ya lo comprobarás, chico. ¿Lo de siempre, Sara?

Me giro a ver a Michael, quien asiente ligeramente.

—Por favor, Jacob, que sean dos. ¿De qué sabor quieres la malteada?

—Chocolate, por favor.

—Regreso en unos minutos.

—Así qué eres asidua cliente de este fino establecimiento.

—Desde que tengo uso de razón.

—Debe ser realmente bueno.

—Lo es.

Jacob regresa al cabo de pocos minutos con una malteada de fresa y otra de chocolate.

—Voy al sanitario, regreso en un momento.

Me es imposible no seguir sus pasos con la mirada, tiene buen trasero. Me muerdo los labios de solo imaginar lo que me gustaría hacerle. Por dios, ¿qué me sucede? No suelo fijarme en el trasero de nadie, hasta hoy, así que decido enfocarme en algo seguro, mi malteada, sino quien sabe en qué más se vayan a fijar mis traviesos ojos cuando venga de regreso.

—¿Me extrañaste? —susurra en mi oído provocando que salte del asiento y casi derrame la bebida.

—¡Oh, cielos! —toma el vaso antes de que se derrame el líquido.

—Lo siento, no quise asustarte —coloca su cálida mano sobre mi espalda y me estremezco. Creo que se da cuenta, ya que me suelta rápidamente y toma asiento.

Frente a nosotros encontramos dos hamburguesas con papas fritas. Muero de hambre así que no pierdo tiempo.

—Entonces, ¿no eres de esas mujeres que fingen comer en sus citas?

—No, además, no suelo tener muchas citas, esta era la primera en dos años —digo antes de dar una mordida a mi cena.

—¡No lo puedo creer!

—¿Te sorprende qué pueda comer una hamburguesa de la mitad del tamaño de mi cabeza?

—No, eso no. Lo que me extraña es que no hayas salido en dos años.

—Ah, eso —finjo que las papas fritas en mi plato son la cosa más interesante del mundo.

—No lo tomes a mal, pero no entiendo como una hermosa chica como tú no ha salido en tanto tiempo.

Me quedo sin palabras, personalmente, no me considero hermosa. Siempre fui la niña más alta en la escuela, lo cual me hacía destacar más de lo que quería. Se podría decir que soy la típica rubia de ojos azules, pero yo no me veo nada espectacular. Lo que más me gusta de mí son mis ojos, aunque quedan cubiertos tras las gafas que uso desde siempre. Mi pequeña apariencia me hizo blanco de burlas en el colegio, no fui una adolescente segura de sí misma, me costó años de terapia llegar a quererme como soy, creo que por eso hoy en día me cuesta aceptar cumplidos y más de hombres atractivos como Michael.

—Espero no haberme excedido —suena inseguro.

—No, no es eso. Solo no estoy acostumbrada a ese tipo de halagos.

—Parece que has vivido rodeada de patanes — se me escapa una sonora risa ante sus ocurrencias.

Terminamos de cenar y como no hace el intento por retirarse, continuamos hablando.

—Entonces estudias Leyes —pregunto con genuino interés.

—Sí, estoy en el último año, ¿y tú?

—Estudio Arqueología y trabajo medio tiempo en el Museo de Historia.

—Wow.

—No es nada extravagante, me encuentro en el área de restauración, para muchos podría parecer aburrido, pero amo cada minuto de lo que hago.

Me extraña que llevamos estudiando tres años en la misma universidad y nunca habíamos coincidido. Al apagarse las luces nos damos cuenta de que somos los únicos comensales, Michael saca su billetera y yo la mía.

—La cena va por mi cuenta —me mira de tal manera que mis huesos se convierten en gelatina.

—Está bien, pero la siguiente invito yo —va contra mis convicciones aunque reconozco que no puedo negarme a nada de lo que me pida.

—Me parece perfecto.

Toma mi mano y la coloca sobre su brazo, como mi padre solía hacer conmigo cuando era pequeña. Llegamos al auto, me abre la portezuela y la cierra suavemente antes de dar la vuelta y subir al auto.

—¿Quieres que te lleve de regreso a casa o antes prefieres dar una vuelta?

Me tomo un tiempo antes de responder. Hasta el momento me la he pasado genial, aunque no estoy lista para que la noche termine. Reconozco que no soy una persona que toma riesgos, pero por una vez en la vida estoy cansada de jugar siempre a la segura.

—Me apetece dar una vuelta por la ciudad si te parece bien.

—Excelente.

Desde que subimos al auto no paramos de hablar. Después de unos cuantos kilómetros ya sabemos los libros favoritos, películas y gustos musicales del otro.

—Nunca hubiera imaginado que además de estudiar leyes y ser taxista de plataforma también fueras músico.

—¿Es tan difícil de creer?

—No es eso, solo qué ya te había imaginado como un abogado.

—Tendrás que verme tocar en alguna ocasión para borrar esa imagen de tu cabeza —sus palabras hacen que provoque friccionar las piernas.

Honestamente, no presto atención por donde vamos, solo tengo ojos para él, para la forma en la que mueve los labios y para el hoyuelo que se forma en sus mejillas cuando ríe.

—Cuando entré a la universidad tuve que dejar la banda, no podía seguir con el ritmo de los chicos.

—Me imagino, es difícil balancear la escuela y el trabajo.

—Sí, además el grupo había ganado mucha popularidad después del primer disco y ya no solo eran presentaciones locales, ahora nos invitaban a festivales, éramos teloneros de grandes bandas.

—¿Nunca pensaste en dejar la escuela de Leyes y seguir tu carrera en la música?

—Muchas veces, pero al final del día, no era la vida que había imaginado.

—Y, ¿cómo es esa vida?

—Una casa con una gran familia, sé que suena trillado, pero desde niño fue claro para mí. Mi madre fue madre soltera, solo éramos nosotros dos, no me quejo, aunque siempre anhelé tener hermanos, jugar con ellos, hasta pelear. De niño no me faltaron amigos, pero no era lo mismo, siempre quise experimentar esa dinámica de una gran familia, ¿tú tienes hermanos?

—No, soy hija única. Mi madre murió después de darme a luz, tenía problemas en el corazón. Nadie lo sabía y no soportó el parto.

—Lo siento mucho —me acaricia la mejilla y solo en ese momento me doy cuenta de que estamos frente al puente de Brooklyn. Las luces de la ciudad iluminan la bahía regalándonos una hermosa postal. Sus dedos rozan mi cuello y me estremezco—, ¿es incorrecto que me alegre porque tu cita haya sido un fiasco?

—¿Te alegras de la humillación que pasé? —sus ojos me hipnotizan, sus pupilas se dilatan y mi cuerpo se acerca a él.

—No, me alegro de haberte conocido.

Nuestras narices están a pocos centímetros de distancia, puedo sentir su respiración chocar con mis labios cuando los humedezco con la punta de la lengua, la cual sigue con intensidad. No sé quién acorta la distancia y no importa, lo único en lo que puedo pensar es en sus suaves labios moviéndose contra los míos.

Me siento acalorada, mi respiración es errática, como el día que se me ocurrió correr aquel maratón, pero esto es mil veces más placentero. Lo siento gemir contra mi boca y algo en mí se enciende. Succiono y mordisqueo su labio inferior, y los sonidos que emite hacen que mi sangre se sienta como un río de lava. No tengo conciencia de lo que hago, mi cuerpo actúa por voluntad propia. Llevo las manos a su cabello y tiro de él, rasgo su cuero cabelludo, ocasionando que gima aún más. Nuestras lenguas se entrelazan en una batalla por dominar a la otra, mis manos exploran sus hombros, su espalda, sus brazos, necesito tocarlo. Paseo los dedos por su torso al tiempo que sus manos se mantienen firmes en mi cintura, pero por más deliciosas que sean las sensaciones que estoy experimentando, la postura es incómoda.

—El asiento trasero se ve más amplio… —Michael asiente con la cabeza.

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