La ciudad de los sueños rotos

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Summary

Chloe Saligman nació para ser una hija ejemplar, una estudiante modelo, una pieza más del sistema. Pero todo cambia cuando es elegida para servir en El Prato, el centro de poder del régimen. Allí, donde las decisiones más crueles se disfrazan de deber y los secretos se ocultan tras muros de piedra, Chloe conoce al hombre que lo gobierna todo desde las sombras. Él es brillante, implacable y peligrosamente encantador. Un villano para algunos, un visionario para otros. Para Chloe un misterio. Pero el poder tiene muchas caras... y el amor, cuando nace entre el miedo y la fascinación, puede ser más letal que cualquier arma. A medida que Chloe asciende, sus ideales empiezan a ceder, su lealtad se desvía, y su corazón la empuja hacia donde no debería mirar. Porque amar a un monstruo es una forma de convertirse en uno. Y Chloe está a punto de descubrir que la línea entre víctima y cómplice es más fina de lo que jamás imaginó.

Status
Ongoing
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Está muerto.

El aire se volvió denso, sofocante, como si de repente me estuviera ahogando en él.

No recuerdo haber cruzado la habitación. Un segundo estaba en la puerta, y al siguiente, mis rodillas golpeaban el suelo junto a su cuerpo inerte.

No.

No podía ser.

Mi hermano yacía ante mí, la piel fría, la mirada vacía. Había algo terriblemente injusto en la forma en que su cuerpo había quedado torcido, como si la muerte lo hubiera tomado en medio de un gesto, interrumpiéndolo para siempre.

Mi respiración se rompió en un sollozo mientras mis manos, aún temblando, se deslizaban sobre su rostro, tratando de cerrarle los ojos, tratando de devolverle algo de paz. Pero la paz no existía en esta habitación.

La sangre pegajosa se adhería a mis dedos, a mi ropa, hundiéndose en cada línea de mi piel como una maldición.

Me lo prometió.

Lo hice todo.

Todo lo que me pidió.

Le di mi lealtad. Mi obediencia. Mi amor.

Sacrifiqué a mi familia. A mi padre, que ya no me hablaba. A mi madre, que apenas podía mirarme a los ojos. Para los Saligman, su única hija había dejado de existir.

La hija perfecta de la que nadie hablaba.

Y aún así, no fue suficiente.

Las lágrimas corrían por mis mejillas, calientes contra mi piel helada.

—Me prometiste que los dejarías en paz... —murmuré, sin mirar a ningún lado en particular. Pero sabía que me estaba escuchando.

Estaba detrás de la pared de cristal.

Yo no podía verlo, pero él a mí sí.

Sabía que estaba ahí, observando. Mi sufrimiento no tenía ningún valor.

Me aferré al cuerpo de mi hermano como si pudiera devolverle la vida con solo desearlo lo suficiente.

—¿Qué hice mal? —susurré contra su piel, pero no hubo respuesta.

El único latido en esa habitación era el mío.

Y de pronto, todo el dolor se convirtió en rabia.

Una furia tan ardiente, tan pura, que me dejó sin aire.

Levanté la cabeza, el cuello tenso, la vista borrosa por las lágrimas.

—Eres un monstruo —gruñí desde el suelo, mi voz rota por el dolor.

Mi cuerpo temblaba mientras sostenía a mi hermano, su peso inerte anclándome al suelo como si quisiera arrastrarme con él a la nada. Su sangre, aún caliente, empapaba mis manos, mi ropa, mi piel... No podía apartar la mirada de su rostro sin vida. No podía aceptar que esto estaba pasando.

El grito nació en lo más profundo de mi pecho, desgarrándome la garganta cuando se liberó.

—¡Me has convertido en un monstruo! —mi furia estalló mientras me ponía de pie de golpe. La sangre goteaba de mis dedos, salpicando el suelo con cada movimiento—. ¡Me has hecho cruel!

El sonido de unos pasos suaves y calculados me resonó en la habitación.

Artur entró con su calma habitual, como si el caos y la muerte no fueran más que una molestia pasajera. Sus impecables zapatos de cuero se mancharon de rojo al pisar un charco de sangre, pero no pareció importarle. Su expresión era serena, sus ojos recorrieron la escena con un aire casi... curioso. Como si estuviera observando una obra de arte.

—Tú ya eras cruel, Chloe —dijo con voz baja, casi con dulzura, mientras avanzaba hacia mí.

Aparté la mirada. No quería que viera el odio en mis ojos. No quería darle la satisfacción de saber cuánto lo odiaba.

Pero no me dejó escapar.

Sus manos enguantadas se posaron con una suavidad inquietante a ambos lados de mi cara, obligándome a alzar la vista. Su proximidad me revolvió el estómago, pero no aparté la mirada esta vez.

Artur inclinó la cabeza, acercando su boca a mi sien. Su aliento era cálido contra mi piel cuando susurró:

—Yo solo te he ayudado a dejar de esconderlo.