Capítulo 1
Hay dos estrictas advertencias que mis abuelos llevan repitiéndome desde que era una niña pequeña: que no me acerque demasiado al bosque que colinda con nuestro terreno y que no hable mal del rey Tiziano en voz alta.
Nunca tuve reparos en obedecer lo de no aventurarme en el bosque, cualquier persona con dos dedos de frente sabe de los peligros que acechan en ese lugar sombrío y solitario. No hay nadie en todo el reino de Terraluna que nunca haya oído hablar de las malévolas criaturas legendarias que se ocultan en su espesura, siempre al acecho para atacar al primer incauto que tenga la osadía —o mejor dicho, la insensatez— de adentrarse en sus dominios.
Sin embargo, con la segunda advertencia es completamente distinto. Si pudiera recibir una moneda por cada vez que me he quejado del rey y la familia real, ya sería tan rica que podría comprar todos los castillos de los nobles del reino entero, y hasta de los reinos vecinos. Todos los plebeyos tenemos prohibido protestar o decir cosas negativas sobre la corona, pero es inevitable no sentir desprecio por el rey y su injusto mandato.
Soy huérfana y he vivido en la humilde granja de mis abuelos maternos, Carlotta y Enrico Casadei, desde que mi madre, Elisa, falleciera a los pocos días de darme a luz. De mi padre y de su familia no sé absolutamente nada y mis abuelos tampoco tienen idea de quién pueda ser, si aún vive o si también murió al igual que mamá. Cuando era niña solía hacer preguntas a raudales sobre él: cómo se llamaba, por qué se había ido, si algún día volvería por mí y otras curiosidades propias de la edad. Jamás me dieron respuestas que pudieran satisfacerme. Y para evitar que siguiera con los interrogatorios, me cambiaban el tema de conversación o me mandaban alimentar a los animales.
Al crecer y empezar a convivir con la gente de nuestra aldea, comprendí que aquello fuera un asunto que mis abuelos prefirieran no remover. En nuestra sociedad no es bien visto ser hijo de un padre ausente o desconocido.
—El pasado y los orígenes de una persona no importan. —Es lo que siempre me ha dicho mi abuelo—. Lo que cuenta es el presente y el futuro que cada quien es capaz de decidir y construir por sí mismo.
Ese pensamiento suena estupendo, pero siendo realista, no hay gran cosa que una campesina pobre y débil como yo pueda hacer para mejorar su vida. Es por eso que siento tanta rabia e injusticia hacia el rey Tiziano. Aquí casi nadie puede progresar ni mejorar su situación económica con todos los altísimos impuestos y tributos que nos vemos obligados a pagarle, y que según él, son para «hacer de Terraluna un reino próspero para las nuevas generaciones».
—¿Un reino próspero para las generaciones futuras? ¿O para los próximos monarcas tiranos y ambiciosos que nos harán la vida imposible a los ciudadanos honorables y trabajadores? —cuestioné indignada, concentrándome en ordeñar a Chiara, nuestra única y escuálida vaca. Trataba de obtener la máxima cantidad de leche que pudiera proporcionarnos para hacer queso y mantequilla, y así, tener algo más sustancioso que llevarnos a la boca.
—¡Basta ya, Eliana! —me reprendió la abuela, sumamente enfadada y asustada—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que dejes de hacer esa clase de comentarios?
—¡Pero si vivimos solos y apartados aquí! —exclamé, tratando de tranquilizarla—. No hay nadie en varios kilómetros a la redonda que pueda haberme escuchado. Y si alguien llegó a oírme, ten por seguro que piensa lo mismo que yo.
—¡Aún así, no peques de confiada! —me advirtió, agitando con severidad su arrugado dedo índice frente a mi rostro. Y suavizando un poco su tono de voz, agregó—. Nunca se sabe. Aquí en el reino no podemos decir una cosa semejante y quedarnos tan campantes.
—¿Lo dices por lo que le sucedió a Ennio, el sastre del pueblo? —pregunté, para corroborar mis dudas—. Lo que él hizo fue realmente impulsivo y arriesgado… ¡mira que tratar de convencer a un gran grupo de personas para asaltar la tesorería real y andar pregonando sus planes a la luz del día!
—Me alegra saber que consideras esa acción como lo que es, un disparate de los grandes —aprobó mi abuela—. Confieso que a veces, tengo miedo que te entre alguna idea extraña en la cabeza y pretendas organizar una revuelta o algo por el estilo.
—¡Pero qué cosas se te ocurren, mujer! —comentó el abuelo, que se encontraba cortando leña sobre una gran roca a escasos metros de nosotras—. Nuestra Eliana sería incapaz de planear un levantamiento en armas para derrocar al rey.
—¡Por supuesto que no! —respondí, aliviada de que mi abuelo acudiera en mi defensa—. Además, no tengo madera de líder. Jamás podría convencer a nadie de iniciar una revolución, ni aunque quisiera.
—Bien, dejémonos de discusiones inútiles —ordenó la abuela, mientras nos indicaba mediante señas que nos encamináramos de vuelta a la vieja choza de piedra que teníamos por vivienda—. Debemos prepararnos para el gran día que tendremos mañana.
—¿Qué sucederá mañana? —inquirí, con mucha curiosidad.
—¡Pues que nuestra pequeña por fin será mayor de edad! —replicó el abuelo, entusiasmado—. ¿Acaso lo olvidaste? ¡Tenemos que festejarte!
¿Para qué iba a mentir? La verdad es que lo había olvidado por completo. Mañana por fin cumpliría los dieciséis años.
Al día siguiente, me levanté más temprano que de costumbre, antes que nuestro gallo despertador cantara. Era un hermoso día de comienzos de verano, el ambiente no podía ser más agradable y festivo. En otra ocasión, habría bajado a nadar un poco en las aguas frescas del arroyo que cruzaba por el campo, pero había muchos quehaceres pendientes en casa: barrer el suelo, sacudir el polvo, colocar guirnaldas de flores en las paredes y preparar comida especial para el festejo.
Todas las jovencitas del reino esperan con mucha ilusión cumplir los dieciséis años, porque sus familiares les obsequian vestidos, joyas y zapatos nuevos para lucir en ese día especial. Las que provienen de familias acomodadas, organizan banquetes a lo grande e invitan a todos los habitantes de sus respectivos pueblos. Y no sólo eso, sino que también se entusiasman porque ya tienen edad suficiente para comprometerse en matrimonio. Las muchachas más lindas y adineradas tienen largas filas de pretendientes, y aún las que no son muy agraciadas física o económicamente, siempre encuentran opciones. En ese sentido no tengo muchas expectativas, no creo que a ningún joven de mi aldea le agrade la idea de cortejar a «la campesina bastarda» —que es como me llaman todos de forma despectiva— y estar en boca de todo el mundo.
A pesar de eso, no pasaré este día tan especial en soledad. Estarán mis abuelos y también vendrán mis dos mejores amigos, Concetta y Arturo Grimaldi; son hermanos gemelos y cumplieron la mayoría de edad un par de meses antes que yo, y han sido los únicos chicos de mi edad que me han dado cariño y amistad sincera. A ellos nunca les ha importado el hecho de que no conozca la identidad de mi padre, ni lo que rumoreé la gente del pueblo a mis espaldas.
—Es absurdo juzgar a alguien por esas tonterías. —Suele decirme Arturo—. Lo que realmente debería importar son los valores y sentimientos de cada persona.
Concetta, en cambio, es más temperamental que su hermano y no tolera ninguna de las burlas y murmuraciones que solemos escuchar cuando vamos los tres juntos por las calles del pueblo.
En una ocasión, fuimos a la confitería de la familia Martelli a comprar bizcochos. Ava, la hija mayor de los propietarios, nos atendió de muy mala gana; y antes que saliéramos, me dijo en tono burlesco.
—Salúdame a tu papá, cuando lo encuentres.
Concetta, ni tarda ni perezosa, se le fue encima y le propinó numerosas bofetadas y arañazos en plena cara mientras le gritaba.
—¡Eres una maldita víbora! ¡Discúlpate con Eliana ahora mismo o te romperé la nariz y te la dejaré más horrenda de lo que ya la tienes!
Con un poco de trabajo, Arturo y yo logramos separarla de Ava, pues Concetta es alta y bastante robusta. Por fortuna, el incidente no pasó a mayores, pero nunca más volvimos a poner un pie en esa confitería.
Ni Arturo ni Concetta tenían otras amistades por mi causa y eso me hacía sentir muy mal. Sin embargo, a ellos les daba igual.
«Mientras nos tengamos los unos a los otros, nada ni nadie podrá contra nosotros», es el lema que Arturo utiliza para levantar los ánimos cuando alguno de los tres se siente triste y solo. De no ser por los hermanos Grimaldi, mi vida sería muy solitaria e insoportable. Realmente me siento muy agradecida de tenerlos en mi vida.
Mis abuelos también madrugaron, aunque no tan temprano como yo. La abuela pegó el grito en el cielo cuando me vio toda apurada, sacudiendo la rústica mesa de ébano que usamos para comer en las ocasiones solemnes.
—¿Pero qué haces, Eliana? Hoy es tu día especial, deja que tu abuelo y yo nos encarguemos de todo.
—Permítanme ayudar, me sentiré muy mal si me la paso sentada todo el día.
Y así, entre los tres logramos tener todo listo para el mediodía: los típicos panecillos en forma de media luna, sopa de verduras, pollo asado a la leña y natillas para el postre. Era muy poco, comparado con lo que otras familias solían ofrecer a sus invitados en fechas importantes como esta, pero estaba hecho con esmero y mucho amor.
—¡Ven acá! Todavía tengo que arreglarte —me llamó la abuela y me obligó a sentarme en un apolillado banquillo frente al único espejo que teníamos en casa y que, por insistencia suya, terminó en mi modesta habitación colgado frente a mi cama.
Comenzó a trenzar mis rubios y ondulados cabellos mientras los iba adornando con las tradicionales flores de luna, la flor nacional del reino. Mientras mi abuela trabajaba muy concentrada con mi pelo, yo observaba con atención nuestro reflejo sobre la superficie manchada del espejo. No podíamos ser más diferentes: mi abuela era morena, de ojos marrón oscuro, piel tostada, baja de estatura y rechoncha; y en cambio, yo era rubia con ojos azul pálido, muy menuda, de piel clara y mejillas sonrosadas.
Una vez, cuando era pequeña, le pregunté por qué no me parecía a ella y al abuelo, que también tiene el cabello y los ojos oscuros.
«Saliste a tu familia paterna, con toda seguridad», fue su respuesta. Y también, la última alusión a mi padre que escuché de su boca.
De repente, la abuela dejó de peinarme y comenzó a rascarme la nuca con desesperación.
—¿Qué es lo que ocurre? —le pregunté, muy intrigada por su comportamiento.
—Es que… —respondió, arrugando el ceño—, tienes un extraño lunar que no había notado antes y pensé que era un poco de tierra que se te había quedado pegada.
—¡¿Cómo que pensaste que era tierra?! —repliqué, bromeando y fingiendo sentir indignación—. ¡Seré pobre, pero eso no quiere decir que sea sucia!
—Eso lo sé muy bien, ya casi termino con tu peinado.
Después, me trajo el viejo vestido azul que mi mamá había usado cuando cumplió sus dieciséis años. Las polillas y el paso del tiempo lo habían deteriorado un poco, pero mi ingeniosa abuela pudo rescatarlo, colocándole listones nuevos y flores de tela que lo hacían verse como si fuera nuevo.
Al mediodía, llegaron mis dos amigos a la casa, muy puntuales como cada vez que nos citábamos.
—¡Feliz cumpleaños, querida amiga! —me felicitó Concetta, envolviéndome en un enorme abrazo de oso que casi me dejó sin aire.
—Te hemos traído un regalo, esperamos que te guste —agregó Arturo, ruborizándose un poco y extendiéndome un gran saco de tela cosido con diferentes retazos de muchos colores que lo hacían verse como un arcoíris.
—¡Oh, muchas gracias! En verdad, no era necesario —les agradecí con sinceridad, mientras trataba de adivinar qué sería. El contenido del saco era pesado, mas no lo suficiente para ser algo demasiado sólido.
Cuando abrí mi regalo me quedé sin palabras. Era un precioso vestido de seda, de un tono azul profundo como el cielo nocturno adornado con finos listones de color marfil, los colores oficiales del reino. Mis abuelos también se quedaron contemplándolo con la boca abierta.
—Yo… yo —comencé a balbucear y no pude evitar soltarme a llorar de la emoción—. ¡No sé cómo agradecerles! No debieron tomarse tantas molestias conmigo.
Luisa, la madre de mis amigos, es una excelente modista y costurera. Es tan buena, que a veces las mujeres de la nobleza le piden que les confeccione vestidos para asistir a las fiestas y bailes importantes. A pesar de eso, ni siquiera sus ganancias le bastarían para hacerme un regalo tan lujoso como ese.
—Bueno, resulta que ese vestido fue un encargo especial que le hicieron a mi mamá —explicó Concetta—. Se suponía que era para la princesa Fulvia, para que lo llevara en el aniversario de bodas de sus padres.
—Sin embargo, a la mocosa engreída no le gustó —añadió Arturo, provocando que mis abuelos exclamaran asustados por su atrevimiento al hablar así de la princesa heredera—. Dijo que era muy poca cosa para ella y lo mandó de vuelta al taller de costura.
—Mamá se puso muy triste. Se había esforzado mucho en hacerlo, le prometieron que quedaría exenta de pagar impuestos por el resto del año si el vestido era del agrado de la malcriada esa —continuó su hermana, ignorando por completo las señas que mi abuela le hacía para pedirle que bajara la voz—. Entonces, mi hermano y yo le sugerimos que te lo regaláramos a ti, porque tú sabrías apreciarlo.
Después, nos sentamos a la mesa a conversar sobre otros temas más agradables que los caprichos de la familia real y dimos buena cuenta de la comida.
Al caer el crepúsculo, mis amigos se retiraron de vuelta a su casa. Yo los acompañé hasta el sendero que conduce al pueblo y ahí nos despedimos. Antes que se fueran, les di un gran abrazo a los dos, pues no tenía más palabras de agradecimiento.
Al volver a casa, la abuela y yo nos pusimos a lavar todos los platos y cubiertos sucios. Cuando terminamos, el abuelo colocó un brazo sobre mi hombro.
—¿Lo has pasado bien, a pesar de todas las carencias que hemos tenido últimamente?
—¡Claro que sí! Tengo a los mejores abuelos y amigos del mundo —le respondí, muy conmovida—. ¿Qué más necesito?
—Lo único que realmente siento, es no haber podido hornearte una tarta de cumpleaños como es debido —se lamentó la abuela—, con su crema batida y dieciséis velas para que pudieras pedir tu deseo.
—No te preocupes por eso —le dije para consolarla—. No eché en falta la tarta, las natillas estuvieron muy ricas.
—Por lo del deseo, no hay ningún problema —comentó el abuelo. Y volviéndose a mí, añadió—. Hoy estás de suerte, es noche de plenilunio.
—¿Sí? ¿Qué hay con el plenilunio? —le pregunté, con muchísima curiosidad.
—¡Ah, es una leyenda muy antigua! —Y bajando la voz, continuó—. De esas que ya casi nadie se atreve a contar, desde que el rey Tiziano está sentado en el trono.
—¡Enrico! —lo reprendió mi abuela, muy enfadada—. ¡Mucho cuidado con lo que vas a decirle a Eliana!
—Descuida, mujer —replicó mi abuelo, tratando de quitarle importancia al asunto—. Nuestra nieta es muy inteligente, y estoy seguro, que no irá por ahí repitiendo lo que voy a contarle.
A esas alturas, estaba impaciente por saber cuál era esa leyenda de la que el abuelo hablaba con tanto misterio, y que preocupaba sobremanera a la abuela.
—Entonces, ¿me vas a contar la leyenda, sí o no? —lo presioné, para que dejara de dar largas. Él me indicó que nos sentáramos en una de las sillas del comedor y comenzó a narrar en voz baja.
—Cuando yo era niño, mi madre me contó que cuando tu fecha de cumpleaños coincide con la fase de la luna llena, puedes pedir un deseo, con toda la certeza de que éste se te cumplirá tal como lo pediste; con la ayuda de un ser fantástico, que mora en lo más profundo del bosque.
No pude evitar dejar escapar un suspiro de asombro, quería creer que aquello era cierto.
—¿Eso es verdad, abuelo?
—Nunca he tenido la oportunidad de comprobarlo por mí mismo. ¿Por qué no lo intentas tú? Antes de acostarte, asómate a tu ventana, mira fijamente a la luna, mientras piensas en aquello que más desea tu corazón y cree con mucha fe que se te cumplirá.
—Querido mío, no le llenes a tu nieta la cabeza de fantasías —espetó la abuela, que había escuchado todo con atención—. Lo más probable es que su deseo no se cumpla y ella se sentirá muy decepcionada.
—¿Cómo puedes decir que son sólo fantasías? —inquirió el abuelo, encogiéndose de hombros—. Eliana no pierde nada con intentarlo.
—Bueno, no hay que discutir por eso y mejor vámonos a la cama —les sugerí—. Necesitamos descansar del día tan movido que hemos tenido hoy.
Los abuelos no me contradijeron. Apagamos todas las luces y nos dispusimos a dormir.
Una vez sola en la penumbra de mi cuarto, me puse a darle vueltas en mi cabeza a aquella leyenda que me había contado mi abuelo. Nunca fui una chica fantasiosa. Desde muy niña me vi obligada a mantener los pies en la tierra, para poder sobrellevar todas las penurias de la vida. Pero ahora, quería darme la oportunidad de creer en algo y tener un poco de esperanza.
Me levanté de la cama muy despacio para que no chirriara y despertara a los abuelos, me dirigí hacia mi pequeña ventana y corrí las cortinas para poder observar la luna llena en todo su esplendor. La luminaria nocturna se encontraba en su punto más alto, irradiando un brillo prístino que iluminaba todo en derredor, con un tono nacarado.
Me puse a pensar en qué era exactamente lo que más quería tener en el mundo. Al haber tenido una vida llena de carencias, sería feliz con cualquier cosa que pudiera pedir, como haber conocido a mi madre y saber quién fue mi padre.
Sin embargo, había algo muy especial, algo que deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo: ser libre.
Cerré los ojos e imaginé cómo sería mi vida si no tuviera que preocuparme por sobrevivir al día a día, ayudando a mis pobres y cansados abuelos a conseguir el dinero suficiente para pagar los impuestos anuales. O mejor aún, cómo sería todo si el reino estuviera gobernado por un monarca mejor que el rey Tiziano, alguien a quien realmente le importara el bienestar de los habitantes de su reino.
En ese instante, supe muy bien cuál era el deseo que iba a pedir. Cuando me sentí lista para formularlo, solté un hondo suspiro y declaré con toda la fe y convicción que me fue posible.
—Deseo un gobierno justo para Terraluna, y que al fin, todos podamos vivir en libertad.
Regresé a la comodidad de mi cama, dispuesta a conciliar el sueño y confiar en que, de un modo u otro, mi deseo se cumpliría.
A medianoche, una voz lejana que me era desconocida y que me llamaba con insistencia, me despertó. Al principio pensé que sólo estaba soñando, pero después, pude escuchar aquel llamado, fuerte y claro.
—¡Eliana, escúchame! ¡Necesito hablar contigo!
Me quedé paralizada, sin saber qué hacer. ¿Quién me llamaba y por qué quería hablarme?
—Sólo hay un modo de averiguarlo —me dije, con decisión.
Acto seguido, me levanté de la cama, me eché mi bata encima del camisón, me puse las pantuflas y salí de mi habitación.