Eclipsis

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Summary

¿Te imaginas que la humanidad, en un intento de cuidar a los suyos, termina por extinguir a toda la raza humana? ¿Una cura que se vuelve un arma? El Neuroeclipsis no aparentaba ser más que un pequeño error al querer encontrar una cura. Un error al planear el desarrollo. La experimentación en diferentes tipos de insectos no aparentaba ser peligrosa, hasta que salió del laboratorio. Victoria vive en Ciudad de México, y para sobrevivir tendrá que dejar de lado los planes arruinados y los sueños rotos. Ahora, en compañía de René, un compañero improvisado y Carter, un problema en potencia, se unen a la doctora Reed para deshacerse del virus antes de que ya no queden más personas para curar.

Genre
Horror/Scifi
Author
Pwoon
Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prefacio

La sala de control general estaba llena de científicos, hombres y mujeres que se movían de un lado a otro, rápidamente. Si uno pudiese ver desde arriba, parecería una colonia de hormigas, todos y cada uno de ellos con una tarea entre las manos. Sentían una presión agobiante sobre sus hombros, el cansancio en los pies y el miedo en cada respiración.

Mientras unos se movían con cajas llenas de tubos de ensayo, papeles y muestras, otros guardaban y aseguraban todo el equipo en cuestión de minutos, y de todas formas no era lo suficientemente rápido. Algunos ya se habían quitado las batas blancas de laboratorio, otros rezaban mientras hacían su tarea, y unos cuantos sollozaban en silencio al destruir documentos importantes, tanto físicos como las versiones digitales.

Tan solo unas horas antes, todos los monitores comenzaron a lanzar alertas en un vibrante color rojo. En las bocinas del edificio sonaron estridentes alarmas, y había comenzado la movilización de todo el personal. Todo se había salido de control, había salido de donde debía permanecer encerrado.

Julián, como cada día de esa última semana, esperaba para ingresar al espacio donde se encontraba la cámara de contención entomológica. Paso a paso, sentía el peso de la caja que transportaría las muestras,en la mano. En la otra, llevaba una tablet donde realizaría sus observaciones en tiempo real, y con la eficiencia de información al momento, los demás miembros de su equipo solo esperarían a que llegasen los especímenes que él escogería ese día.

La parte de “La Pecera”, como la conocían entre sus compañeros, se trataba deun entorno de bioseguridad, especialmente diseñado para albergar las colonias experimentales de insectos con las que trabajaba DORMA, la empresa farmacéutica más grande del país, para la que él y todos los demás médicos, científicos, administrativos y guardias de seguridad trabajaban.

Caminó hasta llegar al final del pasillo, y del lado derecho de la puerta metálica cerrada, se encontraba un guardia de seguridad que evitaba mirarlo, y que, se limitaba a esperar la autorización en el radio que le colgaba de la solapa del pecho que tenía en su camisa blanca. Era el mismo proceso cada vez, solo necesitaba esperar a que le dieran autorización, y podría acercar su tarjeta a la entrada y accesar al recinto.

— Buenos días, Franco. ¿Como estás? — Dijo Julián, en un tono amable, intentando de nuevo, una conversación con el guardia.

— Buen día, Dr. De la Vega. — Se limitó a responderle.

Julián tragó saliva, incómodo de nuevo por la frialdad de la respuesta. El que trajera puesto un traje de protección que se cerraba por completo al ambiente exterior, y estuviese usando un casco que lo hacía sentirse un astronauta no era para alejar a la gente también, pensó amargamente.

Sus ojos vagaron para no mirar a Franco, y se posaron en el cartel que era casi imposible de no ver, y que rezaba en sus letras blancas: “Porque en DORMA la seguridad es primero, revisa tu equipo antes de entrar a áreas de alto riesgo. Grupo DORMA, Una empresa de confianza desde 1998.” Leyó en el cartel azul vibrante de la pared, igual que todas las veces anteriores que había entrado.

A casi 20 años de su fundación, la empresa se había vuelto un monstruo que competía con marcas conocidas internacionalmente, y que más que nada, era responsable de la salud de miles de millones de personas en el país.

Franco recibió en ese momento la respuesta a través de su radio, que sobresaltó a Julián por andar divagando en sus pensamientos. Acercó rápidamente su tarjeta de acceso al lector y con el brillo de color verde, se abrió la puerta. El laboratorio le dió la bienvenida con su amplitud y sus colores clínicamente blancos. El lugar resplandecía bajo la iluminación fluorescente de espectro controlado.

Julián observaba con la misma curiosidad de siempre que, distribuidos a lo largo del espacio, había varios módulos hexagonales, similares a invernaderos verticales, construidos con paneles de vidrio templado de alta resistencia que se extendían desde el suelo hasta el techo. Parecían peceras de esas que eran demasiado pequeñas, y que ahora mismo, eran demasiado grandes.

Cada módulo estaba herméticamente sellado y contaba con un sistema independiente de presión negativa, temperatura y humedad reguladas para las diferentes especies de insectos que albergaban, con los medidores digitales brillando tenuemente para no irrumpir en el control del ambiente.

El acceso al interior de estos módulos requería atravesar esclusas de descontaminación: compartimentos presurizados donde los investigadores eran sometidos a una breve ráfaga de aire combinada con un aerosol desinfectante de amplio espectro. El protocolo era estricto, tanto por la sensibilidad de los ensayos como por el riesgo biológico que conllevaba trabajar con organismos como esos.

Julián dejó la caja en el suelo, mientras que empezaba a deslizar sus dedos por la tablet con rapidez. Con los guantes ajustados a su piel, no pudo evitar sentirse nervioso al empezar la lista de cosas que necesitaba revisar.

La colonia de avispas parasitoides se encontraba en el extremo opuesto del recinto, dentro del módulo más aislado. Todo estaba en orden, el sistema no tenía problemas y el comportamiento era el usual. Esa parte era, sin duda, el más temido por el personal técnico.

Las cámaras que contenían hormigas y termitas eran algo menos intimidantes, aunque no por ello más seguras. Julián tampoco era fanático de las libélulas, pero reconocía la belleza hipnótica de sus alas iridiscentes bajo la luz artificial, como si fueran de vidrio líquido. Ninguna de las cámaras mostraba irregularidades, tampoco los individuos que eran los que en realidad le interesaban.

Se detuvo frente al módulo de los mosquitos y, con una mano enguantada, deslizó su gafete de acceso sobre el lector biométrico que colgaba de su cinturón. Un par de segundos después, las compuertas del vestíbulo presurizado se abrieron. Tomó la caja del suelo, mientras sentía como la corriente de aire cargado con desinfectante le azotaba el traje, levantándole los vellos de los brazos incluso a través de las múltiples capas del overol de protección. Sintió un leve cosquilleo en la espalda antes de que la puerta interior le permitiera el ingreso... Cosquilleo que ignoró.

Avanzó hacia el centro del módulo, donde una pequeña nube de mosquitos revoloteaba cerca del difusor de CO₂, atraídos por la estimulación química que imitaba la respiración humana. El zumbido era constante, agudo, como si la propia pecera respirara en código Morse.

El experimento con la colonia artificial generada en laboratorio había dado resultados positivos, por lo que ahora se había iniciado una nueva fase con especímenes capturados en campo. Mosquitos recolectados en hábitats naturales, sometidos a estudio para evaluar su respuesta al compuesto experimental. Julián, cada vez que ingresaba, no podía evitar tensarse. Los insectos le perturbaban, lo ponían en alerta. Y tal vez por eso, en esta ocasión, el cosquilleo que sintió un instante, y que continuó en la base de su nuca le pasó desapercibido.

En su prisa, había dejado una leve apertura entre el casco protector y la parte superior de la espalda. Un descuido apenas perceptible, pero suficiente. El espacio de menos de 5 centímetros había roto sus códigos de seguridad sin que siquiera fuera consciente de ello.

Se acercó con pasos lentos y seguros al centro de la pecera, y se fijó en que algo no estaba como los últimos días. La colonia... Se estaba comportando extraña. Errática. Ni siquiera zumbaban como normalmente.

¿Era un zumbido diferente? ¿Tal vez el último intento generó modificaciones en sus cuerpos? Sintió una sensación rara, como si incluso su piel vibrara diferente ahí encerrado.

Julián tomó muestras, seleccionó unos cuantos de los insectos para estudiarlos por separado y salió de la habitación, aun planteándose teorías, y sintiendo por dentro de los guantes las manos sudorosas.

¿Será porque son del exterior?

Ni siquiera habría notado la falla en el sellado del traje si no hubiera sido por la repentina picazón, justo en la base del cuello, donde la tela debía estar herméticamente unida al casco. Fue una sensación súbita, punzante, seguida por una oleada de sudor frío que lo recorrió de pies a cabeza. Apenas alcanzó a llevarse la mano al cuello antes de que sus rodillas cedieran bajo su peso. Cayó de golpe contra el suelo con un impacto seco y metálico, acompañado del estallido de vidrio: las muestras que transportaba se hicieron trizas al chocar con el piso, liberando en segundos a los especímenes contenidos en sus cápsulas. Un zumbido caótico se dispersó en el aire, como si incluso la colonia... Supiera que había logrado burlar la seguridad.

Julián comenzó a convulsionar. Su cuerpo se arqueaba con espasmos violentos, cada sacudida más fuerte que la anterior, mientras la espuma empezaba a brotarle de los labios. El traje, diseñado para resistir contaminantes externos, se convirtió en una prisión blanca que se estremecía como un lienzo de papel en una tormenta.

Las compuertas del módulo se abrieron de inmediato al activarse el protocolo de emergencia. Desde el pasillo principal, un equipo de respuesta rápida ingresó con trajes presurizados y respiradores autónomos, evaluando la escena en segundos. Uno de ellos gritó algo por el intercomunicador interno, mientras otro activaba manualmente el sistema de contención atmosférica del área.

Al fondo, Franco transmitía la alerta a través del canal de seguridad del laboratorio, su voz entrecortada resonando en los radios del equipo:

—¡Tenemos una brecha biológica en la cámara entomológica! ¡Repito, posible exposición directa a material no estéril! Tenemos un código naranja, repito, ¡CÓDIGO NARANJA! ¡El doctor de la Vega está empezando a convulsionar!

Nadie se esperaba que Julián intentase lanzarse encima de los guardias, o que intentara morderlos con tanta fuerza. El impacto del casco de seguridad contra su rostro le había roto la nariz a uno, comenzando a teñir el piso estéril del rojo más brillante.

— Carajo — Dijo el hombre, sosteniendo su nariz que, por la cantidad de sangre, estaba fracturada —¡Agárralo bien!

Entre jaloneos, gritos de ayuda, órdenes de auxilio y los gruñidos de Julián, nadie notó el escape de los insectos. Estos simplemente volaron, yéndose con sus pequeñas alas mutadas por la puerta de acceso que, si bien estaba intentando cerrarse, no pudo evitar el escape de unos cuantos.

Cuando los médicos llegaron por Julián, lo inmovilizaron entre varias personas más, y lo llevaron a una cámara de aislamiento no muy lejos de ahí. La red de seguridad del laboratorio empezó a tener problemas durante las horas siguientes en cuanto otro guardia, un científico y una secretaria empezaron a padecer también, todos desplomándose con estos violentos movimientos en sus cuerpos, la fuerza anormal y especialmente la violencia para atacar a otras personas.

Al ver sus ojos completamente negros, y sentir el aumento de fuerza de las personas infectadas, finalmente entendieron que sucedía. Y cuando fuera del edificio y por encima del laboratorio clandestino se empezaron a escuchar los primeros gritos, se sembró un silencio sepulcral en todo el laboratorio, solamente interrumpido por los gruñidos y forcejeos de los infectados.

El centro de Guadalajara hervía en pleno abril, y como un lunes común, había una enorme fila fuera del Centro Médico Nacional de Occidente. La gente que se cubría con sus sombrillas esperando ser atendidas, hombres, mujeres, ancianos, niños. Ninguno esperaba que aquel hospital, el más importante de la región, cubriera un laboratorio donde experimentos ilegales se llevaban a cabo silenciosamente bajo toneladas de corrupción.

Los síntomas no se parecían a lo que estaban intentando resolver, ni siquiera tenía relación con el virus con el que experimentaron en un inicio.

Los empresarios y científicos que iniciaron el proyecto sabían que, si encontraban lo que buscaban, aquella cura que pensaban vender a todo el mundo, todos estarían nadando en dinero y jamás tendrían que trabajar en sus vidas de nuevo. Al comienzo sonaba complejo, pero con suficiente experimentación y financiamiento podrían crear un virus que pudiera transportar genes terapéuticos al cerebro y regenerar neuronas dañadas en personas con enfermedades neurodegenerativas. Adiós Alzheimer, jamás de nuevo mal de Parkinson. Ni siquiera la rabia sería un problema de salud.

Ahora su virus se dispersaba demasiado rápido como para asemejar lo que sucedía, para encontrar que darles a los infectados. La anestesia no funcionaba, estaban tan despiertos como si les hubiesen inyectado adrenalina. El virus que habían creado era tan inestable e incomprensible que, incluso aislando a los sujetos infectados, se encontraban con más cosas que resolver. ¿Deformación del cráneo? ¿Cambio del color y la espesura de la sangre? No había pasado una hora del primer caso y todo dentro del laboratorio ya era un caos. Ningún caso era similar a otro. ¿Es por los diferentes mosquitos que salieron del hexágono? ¿Es por el tipo de sangre? ¿O ya existía una mutación silenciosa cuando Julián sacó los especímenes?

Tenían que detener todo antes de que no pudieran retenerlo más, antes de que el tiempo no fuera suficiente para nadie. Las pruebas, los experimentos, las muestras... Ahora eran un peligro para cualquier ser que respirara, se moviera o estuviera vivo. Debían quemarlo todo, desaparecerlo de la faz de la tierra. Si las cosas salían mal, ¿Que harían con los culpables? ¿Qué sería de la humanidad, si fuera contaminada? ¿Que iban a hacer ahora que peligraba el mundo del que pensaban disfrutar?

Se propagaba tan rápido que no se podía crear una cura para evitar una pandemia. Ni los análisis, ni los estudios ni mucho menos las líneas de tendencia les daban una respuesta de a dónde iba esta infección. Según las últimas pruebas, solo segundos bastaban para perder a la persona infectada.

Necesitaban matar al virus dentro del laboratorio, y la Dra. Helena Zaldívar, temía que eso no fuera posible.

Ella lo había estructurado, ella había decidido con qué especies experimentar. ¿En insectos y no animales? Nadie le creía cuando mencionaba que algunos ya tenían virus que alteraban su comportamiento, haciéndolos candidatos perfectos para pruebas con enfermedades neurológicas.

Crear la cura la emocionaba. Los premios, el reconocimiento, el ser la heroína de la historia contemporánea por la creación del Neuroeclipsis.

El nombre había sido el seleccionado por los inversionistas y ella misma. ¿Pero ahora iba a provocar la muerte, en vez de salvar vidas?

Cuando todo el mundo se quedó en silencio, un horrible escalofrío le recorrió la espalda a Helena. Ella, en el centro de control, se levantó de su escritorio. Se acomodó la bata blanca, planchó con manos nerviosas su falda y sus tacones sonaron con fuerza contra el piso cuando se acercó a los monitores de seguridad.

Clac, clac, clac.

Por un lado, en una de las pantallas más grandes, se veía que en el área de las peceras estaban batallando por eliminar las colonias, que contra todo lo que habían previsto, se negaban a morir, y por el otro lado... Había un pobre hombre convulsionando en una de las entradas principales del Centro Médico, con mucha gente rodeándolo, gritando por ayuda. ¿Quién había salido del laboratorio?

¿Una secretaria asustada? ¿Un médico? ¿Un guardia? ¿Tal vez alguien de limpieza? Alguien, debió salir. Nadie debía, nadie podía. Seguridad estaba en cada entrada y salida. ¿Cómo pudo...?

Que sea una coincidencia. Que sea epiléptico. Que sea un error.

Por eso todos habían guardado silencio... El virus había escapado. Helena rezó en silencio, y sus súplicas no fueron escuchadas. Cuando los enfermeros se acercaron al pobre hombre, se levantó para atacarlos. Y ya no había oportunidad