La Beca Maldita
Todo comenzó con un sobre negro sin remitente.
Dentro, una carta escrita en una caligrafía elegante y precisa:
“Felicitaciones, Aria. Ha sido seleccionada para formar parte del Instituto Virelli. Su talento ha llamado nuestra atención. Pasaremos por usted este viernes. No falte.”
No había firma.
No había contacto.
Solo una promesa: un futuro mejor.
Mi madre lloró de felicidad. Yo solo sentí una punzada en el estómago, como si algo estuviera mal. Pero después de una vida entera sobreviviendo entre gritos, trabajos mal pagados y un padre ausente, la oportunidad de estudiar gratis en el instituto más exclusivo del país… era un milagro. ¿Verdad?
El viernes llegó y, puntualmente, una limusina negra con vidrios polarizados se detuvo frente a mi casa.
El chofer no dijo una sola palabra. Solo me hizo una seña con la cabeza.
Subí. Cerré la puerta.
Y fue como sellar mi destino.
Cuando llegamos, lo entendí: aquello no era una escuela. Era una jaula de cristal.
El lugar era tan silencioso que parecía no existir. Luces blancas, pasillos largos, cámaras por todas partes. El silencio era tan espeso que podía escuchar mi propio miedo.
Y entonces, lo vi por primera vez.
De pie, frente a un ventanal inmenso, un hombre de traje oscuro, con el poder de un rey y la mirada de un asesino. Su presencia me aplastó antes de que siquiera se girara.
—Aria… —pronunció mi nombre con una calma escalofriante—. Eres más interesante de lo que imaginaba.
—¿Quién es usted? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
Él sonrió, lento, como si acabara de atrapar algo que llevaba mucho tiempo buscando.
—Soy el hombre que te ha estado observando desde hace años. Y a partir de hoy, soy tu dueño.
Final del capítulo
Antes de que pudiera reaccionar, pulsó un botón en su reloj.
Las puertas se cerraron. Las luces parpadearon.
Y mi cuerpo se tensó al escuchar la última palabra:
—Bienvenida a casa.