JUGAR PARA GANAR
La música retumbaba en mis auriculares mientras caminaba por el pasillo central del campus. Sentía las miradas, las sonrisas, los saludos de medio mundo. Algunos me admiraban. Otros me envidiaban. Pero todos sabían quién era.
Valeria Martínez.
Base titular del equipo de baloncesto de la Universidad Central.
Becada. Invicta. Intocable.
Y, por supuesto, novia de Lucas Alvarado.
Estrella del equipo masculino, cuerpo perfecto, sonrisa de anuncio y el ego que le salía por las orejas. El chico con el que todas querían y el que yo tenía. El combo completo.
—Val, ¿vienes esta noche a la fiesta en Delta? —me gritó una de mis compañeras desde una mesa del comedor.
—No puedo, tengo entrenamiento temprano mañana —le contesté, sin dejar de caminar.
Siempre disciplinada. Siempre en control.
O eso pensaba.
El gimnasio estaba vacío cuando llegué. La luz del atardecer se filtraba por los ventanales, tiñendo de dorado la pista. Me encantaba ese momento: la calma antes del ruido, del sudor, de los partidos.
Abrí mi mochila, saqué las zapatillas y comencé a calentar. Todo fluía con la rutina: rodillas, tobillos, tiros libres, dribling.
Hasta que una voz nueva rompió el silencio.
—Buen ritmo, aunque tu giro es un poco predecible.
Me giré, desconcertada. No lo había oído entrar. Estaba en la puerta del gimnasio, apoyado en el marco como si le perteneciera.
Alto.
Seguro.
Mirada intensa.
Y con ese tipo de voz grave que no pide atención, la exige.
—¿Perdón? —dije, secándome la frente con el dorso del brazo.
Él sonrió apenas, como si supiera algo que yo no.
—Mateo Ibarra. El nuevo entrenador. Empezamos mañana, pero me gusta conocer a mis jugadoras antes del primer silbato.
Lo miré de arriba abajo. No parecía uno de esos entrenadores viejos que solo dan órdenes desde la banca sin haber jugado en su vida. No. Este tenía pinta de haber vivido en la cancha. Y de haber hecho cosas que no te enseñan en los libros.
—Valeria —dije, como si hiciera falta.
Él asintió.
—Lo sé.
Silencio. De esos que incomodan. O excitan. No sabía bien cuál de los dos era.
—Bueno, entonces... —me forcé a hablar—. Bienvenido.
Mateo dio unos pasos hacia mí. Se detuvo a medio metro.
—¿Sabías que podrías ser aún mejor de lo que ya eres?
Lo miré con una ceja arqueada.
—¿Y tú cómo sabes qué tan buena soy?
—Porque te vi en video. Y porque ahora te vi aquí —señaló con la barbilla la pelota en mis manos—. Confías demasiado en tu lado derecho. Cualquiera con buen scouting te va a leer en dos jugadas.
Lo odié un poquito en ese momento. Por tener razón.
Pero también me gustó. Mucho.
Y eso me asustó más.
—¿Algo más, entrenador? —pregunté, desafiándolo.
Mateo se inclinó un poco, sin romper la distancia, pero bajando la voz.
—Sí. Mañana, ven lista para modificar eso.
Y se fue.
Así, sin más.
Me quedé ahí parada, con la respiración acelerada y la pelota en la mano, preguntándome por qué sentía que acababa de perder el control de algo que ni siquiera sabía que estaba en juego.
Esa noche, Lucas me pasó a buscar como siempre, con su moto rugiendo en la entrada del campus y esa sonrisa de lobo domesticado que me encendía incluso cuando no quería. Era guapo, sí. Pero también era bueno en lo que hacía. En todo lo que hacía.
—¿Entrenando sola otra vez? —preguntó, mientras me pasaba el casco y dejaba que su mano rozara mi cintura más de lo necesario.
—Ajá —respondí, sintiendo cómo se me erizaba la piel bajo la camiseta.
—¿Y qué tal el nuevo entrenador?
—Intenso —dije.
No sé por qué usé esa palabra, pero me salió sola.
Lucas frunció apenas los labios, sin decir nada más.
Me subí detrás de él, rodeándole con los brazos, pegándome a su espalda. Me gustaba sentir cómo se tensaban sus músculos al conducir, cómo la moto vibraba entre nuestras piernas. Cómo la noche nos envolvía, haciéndome olvidar lo que había sentido esa tarde en el gimnasio… o al menos eso intentaba.
La casa Delta estaba en pleno fuego. Cuerpos bailando como si se los fueran a comer vivos, música sucia, alcohol que corría sin filtro. Lucas me llevó de la mano hasta la cocina, donde varios de sus compañeros ya estaban sirviendo copas y el aire olía a sudor, marihuana y deseo.
—¿Quieres algo fuerte? —me preguntó al oído, mordiéndome apenas el lóbulo.
Negué con una sonrisa, pero él ya me estaba apretando contra la barra, su mano subiendo lentamente por mi muslo, bajo la falda de tenis que aún llevaba puesta.
—Lucas… —susurré, mirando a los lados.
—¿Qué? Nadie está mirando —dijo, bajando la voz hasta que su aliento me calentó el cuello—. Además, te ves jodidamente sexy con esa ropa de entrenamiento.
Sus dedos rozaron la línea de mi ropa interior justo cuando se abrió la puerta de la cocina. Claudia entró con una risa fuerte, provocadora, como si supiera exactamente qué estaba interrumpiendo.
—Oh, no quería molestar —dijo con fingida sorpresa—. ¿Estoy interrumpiendo algo?
Lucas se separó con calma, sin perder la sonrisa. Pero sus dedos se quedaron justo donde estaban, escondidos entre mi falda y mi piel. Solo Claudia y yo sabíamos que no era inocente.
—Estábamos hablando del entrenamiento —respondió él, mirándola con esa mirada que lo hacía parecer inofensivo.
—¿Y siempre lo haces con las manos? —disparó ella con una ceja arqueada.
—Solo cuando el tema es… táctico —replicó, sin vergüenza.
Claudia se rió y se acercó más. Mucho más. El ambiente cambió de inmediato. Yo me acomodé la ropa como si eso pudiera borrar el momento.
—¿Quieres que te enseñe un par de jugadas también, Lucas? —le dijo ella, casi pegando su cuerpo al de él.
—Depende —respondió él, sin soltarme—. ¿Eres buena con las manos?
Claudia bajó la mirada y luego la subió, lamiéndose el labio. Juro que sentí cómo me ardía la sangre. Esa perra estaba coqueteando con él en mi cara.
Y él… la dejaba.
—Me voy —dije en seco, girándome sin mirar atrás.
Pero mientras salía, lo vi por el reflejo del espejo de la cocina.
Lucas no me había seguido.
Lucas la estaba mirando.
Y ella se estaba acercando más.
Volví sola al dormitorio, sintiendo una rabia mezclada con deseo frustrado. Me había mojado por su toque, por su voz, por su forma de agarrarme como si le perteneciera. Pero lo que me quemaba más era imaginar lo que estaba haciendo ahora. Con ella.
La noche era pesada.
Y lo peor no era Lucas.
Lo peor era que en mi cabeza…
no podía evitar pensar en Mateo.
Estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas, aún en ropa interior, el ventilador del techo moviendo el aire caliente de la habitación. Me había duchado, pero el sudor seguía en mi piel, como si lo de esta noche no pudiera lavarse tan fácil.
No paraba de pensar en ellos.
En esa cocina.
En esas miradas.
Y entonces, justo cuando estaba por apagar el móvil, alguien golpeó la puerta.
—¿Quién es? —pregunté, sin moverme.
—Soy yo —la voz de Lucas, grave, baja, como cuando sabía que estaba en problemas.
Me quedé quieta. No contesté. Solo lo escuché suspirar al otro lado.
—Val… abre, por favor.
Me levanté, con el corazón dándome golpes en el pecho. Caminé hacia la puerta despacio, sin saber si quería echarlo o besarlo.
Abrí.
Y ahí estaba.
Sudado, despeinado, con los ojos rojos. Llevaba la camiseta negra pegada al cuerpo, y olía a fiesta, a alcohol y a culpa.
—Solo… quería verte —dijo—. No pasó nada, te lo juro.
—¿Nada? —pregunté, cruzándome de brazos—. Parecía que te estabas comiendo a Claudia con los ojos.
—¿Estás celosa? —susurró, con una media sonrisa.
No le respondí. Pero tampoco cerré la puerta.
Él lo entendió.
Entró, cerrándola tras de sí.
Y en tres pasos ya me tenía contra la pared.
—No pasó nada con ella, Val. No quiero a nadie más. Lo sabes, ¿no?
Sus manos me rozaron los brazos, subiendo lento.
Mis pechos subían y bajaban con mi respiración acelerada.
Quería golpearlo.
Quería gritarle.
Pero mi cuerpo no opinaba igual.
—Estás sudada —murmuró, acercando su boca a mi cuello.
—Me acabo de duchar —dije, con la voz temblorosa.
—Entonces… ¿por qué hueles tan jodidamente bien?
Me empujó contra la pared con más fuerza, su rodilla entre mis piernas, sus labios en mi clavícula. Sentí su lengua, cálida y húmeda, recorriendo mi piel mientras mis manos lo apretaban por la espalda.
—No es tan fácil, Lucas —murmuré, aunque mi cuerpo ya se arqueaba hacia él.
—Lo sé… —susurró, bajando una mano por mi cintura—. Pero tú tampoco lo haces fácil.
Nuestros labios se encontraron, al principio con rabia, con una urgencia salvaje. Mordimos, jadeamos, peleamos con la boca como si quisiéramos borrar la duda a besos. Su mano se coló por debajo de mi camiseta mientras la mía bajaba por su abdomen, sintiendo cómo todo él era deseo contenido.
Y aunque no sabía lo que había hecho con Claudia…
aunque una parte de mí lo odiaba…
La otra parte estaba deseando que no se detuviera.
La luz de la mañana entraba a través de las persianas, dibujando líneas doradas sobre la piel desnuda de Lucas. Dormía boca abajo, con una mano colgando del borde de la cama, como si el cuerpo aún no quisiera soltar la noche.
Me moví despacio, sintiendo el leve ardor entre las piernas, los músculos cansados, la respiración aún pesada aunque el aire ya estuviera frío. La sábana resbaló por mi pecho y me cubrí instintivamente, no por pudor, sino por el contraste con la claridad que empezaba a invadirlo todo.
Miré a mi alrededor.
El sujetador estaba colgado del respaldo de la silla.
La camiseta de Lucas en el suelo, arrugada.
La toalla caída junto a la puerta del baño.
Todo hablaba.
Todo contaba lo que no quería admitir en voz alta.
Me levanté despacio, con cuidado de no despertarlo, y caminé hasta el espejo. Tenía el cabello enredado, los labios marcados y… los pezones ligeramente amoratados.
Pasé los dedos por ellos, recordando el momento.
La forma en la que me había mordido, besado, agarrado como si quisiera fundirse conmigo.
Como si su deseo fuera más fuerte que su culpa.
Y el mío más fuerte que mi orgullo.
Cerré los ojos.
Una parte de mí quería que se quedara.
Otra, que desapareciera para siempre.
Y una tercera… esa que me asustaba, quería que lo hiciera otra vez.
Porque aunque no sabía qué había pasado con Claudia…
aunque algo dentro de mí gritaba que todo estaba mal…
Mi cuerpo no mentía.
Y anoche… había dicho que sí.