Prólogo - Olivia
La mañana ha sido más dura de lo que me gustaría reconocer. La vida no me está dando tregua y estoy agotada. He conseguido arrastrarme fuera de mi cama bajo la atenta mirada de Croqueta, mi preciosa gata. Primero le he dado de comer a ella, porque si no, no hay quien salga de casa; cuando cojo el abrigo le gusta mirarme en la puerta con esos ojos enormes. He conseguido hacerme con mi bolso y mi carpeta de trabajos por corregir. He avanzado por las calles de Londres mientras el cielo cambiaba de colores. Un coche ha pasado por encima de un charco y me ha dejado una mancha importante en la pierna izquierda de mi pantalón por debajo de la rodilla y he tenido que ir con esas pintas en el metro. Cuando por fin he llegado a la facultad, me he pasado por la cafetería y me he premiado con un deprimente café en vaso de papel plastificado porque triste y hambrienta no es una combinación ganadora.
Cuando por fin llego al despacho, me quedo un instante viendo los nombres de mis compañeros en el folio que tenemos pegado a la puerta con celo transparente. Mi nombre sigue estando escrito a bolígrafo, tachando el de la persona que ocupó mi escritorio antes que yo. A veces cuando lo veo, me hace preguntarme hasta qué punto no somos todos engranajes de la gran maquinaria que es el sistema capitalista; sí, incluso los investigadores académicos a los que supuestamente nos mueve el valor del conocimiento. El chiste se cuenta solo, supongo.
Al abrir la puerta, veo que soy la primera en llegar, así que enciendo la luz y me introduzco en el laberinto de biombos que es nuestro despacho, el mío y el de otras nueve personas. Consigo llegar a mi escritorio, encajado entre una de esas paredes artificiales y el final de la estancia. Por fin, me siento. Me permito expresar mi fastidio con un largo suspiro y procedo a colocarme bien en mi silla que nada tiene de ergonómica, de hecho, podría tener por lo menos veinte años, incluso siendo generosa con mi aproximación temporal.
Hoy, haber llegado hasta este punto espacial se siente una victoria. El reloj de la esquina derecha inferior de mi monitor me anuncia que no son todavía las ocho y media cuando se enciende el ordenador. Me doy cuenta de que el día va a ser extremadamente largo.
Abro mi bandeja de correos electrónicos y procedo a revisarlos mientras desayuno el sándwich mixto que me preparé anoche antes de irme a la cama. Poco a poco van llegando mis compañeros:
—Buenos días.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Buenos días —respondo siempre desde el final de la maraña de cubículos.
Unos se sientan, otros vienen a coger algo de sus escritorios. Ese es el ritmo del despacho. Yo me quedo trabajando. Por suerte no tengo ninguna clase, así que puedo dedicarme a ponerme al día con diversos asuntos que tengo pendientes. Oigo a varias personas decir al unísono:
—¡Adelante!
Yo salto en mi asiento. Lo bueno de tener el pseudo-despacho lejos de la puerta es que estoy bastante escondida y tranquila; solo hay que pasar por mí para llegar a la mesa de enfrente. Lo malo es que no oigo la puerta y los de delante sí, así que me llevo normalmente estos sustos cuando algún alumno llama, cosa que pasa una media de veinte veces diariamente. ¿Debería haberme acostumbrado? Seguramente. ¿Lo conseguiré algún día? No creo. ¿Moriré de un ataque al corazón? Es probable.
Oigo a Martha hablando con alguien –ella es un amor, pero la pobre tiene un torrente de voz que la deben de oír al final del pasillo cada vez que habla–. No le doy mayor importancia a la entrada de lo que parece ser un estudiante más, así que, continuando con lo que tenía que hacer, saco mi cuaderno oficial de King’s College. Estas libretas pequeñas las hay a puñados por aquí porque todos los años se les entregan como regalo de bienvenida a los de primer curso. Suelo quedarme con alguna de las que sobran, ¿quién rechazaría algo gratis? Yo no, desde luego. Anoto los nombres de los profesores a los que tengo que enviar el cartel promocional del ciclo de conferencias que estamos preparando.
Estoy concentrada en no olvidarme ninguna consonante del largo apellido de un profesor cuando siento que una figura alta y corpulenta se acerca a mi escritorio, así que asumo que es mi compañero del otro lado de mi pared izquierda. Lo oigo carraspear. Necesitará algo.
—Un momento, Tyler —digo rápidamente—. Estoy apuntando unas cosas para las próximas charlas sobre Arthur Conan Doyle. Que, por cierto, ¿te gustaría presentar tu artículo sobre…? —empiezo, levantando la mirada.
Sin embargo, no es Tyler el que se ha acercado silenciosamente hasta mi escritorio. Me encuentro con esos ojos azules que me miran intensamente y esas cejas ligeramente arqueadas, expectantes de alguna reacción por mi parte. Tiene que ser broma. No está aquí de verdad, no después de nuestra acalorada conversación del otro día. ¿Qué se le ha perdido en mi despacho? ¿Vendrá a formalizar una denuncia? ¿Será que cree que le he robado algo de su casa? ¿Me habré llevado algo sin querer? ¿Será…? ¿Qué?
¿Qué?
¡¿Qué?!
—¿Qué haces aquí? —preguntó por fin, intentando controlar el temblor de mis manos. ¿Me tiemblan? ¿Así de nerviosa estoy?
Intento esconderlas cruzándome de brazos y construir un rostro serio que sea convincente. Frunzo el ceño mientras me levanto, preparada para rebatirle cualquier cosa que venga a decirme. Tomo aire por la nariz y lo aguanto mientras lo veo ajustarse la corbata calmadamente. Me entran ganas de agarrarlo por ella para exigirle mis respuestas. Siento que pasa una eternidad antes de que abra la boca.
—He venido a hablar contigo —dice él.
Para mi sorpresa, la respuesta que sale de mis labios es un sereno, pero contundente:
—Ya hemos hablado. Puedes irte por donde has venido.

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