El día que te conocí
La lluvia caía en cascadas interminables desde un cielo gris, cubriendo la plaza desierta con un velo de melancolía. Kael estaba sentado en el borde de una fuente seca, empapado hasta los huesos, sin molestarse en buscar refugio. Su chaqueta usada y los pantalones gastados apenas ofrecían resistencia al agua helada que lo calaba. Algún punto de la tarde se había desdibujado en el tiempo, dejando solo la sensación de vacío. Había salido de su trabajo en el mercado, cargando la escasa comida para el día, y sus pasos lo habían llevado hasta aquel rincón olvidado donde nadie parecía notar su existencia.
La idea de regresar a casa flotaba en su mente como un peso insoportable. Una casa que solo ofrecía gritos, platos vacíos y el silencio opresivo de una vida que nunca había pedido.
—¿Por qué tengo que regresar? —murmuró, mientras la lluvia ocultaba las lágrimas que no quería admitir.
Eran demasiados los días en que deseaba desaparecer, dejar que el mundo siguiera sin él. Pero siempre había algo que lo retenía, aunque no supiera qué.
Y entonces la vio.
A través de las cortinas de lluvia, una figura apareció caminando con una gracia antinatural. Era una mujer alta y esbelta, vestida con ropas sencillas que parecían extrañamente elegantes. Su cabello rojo intenso brillaba incluso bajo la penumbra, y sostenía un paraguas negro que la protegía de la tormenta. Había algo en su presencia que rompía la monotonía de la ciudad, algo que lo obligó a seguir cada uno de sus movimientos.
Kael metió la mano en el bolsillo, buscando el objeto que había encontrado días atrás: una piedra en forma de media luna, lisa y con un brillo pálido que parecía absorber la luz. Al tocarla por primera vez, había sentido cómo se hundía en su piel como si fuera agua, dejando una calidez reconfortante. Desde entonces, las cosas habían cambiado. Veía destellos alrededor de ciertas personas y siluetas en los bordes de su visión. Pero aquella mujer... su aura deslumbrante eclipsaba todo lo demás.
Ella no era normal.
Sin darse cuenta, Kael se levantó y comenzó a caminar hacia ella, hipnotizado. Cuando pasó a su lado, no pudo evitar mirarla fijamente. Su presencia llenaba el espacio, y parecía que incluso la lluvia evitaba tocarla. Ella se detuvo y giró la cabeza, clavando sus ojos celeste en los suyos. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué estás mirando, joven? —preguntó, su voz suave pero intimidante.
Kael parpadeó, las palabras atascándose en su garganta.
—Yo... —balbuceó, retrocediendo un paso.
Ella lo estudió con atención, sus ojos entrecerrados, como un depredador evaluando a su presa.
—Tú puedes verme, ¿verdad? —dijo finalmente.
Kael tragó saliva, consciente de que mentir sería inútil.
—Sí... algo así —admitió en un hilo de voz.
Un destello de reconocimiento cruzó el rostro de la mujer, seguido de una sonrisa enigmática. De repente, dejó caer el paraguas, permitiendo que la lluvia golpeara su cabello y ropa sin afectarla.
—Hueles diferente... Supongo que la búsqueda es innecesaria. Lo tienes tú después de todo.
Antes de que Kael pudiera preguntar qué significaba, la mujer alzó una mano y chasqueó los dedos.
El mundo cambió.
La plaza, la lluvia, el frío y los ruidos desaparecieron en un instante. Kael sintió como si una corriente invisible lo arrastrara. Cuando abrió los ojos, se encontró en un lugar completamente distinto.
El cielo era de un azul tan intenso que dolía mirarlo. El aire estaba impregnado de un aroma dulce y floral. Colinas cubiertas de hierba se extendían hasta donde alcanzaba la vista, salpicadas de árboles que brillaban con su propia luz. A lo lejos, un río cristalino serpenteaba, reflejando destellos de arcoíris en su superficie.
Kael tambaleó, buscando equilibrio.
—¿Dónde estamos? —preguntó con los ojos desorbitados.
La mujer, que ahora parecía más alta, dejó que sus verdaderos rasgos se revelaran. Sus ojos brillaban como joyas celestes, orejas puntiagudas y un par de astas majestuosas sobresalían de su cabeza. Su cabello rojo se agitaba como si estuviera vivo, y su vestido parecía tejido de fuego y hojas carmesí.
—Bienvenido a Afren, pequeño. —Se inclinó ligeramente, como presentándose—. Mi nombre es Nirvana Escarlata, y tú tienes algo que me pertenece.
Kael retrocedió instintivamente, llevando una mano al bolsillo donde había guardado la piedra.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, intentando sonar más valiente de lo que se sentía.
Nirvana lo observó con paciencia y diversión, como si lidiara con un niño que no entendía algo obvio.
—El fragmento del corazón de cristal —dijo, señalando su pecho—. Está dentro de ti, y no debería estar ahí. Pero, ya que está ligado a ti, parece que tendré que cambiar de estrategia.
Kael sintió que el mundo giraba bajo sus pies. Nada de lo que esa mujer decía tenía sentido, pero, al mismo tiempo, algo en su interior sabía que era verdad. Desde el momento en que había tocado aquella piedra, algo había cambiado dentro de él.
—Yo no... no sé cómo llegó ahí —balbuceó, sintiendo que el pánico comenzaba a apoderarse de él.
—Lo sé —respondió Nirvana con una calma inquietante—. Pero ahora que la tienes, debo ajustar mis movimientos. Quizá incluso termines disfrutándolo.
Kael abrió la boca para preguntar qué significaba aquello, pero Nirvana levantó una mano, indicándole que guardara silencio.
—Por ahora, solo necesitas saber una cosa.
—¿Qué? —preguntó Kael, intrigado, aunque con temor.
—Voy a poner a prueba la teoría de un niño, bastante imprudente. Contigo. Espero que podamos colaborar juntos.
El corazón de Kael latía con fuerza mientras intentaba procesar esas palabras. Todo lo que ella decía sonaba a misterio y peligro, pero su tono era desconcertante, como si estuviera jugando un papel en una obra de teatro. Había algo en su actitud que lo inquietaba profundamente: era imponente, sí, pero también había una gracia casi teatral en su porte.
—¿Qué es lo que no me estás diciendo? —Kael frunció el ceño, sintiendo que sus nervios comenzaban a desbordarse.
Nirvana arqueó una ceja, divertida, como si ya esperara esa pregunta.
—¿Quieres la verdad completa, chico? —dio un paso hacia él, y Kael retrocedió instintivamente. Su voz tenía un matiz de diversión, pero sus ojos... sus ojos estaban llenos de enigmas.
—Lo que llevas dentro de ti, ese fragmento que ahora posees, se llama “corazón de cristal”. No es peligroso... al menos no para ti. —Una sonrisa ladeada apareció en su rostro—. Es una tapadera mía. Pero, claro, ahora que estás involucrado, no puedo dejarte ir. Si sigues mis indicaciones, podríamos evitar que esto se complique... demasiado.
Kael la miró, intentando encontrar respuestas claras en su rostro, pero lo único que encontró fue más misterio.
—¿Tapadera? —repitió, sin comprender.
—¿Cómo te llamas? —preguntó suavemente.
—Kael... solo Kael.
Él estaba apunto de decir su apellido, pero recordó que no se sentía cómodo, el apellido Vallarta le ha traído muchos problemas.
—Entiendo, lindo nombre.
—Entonces ¿Me lo dirás de lo tapadera?
Nirvana se encogió de hombros, restándole importancia.
—Sí, ya te lo explicaré más adelante. No te preocupes, chico. Las cosas nunca son tan malas como parecen. ¿Esperabas algo catastrófico?
Kael apretó los labios, sintiendo una creciente frustración. Todo en ella parecía diseñado para mantenerlo en la incertidumbre, y eso lo exasperaba.
—¿Y qué se supone que haga con todo esto? —preguntó, señalando hacia su pecho como si pudiera arrancarse aquel misterioso fragmento.
—Lo que tienes que hacer —dijo Nirvana, moviendo la cabeza como si hablara con un niño necio— es venir conmigo. Lo necesitamos. Y créeme, será más fácil si aceptas mi protección.
Kael vaciló, pero finalmente asintió. No tenía sentido quedarse allí, en medio de la incertidumbre. Por más desconcertante que fuera esa mujer, parecía saber lo que hacía. Su mundo, la ciudad lluviosa y vacía que había dejado atrás, ya no parecía importarle.
—Y no te preocupes, el camino hasta mi mansión no es tan largo —añadió Nirvana, comenzando a caminar hacia una colina cercana.
Kael la siguió a regañadientes, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta. Mientras avanzaban, no pudo evitar mirar atrás. El mundo que conocía había desaparecido. Las colinas que lo rodeaban parecían hechas de sueños: el pasto brillaba con una luz tenue, y los árboles tenían hojas que resplandecían como estrellas atrapadas en la tierra.
—¿Sabes? —dijo Nirvana, interrumpiendo sus pensamientos—. Soy mucho mayor de lo que parezco. No te dejes engañar por mi apariencia. Tengo siglos de experiencia, así que no me subestimes.
Kael soltó una risa incrédula. Todo esto era tan absurdo que no podía evitarlo.
—¿Siglos? ¿Y te vistes como una adolescente? —preguntó, alzando una ceja.
Nirvana le dedicó una sonrisa burlona.
—¿A ti qué te parece? —respondió, divertida.
—Que es raro —admitió Kael.
—¿Y qué hay de ti, chico? —preguntó ella, girándose con una expresión juguetona—. ¿Cómo se siente ser tan joven y tan... desdichado?
Kael no supo qué responder. Su vida no había sido fácil, eso era cierto, pero había algo en Nirvana que le hacía sentir que ella ya lo sabía todo.
—Vamos, ya casi llegamos —dijo Nirvana, señalando hacia el horizonte.
Entre los árboles, apareció una gigantesca mansión. Su estructura era imponente, con torres que se alzaban hacia el cielo y paredes de piedra blanca que parecían brillar bajo la luz de un sol inexistente. Era una construcción que desafiaba la lógica, un lugar sacado de un sueño.
—¿Es tuya? —preguntó Kael, sin poder ocultar su asombro.
—Claro, ¿por qué no? —respondió ella con una sonrisa traviesa—. ¿No te parece lo suficientemente extravagante para mí?
Kael no pudo evitar sonreír con nerviosismo.
—Es... grande.
—Vamos, chico. Entremos. Necesitamos hablar, y te haré un té mientras tanto.
Kael la siguió hacia la mansión, con el corazón en vilo y mil preguntas rondando su mente. Había algo en Nirvana que lo mantenía al borde del abismo entre la confianza y el miedo. Por ahora, lo único que podía hacer era seguirla y esperar que todo, eventualmente, tuviera sentido.
Las puertas del jardín de la mansión de Nirvana eran enormes, de hierro negro con filigranas que parecían raíces entrelazadas. Kael miró maravillado cómo se abrieron solas, chirriando ligeramente pero con una majestuosidad que imponía respeto. Nirvana caminó con tranquilidad, liderándolo a través de un sendero pavimentado que serpenteaba entre jardines que parecían cobrar vida propia. Las flores parecían girarse hacia ellos, y los árboles susurraban al viento, como si reconocieran su presencia.
Kael intentaba no tropezar, pero su mirada se perdía en cada detalle.
—¿Cómo puedes mantener un lugar tan grande? —preguntó finalmente.
Nirvana sonrió, mostrando una pizca de orgullo.
—Oh, no lo hago sola. Tengo ayuda... peculiar, pero eficiente.
Cuando llegaron a la puerta principal, Kael se quedó sin aliento. Era una puerta inmensa de madera oscura, decorada con grabados que parecían contar historias. Antes de que pudiera preguntarse cómo la abrirían, esta se abrió de golpe, revelando una figura que hizo que Kael retrocediera instintivamente.
Del interior emergió un esqueleto vestido impecablemente como un mayordomo. Sus cuencas oculares brillaban con una luz roja, y sus movimientos eran tan elegantes que parecían desafiar su naturaleza ósea. Su ropa estaba perfectamente planchada, y los guantes blancos de sus manos relucían como la nieve.
—Señorita, nuevamente has decidido perder el tiempo en la Tierra —dijo con una voz profunda pero educada, inclinándose ligeramente mientras sostenía un bastón decorado con un cristal oscuro en la parte superior.
Kael no podía apartar la mirada, dividido entre el pánico y la fascinación. Nirvana, por su parte, se limitó a esbozar una sonrisa burlona.
—Oh, Mikos, querido. No he perdido el tiempo. He encontrado algo... interesante —respondió, alzando una ceja hacia Kael.
Mikos giró la cabeza hacia el chico y lo observó con detenimiento, su luz roja intensificándose brevemente.
—¿Este? —preguntó, incrédulo, mientras señalaba a Kael con un movimiento elegante de su bastón. —¿Y qué puede tener de especial este humano, milady?
Kael, incómodo, sintió que debía defenderse, pero no encontró palabras.
—Él es el indicado para resolver ese problema —dijo Nirvana con tranquilidad, sin perder su sonrisa enigmática.
El esqueleto suspiró, un sonido sorprendentemente humano para alguien sin pulmones. Luego se cubrió la cara con una mano enguantada, negando lentamente con la cabeza.
—Escarlata, ¿estás segura? Este joven apenas parece entender dónde está parado, y mucho menos cómo manejar algo tan... delicado.
Nirvana se inclinó ligeramente hacia Mikos y le susurró algo que Kael no pudo escuchar, pero el tono de la conversación parecía una mezcla de regaño y seguridad. Finalmente, Mikos se enderezó y asintió, aunque con cierta resignación.
—Como desees, Nirvana —dijo, girándose hacia Kael con una reverencia perfecta—. Caballero, bienvenido a la Mansión Escarlata. Haré los arreglos para que los demás sirvientes estén informados de su llegada. Si necesita algo, no dude en pedirlo.
Sin más, Mikos se retiró con pasos elegantes y medidos, dejando a Kael con más preguntas que respuestas.
—¿Eso era... un esqueleto? —preguntó finalmente Kael, todavía tratando de procesar lo que acababa de ocurrir.
—Un liche, técnicamente hablando —corrigió Nirvana, haciendo un gesto para que lo siguiera al interior de la mansión—. Mikos lleva siglos a mi servicio. Es un poco melodramático, pero extremadamente eficiente.
La mansión por dentro era tan impresionante como por fuera. Las paredes estaban decoradas con tapices que parecían contar historias de mundos olvidados, y el suelo de mármol negro reflejaba las luces cálidas de los candelabros suspendidos en el techo. Todo parecía brillar con un aura de misterio y grandeza.
Nirvana condujo a Kael hasta un amplio salón con sillones de terciopelo rojo oscuro y una chimenea encendida que crepitaba suavemente, llenando el ambiente con una calidez acogedora.
—Siéntate, relájate —dijo Nirvana, señalando un sillón—. Iré por algo para beber.
Kael obedeció, aunque con cierto recelo. Todo esto era demasiado para asimilar. Un mundo fantástico, una mansión inmensa, un mayordomo esqueleto, y una mujer con cuernos que parecía saber más de él que él mismo.
Nirvana regresó poco después, llevando una bandeja con dos tazas de té humeante. Su movimiento era grácil, como si flotara en lugar de caminar. Se sentó frente a él, cruzando las piernas con elegancia y entregándole una de las tazas.
—Entonces, Kael —dijo, sosteniendo su propia taza con delicadeza—, ¿qué opinas de todo esto?
Kael tomó un sorbo del té, sorprendiéndose de lo delicioso que estaba.
—Es... mucho —admitió—. Todavía no entiendo qué está pasando. ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Qué problema se supone que tengo que resolver?
Nirvana sonrió, pero esta vez había algo diferente en su expresión. Era más suave, casi melancólica.
—Todo a su tiempo, chico. Hay cosas que no puedo explicarte ahora, pero lo que sí puedo decirte es que tu presencia aquí es casualidad fortuita, pruebo una teoría y de paso solucionas algo, exquisito.
Kael frunció el ceño, pero antes de que pudiera protestar, Nirvana continuó hablando.
—Hay algo especial en ti, Kael. Algo que no todos tienen. Y aunque puede que no lo entiendas ahora, estoy segura de que lo harás pronto.
Kael no estaba convencido, pero decidió no presionar más. En lugar de eso, cambió de tema.
—¿Siempre vistes así? —preguntó, señalando su elaborado vestido que parecía sacado de un cuento de hadas, y algo revelador.
Nirvana se rió suavemente, como si la pregunta le hubiera divertido.
—¿Qué tiene de malo mi ropa? —preguntó, fingiendo ofensa—. Admito que no es el estilo más... discreto, pero me gusta causar una buena impresión.
Kael sonrió ligeramente, sorprendiéndose de lo fácil que era hablar con ella, a pesar de todo. Sin embargo, su tranquilidad duró poco, porque las siguientes palabras de Nirvana lo dejaron sin aliento.
—De hecho, Kael, hay algo más que necesito decirte.
—¿Qué cosa? —preguntó, sintiendo un nudo en el estómago.
Ella tomó un sorbo de su té antes de mirarlo directamente a los ojos, su expresión completamente seria.
—Tienes que ser mi pareja, en otras palabras, mi esposo.
Kael casi escupe su té.
—¿¡Qué!? —exclamó, dejando la taza sobre la mesa con tal fuerza que casi se volcó.
—Tranquilo —dijo Nirvana, levantando una mano para calmarlo—. No estoy diciendo que nos casemos mañana mismo. Es solo que, dadas las circunstancias, sería lo más lógico.
Kael no podía creer lo que estaba escuchando.
—¡Pero apenas te conozco! —protestó.
Nirvana se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa.
—Ya tendrás tiempo de conocerme. Además, no es solo una cuestión de querer o no. Es necesario para resolver el problema del que te hablé.
—¿Qué problema? —preguntó Kael, sintiendo que estaba perdiendo el control de la situación.
—Eso es algo que descubrirás a su debido tiempo —respondió Nirvana, con esa misma sonrisa enigmática que lo volvía loco.
Kael se dejó caer en el mullido sillón, sintiendo el peso de una realidad que no alcanzaba a comprender. Todo había cambiado tan rápido. Apenas unas horas antes, estaba bajo la lluvia, luchando con sus pensamientos, decidiendo si regresar a casa o seguir caminando sin rumbo. Ahora, estaba en un mundo extraño, sentado en una mansión descomunal, frente a una mujer con cuernos que, de alguna manera, acababa de proponerle matrimonio.
Nada tenía sentido. Él no podía entender qué estaba pasando. ¿Estaba dormido? ¿Estaba muerto? o ¿Estaba drogado?
—Por cierto —interrumpió Nirvana, con una sonrisa juguetona mientras se recostaba en el marco de una ventana—, ¿qué opinas de mí? ¿Interesante? ¿Atractiva? ¿Fascinante? ¿Qué?
Kael levantó la vista, desconcertado por la pregunta. No sabía qué responder. Sus ojos se detuvieron en los detalles de su figura: los cuernos curvados que se alzaban con elegancia desde su frente, las largas orejas que parecían moverse ligeramente al compás del viento, metafóricamente claro, y su porte lleno de confianza, como si dominara cada rincón de la habitación sin esfuerzo.
—Tus cuernos —murmuró al fin, desviando la mirada con nerviosismo.
Nirvana alzó una ceja, divertida.
—¿Mis cuernos? ¿Qué tienen? —preguntó, inclinándose un poco hacia él, como si lo retara a ser más específico.
Kael tragó saliva, sintiendo cómo el calor subía a su rostro.
—Son... bonitos —respondió en un tono apenas audible, evitando sus ojos.
La sonrisa de Nirvana se ensanchó, y sus orejas se movieron de nuevo, esta vez de forma más marcada. Había algo en ese gesto que resultaba casi infantil, un contraste curioso con su presencia imponente.
—Nos llevaremos bien —dijo con una confianza desbordante, mientras se acomodaba junto a la ventana, cruzando los brazos con aire triunfal.
Kael no supo qué decir. Estaba atrapado en un torbellino de pensamientos y emociones, incapaz de decidir si Nirvana era la persona más fascinante que había conocido o la más desconcertante. Tal vez era ambas.
Lo único que tenía claro era que su vida ya no le pertenecía del todo.