Prólogo
La primera vez que vi a Nevan, no supe qué pensar.
Era diferente.
No era el chico que llamaba la atención al entrar a una habitación, ni el que hablaba con superioridad como si el mundo le debiera algo. No era como Hunter. Él no me miraba como si tuviera que cambiar para encajar en su vida.
Nevan me sonrió sin juzgarme. Me habló sin esperar nada a cambio. Y cuando estuve a punto de alejarme, como siempre hacía, no intentó retenerme. Simplemente estuvo ahí.
Con Hunter era distinto. Con él, cada palabra que decía tenía que estar medida, cada gesto debía ser el correcto. Me acostumbré a ser una versión editada de mí misma, a encajar en los moldes que él creaba, porque de lo contrario, me haría sentir que estaba equivocada.
Nevan nunca me hizo sentir que debía cambiar.
Él me dio algo que Hunter ni nadie me dio nunca: amor.
Gastó su tiempo en mí para saber qué me pasaba si estaba triste. Pasaba tiempo conmigo para que supiera que le importaba. Me respondía con paciencia, incluso cuando mis preguntas eran demasiadas.
Eso era amor, y no sabía cómo enfrentarlo.
Pero hice lo correcto. Lo que era bueno para los dos.