Still, I Loved You || Jicheol

Summary

Jihoon solía pensar que el amor no correspondido dolía, pero nunca imaginó que pudiera matarlo.

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cerezo

Tenía las piernas cruzadas sobre la alfombra de su amigo. Mientras Seungcheol hacía la tarea que le habían encargado en la escuela, Jihoon trataba de separar las sílabas de las palabras que este le había dado para que se entretuviera y sintiera que le estaba ayudando en algo.

En realidad, Seungcheol quería que Jihoon aprendiera a escribir lo antes posible para que pudieran mandarse mensajes cuando cada uno estuviera en su casa.

—¿Esto está bien separado? —preguntó un pequeño Jihoon acercando la libreta de cuadro grande que le había prestado el mayor.

Seungcheol dejó el lápiz de lado y leyó las palabras que tenía hasta ahora y con un rostro orgulloso, sonrió.

—¡Aprendes rápido! —dijo revolviendo su cabeza —. Solo tienes “Dificultad” mal. Aunque la palabra tenga un número par, no quiere decir que todas las sílabas sean de dos letras. Es: Di-fi-cul-tad.

Jihoon apretó la boca formando un breve puchero, no quería sentirse incapaz de hacer una tarea, por lo que miró a Seungcheol e ignorando lo que le acababa de decir vio lo que él escribía. No entendía, salvo por algunas palabras pequeñas como “Español” “Menos” “Sí” “No”, entre otras, y supo que si no aprendía rápido, se quedaría atrás.

—¿Cuánto te falta? Quiero jugar afuera.

—Todavía me falta una tarea de matemáticas, pero si ya te cansaste puedes…

—No me he cansado —lo interrumpió. Volvió a acercar la libreta y le pidió más palabras con la mirada, a lo que, Seungcheol, lo animó dándole otras diez palabras más.

Así lo recordaba. Un recuerdo tan vivido, tan cercano, como si nunca hubieran pasado veinte años. Ahora, Lee Jihoon tenía veinticinco y enormes ganas de regresar en el tiempo, a esos días donde él y su vecino se veían por lo menos seis veces a la semana para jugar, irse en bicicleta al río, hacer como que estudiaban o simplemente quedarse a dormir tardes enteras en casa del otro. Jihoon era la sombra de Seungcheol, desde entonces, todos los momentos especiales e importantes del otro, estuvieron marcados por la presencia de su amistad. Hoy, esa presencia tan bella se había convertido en una sombra. Jihoon se había mudado a Busan, específicamente a un lote de departamentos donde había más trabajadores incorporados a una compañía vecina del área, y Seungcheol se había quedado en Seúl. A pesar de verse cada fin de semana, no era suficiente para compensar el tiempo perdido.

La noche del doce de abril, Jihoon comenzó a toser en seco mientras regresaba del trabajo pensando que era por las inclemencias del tiempo, pero sobre todo por el cambio de estaciones, así que lo dejó pasar. Había regresado muy cansado y todo lo que quería era entrar a su departamento para alimentar a su gato que, en cuanto lo vio, sintió como la calidez de su maullido lo regresaba a la tranquilidad de su rutina.

Ddori maulló en todo su trayecto a la cocina, hasta que Jihoon tomó una lata de atún y lo revolvió con pienso de una marca que le había traído Seungcheol hacía un par de semanas atrás y se lo dio, esperando que no notara el olor de las croquetas. Al ver que ella comenzaba a comer, sonrió y comenzó su comida lo antes posible para irse a dormir temprano. Bien le advirtió Seungcheol cuando le regaló a la gata que no la consintiera con la comida o no comería otra cosa más que enlatados.

Mientras el arroz hervía en la olla y el sartén soltaba pequeñas nubes de vapor por el contacto con la cebolla y el aceite, Jihoon sintió otra vez esa molestia seca en la garganta. Tardó unos segundos en darle importancia. Tosió una vez, con la cabeza agachada, sin dejar de mover la cuchara de madera sobre los ingredientes, pero la tos volvió. Más fuerte. Como si algo se hubiera atascado. Soltó la cuchara con un sonido sordo contra el mármol y se apoyó en la encimera, llevándose una mano al pecho.

—¿Qué…? —murmuró con voz ronca, sintiendo el ardor subirle desde el estómago hasta la garganta.

Tosió otra vez. Y otra. Sintió que le faltaba el aire. Lagrimó un poco, intentando recomponerse. Pero entonces, algo húmedo y suave salió disparado de su boca cayendo justo frente a él, sobre la tabla de cortar. No era sangre, ni saliva, tampoco era comida mal digerida. Era un pétalo. Un pétalo pálido, rosa, de bordes curvos y textura perfecta. Una flor de cerezo.

Jihoon se quedó helado.

Lo observó como si acabara de materializarse un sueño —o una pesadilla— frente a sus ojos. El vapor del sartén seguía subiendo detrás de él, el arroz aún burbujeaba, pero todo eso desapareció de su mente. Por breves instantes solo estaba ese pétalo y el silencio en su cabeza fue roto por una única certeza que no se atrevía a pronunciar: Estaba enamorado. Y no de cualquier persona sino de la única que no debía saberlo jamás.