Capítulo 1
Diez años habían pasado desde aquel día...
Diez años desde aquel tornado que azotó el mar...
Y aun así, al mirar ese atardecer, parecía como si él pudiera aparecer de la nada otra vez. Llamándolo con esa voz demasiado aguda para un chico adulto, pero con la misma amabilidad de siempre, esa que podía calentar hasta los sentimientos más fríos.
Apretó los labios, deseando con todo su corazón que esa fantasía se hiciera real. Que, si algún Dios existía, pudiera cumplirle esas súplicas que no era capaz de pronunciar en voz alta.
Casi podía escucharlo... ver su sombra acercándosele. Pero cualquier esperanza era arrastrada, desde lo más profundo de su corazón, por el viento, por las olas jugando en sus pies antes de alejarse.
Daría toda su vida por un minuto más con él... por no haber ido a esa estúpida reunión de una carrera muerta, por haberlo llevado a su cama mientras dormía por una mala borrachera.
-Jaekyung -la voz que no quería escuchar en ese momento lo sacó de sus pensamientos -vámonos, comienza a hacer frío.
La miro, con esos ojos vacíos que lo acompañaban desde que lo perdió. Soltó un suspiró y guardó las manos en sus pantalones mientras caminaba hacia ella, su esposa, pero nada más.
Ella lo sabía y tampoco le interesaba preguntar.
Se conocieron en una entrevista dos años después de que el famoso deportista dejara las artes marciales mixtas, parecía tan roto... tan lejos de este mundo, que ella no pudo evitar sentir lástima por él, lo cuido y le dio refugio en las noches de pesadillas y eventualmente él le dio un anillo. Acepto, por compromiso. No había amor, no había amistad.
-Te prepararé un té cuando lleguemos a la casa -le dijo caminando a su lado.
El solo asintió, sin muchas palabras, con la mirada clavada en el suelo. Visitar ese lugar hacía que la culpa pesara aún más.
Lo único que podía recordar fue lo mal que lo trató, lo imbécil que fue. Lo mucho que se había dejado llevar por la ira.
Le dolía el pecho. La garganta le ardía. Suspiro sintiendo que sus manos temblaban. La mujer a su lado ni siquiera lo miró, buscando no entrometerse en sus sentimientos.
Caminaron en silencio por varios minutos hasta llegar a la pequeña posada. Nada había cambiado en diez largos años, los perritos que él había acariciado de cachorros ya eran ancianos y el viejito que siempre lo llamaba por otro nombres ya no estaba, pero aun así todo seguía igual.
-Saldré a trotar -le informo a su esposa nada más entrar a la casa.
-Está bien... regresa antes de el anochecer -ella sabía que era mentira, pero no lo cuestionaba, no era fácil para él decir que iría a la playa, y ella era comprensiva.
Él se alejó, como si estuviera huyendo de sus demonios, de aquellas sombras oscuras que lo perseguían cuando estaba solo. Sus pies lo llevaron hacia el mismo lugar de siempre, aquella bajada al mar en donde lo encontró: cubierto por una sábana blanca. Podía ver ese día como si se estuviese repitiendo en su mente, una y otra vez. Si tan solo no hubiese viajado a Seúl. Si tan solo hubiese controlado su ira. Si tan solo se lo hubiese dicho...
Apretó sus puños y tenso su mandíbula. Sus muelas dolieron, pero eso no le importó.
Miró hacia el cielo y respiró hondo. Su visión se nublaba; ya no podía distinguir bien el océano, ni a las personas, ni sus propios recuerdos.
-Kim Dan... eres todo lo malo que me pasó en la vida -mencionó con su voz llena de ira.
Apretó sus ojos con fuerza. Estaba dentro de una pesadilla y quería despertar.
Pero entonces, la voz clara de él lo hizo girarse, desesperado.
-Señor Jaekyung.
Podía escucharlo.
Quería escucharlo.
Su mente jugaba con esa ilusión tan vacía. Tan dolorosa.
-Kim Dan... ¿Cuándo vas a dejarme avanzar? -preguntó con rabia, dando un golpe al aire de sus costados.
-¿Qué te hice yo para que me hicieras esto?
Lo sabía.
-Yo ¿Te trate tan mal?
Si...
Su propia mente respondía sus preguntas. Su ira, creciendo cada vez más contra sí mismo, contra su ego.
Si tan solo pudiese volver en el tiempo. Si tan solo hubiese pensado mejor las cosas. Si tan solo...
Tantas posibilidades que nunca ocurrirían lo cargaban contra el suelo. Lo hundían en una arena que parecía tragarlo a cada segundo y no podía seguir luchando.
-Kim Dan...
Por mucho que lo llamara él ya no regresaría. Ya no lo perdonaría.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que no le permitirían ser contenidas. Ya no.
Cayeron sin ninguna resistencia, disfrutando del viaje por las mejillas de aquel orgulloso hombre, como si estuvieran burlándose de él. De sus decisiones. De su sufrimiento.
Se arrodilló en la arena mirando fijamente el agua, rogándole en silencio que se lo devolviera aunque fuera un segundo. Solo para poder decir dos palabras.
-Kim Dan...
Ese nombre volvió a salir de sus labios con el mismo sabor amargo de siempre. Uno que lo enfermaba, que le revolvía el estómago.
-Kim Dan...
Apretó la arena bajo sus manos, queriendo desquitarse con algo. Queriendo que algo, cualquier cosa, aceptara la culpa por él.
-Kim Dan... yo...
Su voz tembló. Sus ojos se cerraron. Ya no podía continuar, no con el peso de aquellas palabras que nunca dijo.
-Yo te amo...